viernes, 14 de febrero de 2020

LA HISTORIA DE UN GRANDE

CRISTIAN LUCCHETTI UN HÉROE DENTRO Y FUERA DE LOS CAMPOS DE JUEGO


Hay quienes se rebelan contra su destino y pelean por alcanzar su sueño. Entre esas personas está Cristian Lucchetti, el hombre más experimentado del plantel conducido por Ricardo Zielinski y uno de los máximos ídolos contemporáneos de Atlético Tucumán junto a Luis Miguel "La Pulga" Rodríguez.





Luego de sus pasos por Banfield, Santos Laguna, Racing y Boca, Laucha llegó al Decano en 2012 y, prácticamente, se quedó a vivir. Con el pasar de los años se hizo gigante bajo los tres palos de 25 de Mayo y Chile, y fue vital en el último crecimiento de este conjunto que hoy está en boca de todo el mundo futbolero.



Con más de 200 partidos con la camiseta de Atlético, un ascenso a Primera, la doble clasificación a la Copa Libertadores, a la Copa Sudamericana, a la final de la Copa Argentina y a tantas otras hazañas de las que formó parte con sus atajadas, no hay dudas de que Cristian es un hombre clave. A tal punto que sus palabras a Clarín derrochan confianza en la antesala del duelo ante Gremio de Porto Alegre, por la ida de los cuartos de final de la Copa Libertadores.



"Estamos tranquilos, sí, pero al partido con Gremio lo tomamos con mucha seriedad y con mucha responsabilidad; más sabiendo lo trascendental que será este encuentro para el club. Por supuesto que también estamos con toda la ansiedad, sobre todo por las instancias que nos estamos jugando", cuenta el "1". Y agrega: "La verdad es que la ilusión que tenemos en la Copa es muy grande. Ojalá que podamos seguir avanzado; la esperanza siempre está".



No todo es fácil en la vida de Lucchetti. El arquero sufre una diabetes desde hace 15 años y debe inyectarse insulina cuatro o cinco veces al día. El simple acto de sacarse una gota de sangre para medir su nivel de azúcar se ha convertido en algo tan natural para el arquero como respirar.

Según lo que el propio arquero confiesa, su enfermedad terminó por declararse debido a las infiltraciones de corticoides para poder superar lesiones o el evitar jugar con dolor. Este procedimiento aceleró la manifestación de su diabetes. Tenía entonces 25 años. Y en lugar de acabar de su carrera, Lucchetti decidió enfrentarse a este desafío.

"Nunca fue un impedimento, en lo más mínimo. Ni tampoco fue un problema. Cuando me enteré lo tomé como que debía tener un poco más de control en las comidas o tener una vida más ordenada. Hay que tomarlo como que es una enfermedad en la que no funciona el páncreas y que hay alternativas que te permiten hacer una vida normal. Gracias a Dios no hizo que dejara de jugar; es para mí algo normal y cotidiano. Por supuesto hay ciertos controles y precauciones, pero nunca fue un problema", confiesa.

En el fútbol, la mayoría de los jugadores ya están retirados cuando cumplen 40 años. No es el caso de Lucchetti; más bien, todo lo contrario. El arquero viene a ser un estilo de Benjamin Button, el protagonista de aquella historia del hombre que nace con el cuerpo de una persona mayor y a medida que cumple años su cuerpo rejuvenece. Y si bien él niega estar en su mejor momento, afirma que "todavía le queda más para dar".

"Cumplí 40 hace unos meses. No sé si estoy en mi mejor momento pero me he sentido muy bien desde que estoy en el club. Trato de aportar siempre mi granito de arena. Algunos que tenemos más experiencias y años en el fútbol podemos aconsejar un poco a los más chicos y contarles nuestras cosas. Pero no hay un secreto de edad. Sí entrenarte y tener ganas de seguir peleándola; claro, el funcionamiento del equipo y que se den los resultados también es una motivación muy grande".

Ojo, antes de llegar a Atlético, por su cabeza también pasó por decir basta y retirarse. "Venía totalmente desmotivado. No la estaba pasando bien personalmente. Afortunadamente encontré en Atlético un club que me abrió las puertas para seguir. Y hoy estoy totalmente agradecido por todo lo que me dio. Por eso el club es una parte importantísima en mi vida. Más allá de lo que pase, siempre voy a estar agradecido".

Este presente, por suerte, es distinto para el Laucha. “Con Atlético he conseguido muchas cosas gracias a mis compañeros. Entre todos hemos ayudado a construir un sueño que hoy lo estamos viviendo. Espero que no se corte ", cierra el arquero, un luchador como pocos que tiene la ilusión de seguir haciendo historia con este equipo: Atlético, que con sus hazañas ya se ganó el respeto del continente.

