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domingo, 14 de abril de 2024

PERIODISTAS DE LUJO

LA HISTORIA DE UN MAESTRO: "DANTE PANZERI"

FUENTE: "EL GRAFICO"

Por Andrés Burgo

Nota publicada en la edición de julio de 2013 de El Gráfico 

Era un pelado con actitud punk, o sea alguien único en su especie. Dante Panzeri tenía una calvicie franciscana y una filosofía hardcore, la de un libertario en rebeldía contra una atmósfera futbolística que, más que rodearlo, lo ahogaba.





Parapetado desde su alopecia sin maquillaje (lo que también era una manera de exponer su transparencia, en tiempos en los que aún no se había instalado el raimiento severo de Juan Sebastián Verón, los claritos refinados de Martín Palermo o los implantes esponsorizados de Pablo Lunati), Panzeri fue un librepensador que militó por la abolición de la inmoralidad, el fútbol mal jugado y los directores técnicos: desglosaba las siglas DT como “Dan Tristeza” o “Decí Tarado”, y los trataba de “hombres de dignidad resentida” o “ladrones de azul”.

Sus artículos debían leerse con La Marsellesa de fondo. Sus palabras fueron, según el caso, barricadas o puntas de lanza. Su obra especuló menos que el vuelo de un meteorito. Eligió ser mil veces más agudo que poético. Desbarrancó más de una vez, pero no le importaba. Despotricó porque al fútbol le faltaban “dirigentes, decencia y wines”, pero su proclama quedó incompleta: también le faltaban periodistas como él. Y 44 años después de su muerte, le siguen faltando.

La publicación de una antología de sus mejores artículos (Dirigentes, decencia y wines, Editorial Sudamericana, 2013, una selección a cargo de Matías Bauso), más sendas reediciones de los libros que escribió en 1967 (Fútbol, dinámica de lo impensado, Capitán Swing, 2012, mérito de Sebastián Kohan Esquenazi) y en 1974 (Burguesía y gangsterismo en el deporte, Capital Intelectual, 2012), dejan una evidencia: para tener una visión completa de fútbol argentino es necesario repasar los escritos de Panzeri, paradójicamente el periodista más citado y menos leído. Somos los Salieris de Dante: le robamos sus textos a él.

El legado que dejó en las miles de notas y los dos libros que escribió excede su profesión e ilumina al lector promedio, al hincha de River, Boca, Racing (su club, junto a Sportivo Belgrano de San Francisco), Tristán Suárez o Altos Hornos Zapla: la misión de Panzeri gira alrededor del fútbol y la honestidad, pero ante todo es una perpetua y a veces desesperada búsqueda hacia la verdad, o al menos su verdad.

En sus textos –y en sus columnas televisivas y radiales– aparecían en primer plano la pelota, el estado de los clubes, los dirigentes, los héroes, los antihéroes, los dirigentes y el periodismo, pero el trazo de atrás era, siempre, la libertad. Ese fue su dogma. Ese fue, también, su codicilo.

La vindicación de Panzeri no implica santificarlo, o tal vez sí, pero tampoco es cuestión de suscribir sus desbordes talibanes y adherir a todos los “panzeriazos”, desde los futbolísticos, como su minoración de Garrincha en el Mundial 62’ (“No llamamos jugador cabal a Garrincha, sino que tomamos su habilidad, un factor individualmente importante en ciertas ocasiones. (…) Garrincha dejó al descubierto su fútbol negativo para un equipo, brillante acaso para el público”), hasta los políticos, como determinados guiños a las políticas deportivas del gobierno militar que derrocó a Juan Domingo Perón (era antiperonista: “A partir de 1945, el país perdió la personalidad ética y estética que lo había definido”) y su rol como interventor en la Federación de Ciclismo en 1956 (“La Revolución –en referencia a la Revolución Libertadora– que puso término a una larga noche de la vida argentina no podía prescindir del deporte entre las actividades que imponía un revisionismo (…). Limpiar al deporte de lo sucio que estaba –pero que aún está– fue consigna seguramente muy noble, muy bien intencionada y muy justificada dentro de este proceso intervencionista”). Igual, es cierto, hasta el propio Dante habría rechazado con acidez su propia canonización: “Ni el más genial de los hombres merece ser admirable porque lo que hace como cosa difícil para los demás es fácil para él. El mayor genio humano fue hasta ahora Leonardo Da Vinci, y no creo que haya sido capaz de jugar bien al fútbol, o de tejerse un pullover”.

