viernes, 15 de noviembre de 2019

UN "CARASUCIA" TAN DIVERTIDO DENTRO COMO FUERA DE LA CANCHA

HORACIO NARCISO "EL LOCO" DOVAL

“A Narciso Horacio Doval, con sus porteños 20 años recién cumplidos y su rostro de permanente expresión azorada, con dos lucecitas picarescas bailando en las pupilas, lo sacó de la Primera de San Lorenzo lo mismo que lo había llevado allí: su exceso de habilidad. La habilidad de un fútbol sin arcos y sin goles. De un fútbol lleno de travesura, de encanto… y de irresponsabilidad”. En 1965, El Gráfico advertía de las bondades del juego de Doval, pero también de ciertos vicios autodestructivos que arrastraba el Loco y que harían complicados sus primeros años en el fútbol argentino. En el Ciclón había debutado en 1962, en una derrota 4-1 contra River. Ese día, en la primera pelota que tocó, intentó gambetear, sin éxito, a Amadeo Carrizo. El murmullo de la tribuna se volvió atronador y lo dejó marcado por un buen tiempo.




Doval había nacido el 4 de enero de 1944 en Palermo y se había acercado al fútbol por rebeldía, cuando tras la muerte de su padre una asistente social recomendó su reclusión en un colegio católico de Benavídez. A los ocho años detestaba la disciplina que le imponían los curas y se fugaba con la excusa de sumarse a los picados que se improvisaban por la zona. Así logró forjar la habilidad que llamaría la atención de un delegado de San Lorenzo mientras participaba de un partido, ya con edad de Sexta División, enfrente de la embajada de Estados Unidos.





El Loco completó las inferiores en el Ciclón y, tras su complicado estreno frente a River, regresó a la Reserva. Todavía cargaba con las costumbres de los partidos de potrero. No le gustaba marcar y se diluía en jugadas intrascendentes. Dentro del área no pateaba al arco y le costaba largar la pelota. “¿Que soy morfón? Podrá ser –contó tiempo después–, pero sólo cuando los demás no se destapan. Antes que rifarla o que la pierda otro prefiero tenerla yo. Y suponiendo que haya alguien libre por detrás mío… ¡Bueno! ¿Cómo puedo saberlo? Si a mí lo que me interesa es avanzar”.





Doval superó los rechazos iniciales en una gira por México y en un partido en Guadalajara la rompió en un triunfo de San Lorenzo. Ese fue el comienzo de Los Carasucias, un equipo que en 1964 no logró títulos pero sentó las bases para la recuperación del pedigrí del fútbol local. “El apodo viene por la Selección que jugó el Sudamericano de Lima en 1957 –recordó Héctor Veira en El Gráfico de mayo de 2013-, la de Corbatta, Maschio, Angelillo y Sívori. Y en San Lorenzo surgió una generación de pibes atrevidos, también, que venían de las inferiores y jugaban muy bien: Doval, Telch, Areán, Veira y Casa. Teníamos una gran precisión y queríamos ganar, pero no estábamos preparados mentalmente para salir campeones. De repente, en un día inspirado le metíamos cuatro goles a Alemania, ¡eh! Cuando salíamos de gira, les pegábamos cada baile a los equipos más importantes que ni te cuento, pero de golpe nos íbamos del partido”.






Jugando con Los Carasucias, Doval había cambiado los silbidos por aplausos. Había mejorado en la definición y tras pasar por el puesto de wing derecho y mediocampista, ya jugaba como centrodelantero y formaba parte la Selección, con la que debutó en un amistoso frente a Chile en Santiago. Sin embargo, el 8 de octubre de 1967 el Loco quedó asociado a un confuso episodio con una azafata. En un vuelo desde Mendoza a Buenos Aires, luego de una derrota contra el San Martín cuyano, el árbitro Guillermo Nimo –que también viajaba de regreso– denunció haber visto cómo Doval posaba su mano sobre “la parte trasera” de la empleada de la aerolínea y daba una serie de golpes. El escándalo fue conocido rápidamente como “El caso de las tres palmadas” y hubo tantas versiones como protagonistas implicados. Una indicaba que fueron varios los jugadores que se sobrepasaron con la azafata, pero que el Loco decidió cargar con la responsabilidad porque sus compañeros eran casados. Otra sostenía que Doval discutió con Nimo por su flojo arbitraje en Mendoza y, tras haber sido tratado de ladrón, el juez se quiso descargar con una falsa acusación.




Cierto o no, el asunto nunca se esclareció, la azafata jamás habló públicamente y no hubo intervención alguna de la Justicia ordinaria, pero la AFA, a través de su Tribunal de Penas y por respeto a la disciplina castrense implementada por el presidente Juan Carlos Onganía, sancionó a Doval por un año. El Loco, con la suspensión a cuestas, pasó un tiempo en el Elche español, pero volvió rápidamente y fue citado por un dirigente que pensaba eximirlo de la pena: “Mire, yo lo voy a exonerar del castigo, pero debe comprometerse a hacer un retiro espiritual conmigo para poner las cosas en su lugar”, le dijo. Doval entendía que no había nada que acomodar y prescindió de la “ayuda” ofrecida. La hinchaba lo defendía con un cántico característico: “Por una loca, una p... azafata, lo suspendieron al Loco Serenata”.