POR: JUAN MANUEL ROVIRA AÑO 2018 DIARIO CLARÍN

jueves, 13 de febrero de 2020

POTRERO DE PURA CEPA

ANGEL CLEMENTE ROJAS 

ANGEL ROJAS : SU CUNA FUE UN POTRERO (…DE AQUELLOS QUE YA NO ESTÁN)

"Estoy aquí porque sentía necesidad de acercarme al barrio de mi niñez. Aquí no más, en Sarandí, en las esquinas que forman las calles Comodoro Rivadavia y Magan, nací un 28 de agosto de 1944. Y desde muy chico anduve por los grandes potreros que existían entonces junto con otros chicos de mi edad y especialmente con Bernao, que era muy amigo. ¿Y sabe a qué nos dedicábamos? A domar caballos. Claro que eran muy mansos y nunca nos pasó nada. El otro entretenimiento —por supuesto además del fútbol— era armarnos de una gomera para voltear pajaritos. 







El actual domicilio de Angel Clemente Rojas está enclavado en Villa Dominico. Detrás del número 4685 de la calle Terrada se empina una escalera que repentinamente me introduce en la intimidad de su hogar. Como una imagen "protectora" cuelga de una pared una foto color que lo muestra abrazado con Pelé cuando por primera vez se enfrentaron en el Maracaná. Abajo una leyenda recuerda otro hito de su corta y rica campaña: "Angel Rojas asombró en Marruecos". La mañana ya le deja paso al mediodía. Rojitas se despereza luego de cortar bruscamente su prolongado sueño. 



Ya estamos en la mesa del living siguiendo el racconto de su vida, mientras Marcela Beatriz abandona el llanto seducida por los flashes de nuestro fotógrafo Ernesto Carreño. Ya estamos de nuevo en los potreros de Sarandí, recordándolos en Villa Domínico. "Aquellos potreros que ya no están...", como dice hoy con nostalgia el jugador.




 "Muy pronto empecé a intervenir en infinidad de torneos de baby fútbol, casi siempre jugando para el club «Los rojos de Sarandí”, que estaba frente a mi casa. El fútbol se fue convirtiendo para mí en un vicio que incluso hacía que olvidara mis obligaciones en la escuela N° 15, donde estaba inscripto, pero por culpa de la pelota no iba casi nunca. Cuando fui siendo un poco más grande integré el equipo de Belgrano para muchos campeonatos de barrio. Allí estaba con Santoro y el hermano de él era nuestro delegado. Por entonces también comenzaron mis necesidades por trabajar en algo. Todas las mañanas a las cinco tenía que estar en Bernal, donde mi padrino tenía una fundición."




Colegio y fundición debieron sucumbir frente a la fuerza incontenible del crack que se iba modelando en ese chiquilín nacido para la travesura y la fama. Y sería justamente su propio padrino el encargado de ofrecerle al destino la oportunidad de darle un acercamiento a la trascendencia de una ficha oficial en un club importante.



"Una tarde me llevó a River para que me probaran. Tendría unos 13 años. Pero como el portero me exigió una citación que yo no tenía no nos dejó pasar. Al reponernos de la amargura decidimos irnos a Boca. En esa época estaba Gandulla con las inferiores y me hicieron ir un martes a Agronomía, que era el lugar donde practicaban. Jugué sólo medio tiempo y enseguida me dijeron que fuera a un lugar de Palermo para sacarme la radiografía y firmara enseguida porque el domingo se iniciaba el torneo de las divisiones. Debuté como N° 9 en la sexta frente a Huracán. Ganamos 3-1 y metí dos goles”.




El escalamiento posterior tuvo el torbellino que sólo acompaña a los elegidos. El año 62 lo encuentra en la cuarta y un día un señor Lay le anuncia que tiene que ir al club Arsenal de Lavallol (pertenecía a Boca) por un año. Allí recibiría una retribución mensual de $ 4.000 y $ 1500 por partido ganado. Se fue junto con Pianetti...




"Fue una alegría enorme. El fútbol comenzaba a retribuirme en plata mi esfuerzo de jugador. Debuté contra Piraña y vencimos 4-1. En un principio estábamos bajo las órdenes del señor Muñiz pero luego llegó Adolfo Pedernera, una hombre que sería decisivo para mi porvenir futbolístico. A pesar de que me pagaban y estaba en una institución importante, el fútbol seguía siendo para mí nada más que una diversión. Un juego que me gustaba con locura. No pensaba que podía llegar a ser algo importante para mi vida, mucho menos ser un futbolista de primera. A la otra temporada volví e Boca para ingresar en la tercera en los tiempos en que esta división era preliminar del partido principal porque las reservas jugaban los jueves."




Y un jueves se produciría justamente el prólogo de su fulgurante consagración. Un jueves inolvidable enfrentando a Estudiantes y sintiendo el estremecimiento de estar al lado de Rulli, de Grillo, de Silvero... De hombres experimentados y de gran calidad humana. "Me alentaron mucho y ganamos 4-1. Creo que anduve bastante bien a pesar de haber errado un penal."