Puntualizadas también algunas anacronías (en 1973 insistía en que lo mejor que podía hacer un técnico era “elegir lo mejor y no hablar para otra cosa que recomendarles a los futbolistas ‘jueguen como ustedes saben’ o ‘hagan lo que tienen que hacer’”), el medio de Panzeri no sólo era el mensaje. Muchas veces fue magnífico qué decía, pero siempre fue magnífico cómo decía. Si hubiera que salvar del fuego una sola de sus virtudes, primero habría que rescatar su libertad (más que su opinión en sí). No decía lo que quería, sino lo que creía, y por eso se llenó de prestigio y de enemigos. En la apoteosis de sus principios, hasta rechazó agasajos para no perder independencia.

Como si fueran aforismos, Panzeri decía de su trabajo: “Todo periodista tiene que estar preparado para perder amigos. La actividad no tiene por objetivo ganarlos”; “El periodista es y debe ser un descontento”; “Ni la popularidad ni el gustar son los objetivos de la misión periodística”; “Somos fiscales, no jueces, y debemos ser parciales a favor del bien y en contra del mal”; “Con la verdad se vende menos pero se gana más”; “Aunque siempre muy resistida, la verdad fue siempre respetada. La mentira es aplaudida, pero nunca respetada. Los periodistas tenemos que meditar cuál de los dos negocios es mejor”; “El periodismo es el cumplimiento de la obligación de enseñar a pensar a la gente”, “Yo no busco adeptos. Es más, en algún caso me molestan”; o, cuando un lector de El Gráfico escribió que su opinión debía ser más importante que la de la revista porque “el cliente siempre tiene la razón”, Panzeri se negó: “El Gráfico no es una tienda ni una fiambrería. Entre el cliente y la verdad seguimos optando por la verdad, que entendemos es la mejor manera de defender al cliente”.

No aceptaba presiones. Su libertad era más importante que su (posible) popularidad. Primero la independencia, después la fuente de trabajo. Así se fue de El Gráfico. La historia es conocida: era el director de la revista cuando, en 1962, uno de los dueños de la editorial le pidió que publicara un texto del ministro de Economía Álvaro Alsogaray. El periodista se negó, pero el empresario insistió y la columna fue publicada (un vulgar recuadro sobre el River-Boca de la fecha anterior). Panzeri se sintió desautorizado, renunció a su cargo y acordó retornar a su viejo puesto de redactor, pero enseguida surgió otra incompatibilidad: ¿ante quién pasaría a responder? ¿Quién podría estar por encima de él? “Como a la empresa se le hacía difícil ponerme bajo tutela de nuevos rectores, se me propuso una indemnización material para retirarme (…). Jamás supe si aquella publicación de Alsogaray formó parte de un plan para provocarme sabiendo de mi temperamento, pero soy un permanente agradecido de El Gráfico”, explicó en 1964.

Su último deseo fue cumplido: que Antonio Báez, ex jugador de River y Platense retirado hacía 8 años (y sin haber llegado a la tapa de la revista), fuera la portada del siguiente número.

El Gráfico fue, por amplia diferencia, el medio que más disfrutó a Panzeri (tres años como director y otros 17 como redactor). A partir de su salida pasó por varias redacciones. Se convirtió en un trotamundo. En una golondrina. Como suscribe Bauso en su libro, una antología de artículos panzerianos que debería ser obligatoria en las escuelas de periodismo deportivo, “Panzeri duró poco en la mayoría de sus trabajos”. Era indomable, sañoso, cabrón y difícil de llevar. Lo acusaban de amargo y resentido. “Y se fue quedando solo. Sin lectores, sin colegas, sin editores”, concluye Bauso.

Hasta su muerte, en 1978, pasó por Así, El Día, El Ciclón, Crónica, Ahora, Panorama, Noticias Argentinas, Análisis, Chaupinela, La Opinión, Satiricón, La Prensa, radio Colonia y los canales 7 y 11. Jamás se acobardó: “Yo no participo de la comodidad del periodismo sin opinión”, “Antes el periodista era un individuo que veía, pensaba y opinaba. Ahora oye y después repite”, o “El grueso de la opinión no tiene opinión. Nadie sabe nada. Gusta o no gusta de las cosas, y nada más”.