En 1969 el entrenador brasileño Tim, que se había consagrado con el San Lorenzo de Los Matadores, asumió en Flamengo y los dirigentes cariocas le preguntaron cuál era el mejor futbolista del Ciclón. “El mejor es el que no jugó”, respondió, y Doval, que se había perdido la temporada por la suspensión, aterrizó en Río de Janeiro. A las pocas semanas de su arribo ya tenía un contrato con una productora de televisión para hacer tres publicidades. La rubia postal de Doval, su físico en traje de baño en las playas de Ipanema y Copacabana y la bohemia brasileña en la que el argentino encajó perfectamente, lo convirtieron en un playboy acostumbrado a adornar las revistas del corazón. Bien acompañado por las “garotas”, posaba en páginas centrales.






En Río de Janeiro, Doval se enamoró de la despreocupación del fútbol brasileño y de las libertades. Nadie les prohibía a los jugadores ir a la playa e incluso eran los mismos entrenadores los que incentivaban a sus dirigidos a bañarse en el mar para relajar los músculos. En el Fla fue goleador en 1970, pero un año después discutió con el técnico Yustrich y pidió que lo cedieran a otro equipo. No compartía que las jornadas de trabajo arrancasen a las siete de la mañana, que fuera necesario hacer cola para ir al baño o que todos los jugadores tuviesen que cortarse el pelo.




Su destino, en 1971, fue Huracán. Allí se encontró con el Bambino Veira y con Toscano Rendo, y dirigidos por Osvaldo Zubeldía no pudieron hacer una buena campaña. Doval jugó 29 partidos y convirtió 5 goles. En 1972 regresó a Flamengo.





La segunda etapa en Brasil fue más fructífera. El Loco fue goleador en 1972, 1973 y 1974 y además ganó dos veces el Campeonato Carioca (1972 y 1974) y en dos oportunidades la Copa Guanabara (1972 y 1973). Fue tal la popularidad que alcanzó que lo apodaron El Pelé blanco, un alias que luego heredó Zico, con quien conformo La dupla del pueblo. En 1972 fue protagonista de un hecho histórico cuando, tras marcar el gol de su equipo en la final estadual ante el Fluminense, el Maracaná, que estaba colmado de gente, coreó su nombre.






La magnificencia de su figura hizo que los relatores, que durante el reinado de Pelé no solían llamarlo por su nombre, sino que cuando tocaba la pelota lo llamaban “él”, empezaron a decir “el otro”, cuando quien conducía la jugada era Doval. Eran los dos únicos futbolistas de Brasil que no necesitaban nombres propios. Para entonces, el Loco ya era el Gringo para los cariocas.




En 1975 sucedió lo impensado y Doval pasó a jugar en el Fluminense. “Contratarlo siempre fue mi sueño. Yo lo veía como un jugador perfecto para el Flu, aunque ya había sido ídolo del Fla. Era tan famoso como Zico. Una cosa increíble. Era un jugador espectacular, implacable en la definición”, confesó Francisco Horta, el presidente del Flu que logró incorporar al argentino. El trato se hizo en un trueque en el que Doval, Renato y Rodrigues Neto se fueron al Fluminense y a cambio el Flamengo se quedó con Toninho, Roberto y Zé Roberto. La transferencia pasó a la historia en una canción de Jorge Benjor que se llama Troca troca -Cambio cambio en castellano-, en cuya letra habla del error imperdonable que cometió el presidente del Fla al ceder al argentino.




En el Fluminense, jugando al lado de Rivelino, Doval ganó el estadual de 1976, en el que fue goleador. Un año antes, en 1975, había sido distinguido como Ciudadano Honorario de Río de Janeiro y se había nacionalizado brasileño.






En 1979 regresó a San Lorenzo y volvió enamorado del fútbol de Brasil. “Ellos son unos fenómenos y nosotros un desastre –declaró–. Por eso hay tantos jugadores argentinos allá y ningún brasileño acá. Además, tienen muchas lecciones para darnos. En el Flamengo, por ejemplo, jugaba Brito. Brito se fue a México, volvió campeón del mundo y al día siguiente se puso a entrenar junto a todos nosotros como si recién lo hubieran puesto en Primera”.





