jueves, 19 de marzo de 2020

EL MONO GOLEADOR

ALFREDO DOMINGO OBBERTI

La historia de los futbolistas se escribe desde su debut hasta su retiro. Y si han pasado por varios clubes sucede a veces que en alguno de ellos encontraron su lugar en el mundo. Hay jugadores que tienen un rendimiento parejo poniéndose diez camisetas distintas. Pero otros no. Es el caso de Alfredo Domingo Obberti.




Para algunos periodistas de la década del 70, de los mejores delanteros del país. Y más aún cuando vistió la casaca de Newell´s.

El Mono Obberti nació al mundo del fútbol en 1962 en Huracán. Tenía 17 años.

Obberti, nacido en Buenos Aires el 12 de agosto de 1945, jugó por el Globo en la última fecha del campeonato del 62, cuando ya Boca se había consagrado campeón en el famoso torneo del penal atajado por Roma a Delem en la penúltima fecha.

El 12 de diciembre se jugó la última y al golear a Estudiantes 4 a 0 Boca dio la vuelta olímpica. Algunos partidos se disputaron el martes y el miércoles siguiente.

El 14 Huracán perdió en su cancha ante Independiente, uno a cero, con gol de D´Ascenso y el arbitraje de Luis Ventre. El equipo de Patricios fue con Bertoldi; Álvarez y Alarcón; Arredondo, Pederzoli y Schneider; Juárez, Rendo, Roldán, Obberti y Luis Medina. Debutaba un delantero que tendría una carrera irregular pero que a lo largo de la misma, en Primera División, marcaría 138 goles, sin contar los que marcó en la "B", en el ascenso de Colón y en el Gremio de Porto Alegre.

Después de su debut en el Globo, deambuló como suplente hasta 1965, cuando se fue a Colón para ser pieza fundamental en el ascenso del Negro. 

Un gol suyo en la penúltima fecha, de visitante, ante el Deportivo Español, le aseguró la llegada a primera a los sabaleros. Colón y Quilmes ascendieron. La delantera del equipo santafesino formaba habitualmente con Canevari, Ríos, Obberti, Orlando y Alejo Medina. Hizo 12 goles.

Volvió a Huracán, sin llegar a consolidarse. A pesar de ello, en sus dos etapas con el Quemero convirtió 26 goles en 74 encuentros.

Llegaría el tiempo de Los Andes, en el que empezó a mostrarse ante la afición, ya que en el Metropolitano que ganó invicto San Lorenzo Obberti fue el goleador del torneo con 13 tantos, y postergó al Lobo Fischer, que convirtió uno menos. 

El Milrayitas terminaría en la mitad de la tabla de su zona. El debut del Mono en Los Andes fue el 3 de marzo del 68 en el triunfo ante Gimnasia, dos a cero, en Lomas de Zamora, con tantos de Abdenur y Villagra. La formación fue con Barboza; Ginarte y Bordatto; Vignale, Mattos y Muñiz; Obberti, Abdenur, Zárate, Da Graca y Villagra. Con la camiseta albirroja jugaría 37 partidos y marcaría 23 goles. Luego le llegaría Ñuls. Su gran momento.

Tuvo dos etapas en la Lepra. Entre el 70 y 72 y luego 74-75. La metió en 89 ocasiones.

Su debut se produjo el 22 de marzo del 70 en Lanús, empatando ante el local uno a uno. Él metió el gol rojinegro. 

Vicente para el Grana. Su primer Newell´s fue con Toriani; Zeballos y Chazarreta (Kairuz); De Rienzo, Solórzano y Musante; Cavoli, Martínez, Obberti, Zanabria y Bezerra. Comenzaba a gestarse un gran Ñuls que tocaría techo en el 71, cuando perdió la semifinal del Nacional ante Central con la palomita de Poy, pero jugando un fútbol de gran nivel. En ese 1970, metió 15 goles en el Metro (fue goleador Pinino Mas con 16) y 13 en el Nacional (allí, Bianchi fue el máximo artillero con 18).

La delantera del 71, con Marcos, Silva, Zanabria y Bezerra es inolvidable.

Se fue a Gremio en el 72, club en el que jugó 36 partidos, marcó 11 goles y fue muy querido por los hinchas del Tricolor.

En 1971 jugó en la selección argentina. Un solo partido. Fue un amistoso contra Francia, el 8 de enero en la cancha de Boca. Al equipo lo dirigía Pizutti y perdimos cuatro a tres (curioso, igual que en el último Mundial). Argentina formó con Marín; Suñé, Perfumo, Larraignée y Carrascosa; Madurga, Nicolau y Tojo; Gramajo, Obberti y Verón. Entraron Ángel Marcos, Carlos Bianchi y Miguel Brindisi. Los goles los marcaron Brindisi, Nicolau y Larraignée de penal.

Su vuelta a Ñuls en el 74 no pudo ser mejor. La Lepra obtuvo su primer título oficial en el Metropolitano empatando ante Central, dos a dos, en la última fecha del cuadrangular final con aquel bombazo de Mario Zanabria. Era 2 de junio y Ñuls salió en Arroyito con Carrasco; Rebottaro, Pavoni, Capurro y Barreiro; Picerni, Berta y Zanabria; Santamaría, Obberti (Ribeca) y Rocha (Magán).


Alfredo Domingo Obberti tuvo un fugaz paso por All Boys antes de retirarse, fue director técnico de Chaco For Ever en el 83 y de otros clubes del fútbol de ascenso, y también trabajó en inferiores de Newell´s.

Uno de los delanteros preferidos de mi amigo Alejandro Apo y definido por el gran Osvaldo Ardizzone en un viejo El Gráfico: "Sabe usar esos veinte o treinta metros para escaparles a los marcadores centrales. 
Conlleva la frialdad del goleador y cuando entra al área tiene una inmutable serenidad, siempre con la cabeza arriba adivinando los movimientos del arquero. Por eso cuando se decide a definir es casi infalible".

Alfredo Domingo Obberti. El Mono goleador, que encontró su lugar en el mundo pisando los treinta. Era el Parque Independencia. Era Ñuls.