Sus notas rebalsaban coraje. En El Día coincidió con el Estudiantes tricampeón de América y campeón del mundo, pero Panzeri, justo en el diario de mayor circulación de La Plata, trataba al equipo de Osvaldo Zubeldía con su habitual acrimonia: “Por este camino el fútbol se muere”; “Estudiantes es la representación de la violencia para el lucro aplicada al fútbol”; “Insisto en llamarlo asociación ilícita para producir resultados lícitos” o “Es un imperio de la ilegalidad futbolística”.

Ya en la década del 70 se convirtió en el único futbolero que, como Jorge Luis Borges desde otro ambiente, criticó la realización del Mundial 78.Se enfrentó a los militares. Tampoco a ellos les temía. En septiembre de 1976 fue a la casa de Carlos Lacoste, el vicealmirante a cargo de la organización del torneo, y le explicó los motivos por los que Argentina debía rechazar el Mundial. Repetía que no éramos Suiza y que existían otras prioridades en el país: salud, vivienda y educación. “La imagen de Argentina se beneficiaría con la renuncia. Nos haría más serios”, decía. No lo consiguió, por supuesto, y murió tres meses antes del torneo, cuando había dejado de trabajar como periodista. “El periodismo ya no tenía lugar para él. Vivía de hacer cobranzas en una financiera”, develó el periodista Alejandro Wall.

Había nacido en Rosario y se crió en San Francisco, Córdoba. Fue un “self made man”: estudió hasta sexto grado y, cuando tenía 14 años, comenzó a escribir en La Voz de San Justo, el gran diario de la región. Trabajar en El Gráfico era más que un sueño: era su objetivo. Y cuando cumplió 21 años, en noviembre de 1942, lo consiguió: Enrique García, crack de la época (wing izquierdo de Racing), se lo presentó a otras dos glorias de la revista: Borocotó y Félix Frascara, quien años después lo comparó con un terremoto: “El día que Panzeri llegó a El Gráfico, ¡temblaron las paredes!”.

Durante 20 años escribió notas hermosas. Marcó a una generación. Su comentario de un amistoso entre Racing y el Santos de Pelé, en la cancha de Huracán (publicado en la edición del 4 de octubre de 1961), es formidable. No menos brillante fue una crónica de febrero de ese año, cuando pasó una tarde junto a un Bernabé Ferreyra “en la posdata de la gloria”.

La obra de Panzeri entrega decenas de apotegmas similares a “Fútbol, dinámica de lo impensado”, su frase más conocida: “La gente confunde honradez con imparcialidad y honestidad con prescindencia”; “Hemos perdido noción de lo que no se debe aunque se pueda”; “La disposición táctica de los equipos es una cuestión moral”; “Ya no quedan mejores, sólo quedan ganadores”; “El fútbol es un arte del imprevisto”; “La ley básica del fútbol es que gana el que mejor engaña”; “La Copa Corruptores de América, también conocida por el irreverente nombre de Copa Libertadores de América”; “No hay fútbol viejo o moderno, hay buen fútbol o mal fútbol” o, en el Everest de su acritud, “Los jugadores de ahora (1974) no son jugadores, son financistas. Tienen miedo de jugar. Tienen coraje para invertir. Con estos jugadores no puedo hacer amigos y es más: trato de no conocer a ninguno para sentirme mejor de salud”.

También sentía aversión por las entrevistas. “Los deportistas no tienen mucho para decir. Hablan con su cuerpo, con su performance. Nada encuentro interesante de lo que puedan decir (…) El reportaje es algo a lo que le tengo aberración”.

Era tan fundamentalista que, en el Mundial 1962, los enviados de El Gráfico a Chile (él fue uno de ellos) no realizaron ninguna entrevista, lo que implica haber desistido de hablar con Pelé, Di Stéfano, Sívori, Maschio, Puskas, Bobby Charlton, Gianni Rivera, Masopust o Yashin.