Su segunda etapa en el Ciclón no fue buena, en consonancia con el momento que vivía el equipo, pero dejó una anécdota para la historia. “Una vez –recordaba Juan Carlos Lorenzo–, en el Hotel Argentino, tomé el ascensor con él. Paró en el primer piso y subió una mujer, extravagante, que tenía un collar de perlas muy llamativo. Doval se puso detrás de ella, le apoyó el dedo en la espalda y le dijo ‘¡Arriba las manos!’, y la mujer pegó un grito tremendo. Yo le expliqué que era un chiste, pero igual bajó y se quejó en la administración. Me llamaron, hice el descargo, pero le tuve que aplicar al Loco Doval una multa de diez mil pesos. Después bajamos a cenar. En una mesa se sentaban Veira, Doval, Casa, Areán y Carotti. Sí, era una mesa brava. La fulana también estaba cenando. Cada tanto se daba vuelta y lo miraba al Loco, que tenía una facha impresionante. En un momento, Doval le grita desde la mesa: ‘Ni me mirés, ¿eh?, que ya me saliste diez lucas’”.






Los últimos años de su carrera los pasó en Estados Unidos, donde en la incipiente NASL –predecesora de la MLS- jugó en Cleveland Cobras y New York United. Se retiró a los 37 años y se radicó en Brasil. El 12 de octubre de 1991, a la salida de un boliche en Belgrano, un infarto lo fulminó a los 47 años. Su estrella se apagó demasiado pronto, pero el mejor legado fue su vida de película.






Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico


Nota publicada en la edición de diciembre de 2015 de El Gráfico



jueves, 14 de noviembre de 2019

EL DÍA INOLVIDABLE

CUANDO GARCÍA CAMBÓN LE HIZO CUATRO GOLES A RIVER PLATE


Lo había pedido especialmente el entrenador de Boca, Rogelio Domínguez. El técnico entendía que el equipo necesitaba un centrodelantero movedizo, que maneje muy bien la pelota y se asocie en el toque corto, en priorizar el juego asociado y por abajo ante rivales que esperaban enfrentar a un grandote que no saliera del área y esperara el centro repetido.


Las dudas que tenían los dirigentes encabezados por Alberto J. Armando las terminó de borrar Domínguez con su elocuencia y su determinación. Así, en el verano de 1974 llegó Carlos María García Cambón a Boca. Traía detrás una larga carrera como delantero de Chacarita y unos números que avalaban su contratación: 216 partidos oficiales desde 1967 (debutó con 18 años) y 53 goles en Primera A, dos de ellos a Boca.

Porteño del barrio de Palermo, García Cambón había alternado junto con Rodolfo Orife en la delantera tricolor del Metropolitano en 1969, cuando Chacarita consiguió su único título en la Primera División. Además, tenía un preciado galardón: le había convertido ocho goles a Atlanta, el clásico rival de los funebreros de San Martín, cifra que hoy se mantiene vigente. El dato curioso es que en 1973, en su último año en Chacarita, quiso rechazar un centro del cordobés Guerini en la Bombonera y derrotó a su propio arquero, Daniel Carnevali en la goleada boquense de 6-0.

El delantero llegaba para reemplazar al cordobés Hugo Curioni, transferido al Nantes francés. Curioni era la antítesis en el juego de García Cambón: un nueve que tenía el arco entre ceja y ceja, con capacidad para encontrar el hueco y la ocasión justa para definir, pero más vinculado a la historia de otros delanteros con fuerte presencia en el área, aunque no era un negado con la pelota.

Estaba claro lo que quería Domínguez, porque la cantidad de jugadores de buen pie que tenía el equipo lo avalaba. El Chino Benítez era el mediocampista derecho, en el medio se paraba Marcelo Trobbiani y más hacia su izquierda jugaba Osvaldo Potente. Dos wines abiertos, pero con tendencia a la gambeta y a la acción más inesperada completaban el cuadro ofensivo: Mané Ponce sobre la derecha y el juvenil e imprevisible Enzo Ferrero en el otro costado. Todo dado para que el hombre que usara la camiseta 9 se pudiera lucir. Y así ocurrió.

El capricho del sorteo provocó que la primera fecha del viejo Metropolitano de aquel 1974 hiciera jugar el Superclásico en la Bombonera. Llegaba River, dirigido por el reconocido Néstor Pipo Rossi, que venía de hacer la mejor campaña de la historia de Atlanta, durante el Nacional de 1973. El hombre también apostaba por el fútbol de ataque y juntaba en su equipo a Quique Wolff como mediocampista derecho, al Beto Alonso por la izquierda, al Puma Morete de nueve, con dos wines como Mastrángelo y Ghiso, sucesor del transferido Oscar Pinino Más.

El arco millonario lo cuidaba Ubaldo Fillol, que había llegado el año anterior desde Racing, donde alcanzó un altísimo rendimiento. La defensa no lucía muy sólida. El sector derecho lo cubrían dos jugadores del club (Pablo Zuccarini y Horacio Coll) que no se afirmarían en esos puestos. Hugo Pena era el segundo zaguero y debutaba traído desde Atlanta el lateral Héctor López. En el medio, el patrón de la defensa era Mostaza Merlo.