Osvaldo Alfredo Wehbe/PUNTAL.COM

 

domingo, 8 de marzo de 2020

UN TUCUMANO QUE HIZO HISTORIA

EL INOLVIDABLE RAFAEL ALBRETCH

hora que el León se ha coronado recordé al enorme zaguero Rafael Albrecht. Es San Miguel de Tucumán una ciudad argentina propicia para le emergencia de prodigios: allí fue la declaración de la independencia, allí nacieron el perro-gato, el súper-bebé de más de cinco kilos y el cerdo deforme con ojos de espanto. 





Allí también nació el defensa goleador José Rafael Albrecht: un fuerte central que hizo volar al alemán Helmut Haller en el mundial del 66: “le pegué con todo: rodilla, muslo y cadera, ¡cómo voló!”, dijo Albrecht al recordar la escena: “Yo pegaba fuerte, muy fuerte, pero sin mala intención y de frente”. 



El seis tucumano fue campeón con San Lorenzo Almagro en 1968 y con el León mexicano jugaría el espectro temporal que va de 1970 a 1974. En León llegó a ser jugador y técnico. Albrecht, avisan los manuales de futbol, es el séptimo defensa con más goles en la historia del balompié mundial. 




En total convirtió 95 goles, casi todos de penal. Su promedio en México como lanza-penales ha sido sólo superado por Sigifredo Mercado, quien también jugó en el León: treinta tiros desde el manchón y sólo uno fallado. Además José Rafael Albrecht poseía el señorío y la clase de un súper crack. 




Su elegante estampa se agigantaba cuando pedía la pelota para tirar los penales. Lo hacía con parsimonia impar, a paso y medio del balón, en la otra orilla de quienes, como Cuauhtémoc Blanco, necesitan gran espacio, mucho vuelo para perfilar los cobros. Rafael Albrecht jugó con aquel maravilloso trabuco de la década de los setenta donde plantaron cara, entre otros, Chepe Chávez, Manuel Guillén, Jorge Davino, Mario Ayala, los hermanos Razo, el Cuirio Santoyo, Chino Estrada, Darío Miranda, Roberto Salomone y Juan Valiente. 





Tres desgracias ensombrecieron la vida del defensor leonés que se retiró con el Atlas. Una: la rescisión del contrato con el San Lorenzo le llegó por telegrama. Dos: en 1971 lo atropelló un automóvil. 





Tres y más grave: estuvo varios días en coma tras haber sido arrollado por un tren en el paso a nivel de Donato Álvarez, en Caballito en 1989. Pero la resistencia y la reciedumbre del baluarte defensivo posibilitaron el milagro y ahora José Rafael Albrecht ya puede incluso caminar, caminar y pasar frente a Avenida de la Plata 1600, donde su corazón se inflama al evocar los gritos festivos de la tribuna. “El máximo triunfo de mi carrera fue ganar el Metropolitano del 68 con los Matadores. En ese equipo jugaban bien hasta los malos”, genio y figura de Rafael Albrecht. 



FUENTE: MILENIO 2020 /gilbertoprado@hotmail.com 


jueves, 5 de marzo de 2020

UN GRANDE EN EL RECUERDO Y CON ANECDOTAS

PEDRO ALEXIS GONZÁLEZ EL DE LAS MEDIAS AL REVES

Muchos cuestionaron su contratación, y después demostró que fue una pieza fundamental y proficua para la chance de conseguir el anhelado campeonato. Su llegada al club fue sin duda otra de las genialidades de Ángel Labruna; lo trajo exclusivamente para salir campeón. Y no se equivocó.



No fue un puntero derecho virtuoso, pero tampoco torpe. Tenía las aptitudes necesarias para destacarse en su puesto. Buen remate de corta y larga distancia, sabía acompañar con inteligencia todos los ataques del equipo y era preciso a la hora de definir. Además, tenía una facilidad impresionante para desbordar y cada centro suyo era medio gol. River se cansó de hacer goles mediante este tipo de jugada. Una fórmula infalible: centro de González y gol de Luque, desborde de González y gol de Morete, pelota al área de Pedro y gol de Marchetti.





El fútbol y el olfato por el arco eran ancestrales, los traía en la sangre por parte de su abuela paterna, que era pariente de Arsenio Erico.




Nació en Bella Vista, provincia de Corrientes, el 10 de marzo de 1946. Los primeros contactos con la pelota ocurrieron en el Lipton Fútbol Club correntino. Pero su futuro estaba en Buenos Aires. Primero tentó suerte en Argentinos Juniors y no gustó. Luego, el equipo del Ciclón lo recibió con los brazos abiertos, y allí pasó por todas las divisiones inferiores hasta lograr tres campeonatos en Primera.




Tras su paso por Defensor Lima de Perú, en el ’74, fue transferido a River Plate. Cuando Pedro González firmó para el plantel millonario, ya había realizado campañas memorables en San Lorenzo, donde conquistó el Metropolitano del ’68 y el bicampeonato del ’72. ¡Era un profesional consagrado!





“Labruna me llevó a River. Me encontró en un torneo Nacional, en cancha de Boca, un partido entre San Lorenzo y Talleres. Ángel dirigía a Talleres y ya sabía que iba a ir a River. Terminó el encuentro y me dijo: ‘Te quiero ver’. Pasó el tiempo y él no me llamaba, pero ni bien se hizo cargo del equipo de la banda roja recibí su llamado: ‘¡Pedro, vení que tenemos que salir campeones!’ No lo dudé un instante…”.




Con River fue campeón del Metro y Nacional del ’75; del Metro del ’77; del Metro y Nacional del ’79; y del Metro del ’80.




“Mientras viva, no podré olvidar la alegría que pasé cuando conseguimos el primer campeonato con River. Fue una explosión que estuvo contenida diecisiete años. Ángel Labruna lloraba desconsoladamente, siempre recuerdo esa escena. ¡Era pasión que tenía por River!”.




Participó en dieciocho Superclásicos y se ganó el cariño riverplatense. Nunca arrugó, siempre pidió la pelota… Disparidad de criterios con Alfredo Di Stéfano provocaron su alejamiento de un club al que había aprendido a querer. “Por ahí no lo entendí a Di Stéfano, me fui porque no quería estar en el banco. No soy jugador de banco, sufría mucho en ese lugar y decaía mi nivel futbolístico. Con todo lo que le di a River, me habrían dejado libre en un momento oportuno y sino, habrían esperado a que me fuera solo. Me dolió muchísimo la forma de proceder que tuvieron conmigo, la verdad es que no lo merecía”.