Fue la última prueba que exigía su promoción definitiva. La tribuna rumoreaba su nombre con el martilleo de una exigencia. D'Amico recogió el eco de ese clamor y decide incorporarlo al domingo siguiente en el primer equipo. Recuerdo ese encuentro. Antes de empezar le pedí al técnico autorización para conversar con el  debutante. Asomó su rostro fresco y asustadizo para balbucear algunas palabras intrascendentes. Acaso ni él, ni yo supusimos en esos momentos que ocurriría poco después. Un triunfo amplio_ (3-0) contra Vélez. Tres resoluciones de Corbatta. Tres creaciones de Rojitas. Por eso su imagen en la última página de "El Gráfico" fue acompañado de este título: ¿NACE UN ÍDOLO EN BOCA? El tiempo diría que el signo de interrogación estaba de más…




"Todo había transcurrido con tanta rapidez que me parecía mentira. Fue un año muy bueno para mí. Enseguida vinieron los partidos por la Copa Libertadores de América. Ganamos aquel memorable partido en Montevideo a Peñarol. Gran actuación de Menéndez, Rulli y Errea. Con «Beto» teníamos un entendimiento sensacional que se iría afirmando. Se empezó a hablar de las famosas paredes que hacíamos. En realidad esa comunicación era producto del trabajo semanal, pero de cualquier manera era un fenómeno con el cual cualquiera se podía entender. Tenía un toque perfecto, una visión de la cancha admirable y no era egoísta. Después tuvimos que definir con el Santos. Fuimos a Río de Janeiro. Y recibí dos impresiones imborrables. Por un lado el Maracaná. Las bombas, e  griterío, el fervor del público eran cosas que nunca había visto. Y además me parecía un sueño verlo a Pelé al lado mío en una cancha y como rival. En 20 minutos nos metieron 3 goles, era una máquina ese equipo. Luego reaccionamos y nos pusimos 3-2. En la revancha jugada en nuestra cancha tuvimos mala suerte. Estaba para que ganáramos pero erramos muchos goles." 



 La notoriedad ya es un elemento cotidiano. El asedio de público y periodistas den el nivel alcanzado por su fútbol modelado en habilidad y preciosismo. Un departamento en la calle Caracas ("No me lo regaló Armando como se dijo sino que lo pagué yo con los premios que ganaba") decora la nueva vida del triunfador. Todo es fácil y subyugante hasta que en un recodo espera arteramente la desgracia. Arranca la temporada del 64 y en un partido contra Huracán, en campo barroso, lo engancha Devoto y al caer crujen los ligamentos de su rodilla derecha. Tres interminables meses de reposo.




 "Volví a reaparecer contra Huracán en el mismo estadio. Estaba excedido de peso, un problema que siempre me persigue si no me cuido, y mi rendimiento decayó. En esos momentos había en el equipo cada «nene»... Valentim, Corbatta, Sanfilippo, Menéndez... No era fácil agarrar la primera. Otra vez la Copa, y en el último partido contra River ocurrió aquel incidente. Fueron como 300 personas que se me vinieron encima en el hall del Monumental, me aplastaron, me dijeron de todo. Era —según decían— una venganza porque en  el partido anterior yo lo había «cargado» a Carrizo. Me tiraron al suelo y casi me masacran. A Menéndez también lo corrieron. Y eso que en la cancha no había pasado nada...”




En los recuerdos se cruzan también sus visitas a Europa. La primera incursión ocurrió en el 63, cuando conducidos por Adolfo Pedernera regresaron invictos de la gira.



"Lo que más me impresionó fue cuando tuvimos que jugar en Alemania sobre la nieve. Es algo increíble. Igual que si a uno lo ponen a bailar en una pista de hielo...”




Detrás del asombro vendría costumbre. Dos veces finalistas en la Copa Mohamed V. Dos veces el mismo rival: Real Madrid. Una victoria y el trofeo. Una derrota en una definición por penales, donde Gento fue más certero que el "flaco" Menotti.




En la vida privada los recursos económicos fueron limpiando el panorama. Carmen Beatriz, la novia del barrio, la esposa de hoy, es testigo de nuestro diálogo. Y su intervención sirve para salpicar de ironía nuestra charla.




-¿Cuándo se casaron?

Rojas: -En el 64.

Carmen Beatriz: No, en el 65!

Rojas: -Pero no! Fue en el 64.




 Interviene la cuñada a favor de Rojitas, que fortalecido por ese respaldo agrega socarronamente: "Esto póngalo en la nota. ¡Fíjese que mi señora no sabe cuándo nos casamos! Es una barbaridad..." Silencio. Breve intervalo. La esposa desaparece por una de las piezas. Al rato reaparece en escena.




Carmen Beatriz: -Mire, señor (mostrando la libreta de casamiento). Aquí está la fecha.

Decía al pie de la primera página: 20 de enero de 1965.

 Una sonrisa y dos rostros con gesto de resignación.




Más fechas. El 19 de agosto del 66 nace Marcela Beatriz. El 28 de enero de este año la mudanza a Villa Dominico. Retomamos el fútbol en el último campeonato conquistado por Boca.




"Un año excelente para mí. Jugué todos los partidos y allí me sentí realmente campeón, porque en la temporada anterior había actuado muy poco. Esa satisfacción es la que estamos tratando de repetir ahora. No sé lo que le ha pasado a Boca en los últimos años. De aquella inolvidable campaña recuerdo un gol que le hice a Chacarita. Nos estaban dando un «baile» sensacional, y sobre la hora agarré una pelota y entré a gambetear gente. Terminé haciendo el gol del triunfo. Al otro domingo derrotamos a River por 2-1 y casi nos aseguramos el título."