El choque se produjo el 3 de febrero de 1974, hace 45 años. El juez fue Roberto Barreiro y de movida golpeó Boca, con su nueve debutante: a los dos minutos García Cambón pasó entre los zagueros y quedó mano a mano con Fillol, que salió hasta el borde del área. El zurdazo medido, bajo, se metió junto al palo izquierdo. Sin embargo, River llegó al empate a través de Ghiso pero no lo pudo sostener. A los 37 minutos, un centro corto de Potente desde la derecha ubicó la pelota en el área chica. Fillol no salió, los zagueros dudaron y allí estaba García Cambón para cabecear al arco desde muy cerca. ¿Cabeza o cara? Da lo mismo. Fue el 2-1 que el Piqui Ferrero amplió al convertir un penal antes del final de la primera parte, tras una exquisita pared entre Potente y Cambón que finalizó con infracción al talentoso mediocampista izquierdo.

En el segundo tiempo haría dos goles más batiendo todos los registros. Nunca un jugador de Boca o de River hizo cuatro goles en un Superclásico y eso se mantiene hasta hoy. Salvo García Cambón hace 345 años, claro está. Muchísimo menos el día del debut, algo que sí habían conseguido el cañonero vasco Isidro Lángara en 1939 cuando le hizo cuatro a River en 35 minutos con la camiseta de San Lorenzo en el Gasómetro al uruguayo Besuzzo.

Su tercer tanto personal lo señaló con un cabezazo por un centro desde la derecha y tras el segundo gol de River (penal que convirtió Quique Wolff tras una falta sobre Norberto Alonso) le llegó el momento de pasar a la historia. Iban 26 minutos del segundo tiempo, el partido lo ganaba Boca 4-2, la cancha era una fiesta y de pronto fue Potente –un talentoso en serio- quien metió la estocada profunda a espaldas de los flojos defensores de River. Cambón picó a buscar la pelota, enganchó hacia adentro, esperó a Fillol y lo dejó caído con un toque de zurda hacia la izquierda, para tocar la pelota al arco vacío.

Cuatro goles en un partido, la tarde del debut, con la camiseta de Boca contra River, el rival de toda la vida. Un desempeño impresionante, una medalla para colgarse toda la vida y que se mantiene en el reconocimiento de los hinchas xeneizes. Nunca repetiría semejante raid mortífero ante otro equipo, pero hizo otros 29 goles con la camiseta auriazul. Sin embargo, aquel recuerdo del 3 de febrero en la Bombonera no lo olvida nadie. Hace 45 años.

FUENTE: ALEJANDRO FABBRI/ 442

miércoles, 13 de noviembre de 2019

NO PUDO GAMBETEAR AL PALUDISMO

LA ABSURDA MUERTE DE OSCAR JORGE SUAREZ


La Absurda muerte de Oscar Jorge Suárez: un futbolista argentino apestado por el paludismo en África terminó en tragedia. Se llamaba Oscar Jorge Suárez, tenía 23 años y era delantero de Temperley. Su equipo, junto a Talleres de Córdoba, emprendió en enero de 1976 una gira por Zaire. Falleció al volver. Debe ser la muerte más absurda del fútbol argentino y una de las más olvidadas: a Suárez sólo lo recuerdan –y lo canonizan– los viejos hinchas de Temperley. 





 Aquel Temperley era un buen Temperley. En 1975 había jugado en la A por primera vez en el profesionalismo. En el torneo Nacional, durante el segundo semestre, llegó a la ronda final. Su coqueteo entre los ocho mejores fue una doble revelación: por su falta de historia en la categoría y porque en el Metropolitano –jugado en el semestre inicial– había terminado último. 






No descendió porque la AFA dispuso que ese año no hubiera pérdidas de categorías. Pero entre un campeonato y otro, a mitad de 1975, Temperley renovó su plantel. Una de las incorporaciones a préstamo fue la de Suárez, un muchacho que jugaba cada tanto en el Estudiantes de La Plata que dirigía Carlos Bilardo: sumó 21 partidos y 3 goles entre su debut en 1971 y la despedida en el Metro 75. 






Suárez, alias El Negro, había nacido en San Juan el 19 de abril de 1952. Su historia era la de muchos: en búsqueda de un futuro mejor, a los 10 años se mudó con su familia a una casita de dos piezas en la periferia de Buenos Aires, en la calle Libertad al 1300, una geografía de Quilmes con precariedades y urgencias. Oscar era el antepenúltimo de ocho hermanos, todos obreros de la construcción menos él, que empezó a jugar en las inferiores de Estudiantes. 







El profesionalismo le servía para llevarles unos pesos a sus padres, no para cambiar su espíritu amateur: Suárez adoptó a su nuevo barrio como una patria personal. Repetía que su sueño era jugar en Quilmes. Sería Temperley, sin embargo, el club que lo convertiría en un mito del bajo fondo del fútbol argentino. Hay fotos de aquel Nacional 75 con tribunas llenas. Suárez convirtiendo de zurda un gol mítico en la historia de Temperley: el 3-1 a Newell’s, la tarde de fines de noviembre en la que su equipo se clasificó al Octogonal. Suárez forcejeando con futuros campeones del mundo, como Américo Rubén Gallego. Suárez levantando los brazos después de un triunfo en el estadio Alfredo Beranger. Ya en diciembre, en la ronda final del Nacional, le hizo dos goles al River bicampeón 75 de Angel Labruna. 