Jamás alzó la voz, siempre trabajó en silencio levantando la bandera de la humildad. No le molestó que los otros se llevaran las palmas. A fuerza de capacidad, desbordes, gambetas y goles decisivos, se ganó un lugar de titular indiscutido. En River, su eficacia fue fundamental para alcanzar la gloria. ¿Quién puede olvidarlo?





El gol del campeonato
De los Superclásicos que jugué hubo uno que me quedó registrado, fue el último del ’77 en la Bombonera, que ganamos 2 a 1. El anterior lo habíamos jugado en el Monumental y yo había marcado el tanto del empate. En el que nos llevamos la victoria debimos remontar una desventaja de 1 a 0 traída prácticamente desde los vestuarios. A los 3 minutos pasaron a ganar ellos con gol de Pernía, pero al final del primer tiempo pudo empatar Passarella, de penal. Como todos estos partidos, fue muy reñido y trabado. Tuve la suerte de convertir el gol del triunfo: Luque me habilitó, crucé en diagonal al arco, me salió el Loco Gatti y le hice un amague, pasó de largo y me fui solito hacia el arco con la pelota. Fue lindo por la jugada previa, porque lo hice faltando dos minutos para terminar y porque sirvió para ganar el partido y el campeonato. Recuerdo que el referí era Barreiro y a él le gustaba el buen fútbol; cuando venía corriendo para el centro del campo, me dijo:
–¡Qué golazo que hiciste Pedro! Es para festejarlo hasta mañana…





Borracho de agua mineral…
El Negro López me puso el mote de “Borracho”. Todo salió de una joda, porque yo no tomo vino ni en las comidas. Resulta que J.J. me dio un pase, la pelota pegó en una de mis piernas y se fue afuera. Me gritó:
–¿Qué hacés, borracho?
Después, en otra jugada, apilé a cuatro rivales, tiré el centro y vino el gol de Luque. Uno de la barrabrava me alentó:
–¡Bien, borracho!
Y el Negro, riéndose me señaló con el dedo. Siguieron cantando treinta más y de repente se sintió el grito en todo el estadio: “¡Bo-rra-cho! ¡Bo-rra-cho…!”.
En esa época estaba de moda la marca de vino Bordolino. En el partido siguiente, apenas anunciaron mi apellido por los altoparlantes, empezaron a cantar: “¡Bor-do-lino! ¡Bor-do-lino!”. Lo miré al Negro López reclamándole:
–Mirá lo que hiciste, la puta que te parió…
Al principio me dio gracia, después vi que la cosa cada día tomaba más fuerza y la quise frenar, pero no la pude parar más. Tanto fue así, que un día la mamá de Mostaza Merlo le preguntó:
–¿Es verdad que Pedrito es borracho…?
–No mamá, el que es borracho es tu hijo… Le contestó en joda y se reían los dos. La cuestión es que esta broma me trajo más de un problema. Me perjudicó y me perjudica. Hace poco me quisieron contratar de técnico y una porción de la comisión directiva, señaló:
–¿Cómo lo vas a contratar a ése…? ¡Si es borracho…!







Dentadura borracha
Pinino era infernal jodiendo. Estábamos por empezar a almorzar, ocho sentados en una mesa, después del entrenamiento. Ponían dos botellas de vino por mesa; el Mono se sentó al lado de Perico Raimondo y era el encargado de ponerle soda a los vasos. Uno me tocó el hombro y como un otario me di vuelta. En ese momento le sacó la dentadura a Raimondo y me la puso en el vaso mío. Tomé un trago y vi los dientes que me estaban sonriendo. Casi vomito todo, imaginate el asco que me dio…







El Eterno, enloquecido
El año ’75 quedará para siempre en mi recuerdo y en el de los hinchas riverplatenses. Además de haber ganado el campeonato Metropolitano, superamos a Boca en los dos enfrentamientos en la Bombonera, por 2 a 1. Me acuerdo el que jugamos por el Nacional. Allí debutó el Pulpo Luque, que venía de Unión de Santa Fe para reemplazar al Puma Morete, transferido al extranjero. Con Leopoldo habíamos entrenado algunos partidos pero no nos conocíamos mucho. Mientras nos cambiábamos en el vestuario, nos pusimos a conversar:
–Mirá Leo, yo manejo el sector derecho, llego al fondo y tiro centros. Además me gusta hacer la diagonal y meter goles.
–Yo, Pedro, creo que cabeceo bien y me gusta entrar de nueve y hacer la diagonal hacia la derecha.
Coincidimos en que nos llevaríamos bien. Fue una charla muy productiva y entre los dos ganamos el partido. Yo convertí el primero y Luque lo remató con el segundo. Labruna estaba trastornado de alegría. Una cosa es contarlo y otra muy distinta era ver la manera de festejar que tenía Ángel cuando le ganábamos a Boca.





El Pelado fresco, los mataba a todos
En junio del ’80 nos encontramos con Boca en el Monumental y ganamos 2 a 1. Los goles los hicieron Passarella y Luque. A los diez del segundo tiempo, Labruna ordenó que ingrese el Pelado Díaz para suplantarme. A ningún jugador le gusta salir de la cancha y, por supuesto, a mí tampoco. Trataba de disimularlo, pero la procesión iba por dentro. Ahora a la distancia, como técnico, debo reconocer que Ángel tenía razón. Lo metía a Ramón fresco y los mataba a todos con los piques que hacía. Le daba oxígeno al mediocampo y a la línea de tres; complicaba a los defensores con sus mortíferas diagonales. Una pelota larga hace retroceder las líneas, pregonaba Labruna, y a pesar de mis broncas, debo reconocer que tenía razón.