Para combatir la violencia propuso “la Cruzada honoraria de la decencia”: los hinchas debían delatar a quiénes cometieran desmanes, pero fracasó. No consideraba deporte al boxeo ni al automovilismo. Cuando fue director en La Prensa, al primero lo denominaba “Homicidio legalizado” y al otro, “actividad industrial”.


Tenía una lista prolífica de gente a la que despreciaba (Zubeldía, Carlos Bilardo, Alberto Jacinto Armando, Antonio Liberti, Rafael Aragón Cabrera, Juan Carlos Lorenzo y José María Muñoz, entre muchos otros) y una pequeña a la que admiraba: Pelé, José Amalfitani y Roberto De Vicenzo.

A la pelada de Panzeri sólo le falta convertirse en un icono pop.

domingo, 18 de agosto de 2019

EL GRAN MAESTRO

DANTE PANZERI "EL REVOLUCIONARIO"

Trascender. Quizás, el objetivo en la vida. A nadie le gustaría irse de este mundo sin dejar absolutamente nada. Ni un rastro. Ni una huella. Dante Panzeri debe sentirse satisfecho: a 38 años de su fallecimiento, el periodismo aún lo recuerda.


Hay otra realidad que no lo favorece: a Panzeri lo cita más gente de la que lo lee. ¿Quién fue? ¿Qué hizo? ¿Cómo lo logró? Su obra es tan amplia que resulta imposible terminar de conocer. Si hasta para su lugar de nacimiento los datos no se ponen de acuerdo: algunos indican Las Varillas, Córdoba, y otros a la Provincia de Santa Fe. Lo cierto es que en 1923, nació el periodista deportivo más emblemático de Argentina. Se inició en el diario La Voz de San Justo. Tenía el anhelo de trabajar en El Gráfico -revista deportiva por excelencia en esa época- y lo logró a los 21 años. Luego se dio el lujo de ser el Director. En el máximo cargo duró tres años. La Revista ganó en estilo pero perdió en ventas. Junto a Panzeri, participaron otros íconos como Pepe Peña y Osvaldo Ardizzone.

Una particularidad era la de no entrevistar a deportistas: «No tienen mucho para decir. Hablan con su cuerpo. con su performance. Nada encuentro interesante de lo que puedan decir. El reportaje es algo a lo que le tengo aberración”. Convicciones son convicciones: Pelé, Di Stefano, Puskas y Chartlon disputaron el Mundial de Chile 1962, pero Panzeri, enviado para la cobertura, no hizo contacto con ninguno de ellos. Aquel sería su último año en la prestigiosa Revista. La Editorial insistió en publicar propaganda sobre el Ministro Alvaro Alsogaray. Panzeri se negó pero el extracto igual fue publicado. Sintió que aquello era una pérdida de autoridad y quiso volver al puesto de redactor, pero ¿quién podía llegar a ser más importante que él? Le ofrecieron una indemnización y abandonó El Grafico.

«El juego es el jugador. El estilo es el jugador. Siempre decide el jugador”.
Su obra abarcó muchos más medios gráficos, y programas radiales o televisivos. Panzeri era un intelecual de convicciones inquebrantales, y se diferenció del resto a la hora de comentar partidos. Salió de la narración clásica de la jugada para aportar concepto, siempre con una cuota de emoción. Fue, sobre todas las cosas, apasionado por el fútbol bien jugado. Criticó a las nuevas ideas revoluciones tácticas, y hasta despotricó contra la figura de los entrenadores: “Un director técnico que sepa de fútbol puede colaborar a lo sumo en un diez por ciento para conseguir un triunfo…el sistema de juego no existe. Es un invento de los que no entienden de fútbol”. Panzeri otorgaba crucial importancia a la figura del futbolista: «El juego es el jugador. El estilo es el jugador. Siempre decide el jugador”. Siempre punzante, fue duro con grandes entrenadores como Osvaldo Zubeldía y Juan Carlos Lorenzo. Este último, cansado de las críticas, lo desafió a dirigir, a lo que Panzeri respondió: «¿Cómo no voy a poder dirigir? Si Lorenzo dirigió en dos mundiales, cualquiera puede hacerlo». Pero además, sus ideas no variaban ni se silenciaban por nada del mundo. Cuando trabajaba en el Diario El Día de La Plata, fue tajante en agravios contra el Estudiantes multicampeón, llegando a decir que aquel equipo era «un imperio de la ilegalidad futbolística». También fue uno de los primeros en observar el nacimiento de ideas diferentes en César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo, aunque nunca tomó una postura a favor de alguno de los dos. Panzeri admiró a La Máquina de River, y argumentaba también que el «Charro» Moreno era superior a Pelé. Mostraba su enfado con aquellos que iban a la cancha a ver ganar y no a ver jugar. Siempre puso el grito en el cielo cuando el espectáculo no aparecía. Mantuvo esa ética durante toda su carrera y también fue coherente a la hora de trasladar esos pensamientos a otros deportes: despreció, por ejemplo, al boxeo y al automovilismo.