También otro a San Lorenzo. Temperley terminó último en el minitorneo, pero las crónicas de El Gráfico realzan los aplausos con los que los hinchas rivales premiaban los toques entre Suárez, Carlos de Marta y Horacio Magalhaes. Suárez completó el semestre, el único en Temperley, con 16 partidos y 8 goles. En enero, el club utilizó la opción de compra y le pagó a Estudiantes 45 millones de pesos de la época, pero sería en vano: Suárez –el joven promisorio, el inminente mártir– ya no volvería a jugar oficialmente. La tragedia llegaría antes de que pudiera debutar en el Metropolitano 76. 







Hoy suena extraña una invitación para Temperley desde Zaire –un país que desde 1997 se llama República Democrática del Congo–, pero a finales de 1975 tenía cierta lógica: su hociqueo entre los mejores del Nacional lo justificaba. Lo mismo para Talleres, también clasificado entre los ocho primeros a partir del fútbol con garbo de Daniel Willington, Luis Ludueña, Miguel Angel Oviedo y Luis Galván. La oferta económica fue aceptable y los planteles viajaron juntos. Buenos Aires, Río de Janeiro, Madrid y Kinshasa, el nombre misterioso que evoca al corazón de la Africa negra y, sobre todo, a una pelea mítica que todavía estaba fresca: Muhammad Alí contra George Foreman, 1974, “Rumble in the Jungle” –el rugido en la selva–, el grito congoleño de “Ali bumaye” –Alí mátalo–, aquel delirio inspirado en un capricho del dictador Mobutu. Los jugadores de Temperley y Talleres se vacunaron antes del viaje. Contra la fiebre amarilla, el tifus y la viruela. 







Pero no contra el paludismo –también llamado malaria–: todavía hoy no existen vacunas que prevengan esa enfermedad. Sí había –y hay– pastillas para la profilaxis del contagio, pero el club las consiguió sobre la marcha, casi en el momento de subir al avión, cuando ingerirlas ya no implicaba ninguna acción protectora –deben tomarse tres semanas antes–. Lo que se reforzó fue la compra de repelentes. Una vez en Zaire, el médico de Temperley, Guillermo Beccari, les insistió a los jugadores en su aplicación. Debían evitar la picadura de mosquitos. Y si advertían que eso sucedía, o al mínimo síntoma de fiebre o diarrea, debían avisarle. Al margen del paludismo, también había otras medidas. Nadie podía tomar agua de la canilla. Sólo embotellada. 






 El enviado de El Gráfico a la gira, Diego Acosta, entabló una particular relación con Suárez. El pibe, simpático y respetuoso, le repetía que estaba en un sueño. “Estoy loco de contento. Este es mi primer viaje al exterior. Es una verdadera aventura para mí. Me parece mentira estar en Zaire, después de haber nacido en San Juan y vivir en Quilmes”, decía aquella promesa del fútbol argentino. El periodista reparó en la determinación de Suárez por no tomar agua corriente. 






Aunque lo positivo –festejaba el delantero– es que esa negativa le abría nuevas variantes: “Me parece mentira que no podamos tomar agua. Pero al final es mejor, así tomamos gaseosas o esta cerveza tan rara. Me contaron que esta se hace con la mezcla de la blanca y la negra. Pero caliente como está es una cosa de locos… aunque siempre será menos peligrosa que tomar agua”, se aliviaba el Negro. Un día el cronista llegó tarde al restaurante y Suárez le convidó algunas de las seis bananas que conformaban su almuerzo. 






Más allá de la generosidad del pibe, es un detalle –el de las bananas– que no hablaría de cierto confort en la estadía de los futbolistas. También hay fotos en las que se ve al plantel de Talleres empujando al colectivo –atascado en un camino– que lo debía trasladar al entrenamiento. Pero dejando de lado estos dos hechos puntuales, todas las crónicas –y las declaraciones de los protagonistas– coinciden en que las condiciones de la gira eran tolerables. Los jugadores comían en restaurantes de estilo francés –una dieta basada en carne y verduras– y el hotel en el que se alojaban, La Rigole, estaba en una zona residencial de Kinshasa. 





Con un detalle: no funcionaba el aire acondicionado de las habitaciones. Pero entonces pareció eso, más una irrelevancia propia de un país emergente que una falencia que desencadenaría la tragedia: los mosquitos le escapan al frío. Más tarde, a la hora de buscar el porqué de la desdicha, todos repararían y maldecirían ese pormenor. Temperley jugó cuatro partidos en Africa. Los dos primeros fueron amistosos independientes: perdió 2-1 ante CS Imana y 4-1 contra la selección de Zaire, que dos años atrás había jugado el Mundial de Alemania. Los últimos dos fueron por el cuadrangular Copa de Zaire: volvió a perder, esta vez 3-2 contra Talleres, y rescató un empate 2-2 contra AS Vita –máximo ganador de la liga de su país, y campeón en 1973 de la Copa Africana de Clubes–. Hasta ahí todo normal dentro de la anormalidad. 