En el 66 vuelve a cruzarse una mala racha. El equipo no camina, Independiente los elimina de la Copa, Rojitas conoce el sabor amargo de volver a la reserva. Racing arrasa, River alcanza el segundo puesto.



"Me quedé tranquilo a pesar de la amargura. Ocurría que Adolfo Pedernera era un hombre que nos sabía tratar. Me explicó las razones de la exclusión y además me aconsejaba para que volviera a ser el de antes. Eso me dejó conforme y dispuesto a esforzarme para superar el momento. Sin embargo tardé mucho en conseguir ese objetivo. Solo al final del próximo campeonato, cuando «Cacho» Silveyra fue como director técnico, pude reaparecer. Fue el último partido contra Central, en Rosario, de noche, y perdimos 1-0. Después nos dieron vacaciones y comenzamos a trabajar en Mar del Plata. Entrenábamos mañana y tarde en los médanos y eso me vino muy bien porque volví a ponerme en estado. Bajé como 5 kilos. El primer ensayo futbolístico lo hicimos con la selección local y les ganamos 3-1."





 Ese verano fabricó en Boca una gran ilusión. La desbordante personalidad de Silveyra en su nueva función parecía destinada al éxito. Amistosos que fueron fortaleciendo la esperanza. Incorporaciones que prometían acercar las soluciones necesarias. Noches de euforia y triunfos.





"Había un entusiasmo tremendo. «Cacho» me aconsejaba y tenía la sensación de que iba a andar otra vez como en mis mejores tiempos. Ese gol que metí contra San Lorenzo en Mar del Plata hizo que la gente volviera a tenerme confianza. ¡Y venimos a perder ese partido contra Newells en nuestra cancha por 3-0! Nos parecía mentira porque había una fe tremenda en el equipo. Pienso que allí se vino todo abajo. A pesar de que enseguida le ganamos a Colón en Santa Fe, ya no nos sentíamos tan seguros. Sí, ese 3-0 inicial hizo que todo se viniera abajo. Se produjo el derrumbe. Y todavía no conseguimos reencontramos. Para mí es un misterio que no consigo descifrar. Hay jugadores pero el equipo no rinde. Y especialmente adelante no llegamos a entendernos, no hacemos goles..."



Más que escepticismo la última frase que nos deja Rojitas exterioriza confusión... La escalera nos vuelve a depositar junto a la chapa que señala el N° 4685 de la calle Terrada. Un horizonte de casas chatas le impregna nostalgia a los ojos de Rojitas. Allí estaban los potreros de su infancia. Aquellos potreros que ya no están. Los que servían para domar caballos con Bernao, o voltear pájaros con una gomera o hacerle trampa a la escuela. Cuando el fútbol era una diversión, nada más que una diversión...




HECTOR ONESIME (Suplemento SPORT de EL GRÁFICO. 1968)




EL CRACK QUE LOGRÓ VENCER SUS ADICCIONES

GUSTAVO ADOLFO BALLAS


Gustavo Ballas fue un crack del boxeo, un artista sobre el ring. Más que un campeón, fue un referente. Asumió como propia la máxima del boxeo: “el arte de pegar sin dejarse pegar”.