Fue misterioso en lo que a cuestiones políticas se refería. Criticó a Juan Domingo Perón pero también mostró su enfado con lo que siguió. José María Suárez, compañero suyo en La Prensa, sostuvo: “su ideología política era todo un misterio. Murió sin que ninguno de sus amigos supiéramos a quién había votado. Decía que era uno de sus secretos y eso le permitía tener independencia para criticar a quien quisiera”. Cerca de sus últimos años, repudió que Argentina sea el organizador del Mundial 1978. Incluso, en septiembre de 1976 fue a la casa del vicealmirante Carlos Lacoste, quien quería convencerlo de los beneficios mundialistas. Panzeri llegó a la reunión con dos carpetas para fundamentar sus opiniones. Decía que en el país había otras prioridades como salud, vivienda y educación: «El Mundial 78 no se debiera realizar en la Argentina por las mismas razones que un tipo que no tiene guita para ponerle nafta a un Ford T no debe comprarse un Torino. Si lo hace, es porque alguien está robando”. Un cancer le quitó la vida a los 57 años, apenas unos meses antes de que el Mundial de inicio.

Matías Bauso, quien estudió la obra durante más de un año y reeditó el libro de Panzeri «Dirigentes, decencia y wines», sostiene que no pudo encontrarle una sola contradicción. En su último cargo, como Editor de Deportes en La Prensa, no permitía notas de boxeo y automovilismo. Tampoco incluía las formaciones de los equipos de cara a los partidos de cada día: «¿Y yo cómo sé cómo van a formar? ¿Cómo voy a poner que van a jugar estos 11, si nunca terminan jugando esos 11? Los demás diarios que mientan, nosotros no les mentimos”. Su obra más recordada es «Fútbol, dinámica de lo impensado», pero sería un error reducirlo a aquello.

Panzeri es el Periodista Deportivo más emblemático; el que revolucionó grafica, radio y televisión. Siempre disparó sus verdades. Quizás quien mejor lo haya definido, sea el periodista Ariel Scher: “Transformador gigantesco de su oficio, porque se atrevió a contar lo que hasta él nadie contaba, y porque incluyó al poder y a sus peores usuarios en el campo de lo que le corresponde indagar al periodismo deportivo”. Al fútbol de hoy no sólo le hacen falta dirigentes, decencia y wines.

POR: ALAN ALBERDI/ PASION FULBONET.COM

martes, 1 de enero de 2019

UN GRANDE DEL PERIODISMO

RICARDO LORENZO RODRIGUEZ: "BOROCOTO"

Genio del periodismo deportivo, Ricardo Lorenzo Rodríguez ‘Borocotó’ fue uno de los arquetipos del periodismo en Argentina y aquel que supo darle un sutil toque humano a la nota deportiva. Nacido el 2 de enero de 1902 en Montevideo (Uruguay), Ricardo tuvo una infancia dura y difícil, recorriendo el primer tramo de su camino vital en el barrio del Puerto montevideano, que marcó su personalidad para posteriormente desarrollarla en Argentina, país en el que acabó explotando su creatividad, ejerciendo de forma tan apasionada como magistral la carrera de periodismo.





Se inició en el periodismo en la Editorial Atlántida, donde pronto encontró aquel seudónimo con el que pasaría a la historia: Borocotó. En una de sus primeras notas trató como tema el carnaval montevideano, en la cual sostuvo que las murgas llevaban un ritmo «bo-ro-co-tó cha-chás». Algo que se le acabó quedando tanto que según cuentan aquellos que tuvieron el privilegio de compartir y aprender junto a él, siempre jugaba con sus dedos sobre el escritorio siguiendo ese ritmo, su mantra. Fue entonces cuando uno de sus jefes le recomendó que utilizara esa onomatopeya como seudónimo.