Lo inusitado de una aventura en la selva. Le siguió el regreso vía Johannesburgo, Río de Janeiro, San Pablo, Porto Alegre y, el 6 de febrero de 1976, Buenos Aires. Ya de vuelta en un país que se incendiaba –faltaban semanas para el golpe de Estado del 24 de marzo–, Suárez aprovechó para descansar con su familia en Mar del Plata. Más que vacaciones, fueron un recreo: a los tres días, el Negro se reincorporó a los entrenamientos de Temperley. 






El Metropolitano 76 arrancaría el domingo 15 de febrero. Pero en el entrenamiento previo al debut, el viernes 13, Suárez no apareció. Había comenzado su agonía. Desde entonces, se generó un cortocircuito con el club que nunca fue aclarado. Suárez, postrado en su casa, sintió debilidad. Náuseas. Mareos. Y fiebre: tuvo picos de hasta 40 grados. Sus familiares llamaron a Temperley para que el médico fuera a atenderlo, pero nadie acudió en su ayuda ni ese día ni el siguiente. El pibe parecía abandonado. 






Al borde de la desesperación, dos de sus hermanos fueron el domingo a la cancha, el día en que Temperley jugó la primera fecha contra Gimnasia –y sin Suárez, perdió 3-2– para reclamar atención. Después del partido, Beccari –el médico del plantel– visitó la casa del 9 y le recomendó que se hiciera un análisis en el laboratorio del hospital Gandulfo de Lomas de Zamora, pero decidió que todavía no sería internado. Nadie hablaba todavía de paludismo. 






El diagnóstico inicial era hepatitis virósica. Quien a las pocas horas, el lunes 16, pasó a ocupar una cama del Gandulfo fue otro de los futbolistas de Temperley que había participado en la gira, el mendocino Benito Valencia –compañero de ataque–. Suárez siguió empeorando e ingresó el martes en el mismo hospital. Los dos por paludismo. A esa altura, en Córdoba, también por malaria eran internados el futbolista de Talleres, Miguel Oviedo –campeón del mundo en 1978–, y el utilero Adán Onoren. Otro jugador, Francisco Rivadero, preocupó a todos porque estuvo 24 horas con fiebre, pero no pasó de eso. 






La gira parecía maldita. Una vez detectada la enfermedad, los hermanos de Suárez corrieron en búsqueda de un remedio llamado Resochen. No lo consiguieron. Más tarde compraron Paludrine, pero sería tarde. Mientras Valencia, Oviedo y Onoren, el primero en Lomas de Zamora y los otros dos en Córdoba, se recuperaron a los pocos días, Suárez fue empeorando. Las enfermeras lo recuerdan como un muchacho nervioso, excitado, dolorido y quejoso. El miércoles 18 de febrero Temperley jugó su segundo partido en el Metro, y la ausencia de Suárez volvió a ser un yunque: Unión le ganó 2 a 0 a en Santa Fe. 







Algunos periodistas se enteraron de la enfermedad del joven y lo visitaron en el Gandulfo. Allí fue cuando Suárez recordó la ausencia del aire acondicionado en el hotel de Kinshasa. “A lo mejor los mosquitos me picaron ahí”, dijo. Murió a la tarde siguiente, la del jueves 19 de febrero de 1976. Su historia se sumó a la lista de un club que parece perseguido por el hado de las desgracias. 





Seis veranos atrás, el 6 de febrero de 1970, los jugadores de Temperley –entonces en la B– viajaban a Mar del Plata para jugar un amistoso contra Kimberley como preliminar de Boca-Racing. Nunca llegaron: lluvia, choque en la ruta 2 a la altura de Lezama y muerte de dos futbolistas, José Luis Aguirre y Hugo Hasper. Más atrás en el tiempo, el extraño asesinato del dirigente más decisivo en la historia del club, Beranger. 





Y ya en tiempos modernos, la quiebra y los malditos años entre 1991 y 1993 con el club cerrado y el equipo sin salir a la cancha. Suárez jugó pocos partidos en Temperley. Sólo 16. Pero los requisitos para ser leyenda en la porción celeste del Gran Buenos Aires -cierto éxito, desaparición temprana— ya estaban cumplidos. 





