Llevar adelante ese negocio requería de una ajustada coordinación. En las oficinas de la revista, en la Avenida de Mayo al 700, se centralizaba la información que llegaba por la radio o por corresponsales especialmente destacados desde los distintos estadios. Desde allí, cuando se producía un gol en alguna cancha se informaba por teléfono a las demás – también se emplearon palomas mensajeras- donde  los operarios encargados del tablero trepaban por la estructura metálica y colocaban el cartel con la correspondiente información. 


El ruido de las poleas y las chapas llamaba la atención de los espectadores que inmediatamente dirigían sus miradas hacia el tablero, produciéndose un instante de suspenso y de murmullos, hasta que por fin aparecía la chapa que revelaba  la novedad. 



Y así como hoy nosotros miramos todo el tiempo la pantalla de nuestro teléfono móvil para ver las idioteces que publican nuestros amigos, los espectadores sacaban su Alumni  doblada en cuatro del bolsillo trasero del pantalón y descifraban la clave para enterarse  de lo que había pasado en otra cancha. Muchas veces hasta los mismos jugadores, de reojo,  prestaban atención a los resultados del cartel cuando el marcador de otros partidos influía en la colocación del propio equipo en el campeonato.



Mientras duró, fue un éxito. El Waterloo de la invención de Traverso, está claro, fue la aparición de la radio a transistores, a mediados de los años sesenta. La Spika en la oreja reemplazó a la Alumni doblada en cuatro en el bolsillo trasero del pantalón. La tecnología, como tantas otras veces lo haría más tarde, terminaba con la existencia una entrañable revista de papel, que ya no tenía sentido.
Las herrumbrosas estructuras de los tableros del Alumni resistieron, fantasmales, en lo alto de algunos estadios hasta bien entrados los años setenta, despertando la inevitable curiosidad de los hijos que preguntaban a sus padres sobre la utilidad de aquellos destartalados esqueletos oxidados.


FUENTE: REVISTA UN CAÑO