Llegó a ser campeón del mundo de los Supermoscas, siendo invicto a los 23 años, en una noche inolvidable en el Luna Park ante el coreano SukChulBae.
Ballas tenía una técnica exquisita: fue un maestro en el arte de la defensa, pegaba con justeza y era desequilibrante a la hora de atacar. Cada actuación suya era un recital.
Es que el villamariense, con sus estéticos movimientos y su técnica inigualable, convertía el ring en un escenario. Entre otros, se ganó el apelativo de Mandrake (El Mago)
Gustavo Ballas tuvo todo y perdió todo. Los amigos del campeón, la vida fácil, los excesos, en fin….la triste historia de tantos. Del cielo pasó al peor de los infiernos.
La adicciones a las drogas y al alcohol no solo perjudicaron a su carrera, también lo pusieron en jaque en su vida. Es que la vida le había pegado más fuerte que sus rivales sobre el ring.
Felizmente la historia no terminó allí, más bien recién comenzaba. Gustavo Ballas supo levantarse y empezaba lo mejor.
Nacido en Villa María. Hijo menor de 5 hermanos, fue criado por su padre, ya que su madre abandona la familia cuando era pequeño. Debido a la situación económica de su familia en ese entonces, Gustavo, a la edad de 10 años, se ve obligado a dejar el colegio y salir a vender en la calle.
Consiguió un trabajo como lavacopas en una pizzería local, lugar donde escuchó por radio una pelea de Nicolino Locche. Es entonces que decide ser boxeador.
Inició su etapa amateur bajo la dirección técnica del Maestro Alcides Rivera en Villa María, donde realizó 27 combates, de los cuales consigue 23 victorias, 3 empates y 1 derrota.
Ya radicado en Mendoza, inicia su etapa profesional el 27 de abril de 1977, bajo la dirección técnica de Francisco "Paco" Bermúdez, el mismo manager de su admirado Nicolino Loche. Realizó 120 combates, obteniendo 105 victorias (31 KO), 6 empates y 9 derrotas.
El 12 de septiembre de 1981 obtuvo el título mundial de la AMB en la categoría Supermosca tras derrotar por nocaut técnico en el octavo round a Suk Chul Bae.
En su primera defensa (15 de diciembre de 1981) fue derrotado por puntos por Rafael Pedroza en Panamá.
Luego intentó infructuosamente reconquistar la corona en dos ocasiones. En ambas perdió por nocaut técnico. La primera ante el japonés Jiro Watanabe en Osaka, la segunda frente al colombiano Sugar Baby Rojas, en Miami.
El Dandy del boxeo, como lo apodaban también, se quedó sin nada. Ballas era alcohólico y drogadependiente. Robó para drogarse y terminó en la cárcel.
Todos los amigos que tenía cuando era campeón del mundo desaparecieron. No tenía un peso, ni trabajo.
Se desequilibraba porque no se podía drogar. Entonces asaltó un kiosco con una pistola de juguete y después a un chofer de un taxi con un tenedor. Pero se desmayó cuando el hombre se dio vuelta y con el brazo lo empujó. Se quedó dormido y despertó en la comisaría. Después lo llevaron a Devoto porque era reincidente. Para el taxista, al que intentó robar, Ballas era "lo máximo" y lo empezó a visitar en la cárcel. ¡Hasta la vianda le llevaba!
Los amigos de Villa María lo ayudaron a curarse en un hospital de Bell Ville. Y "la Gringa", su esposa, no se separó nunca de su lado.
Ahora Ballas se dedica a contar en las escuelas todo lo que pasó en su vida. Y tiene un lema: "Hoy no me drogo ni bebo; mañana, no sé".
El Gobierno provincial lo convocó y le otorgó un subsidio para que empezara a recorrer Córdoba y le enseñara a la juventud los problemas que traen la droga y el alcohol.
Ballas pudo terminar la escuela primaria 50 años después de haberla abandonado
Desde hace unos años, con el apoyo del gremio ATILRA, Gustavo logró capacitarse en la Universidad del Salvador como Socioterapeuta en Adicciones y formó un grupo interdisciplinario de profesionales para ayudar a personas que padecen el flagelo de la droga y el alcohol.
Todos los días se encarga de recibir a muchos pacientes con los que charla y le cuenta su experiencia para salir de la adicción.
Ballas expresa en sus disertaciones que la bebida y la droga son una enfermedad brava. Hay que tener coraje para salir de esa inmundicia. A los pibes les pregunta: si ustedes van por la calle y ven que hay mierda, ¿la esquivan o la pisan?. Casi todos responden que la esquivan. Entonces, les dice: "No acepten droga porque también es una mierda".
Hoy, con 61 años, Ballas disfruta con la posibilidad de ayudar, por eso comparte su dificultoso trayecto por la vida en primera persona:
La vida de un chico criado en Villa María, abandonado por su madre y criado por su padre.
La vida de un pibe que laburando de lavacopas escuchó una pelea de Nicolino y quiso ser como él.
Del que dejó a su primer maestro Don Alcides Rivera y se fue a buscar en Don Paco Bermudez la sabiduría de la mejor escuela de boxeo, la de Mendoza.
La vida de un campeón que creyó haber tocado el cielo con las manos y tomó el camino equivocado. Del que cayó a la lona de rodillas, como ningún rival pudo tirarlo, ante los golpes de las traicioneras adicciones.
La vida de quien se levantó dignamente para pelearla, para seguir dando batalla, desde otro lugar. Del que entendió que la vida le daba una nueva oportunidad y supo aprovecharla.
La vida de un campeón que quiere seguir siéndolo, pero esta vez debajo de un cuadrilátero. La vida de Gustavo Ballas, un tipo que ya sin guantes, ni protector bucal, quiere noquear cada dìa a la droga y a las adicciones.
La vida de quien pudo salir del infierno y quiere cerrar con doble candado esa puerta de ingreso, para que nadie màs pueda entrar a èl.
En definitiva: la vida de alguien, que tuvo el don de boxear como los dioses, pero que la pelea cada día , como el tipo más común e indefenso, para noquear a sus viejos fantasmas.

POR: JORGE PARODI/ CADENA 3

martes, 11 de febrero de 2020

LA HISTORIA DE UN GRANDE

OMAR ARNALDO PALMA 



Parecía el mismo pibe que debutara como titular en el clásico contra Newell’s, en la semifinal del Nacional de 1980, que ganaron 3 a 0, de la mano de don Angel Zof, ese padre que le regaló el fútbol.