 Por Andrés Burgos (2014). FUENTE: EL GRÁFICO

martes, 12 de noviembre de 2019

EN EL NOMBRE DEL GOL

"EL NENE" SANFILIPPO EN EL RECUERDO 

Sanfilippo tenía tan solo 18 años cuando apareció en la primera de San Lorenzo. Su debut se produjo en Rosario ante Newells por la anteúltima fecha del certamen, con victoria azulgrana por 1 a 0. Su ascenso en 1953 fue vertiginoso. Aquel año pasó a la quinta y siendo jugador de esa categoría fue llevado a realizar la gira con el equipo mayor en invierno por La Rioja y Catamarca. Varios tantos anotó en aquellos amistosos.



El “Nene” debió esperar unos meses más para jugar de forma oficial y cuando lo hizo demostró toda su jerarquía. Luego de su debut en el Parque Independencia fue ratificado en el primer equipo, en reemplazo de un gran jugador como Raúl Martínez, para jugar la jornada final ante Banfield en Avenida La Plata. Esa noche llegaron sus primeros goles.

San Lorenzo se presentó con Gerónimo; Martina y Basso, Resquín, Faina y Leguía; Messones, Florio, Benavídez, Sanfilippo y Silva. El “Doctor” Benavídez convirtió el primer gol en la etapa inicial con un violento tiro desde 35m y sin otras emociones llegó el descanso. El gol que marcó el romance de Sanfilippo con las redes llegó a los 4m cuando tras un centro al área de Messones, el “Nene” con un movimiento de cuerpo dejó fuera de acción a Bagnato, batiendo con un tiro rasante a Graneros.

Tres minutos después Benavídez marcó el tercero y sobre el final llegó un nuevo gol de Sanfilippo que quedando solo ante Graneros lo batió con un violento tiro de zurda que dio en la base interna del travesaño. Sanfilippo prolongó su estadía en el club hasta 1962, logrando por 4 años seguidos el record de ser el goleador del fútbol nacional. En ese lapso fue campeón en 1959. Con su retorno al club en 1972 cerró una carrera brillante, coronada con los dos títulos bajo la tutela del “Toto” Lorenzo.

POR: 

Leandro D´Ambrosio

@LeanDAmbros
Periodista egresado del Círculo de Periodista Deportivos. Es investigador de la historia azulgrana. Ha trabajado en distintos medios radiales, gráficos y webs vinculados a San Lorenzo. Autor del Libro de Oro de San Lorenzo (Editorial Perfil, 2013), un completo repaso por todos los partidos jugados por el Ciclón.

FUENTE: MUNDO AZULGRANA

lunes, 11 de noviembre de 2019

DIEGO MONARRIZ EL QUE TOMO EL TIMON

SU TRAYECTORIA 

Monarriz, de 51 años, arrancó su carrera como futbolista profesional en San Lorenzo. El serbio Bora Milutinovich fue quien lo subió a entrenar con la Primera y debutó meses más tarde de la mano del Bambino Veira. Fue en noviembre del 87, en una victoria por 4-0 sobre Argentinos Juniors.

Enganche de buena técnica y dinámica, nunca pudo terminar de asentarse - compartía posición con Néstor Gorosito y el Beto Ortega Sánchez- y se quedó en el club hasta 1992.

En total jugó 37 partidos y anotó un gol, en una goleada por 6-3 ante Vélez.

Luego pasó, entre otros, por All Boys, Belgrano de Córdoba y El Porvenir.

Como DT fue ayudante de Eduardo Coudet en Rosario Central y ya dirigió en un partido a la primera de San Lorenzo: fue el 4 de noviembre del año pasado, en la derrota por 1-0 ante Talleres de Córdoba, en el Nuevo Gasómetro, en el interín entre los ciclos de Claudio Biaggio y Almirón.

FUENTE: DATACHACO.COM

viernes, 1 de noviembre de 2019

UN DIA QUE SUS HINCHAS NO LO PUEDEN OLVIDAR

EL DIA DEL POLÉMICO DESCENSO DE SAN TELMO


El día del polémico descenso de San Telmo en el partido con Huracán que contó con el arbitraje de Claudio Busca según crónicas de esa época:






Así llegaba al partido contra Huracán, a tres fechas del final. El "Globo", por su parte, era la sensación del campeonato ya que se encontraba invicto (15 victorias y 7 empates) con 47 goles a favor, 20 en contra y, además, ya había ganado su zona. Este equipo, dirigido tácticamente por el Gitano Juárez, hacía recordar al histórico Huracán de Menotti de 1973. Mientras tanto, en los EEUU, era asesinado Oscar Bonavena. El 28 de mayo fue velado en el Luna Park. Ese mismo día debían enfrentarse Huracán y San Telmo. He aquí el por qué de la poca asistencia de público.



Apenas iniciado el partido, Carlos Camejo adelantó al candombero. El batacazo era posible. Pero aún faltaba tanto...Corría el minuto 28 cuando el árbitro Claudio Busca cobró un penal favorable al equipo de Parque Patricios, tras una falta de Regueira sobre Houseman. Es entonces cuando se produjo la primera expulsión del partido. El defensa Roberto Minutti aparentemente insultó al juez y éste no dudó en marcarle el camino a las duchas. Carlos Leone fue el encargado de ejecutar la pena máxima pero, asombrosamente, lo tiró un metro afuera. Así finalizó el primer tiempo.