¡El técnico era Labruna!
Recuerdo aquel Superclásico en la Bombonera, en el ’80. Ganamos 5 a 2 y todavía me emociono. En esa tarde el uruguayo Carrasco la rompió, metió dos goles y le hizo hacer dos al Pelado Díaz. ¡Era un jugadorazo! Yo ingresé en la segunda etapa por Alberto Ortiz. Comparto algunas declaraciones que hizo últimamente el uruguayo, pero otras no. Lo que pasa es que él llegó tarde a River y no vivió el comienzo previo al proceso, cuando Labruna formó el grupo y nos fijó los roles a cada uno. No era joda, había que sacar campeón a River después de diecisiete años. Ángel bancó al plantel porque ese equipo no se conformó con ese solo título, seguimos consiguiendo campeonatos y brindándole satisfacciones a la hinchada.
Entiendo que Carrasco quisiera jugar, además tenía condiciones para hacerlo, pero no es cierto que el Negro López era el técnico de River. El que decidía, armaba el equipo, sacaba y ponía era Ángel Labruna, no se equivoquen…






• Cuando un marcador me agarraba la vuelta y me tomaba el tiempo, me iba para el otro lado y buscaba la oportunidad por allí. Si bien tenía recursos para sacarme un tipo de encima, prefería ser práctico. No conviene encapricharse en pasar a un defensor difícil y pegajoso, porque de esta forma pierde uno y sobre todo, el equipo.



• Para muchos, Ángel Labruna comprendía excesivamente al grupo; y decían que era el jefe de la banda. Pero esa banda le dio un montón de alegrías y era porque confiaba en el jugador.




• Tarantini y Pernía fueron los defensores de Boca más difíciles que tuve. Si no podía con mi velocidad, apelaba a la triangulación para confundirlos. Lo utilizaba a Saporiti, que era un avión, o a Pablo Comelles, que tenía una riqueza técnica tremenda. Trataba de sorprender con variantes improvisadas en el mismo partido.




• Nunca me pesó la camiseta de River. De entrada tuve dificultades porque venía de estar cuatro meses parado. Al principio, cuando entrenaba, sentía que tenía setenta años. Me pesaban los botines, los pantalones, todo… hasta la vida. Después me puse en forma y era un balazo.




• Roberto Perfumo le hizo muy bien al plantel, tenía el sentido común muy desarrollado. Unió al grupo. Con Roberto queríamos estar todos. Nos quedábamos conversando con él hasta la madrugada.




• A pesar de haber pasado un ciclo exitoso en San Lorenzo, me quedo con la etapa de River. Conseguí triunfos con más continuidad. La clave del éxito en River fue haber mantenido la base del equipo. En cambio, en el Ciclón salimos campeones en el ’68 y se mantuvo en el ’69, pero en el ’70 empezaron a vender jugadores y, lógicamente, hubo que empezar de cero.




• En mi etapa de jugador fui muy responsable y me cuidé mucho. De lo contrario no hubiera podido jugar hasta los treinta y siete años. Me ocupaba de los mínimos detalles. Entraba a la cancha con el canchero y le hacía tirar semillas en el sector derecho, que era el lugar por donde transitaba. Le decía: “Cuidá esta quintita, que es lo que te da de morfar”.




• Javier Castrilli no me gusta, no sabe manejar los tiempos del partido y condiciona el espectáculo. Se hizo exitoso por su agresividad. No critico su manera de ser, pero no lo comparto. Me inclino más por Pancho Lamolina, con él los partidos terminan once contra once, como debe ser. En mi época me gustaba Ricardo Calabria, que por ahí dejaba jugar fuerte, pero entendía la mala intención.




• En toda mi carrera utilicé como cábala las medias al revés, y por ese motivo recibía las cargadas de mis compañeros. Cuando pateaba desviado siempre había algún comedido que decía: ¿Y qué querés, si Pedro tiene los botines cambiados…?




FUENTE: TARINGA/ INFORIVERPLATENSE

sábado, 29 de febrero de 2020

PATRÓN DEL MEDIO

CLAUDIO OSCAR MARANGONI


1.- Claudio Oscar Marangoni nació en Rosario el 17 de noviembre de 1954.

2.- Formado en las divisiones inferiores de Chacarita Juniors, debutó en primera división el 21 de julio de 1974. Esa tarde, en San Martín, Atético Regina derrotó 1 a 0 a los tricolores. Humberto Maschio era el entrenador funebrero.

3.- Volante central de enorme técnica. Alto y rubio. Era muy fácil distinguirlo dentro del campo de juego. Sus destacadas actuaciones llamaron la atención. Vistió la tricolor en 62 partidos, marcando 7 goles. 

4.- Luego del Metropolitano 1976 es transferido a San Lorenzo de Almagro. Debutó ante Talleres de Córdoba, primera fecha del Nacional. Esa noche, el Ciclón formó con: Irusta; Sergio Villar, Mario Olguín, Maletti y Uzín; Juan Gauna, Claudio Marangoni y Mario Mendoza; Manuel Sánchez, Daniel Olivares y Arístides Rodríguez. Ganó San Lorenzo 1 a 0, tanto convertido por Maranga.

5.- En San Lorenzo jugó 135 partidos, marcando 25 goles. Fue la figura del equipo hasta su transferencia al Sunderland inglés a mediados de 1979. Dejó un recuerdo imborrable en Boedo.

6.- A mediados de 1979 llegó al Sunderland británico quién había abonado 380.000 libras esterlinas por su pase. Jugó una temporada en la Premier League. En el Reino Unido jugó 20 partidos, marcando 3 goles.

7.- En julio de 1981 regresó a la Argentina. A pesar de su pasado cuervo, firmó para Huracán de Parque Patricios. Allí se vio un jugador más maduro y asentado. Jugó Metropolitano y Nacional 81 y el Nacional de 1982 con el Globo de Jorge Newbery. En total, jugó 57 partidos, señalando 9 goles.

8.- A mediados de 1982 pasó a Independiente. Allí se vio lo mejor de su carrera. Formó un mediocampo de lujo junto a Ricardo Giusti, Jorge Burruchaga y Ricardo Bochini. Campeón del Metropolitano 1983. Copa Libertadores e Intercontinental 1984. En esos días también fue convocado por Carlos Salvador Bilardo al seleccionado nacional. Discrepancias personales con el entrenador lo alejaron del equipo. En Avellaneda disputó 237 partidos con 25 goles. 

9.- En julio de 1988, con casi 34 años, sorprendió a todos firmando para Boca Juniors. En la Ribera obtuvo la Supercopa 1989 y la Recopa 1990. Su ciclo finalizó luego de un encontronazo con el entrenador Carlos Aimar. Su último partido fue muy triste porque fue la fatídica noche del 14 de diciembre de 1990, ante San Lorenzo, partido suspendido por el asesinato de un hincha xeneize en el entretiempo. Con la azul y oro jugó 81 partidos, marcando 7 goles
.
10.- En su prolongada carrera, Claudio Oscar Marangoni disputó 598 partidos oficiales, marcando 78 goles. En el seleccionado sumó 9 encuentros, sin goles.