La historia de Omar Arnaldo Palma comenzó el 12 de abril de 1958 en Campo Largo, un pueblito chaqueño de hacheros y campesinos a 40 kilómetros al sur de Presidencia Roque Sáenz Peña, al borde del bosque impenetrable. Omar era un pibe de siete años que corría todo el día detrás del viejo tractor del abuelo Fortunato, cuando mamá Mercedes lo subió con sus cinco hermanos al Ferrocarril Belgrano en el que viajaron casi todo un día hasta la estación Rosario Oeste. En los asientos de madera de la clase curiosamente llamada “turista”, Doña Mercedes abría cada tanto unos  paquetes de viejo papel de estraza y repartía sandwiches de milanesa con la religiosidad y el sentido de justicia de los humildes.

Don Gerónimo, el padre, había viajado meses antes a Rosario, donde había conseguido empleo en la municipalidad –todavía trabaja en la Secretaría de Salud Pública– y mandó a llamar a la familia. “Yo no sabía adónde íbamos. Me acuerdo de que tardamos como un día y que no llegábamos más. Imaginate que nunca había visto un tren. Así que para mí, que era un pibe de campo, era como viajar a la Luna”, grafica ahora sus recuerdos de provincia.

Luego de los primeros años en la villa de Empalme Graneros, los Palma se mudaron a barrio Sarmiento –a pocas cuadras del Gigante de Arroyito– donde don Vicente Tuttolomondo, un compañero y amigo del padre en la municipalidad, les ofreció ir a vivir en una piecita del fondo. “Este señor trabajaba en la municipalidad y vivía solo. Le ofreció a mi viejo ir a vivir a su casa, una casita muy humilde –evoca Omar–. Ahí vivimos mis viejos y los seis hermanos –cuatro varones y dos mujeres– en una pieza. Dormíamos unos arriba de otros”.

“Cuando llegué veía que todos los chicos andaban con la camiseta de Central y ya me empezó a interesar y a gustar los colores –confía su primera impresión–. Y cuando tenía 9 años, los amigos del barrio me dijeron que íbamos a ir a ver la práctica de Central. Ahí me empezó a gustar Central”.

“Como en el barrio veían que jugaba más o menos bien, me llamaron para jugar en Independiente, un equipo de Empalme Graneros. Y pensar que cuando era chico simpatizaba con Independiente”, razona Omar desde el otro extremo de su carrera. “Y después me vinieron a buscar de Los Pibes de don Pepe, que era un hombre que tenía un almacén. En Independiente jugábamos torneos, pero en Los Pibes de don Pepe ya jugábamos en una liga”, destaca la diferencia.

Bravas épocas en las que aprendió a gambetear el fin de mes antes que a los defensores, cuando los Palma jugaban a las escondidas con el mango. Omar envolvía con diarios los botines sin fecha de vencimiento y caminaba más de 30 cuadras por la vía hasta la cancha de Centralito, en Junín al 2000, donde el viejo lo había llevado a probarse.

“Cuando llegué a Central, a los 13 años, era chiquito, negro y chaqueño; así que ahí nomás me pusieron Tordo. ¿Cómo querés que me llamaran?”, reflexiona mientras se ríe con ganas.

Con un metro con 64 centímetros y botines número 5 y medio, que le tienen que hacer a medida, los comienzos de Palma en el fútbol tampoco fueron fáciles, como en la vida misma. “Me vieron medio chiquito y me quisieron mandar a una escuela de fútbol. ¿Qué es eso? –se pregunta con bronca–. Lo único que sabía era que estaban los chicos a los que preparaban un poco más y que después podían pasar a las inferiores, pero no me convencía”.

Mamá Mercedes trabajaba en casas de familia y juntaba los pesitos para el colectivo que Omar tomaba hasta el control de Granadero Baigorria, desde donde caminaba hasta la ciudad deportiva.


“Estudié hasta segundo año, como instalador electricista, hasta que opté por el fútbol y me la jugué –rememora–. Como todo chico de campo, y de antes, cuando iba a tomar una decisión la consultaba con mis viejos. Ahora es distinto porque si un chico te dice que no quiere estudiar, no podés hacer nada. Antes hacías lo que te mandaban tus viejos.”

Doña Mercedes limpiaba la casa de Domingo Rudi, que tenía un taller de letras en Arroyito, donde Omar comenzó a trabajar como aprendiz hasta llegar a ser medio oficial letrista. “Y era bueno, eh”, asegura con suficiencia. “De pibe fui verdulero, gasista, pintor, albañil... Hice de todo, había que laburar”, cuenta.

Don Gerónimo parece Palmita mismo, pero más viejo. “Siempre me aconsejó seguir el camino de la humildad –asegura–. Uno puede estar bien y tener dinero, o no tener nada, pero siempre debe ser el mismo. Y a eso lo valoro porque a pesar de todo lo que conseguí y del bienestar de mi familia, nunca cambié”.

Omar tiene un cariño especial por Marcelo Delgado, desde la época en la que jugaron juntos en Central. El Chelo comparte con el Tordo su origen humilde y la habilidad para gambetear la pobreza con una pelota. “Yo me identifiqué mucho con el Chelo y lo quiero un montón. Yo era igual a él”, explica.