A los 12 del segundo se produciría la segunda expulsión. Pedro Coronel, jugador de San Telmo, continuó con una jugada por no haber escuchado el silbato del árbitro y fue exageradamente expulsado directamente por Busca. San Telmo ya tenía nueve. Más tarde Camejo, para no tener que agacharse, hizo rebotar la pelota contra la pared y así acomodarla con la mano para ejecutar un tiro libre. Pero...¡¡¡el árbitro lo expulsó!!! Supuestamente estaba haciendo tiempo. Entonces fue Sarmiento quien se hizo cargo de la falta. Se demoró mínimamente por no encontrar compañero libre y Claudio Busca, pensando que hacía tiempo, y sin siquiera advertirlo con una tarjeta amarilla, ¡lo expulsó! Nadie entendía nada. Eran siete los jugadores de San Telmo.


El partido continuó...y ¡¡otro penal para Huracán!! Cloquell aplaudió sarcásticamente el fallo del juez y también fue expulsado. Carlos Leone fue nuevamente el encargado, pero no era su día: el arquero Adolfo Wenner se lo contuvo. El guardameta no pudo haber cometido un peor error. Porque él sería el próximo expulsado, en este caso, por cambiar la pelota por otra que estaba detrás del arco. Por suerte sería el último. ¡¡¡5 jugadores contra 11!!! El delantero Pisapia fue al arco (con una remera que le quedaba gigante) y en el área chica se ubicaron Sandoval, Rilo, Montone y Regueira. Totalmente I-NÉ-DI-TO.




El encuentro lo empató Augusto Sánchez y, en tiempo de descuento, Martín Rico le dio la injusta victoria a Huracán. Los jugadores de All Boys no daban crédito a lo que vieron. Rubén Sarmiento dijo: "Está loco el árbitro"; Camejo, por su parte, opinó: "Pienso que debió sufrir algún trastorno psíquico". Lo extraño de la situación hizo que la prestigiosa Revista El Gráfico, en su edición del 1 de junio de 1976, explicara el reglamento:

"El reglamento de la Asociación del Fútbol Argentino deja librado al criterio del juez la suspensión o no del partido en el cual uno de los dos equipos tenga menos de seis jugadores. No se puede iniciar o reiniciar con menos de seis jugadores en el campo, pero en este caso las expulsiones se produjeron en el segundo tiempo y el juez decidió llegar al final con los cinco hombres de San Telmo que quedaron en la cancha".




Para peor, San Telmo terminó descendiendo porque, pese a ganarle 2-0 a Vélez, All Boys le empató en el final a Argentinos Juniors por un error del arquero Oscar Quintana y lo condenó a jugar en la Primera B al año siguiente.




FUENTE: PAGINAS DE SAN TELMO 

LA GOLEADA DE NUEVA CHICAGO A BOCA

EL DIA QUE "EL TORITO" DE MATADEROS LE HIZO 5 A BOCA 

"Chicago se agrandó frente a Boca: 5-0", fue el título que Clarín le puso a aquella goleada, en la noche del martes 1° de noviembre de 1983. Aquel partido abrió la 27 fecha del campeonato, y se jugó en la semana porque el domingo anterior se habían realizado las elecciones con las que volvió la democracia a la Argentina y que cerraron el período más sangriento de la historia del país. 







Nueva Chicago jugó de local en Vélez, escenario de sus mejores resultados. La victoria 2-1 sobre River el año pasado y el empate 4-4 ante Racing también en el Apertura 2001 y también en Liniers, se sumarían, 18 años más tarde, al 5-0 sobre Boca. 





Chicago, que marchaba último en las posiciones del Metropolitano, y venía de ganarle 1 a 0 a Rosario Central, formó esa noche con: Jorge Traverso; Lucca, Daniel Nahra, Claudio Larramendi, Roberto Pereyra; Pedro Hermosilla Flores, Callipo, Roberto Vega; Luis Armani, Otermín y Acuña. 




Boca había perdido la fecha anterior 2-1 con Estudiantes -casualmente su rival de mañana-, marchaba sexto a 5 puntos del líder, Independiente, y salió: Hugo Orlando Gatti; Di Natale, Hugo Alves, Bachino y Dona; Juan José López, Berta, Passucci, Stocco; Giachello y Ricardo Gareca. 




Otermín y Acuña marcaron dos goles cada uno, mientras que el restante lo hizo Vera Benítez, quien había ingresado por Otermín. Se vendieron 5.005 entradas. 




FUENTE: CLARÍN
FOTOS: SITIO DE CHICAGO GLORIOSO

"HISTORIAS QUE VALEN LA PEENA CONOCER"

ESTEBAN CAMBIASSO EN RIVER FUENTE: "KODRO MAGAZZINE" Esteban Cambiasso, tras una llegada prematura al Real Madrid B con 16 años ju...