Por Carlos Aira (info@xenen.com.ar)


viernes, 14 de febrero de 2020

LA HISTORIA DE UN GRANDE

CRISTIAN LUCCHETTI UN HÉROE DENTRO Y FUERA DE LOS CAMPOS DE JUEGO


Hay quienes se rebelan contra su destino y pelean por alcanzar su sueño. Entre esas personas está Cristian Lucchetti, el hombre más experimentado del plantel conducido por Ricardo Zielinski y uno de los máximos ídolos contemporáneos de Atlético Tucumán junto a Luis Miguel "La Pulga" Rodríguez.





Luego de sus pasos por Banfield, Santos Laguna, Racing y Boca, Laucha llegó al Decano en 2012 y, prácticamente, se quedó a vivir. Con el pasar de los años se hizo gigante bajo los tres palos de 25 de Mayo y Chile, y fue vital en el último crecimiento de este conjunto que hoy está en boca de todo el mundo futbolero.



Con más de 200 partidos con la camiseta de Atlético, un ascenso a Primera, la doble clasificación a la Copa Libertadores, a la Copa Sudamericana, a la final de la Copa Argentina y a tantas otras hazañas de las que formó parte con sus atajadas, no hay dudas de que Cristian es un hombre clave. A tal punto que sus palabras a Clarín derrochan confianza en la antesala del duelo ante Gremio de Porto Alegre, por la ida de los cuartos de final de la Copa Libertadores.



"Estamos tranquilos, sí, pero al partido con Gremio lo tomamos con mucha seriedad y con mucha responsabilidad; más sabiendo lo trascendental que será este encuentro para el club. Por supuesto que también estamos con toda la ansiedad, sobre todo por las instancias que nos estamos jugando", cuenta el "1". Y agrega: "La verdad es que la ilusión que tenemos en la Copa es muy grande. Ojalá que podamos seguir avanzado; la esperanza siempre está".



No todo es fácil en la vida de Lucchetti. El arquero sufre una diabetes desde hace 15 años y debe inyectarse insulina cuatro o cinco veces al día. El simple acto de sacarse una gota de sangre para medir su nivel de azúcar se ha convertido en algo tan natural para el arquero como respirar.

Según lo que el propio arquero confiesa, su enfermedad terminó por declararse debido a las infiltraciones de corticoides para poder superar lesiones o el evitar jugar con dolor. Este procedimiento aceleró la manifestación de su diabetes. Tenía entonces 25 años. Y en lugar de acabar de su carrera, Lucchetti decidió enfrentarse a este desafío.

"Nunca fue un impedimento, en lo más mínimo. Ni tampoco fue un problema. Cuando me enteré lo tomé como que debía tener un poco más de control en las comidas o tener una vida más ordenada. Hay que tomarlo como que es una enfermedad en la que no funciona el páncreas y que hay alternativas que te permiten hacer una vida normal. Gracias a Dios no hizo que dejara de jugar; es para mí algo normal y cotidiano. Por supuesto hay ciertos controles y precauciones, pero nunca fue un problema", confiesa.

En el fútbol, la mayoría de los jugadores ya están retirados cuando cumplen 40 años. No es el caso de Lucchetti; más bien, todo lo contrario. El arquero viene a ser un estilo de Benjamin Button, el protagonista de aquella historia del hombre que nace con el cuerpo de una persona mayor y a medida que cumple años su cuerpo rejuvenece. Y si bien él niega estar en su mejor momento, afirma que "todavía le queda más para dar".

"Cumplí 40 hace unos meses. No sé si estoy en mi mejor momento pero me he sentido muy bien desde que estoy en el club. Trato de aportar siempre mi granito de arena. Algunos que tenemos más experiencias y años en el fútbol podemos aconsejar un poco a los más chicos y contarles nuestras cosas. Pero no hay un secreto de edad. Sí entrenarte y tener ganas de seguir peleándola; claro, el funcionamiento del equipo y que se den los resultados también es una motivación muy grande".

Ojo, antes de llegar a Atlético, por su cabeza también pasó por decir basta y retirarse. "Venía totalmente desmotivado. No la estaba pasando bien personalmente. Afortunadamente encontré en Atlético un club que me abrió las puertas para seguir. Y hoy estoy totalmente agradecido por todo lo que me dio. Por eso el club es una parte importantísima en mi vida. Más allá de lo que pase, siempre voy a estar agradecido".

Este presente, por suerte, es distinto para el Laucha. “Con Atlético he conseguido muchas cosas gracias a mis compañeros. Entre todos hemos ayudado a construir un sueño que hoy lo estamos viviendo. Espero que no se corte ", cierra el arquero, un luchador como pocos que tiene la ilusión de seguir haciendo historia con este equipo: Atlético, que con sus hazañas ya se ganó el respeto del continente.

POR: JUAN MANUEL ROVIRA AÑO 2018 DIARIO CLARÍN

jueves, 13 de febrero de 2020

POTRERO DE PURA CEPA

ANGEL CLEMENTE ROJAS 

ANGEL ROJAS : SU CUNA FUE UN POTRERO (…DE AQUELLOS QUE YA NO ESTÁN)

"Estoy aquí porque sentía necesidad de acercarme al barrio de mi niñez. Aquí no más, en Sarandí, en las esquinas que forman las calles Comodoro Rivadavia y Magan, nací un 28 de agosto de 1944. Y desde muy chico anduve por los grandes potreros que existían entonces junto con otros chicos de mi edad y especialmente con Bernao, que era muy amigo. ¿Y sabe a qué nos dedicábamos? A domar caballos. Claro que eran muy mansos y nunca nos pasó nada. El otro entretenimiento —por supuesto además del fútbol— era armarnos de una gomera para voltear pajaritos. 