¿Bilardo te debería haber dado alguna oportunidad en la Selección?
–Creo que sí. Hay jugadores que dejan de jugar y empiezan a hablar. Lo que no dijiste cuando jugabas, no lo podés decir más. Como los que denuncian que uno se entregó, que otro se drogaba... Ahora me tengo que callar la boca, lo que no dije cuando jugaba no lo puedo decir más. No soy de dar nombres, pero digo que jugadores inferiores a mí integraron la Selección. No puedo decir nada y si hay algún motivo, Bilardo debe saber por qué nunca me llevó a la Selección.


–Marchetta decía que si fueras alto, rubio y de ojos celestes estarías jugando en el Real Madrid.
–¡Pedro es un personaje! (mientras estalla en una carcajada).

–¿Las tres alegrías más grandes del fútbol?                                                 
–La Conmebol, por todo lo que significó para nosotros, como algunas cosas que solamente sabemos los jugadores y el cuerpo técnico. Tardamos como un día para llegar a Chile, y hasta pusimos plata de nuestro bolsillo con el Polilla y los más grandes. El campeonato del ’87, con don Angel y ese equipazo, porque en la primera rueda estábamos en la mitad de la tabla y por haber salido mejor jugador y goleador. Y el gol de tiro libre que le hice a Islas en el clásico del ’95, porque ya me estaba por retirar y nunca le había podido hacer un gol a Ñubel.

–¿Y tres tristezas?
–Una sola: cuando me fracturé en el ’84, contra Chacarita, y tuve que sufrir el descenso de Central y lloré en la tribuna, sin poder hacer nada.


“Omar fue el único que me abrió la puerta cuando fui a jugar a River”, confía su amigo, el Negro Julio Zamora. Y el otro Negro lo ratifica: “River es bravo, más cuando llegás de afuera. Encima yo tampoco le daba bola a nadie. Yo hacía mi vida y punto”, sentencia como con bronca.

–¿Por qué en River no te fue como en Central?
–Cuando llegué era un equipo formado, había ganado todo, se había retirado el Beto Alonso, y en el primer año me costó adaptarme porque en River tenés que ganar todos los partidos. Encima, me lesioné y me operaron de un neuroma en un dedo de cada pie. En el segundo año por suerte anduve bien porque tuve un poco de continuidad.

–¿Podrías haber rendido más?
–Sí, porque cuando me fui de River llegué al nivel que había tenido en Central. Creo que a partir del ’89 iba a ser en River el jugador que había jugado en Central. La gente ya estaba convencida de la clase de jugador que era, y yo le tapé la boca jugando. En el ’88 tuve un buen año en River y por eso me vendieron a México.

–¿Menotti tuvo que ver en tu mejora?
–Creo que no porque el jugador se pone y se saca solo.

–¿Pesa la 10 de River?
–Es difícil porque la tuvieron jugadores con mucha trayectoria y títulos ganados; pero ojo que jugar en Central es muy difícil y la 10 de Central pesa porque es un grande.

MIGUEL PISANO
Fotos: Alberto Raggio
FUENTE: EL GRÁFICO






lunes, 10 de febrero de 2020

UN GUERRERO DE AQUELLOS

EL PARAGUAYO ROBERTO CABAÑAS


Falleció uno de los ídolos del fútbol sudamericano: el paraguayo Roberto Cabañas.


La estrella de la selección guaraní campeona de América en 1979 murió en la madrugada del lunes 9 de Febrero del 2017 a los 55 años, tras un sufrir un problema cardiorrespiratorio.
La "pantera guaraní", o simplemente "Cabañitas", fue un "virtuoso depredador del área" como lo califica el sitio oficial de la Confederación Sudamericana de Fútbol, la Conmebol.
Con su selección también participó en el Mundial de México en 1986, superando la fase de grupos en la que se midió contra el país anfitrión, Irak y Bélgica, a la que le anotó dos goles.
Luego caería en octavos de final contra Inglaterra.
De carácter aguerrido y temperamental, Cabañas se convirtió en ídolo de los clubes por donde pasó.
Luego de surgir con Cerro Porteño jugó cuatro años con el Cosmos de Nueva York, donde despuntó como un gran goleador.
Regreso al fútbol sudamericano en 1985 de la mano del América de Cali de Colombia, equipo con el que disputó tres finales de la Copa Libertadores y forjó su leyenda.
Luego pasó al fútbol francés con el Brest y en el Olympique de Lyon, donde quedó en evidencia su calidad frente al arco al anotar 40 goles en tres años, antes de recalar en el Boca Juniors argentino.



Allí jugó en dos etapas entre 1992 y 1995, convirtiéndose en uno de los favoritos de la afición xeneize.

"Se coronó en el torneo Apertura 1992 y dio la vuelta olímpica de rodillas, siempre fue muy recordado por su estilo 'picante' y su guapeza en la cancha, sobre todo en los duelos ante River", recordó su pasó por el fútbol argentino el diario La Nación.

"Jamás me voy a arrepentir de haber dicho que ellos eran gallinas y nosotros, hombres", dijo en un momento sobre sus duelos ante River Plate, dejando en claro su amor incondicional por la camiseta de Boca, con la que marcó 16 goles en 61 partidos.