El citado seudónimo dado la naturaleza creativa y grandeza del personaje, acabó convirtiéndose más tarde en una marca registrada del periodismo. Comenzó escribiendo sobre ciclismo, cuando en las primeras décadas del siglo XX, comenzó a forjar su leyenda convirtiendo en héroes a solitarios ciclistas que en la dureza y aridez de caminos horadados sobre fajas de tierra pedaleaban con rumbo a una meta que quién sabe si existía. Amplió de tal forma su conocimiento polideportivo que hizo crónicas de forma brillante sobre remo, boxeo y el básquet, que también tuvo un hueco en la vida profesional de Borocotó, deporte en el que adoptó el seudónimo de “D. Gancho”. El fútbol fue otra de sus obras maestras y también el automovilismo, siendo uno de los periodistas más citados, cuando de obras del automovilismo histórico se trata.


Borocotó y el fútbol

Dentro de la Editorial Atlántida, Borocotó integró el staff de la tristemente desaparecida revista El Gráfico, junto a otros destacados periodistas deportivos de Argentina, como Dante Panzeri y Osvaldo Ardizone. En cierta medida fue el responsable de la leyenda rioplatense del potrero (“la calle”) como espacio forjador de un tipo de futbolista atorrante, lírico e imprevisible, propio de las latitudes bañadas por el Río de La Plata. Y es que Borocotó vivió en primera persona las carencias y la marginalidad en su infancia, por lo que conocía de primera mano de qué hablaba. De hecho en esta línea de vivencia y pensamiento dejó para el recuerdo estas palabras: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”.


En ese pequeño gran mundo del potrero, Borocotó hizo todo un estudio sobre sus personajes, dotando a su crónica, sus descripciones periodísticas un tono aventurero y novelístico difícil de igualar: la pelota de trapo, el vigilante represor, la madre sufriente y rezongona (la “vieja” del piletón tanguero), la casa de los ricos –mundo ajeno– la barra de pibes que son a la vez el equipo y los colores, con sus apodos salvajes -Pancongrasa, Dulceleche, Patecatre, Rompehuesos, Pellejo, Castaña, Chiflito– y la niña que se resiste a crecer y “hacerse señorita”. En el área del potrero, en ese sentido, recogió esbozos de lo que desarrollaría con mayor profundidad en El Diario de Comeuñas, como modelo mitológico terminado.


Uno de los temas recurrentes de Borocotó en esta zona evocativa y personal que le retrotraía con alevosa nostalgia a los atardeceres lila, constituyó el valor de seguir siendo el mismo, de conservar el pibe y el barrio pese a las circunstancias de la evolución del tiempo y el espacio; de la naturaleza vital de marcharse del mismo y crecer. En concreto Don Ricardo fue firme defensor y conservador de una idea, de un deseo, el ruego a “Tata Dios” de poder volver a los orígenes. La fidelidad en suma, a ciertas cosas tan palpables como indefinibles que se refleja a la perfección en el texto del maestro: Déjalo que tenga recuerdos: “No te inquietes, viejita, porque tu pibe tiene un horizonte: el fútbol. No te amargues pensando en su lejano mañana. ¿Qué será de él? Lo que el destino quiera. Acaso crack, posiblemente cronista, quizás empleado nacional. Puede ser peor: diputado, por ejemplo”.


Siendo uno de los arquetipos del periodismo en Argentina formó una legendaria dupla con “Fioravanti”, otro profesional de época. Y es que hizo radio con Fioravanti y en televisión trabajó con Washington Rivera, en la Cabalgata Deportiva Gillette, un programa pionero en el tratamiento del deporte en Argentina. Ya posteriormente con su hijo, por Radio Libertad hizo Fútbol con los Borocotó. Borocotó era un periodista de origen humilde que inventó una manera de contar y escribir absolutamente original, creando una forma y una mitología perdurable durante décadas a través de dos vertientes:


‘Las Apiladas’

Por un lado, las Apiladas, que le ponían semanalmente el sello, la guinda a El Gráfico, pequeños textos en los que el maestro hacía pura literatura de la dura existencia de rivales caídos al costado del gambeteador que los va dejando en el camino. Como el inmenso Ring Lardner pero sin su vuelo, Borocotó hizo de la anécdota deportiva sentimental y ejemplar –con futbolistas, ciclistas, pilotos, boxeadores– el lugar de la épica y el melodrama, el paso de comedia y la viñeta tragicómica. En aquellas apiladas dejaba genialidades para el recuerdo, por ejemplo en la que decía que al rugby lo había creado un inglés luego de tomarse una botella de whisky, pues de lo contrario cómo podía entenderse que para avanzar había que tirar la pelota hacia atrás.