El actual domicilio de Angel Clemente Rojas está enclavado en Villa Dominico. Detrás del número 4685 de la calle Terrada se empina una escalera que repentinamente me introduce en la intimidad de su hogar. Como una imagen "protectora" cuelga de una pared una foto color que lo muestra abrazado con Pelé cuando por primera vez se enfrentaron en el Maracaná. Abajo una leyenda recuerda otro hito de su corta y rica campaña: "Angel Rojas asombró en Marruecos". La mañana ya le deja paso al mediodía. Rojitas se despereza luego de cortar bruscamente su prolongado sueño. 



Ya estamos en la mesa del living siguiendo el racconto de su vida, mientras Marcela Beatriz abandona el llanto seducida por los flashes de nuestro fotógrafo Ernesto Carreño. Ya estamos de nuevo en los potreros de Sarandí, recordándolos en Villa Domínico. "Aquellos potreros que ya no están...", como dice hoy con nostalgia el jugador.




 "Muy pronto empecé a intervenir en infinidad de torneos de baby fútbol, casi siempre jugando para el club «Los rojos de Sarandí”, que estaba frente a mi casa. El fútbol se fue convirtiendo para mí en un vicio que incluso hacía que olvidara mis obligaciones en la escuela N° 15, donde estaba inscripto, pero por culpa de la pelota no iba casi nunca. Cuando fui siendo un poco más grande integré el equipo de Belgrano para muchos campeonatos de barrio. Allí estaba con Santoro y el hermano de él era nuestro delegado. Por entonces también comenzaron mis necesidades por trabajar en algo. Todas las mañanas a las cinco tenía que estar en Bernal, donde mi padrino tenía una fundición."




Colegio y fundición debieron sucumbir frente a la fuerza incontenible del crack que se iba modelando en ese chiquilín nacido para la travesura y la fama. Y sería justamente su propio padrino el encargado de ofrecerle al destino la oportunidad de darle un acercamiento a la trascendencia de una ficha oficial en un club importante.



"Una tarde me llevó a River para que me probaran. Tendría unos 13 años. Pero como el portero me exigió una citación que yo no tenía no nos dejó pasar. Al reponernos de la amargura decidimos irnos a Boca. En esa época estaba Gandulla con las inferiores y me hicieron ir un martes a Agronomía, que era el lugar donde practicaban. Jugué sólo medio tiempo y enseguida me dijeron que fuera a un lugar de Palermo para sacarme la radiografía y firmara enseguida porque el domingo se iniciaba el torneo de las divisiones. Debuté como N° 9 en la sexta frente a Huracán. Ganamos 3-1 y metí dos goles”.




El escalamiento posterior tuvo el torbellino que sólo acompaña a los elegidos. El año 62 lo encuentra en la cuarta y un día un señor Lay le anuncia que tiene que ir al club Arsenal de Lavallol (pertenecía a Boca) por un año. Allí recibiría una retribución mensual de $ 4.000 y $ 1500 por partido ganado. Se fue junto con Pianetti...




"Fue una alegría enorme. El fútbol comenzaba a retribuirme en plata mi esfuerzo de jugador. Debuté contra Piraña y vencimos 4-1. En un principio estábamos bajo las órdenes del señor Muñiz pero luego llegó Adolfo Pedernera, una hombre que sería decisivo para mi porvenir futbolístico. A pesar de que me pagaban y estaba en una institución importante, el fútbol seguía siendo para mí nada más que una diversión. Un juego que me gustaba con locura. No pensaba que podía llegar a ser algo importante para mi vida, mucho menos ser un futbolista de primera. A la otra temporada volví e Boca para ingresar en la tercera en los tiempos en que esta división era preliminar del partido principal porque las reservas jugaban los jueves."




Y un jueves se produciría justamente el prólogo de su fulgurante consagración. Un jueves inolvidable enfrentando a Estudiantes y sintiendo el estremecimiento de estar al lado de Rulli, de Grillo, de Silvero... De hombres experimentados y de gran calidad humana. "Me alentaron mucho y ganamos 4-1. Creo que anduve bastante bien a pesar de haber errado un penal."



Fue la última prueba que exigía su promoción definitiva. La tribuna rumoreaba su nombre con el martilleo de una exigencia. D'Amico recogió el eco de ese clamor y decide incorporarlo al domingo siguiente en el primer equipo. Recuerdo ese encuentro. Antes de empezar le pedí al técnico autorización para conversar con el  debutante. Asomó su rostro fresco y asustadizo para balbucear algunas palabras intrascendentes. Acaso ni él, ni yo supusimos en esos momentos que ocurriría poco después. Un triunfo amplio_ (3-0) contra Vélez. Tres resoluciones de Corbatta. Tres creaciones de Rojitas. Por eso su imagen en la última página de "El Gráfico" fue acompañado de este título: ¿NACE UN ÍDOLO EN BOCA? El tiempo diría que el signo de interrogación estaba de más…




"Todo había transcurrido con tanta rapidez que me parecía mentira. Fue un año muy bueno para mí. Enseguida vinieron los partidos por la Copa Libertadores de América. Ganamos aquel memorable partido en Montevideo a Peñarol. Gran actuación de Menéndez, Rulli y Errea. Con «Beto» teníamos un entendimiento sensacional que se iría afirmando. Se empezó a hablar de las famosas paredes que hacíamos. En realidad esa comunicación era producto del trabajo semanal, pero de cualquier manera era un fenómeno con el cual cualquiera se podía entender. Tenía un toque perfecto, una visión de la cancha admirable y no era egoísta. Después tuvimos que definir con el Santos. Fuimos a Río de Janeiro. Y recibí dos impresiones imborrables. Por un lado el Maracaná. Las bombas, e  griterío, el fervor del público eran cosas que nunca había visto. Y además me parecía un sueño verlo a Pelé al lado mío en una cancha y como rival. En 20 minutos nos metieron 3 goles, era una máquina ese equipo. Luego reaccionamos y nos pusimos 3-2. En la revancha jugada en nuestra cancha tuvimos mala suerte. Estaba para que ganáramos pero erramos muchos goles." 



 La notoriedad ya es un elemento cotidiano. El asedio de público y periodistas den el nivel alcanzado por su fútbol modelado en habilidad y preciosismo. Un departamento en la calle Caracas ("No me lo regaló Armando como se dijo sino que lo pagué yo con los premios que ganaba") decora la nueva vida del triunfador. Todo es fácil y subyugante hasta que en un recodo espera arteramente la desgracia. Arranca la temporada del 64 y en un partido contra Huracán, en campo barroso, lo engancha Devoto y al caer crujen los ligamentos de su rodilla derecha. Tres interminables meses de reposo.