FUENTE: BBC.COM

viernes, 7 de febrero de 2020

EL RETRATO DE UN EX CAMPEÓN DEL MUNDO

AHORA SERGIO VICTOR PALMA LE PELEA A LA VIDA 

Como es frecuente en el caso de los boxeadores, la historia de Sergio Víctor Palma no es pum para arriba. Campeón mundial de los supergallos en 1980, este nativo de La Tigra, Chaco (localidad cinéfila nacional) pudo retener el título apenas un par de años, antes de caer inapelablemente. Al día de hoy su salud se presenta deteriorada, consecuencia de un ACV sufrido una década atrás. El episodio cerebrovascular no fue consecuencia de los golpes recibidos, cabe aclarar, sino secuela del accidente automovilístico que le afectó una arteria cervical. Dirigida por Hernán Fernández (Buenos Aires, 1985), La piel marcada hace un retrato del Palma que en unas semanas cumple 61, retrocede en flashbacks hasta su momento de gloria y confronta todo eso con los comienzos de un boxeador amateur que hoy se inicia, seguramente con las mismas ilusiones que habrá tenido aquel pibe chaqueño cuarenta años atrás.




Hoy en día y de acuerdo a lo que muestra La piel marcada, Sergio Víctor Palma vive semi recluido junto a una mujer que lo cuida como si fuera su madre (siempre hubo algo de niño en esa sonrisa y esa mirada; ahora hay algo de niño triste), tomando mate, repasando recuerdos y mirando fotos viejas. Cabe preguntarse cuánto de eso está montado, ya que el de Hernán Fernández es, notoriamente, un documental con una fuerte puesta en escena previa. 

En una entrevista concedida antes del ACV Palma advertía al entrevistador que su memoria no era buena. Ahora compara los recuerdos con chapitas flotando en un estanque, a las que uno ve, pero cuando las quiere alcanzar se escapan, por el movimiento generado por la propia mano. Es una muy buena imagen, bastante trágica si se la piensa, y no debe sorprender viniendo de alguien que siempre se destacó por su claridad de pensamiento, la articulación y riqueza de su habla y hasta ciertos arrebatos poéticos, todo ello no precisamente esperable en un boxeador. 


Hijo de padres cosecheros, Palma parece haberse labrado todo eso tan a los golpes como su carrera en el ring. “¿No está del todo mal, ¿no?”, comenta, al más puro estilo Borges, ante un fragmento poético (bastante cursi, en verdad) que le lee su esposa, en un momento de La piel marcada. 


Lo otro que golpea de este boxeador suave, que no pierde la sonrisa, es la sinceridad brutal. “Yo perdí esa pelea”, dice sobre una de sus defensas del título. “Me la dieron ganada porque fue acá”. Es más: “Yo hacía un personaje modesto, humilde. Pero era por cobardía, para no comprometerme.” Hernán Fernández elige contrapuntear el presente de Palma con el de Matías, el pibe que se inicia y al que la mamá le pide, ingenuamente, que nunca le marquen la cara. 


La idea fue, seguramente, evitar que la película se convirtiera en una cabalgata de puro pasado. El problema es que no llega a hacerse de Matías un personaje con interés en sí mismo, limitándoselo al mero rol funcional de contrapunto narrativo. En lugar de eso, ¿no cabría haber investigado luces y sombras en la vida de Palma?

Teniendo en cuenta que el primer boxeador argentino al que le levantaron la diestra en Estados Unidos tiene cuatro hijos y un par de esposas previas, ¿no se podrían haber investigado un poco las relaciones familiares? Considerando que fue un campeón de la dictadura que perdió su título días después de la caída de Malvinas, ¿no se podría haber explorado qué clase de construcción hicieron en su momento los medios de su triunfo y su derrota? ¿Su relación con el entrenador Santos Zacarías, que como entre padre e hijo pasó de la incondicionalidad a la ruptura? Técnicamente impecable (signo de todo el cine argentino reciente), bañada por una luz que parece acariciar al protagonista (gentileza del documentalista Diego Gachassin), La piel marcada se da el lujo de ligar, por montaje, tiempos distantes, como cuando muestra al Palma de hoy en día mirando por la ventana su propia llegada al país treinta y seis años atrás, tras su conquista de la corona. No parece casual que uno de los montajistas sea el propio Fernández.

7 - LA PIEL MARCADA

Argentina, 2015
Dirección y guion: Hernán Fernández.
Fotografía: Diego Gachassin.
Montaje: Luciano Sosa y Hernán Fernández.
Duración: 76 minutos.
Intérpretes: Sergio Víctor Palma, Matías Zavalla, Orieta Edith Gilberto.
Estreno exclusivo en el cine Gaumont Incaa Km 0.

FUENTE: PÁGINA 12

LA HISTORIA DE UN GRANDE

CRISTIAN LUCCHETTI UN HÉROE DENTRO Y FUERA DE LOS CAMPOS DE JUEGO Hay quienes se rebelan contra su destino y pelean por alcanzar su sueñ...