‘En el área del potrero’

Por otro lado y sin abandonar la brillantez descriptiva del mismo registro, se inventó de memoria una edad de oro cachuza, una felicidad íntima, salvaje y verdadera. Los textos de En el área del potrero, con sus alevosos tics y flagrantes debilidades, son ejemplares al respecto.


Su legado literario tiene un valor incalculable, dejando una bibliografía de referencia para las posteriores generaciones de periodistas deportivos: “30 años en el deporte”, “El diario de Comeuñas”, “En el área del potrero”, “Medio Siglo de Automovilismo argentino”…


La Máquina de River

El 6 de junio de 1942 River se enfrentó a Chacarita y le venció por 6 goles a 2, seis días después (el 12 de junio de 1942) en la revista “El Gráfico” el legendario periodista Borocotó hacía una crónica en la que decía lo siguiente: “Jugó como una máquina el puntero”. A partir de aquí la delantera que formaron Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau recibió el apodo de “La Máquina”. No podía tener mejor padrino este inolvidable equipo que sigue vivo en los corazones de los aficionados riverplatenses y argentinos. Y es que Ricardo Lorenzo, “Borocotó”, uruguayo de nacimiento y periodista de corazón, creador de las célebres “Apiladas”, columna llena de humanismo, aquel que le dio toque humano a la nota deportiva “bautizó” paradójicamente al legendario River de los cuarenta como “La Máquina”.


Borocotó y el cine

Borcotó llegó incluso a fundar en octubre de 1948 un club de fútbol, concretamente el llamado Sacachispas Fútbol Club, en el barrio de Villa Soldati de la Cuidad de Buenos Aires. Además de su indiscutible enseñanza en el campo periodístico, destacó en otra faceta, como la de guionista. Escribió varios libros adaptados para el cine, llegando a ser guionista de varias exitosas películas, entre las que destacó Pelota de trapo (1948), dirigida por Leopoldo Torres Ríos. En el cómputo total de su aportación al mundo del cine realizó seis guiones: Pelota de cuero, Historia de una pasión (1963), Sacachispas (1950), Bólidos de acero (1950), Con los mismos colores (1949), Su última pelea (1949) y la ya citada Pelota de trapo (1948).


Conservador del potrero

Pura novela de aventuras

Un 19 de junio de 1964 a la edad de 62 años en Buenos Aires (Argentina) el potrero se quedó posiblemente con uno de sus más firmes defensores, su mayor conservador, su mejor cronista y el mundo del periodismo deportivo se quedó sin uno de sus grandes literatos porque leer a Borocotó fue en gran medida como convertir un campo de fútbol en una hoja de tierra sobre la que escribir las grandes aventuras del carasucia, del gambeteador. Convirtió al pibe con poco que comer, pero con infinitas ganas de comerse el mundo con una pelota de trapo en los pies, en una especie de Huckleberry Finn y, a la jugada en pura novela de aventuras.

Fuente: CARTAS ESFERICAS 

NATALICIO DE BOROCOTO

FUE UN 2 DE ENERO DE 1902



Un 2 de enero, en 1902, nació el periodista uruguayo Ricardo Lorenzo Rodríguez, más conocido como "BOROCOTÓ". Famoso, entre otras cosas, por sus tradicionales columnas publicadas en la revista El Gráfico tituladas "Apiladas". Fue quien inventó el apodo "La Máquina" para definir a un célebre equipo de River en los años '40. También, el 17 de octubre de 1948, en el barrio de Villa Soldati, Buenos Aires, fundó el Club SACACHISPAS, equipo que milita en las categorías de ascenso.

Fuente: Efemérides Deportivas 

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