 "Volví a reaparecer contra Huracán en el mismo estadio. Estaba excedido de peso, un problema que siempre me persigue si no me cuido, y mi rendimiento decayó. En esos momentos había en el equipo cada «nene»... Valentim, Corbatta, Sanfilippo, Menéndez... No era fácil agarrar la primera. Otra vez la Copa, y en el último partido contra River ocurrió aquel incidente. Fueron como 300 personas que se me vinieron encima en el hall del Monumental, me aplastaron, me dijeron de todo. Era —según decían— una venganza porque en  el partido anterior yo lo había «cargado» a Carrizo. Me tiraron al suelo y casi me masacran. A Menéndez también lo corrieron. Y eso que en la cancha no había pasado nada...”




En los recuerdos se cruzan también sus visitas a Europa. La primera incursión ocurrió en el 63, cuando conducidos por Adolfo Pedernera regresaron invictos de la gira.



"Lo que más me impresionó fue cuando tuvimos que jugar en Alemania sobre la nieve. Es algo increíble. Igual que si a uno lo ponen a bailar en una pista de hielo...”




Detrás del asombro vendría costumbre. Dos veces finalistas en la Copa Mohamed V. Dos veces el mismo rival: Real Madrid. Una victoria y el trofeo. Una derrota en una definición por penales, donde Gento fue más certero que el "flaco" Menotti.




En la vida privada los recursos económicos fueron limpiando el panorama. Carmen Beatriz, la novia del barrio, la esposa de hoy, es testigo de nuestro diálogo. Y su intervención sirve para salpicar de ironía nuestra charla.




-¿Cuándo se casaron?

Rojas: -En el 64.

Carmen Beatriz: No, en el 65!

Rojas: -Pero no! Fue en el 64.




 Interviene la cuñada a favor de Rojitas, que fortalecido por ese respaldo agrega socarronamente: "Esto póngalo en la nota. ¡Fíjese que mi señora no sabe cuándo nos casamos! Es una barbaridad..." Silencio. Breve intervalo. La esposa desaparece por una de las piezas. Al rato reaparece en escena.




Carmen Beatriz: -Mire, señor (mostrando la libreta de casamiento). Aquí está la fecha.

Decía al pie de la primera página: 20 de enero de 1965.

 Una sonrisa y dos rostros con gesto de resignación.




Más fechas. El 19 de agosto del 66 nace Marcela Beatriz. El 28 de enero de este año la mudanza a Villa Dominico. Retomamos el fútbol en el último campeonato conquistado por Boca.




"Un año excelente para mí. Jugué todos los partidos y allí me sentí realmente campeón, porque en la temporada anterior había actuado muy poco. Esa satisfacción es la que estamos tratando de repetir ahora. No sé lo que le ha pasado a Boca en los últimos años. De aquella inolvidable campaña recuerdo un gol que le hice a Chacarita. Nos estaban dando un «baile» sensacional, y sobre la hora agarré una pelota y entré a gambetear gente. Terminé haciendo el gol del triunfo. Al otro domingo derrotamos a River por 2-1 y casi nos aseguramos el título."





En el 66 vuelve a cruzarse una mala racha. El equipo no camina, Independiente los elimina de la Copa, Rojitas conoce el sabor amargo de volver a la reserva. Racing arrasa, River alcanza el segundo puesto.



"Me quedé tranquilo a pesar de la amargura. Ocurría que Adolfo Pedernera era un hombre que nos sabía tratar. Me explicó las razones de la exclusión y además me aconsejaba para que volviera a ser el de antes. Eso me dejó conforme y dispuesto a esforzarme para superar el momento. Sin embargo tardé mucho en conseguir ese objetivo. Solo al final del próximo campeonato, cuando «Cacho» Silveyra fue como director técnico, pude reaparecer. Fue el último partido contra Central, en Rosario, de noche, y perdimos 1-0. Después nos dieron vacaciones y comenzamos a trabajar en Mar del Plata. Entrenábamos mañana y tarde en los médanos y eso me vino muy bien porque volví a ponerme en estado. Bajé como 5 kilos. El primer ensayo futbolístico lo hicimos con la selección local y les ganamos 3-1."





 Ese verano fabricó en Boca una gran ilusión. La desbordante personalidad de Silveyra en su nueva función parecía destinada al éxito. Amistosos que fueron fortaleciendo la esperanza. Incorporaciones que prometían acercar las soluciones necesarias. Noches de euforia y triunfos.





"Había un entusiasmo tremendo. «Cacho» me aconsejaba y tenía la sensación de que iba a andar otra vez como en mis mejores tiempos. Ese gol que metí contra San Lorenzo en Mar del Plata hizo que la gente volviera a tenerme confianza. ¡Y venimos a perder ese partido contra Newells en nuestra cancha por 3-0! Nos parecía mentira porque había una fe tremenda en el equipo. Pienso que allí se vino todo abajo. A pesar de que enseguida le ganamos a Colón en Santa Fe, ya no nos sentíamos tan seguros. Sí, ese 3-0 inicial hizo que todo se viniera abajo. Se produjo el derrumbe. Y todavía no conseguimos reencontramos. Para mí es un misterio que no consigo descifrar. Hay jugadores pero el equipo no rinde. Y especialmente adelante no llegamos a entendernos, no hacemos goles..."



Más que escepticismo la última frase que nos deja Rojitas exterioriza confusión... La escalera nos vuelve a depositar junto a la chapa que señala el N° 4685 de la calle Terrada. Un horizonte de casas chatas le impregna nostalgia a los ojos de Rojitas. Allí estaban los potreros de su infancia. Aquellos potreros que ya no están. Los que servían para domar caballos con Bernao, o voltear pájaros con una gomera o hacerle trampa a la escuela. Cuando el fútbol era una diversión, nada más que una diversión...




HECTOR ONESIME (Suplemento SPORT de EL GRÁFICO. 1968)




EL CRACK QUE LOGRÓ VENCER SUS ADICCIONES

GUSTAVO ADOLFO BALLAS


Gustavo Ballas fue un crack del boxeo, un artista sobre el ring. Más que un campeón, fue un referente. Asumió como propia la máxima del boxeo: “el arte de pegar sin dejarse pegar”.


Llegó a ser campeón del mundo de los Supermoscas, siendo invicto a los 23 años, en una noche inolvidable en el Luna Park ante el coreano SukChulBae.
Ballas tenía una técnica exquisita: fue un maestro en el arte de la defensa, pegaba con justeza y era desequilibrante a la hora de atacar. Cada actuación suya era un recital.
Es que el villamariense, con sus estéticos movimientos y su técnica inigualable, convertía el ring en un escenario. Entre otros, se ganó el apelativo de Mandrake (El Mago)
Gustavo Ballas tuvo todo y perdió todo. Los amigos del campeón, la vida fácil, los excesos, en fin….la triste historia de tantos. Del cielo pasó al peor de los infiernos.
La adicciones a las drogas y al alcohol no solo perjudicaron a su carrera, también lo pusieron en jaque en su vida. Es que la vida le había pegado más fuerte que sus rivales sobre el ring.
Felizmente la historia no terminó allí, más bien recién comenzaba. Gustavo Ballas supo levantarse y empezaba lo mejor.
Nacido en Villa María. Hijo menor de 5 hermanos, fue criado por su padre, ya que su madre abandona la familia cuando era pequeño. Debido a la situación económica de su familia en ese entonces, Gustavo, a la edad de 10 años, se ve obligado a dejar el colegio y salir a vender en la calle.
Consiguió un trabajo como lavacopas en una pizzería local, lugar donde escuchó por radio una pelea de Nicolino Locche. Es entonces que decide ser boxeador.
Inició su etapa amateur bajo la dirección técnica del Maestro Alcides Rivera en Villa María, donde realizó 27 combates, de los cuales consigue 23 victorias, 3 empates y 1 derrota.
Ya radicado en Mendoza, inicia su etapa profesional el 27 de abril de 1977, bajo la dirección técnica de Francisco "Paco" Bermúdez, el mismo manager de su admirado Nicolino Loche. Realizó 120 combates, obteniendo 105 victorias (31 KO), 6 empates y 9 derrotas.
El 12 de septiembre de 1981 obtuvo el título mundial de la AMB en la categoría Supermosca tras derrotar por nocaut técnico en el octavo round a Suk Chul Bae.
En su primera defensa (15 de diciembre de 1981) fue derrotado por puntos por Rafael Pedroza en Panamá.
Luego intentó infructuosamente reconquistar la corona en dos ocasiones. En ambas perdió por nocaut técnico. La primera ante el japonés Jiro Watanabe en Osaka, la segunda frente al colombiano Sugar Baby Rojas, en Miami.
El Dandy del boxeo, como lo apodaban también, se quedó sin nada. Ballas era alcohólico y drogadependiente. Robó para drogarse y terminó en la cárcel.
Todos los amigos que tenía cuando era campeón del mundo desaparecieron. No tenía un peso, ni trabajo.
Se desequilibraba porque no se podía drogar. Entonces asaltó un kiosco con una pistola de juguete y después a un chofer de un taxi con un tenedor. Pero se desmayó cuando el hombre se dio vuelta y con el brazo lo empujó. Se quedó dormido y despertó en la comisaría. Después lo llevaron a Devoto porque era reincidente. Para el taxista, al que intentó robar, Ballas era "lo máximo" y lo empezó a visitar en la cárcel. ¡Hasta la vianda le llevaba!
Los amigos de Villa María lo ayudaron a curarse en un hospital de Bell Ville. Y "la Gringa", su esposa, no se separó nunca de su lado.
Ahora Ballas se dedica a contar en las escuelas todo lo que pasó en su vida. Y tiene un lema: "Hoy no me drogo ni bebo; mañana, no sé".
El Gobierno provincial lo convocó y le otorgó un subsidio para que empezara a recorrer Córdoba y le enseñara a la juventud los problemas que traen la droga y el alcohol.
Ballas pudo terminar la escuela primaria 50 años después de haberla abandonado
Desde hace unos años, con el apoyo del gremio ATILRA, Gustavo logró capacitarse en la Universidad del Salvador como Socioterapeuta en Adicciones y formó un grupo interdisciplinario de profesionales para ayudar a personas que padecen el flagelo de la droga y el alcohol.
Todos los días se encarga de recibir a muchos pacientes con los que charla y le cuenta su experiencia para salir de la adicción.
Ballas expresa en sus disertaciones que la bebida y la droga son una enfermedad brava. Hay que tener coraje para salir de esa inmundicia. A los pibes les pregunta: si ustedes van por la calle y ven que hay mierda, ¿la esquivan o la pisan?. Casi todos responden que la esquivan. Entonces, les dice: "No acepten droga porque también es una mierda".
Hoy, con 61 años, Ballas disfruta con la posibilidad de ayudar, por eso comparte su dificultoso trayecto por la vida en primera persona:
La vida de un chico criado en Villa María, abandonado por su madre y criado por su padre.
La vida de un pibe que laburando de lavacopas escuchó una pelea de Nicolino y quiso ser como él.
Del que dejó a su primer maestro Don Alcides Rivera y se fue a buscar en Don Paco Bermudez la sabiduría de la mejor escuela de boxeo, la de Mendoza.
La vida de un campeón que creyó haber tocado el cielo con las manos y tomó el camino equivocado. Del que cayó a la lona de rodillas, como ningún rival pudo tirarlo, ante los golpes de las traicioneras adicciones.
La vida de quien se levantó dignamente para pelearla, para seguir dando batalla, desde otro lugar. Del que entendió que la vida le daba una nueva oportunidad y supo aprovecharla.
La vida de un campeón que quiere seguir siéndolo, pero esta vez debajo de un cuadrilátero. La vida de Gustavo Ballas, un tipo que ya sin guantes, ni protector bucal, quiere noquear cada dìa a la droga y a las adicciones.
La vida de quien pudo salir del infierno y quiere cerrar con doble candado esa puerta de ingreso, para que nadie màs pueda entrar a èl.
En definitiva: la vida de alguien, que tuvo el don de boxear como los dioses, pero que la pelea cada día , como el tipo más común e indefenso, para noquear a sus viejos fantasmas.

POR: JORGE PARODI/ CADENA 3

"HISTORIAS QUE VALEN LA PENA CONOCER"

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