Para empezar a contar quién es Gustavo Coleoni lo ideal sería respetar la línea de tiempo y hacerlo de forma correlativa. Comenzar por el hecho de que está a una final de dirigir por primera vez en la máxima división del fútbol argentino sería un desperdicio. El entrenador cordobés, de 50 años, hoy es uno de los responsables de Central Córdoba de Santiago del Estero. Pero hace 40 años vivió debajo de la tribuna de la cancha de Talleres de Córdoba, mientras sus padres trabajaban en el buffet. Épocas donde era la mascota del inolvidable equipo de la T que en 1977 perdió el título en una increíble final con Independiente. Todo el estadio lo aplaudía cuando hacía jueguitos en la mitad de la cancha. Llevaba la pelota atada. Jugaba tan bien que lo imaginaron como el sucesor de José Daniel Valencia, un crack de aquellos días. Aunque Gustavo era bajito, el club le pagó un tratamiento hormonal similar al de Lionel Messi. No resultó. Sapito nunca superó los 160 centímetros de altura. Sapito era el apodo colocado por sus amigos, por sus amagues y saltos para dejar rivales en el camino. Y porque era petiso.
Pícaro, simpático, Coleoni tiene el sello cordobés del buen humor. Nacido el 16 de agosto de 1968, fue tachero durante 15 años. Hoy es un trotamundos que cuenta más de 500 partidos en sus espaldas en el torneo Argentino A. Tiene amigos en todos los pueblos, dice. Con total soltura puede sentarse en un piso de televisión y jugar en un show del chiste. O puede ponerse serio para confesar que de chico se sentaba a escuchar a Angelito Labruna y Adolfo Pedernera cuando dirigían a Talleres. Se sentía atrapado por las leyendas. O cuando explica que pasó hambre en Perú en sus días de futbolista. Coleoni, el abanderado de la ilusión santiagueña por subir a primera, es un clásico personaje del ascenso.
–¿Cómo era vivir debajo de la tribuna del equipo que sos hincha?
Mis viejos Antonio y Juana Victoria me abrieron las puertas de la vida. Fue la infancia soñada. Parece un cuento, pero a mi me pasó. Era la mascota de Talleres, hacía jueguitos en los partidos y resultó una historia muy fuerte. Vi pasar grandes monstruos por el club, desde Pedernera cuando fue director técnico hasta Osvaldo Ardizzone cuando trabajaba en la revista Goles. A Osvaldo le decían la estrellita es este pibito, que era yo. Un día Osvaldo me hizo sacar una foto para la Goles, yo andaba con un pantalón largo atado en la cintura con un cable para que no se me cayera. Yo jugaba a la pelota todo el día.
–¿Fuiste la mascota del famoso Talleres de 1977?
Claro, decían que yo iba a ser el sucesor de mi ídolo, el Rana Valencia. Lo admiraba muchísimo a José Daniel. Tenía un equipazo la T en esa época, un equipo soñado. Me gustaba ver al Hacha Ludueña, a Chupete Guerini. Yo siempre estaba con ellos. Me encantaba escuchar a Daniel Willington, otro crack. El día de la final con Independiente, en enero de 1978, jugué el preliminar y fallé un penal. Estábamos todos como locos, nerviosos, imagínate lo que significaba para Talleres esa final. Estaba todo dado, pero al final la vuelta olímpica fue para el Rojo.
Ads by
–¿Cómo fue eso de escuchar de cerca a Labruna y Pedernera?
-Los escuchaba todo el día. Cuando uno es chico no se da cuenta, pero creo que muchas de esas cosas te quedan grabadas en algún lugar de la memoria y luego de grande se convierten en enseñanzas. Eran sabios, maestros. Y me querían un montón, inclusive a veces me llevaban a concentrar. Mi mamá le cosía la ropa a Labruna, a él le gustaban los dulces y el hipódromo, que estaba enfrente. Tenía todo cerquita. Angelito hizo una gran campaña en 1974.
–¿Tomaste hormonas para crecer?
Sí, y el doctor Ortíz no quería porque ponía su matrícula en juego. Talleres me pagó el tratamiento hormonal porque yo pintaba bien. Las compraron en Italia, y de mucho no sirvió (sonríe). Fue cuando estaba en la escuela primaria. Era muy petiso y me querían hacer crecer. Me colgaban de todos lados, me estiraban el cuello. ¡Una locura! Un kinesiólogo hoy te diría que eran unos asesinos. El médico quería cuidar mi integridad física.
–¿Es cierto que un día robaste todas las camisetas de Talleres?
Éramos terribles… Sí, lo hicimos con mi amigo el Gato. Yo tenía 13 años y era la época en la que vivía abajo de la tribuna. El Viejo Moyano, que estaba ahí, era malo, malo. Y además estaba Don Paco Cabasés, intendente histórico de Talleres, un prócer. Le hice una copia a las llaves de la utilería, pero nos abusamos. Nos afanamos todo el juego de camisetas y las enterramos con el Gato dentro de unos tarros en el fondo de su casa. Estábamos obsesionados. El utilero se dio cuenta al toque. Ese domingo yo tomaba la comunión y tenía una culpa enorme. Lo agarré a mi viejo y le dije: "Papi, yo pequé". Me agarró y me llevó a pedirle perdón al canchero. Tras eso, cavamos el pozo, con las dos familias alrededor. Y las devolvimos una por una.
–¿Cómo te iba en el colegio?
Era un buen estudiante, pero también hicimos algunas. Cursé el secundario en el Dean Funes, el mismo al que asistió el Che Guevara. Y a veces, a escondidas, agarraba los boletines de la dirección y los llevaba a casa para cambiarles alguna nota. Si el jueves tenía Química, lo sacaba un lunes, y al día siguiente lo devolvía. Tomaba un riesgo muy grande. Terminé el colegio, estudié periodismo en Córdoba y trabajé en la televisión en mi provincia. Además hice un curso de psicología en la Universidad de Córdoba, me recibí con Claudio Vasalo. La psicología en mis equipos funciona, apunto a la dinámica de grupo y a lo social. Me gusta hacer hincapié en las relaciones de vestuario.
–¿La calle es tu lugar?
Sin dudas: yo me casé con la pelota, los bares y la bohemia al andar. La calle es una facultad y en los bares es donde pasa todo. Tené en cuenta que yo me crié adentro de un bar. Nací ahí, es mi hábitat. Juego muy bien al billar casín. Siempre estoy con un taco en el baúl del auto. Amo el billar y soy feliz en esos lugares. En Santiago del Estero no hay una sola mesa, una pena. Y escuchá esto: hace dos días compré un barcito para uno de mis hijos frente a la cancha de Talleres. Le pusimos Tercer Tiempo. Si yo fuera el presidente argentino te pongo el café a dos pesos en todos lados. Hoy se perdió todo eso, esa forma de socializar. Hay mucha PlayStation, Instagram, Facebook. Es más fácil poner un ciber que un bar.
–¿Por qué que no se te dio como jugador?
Creo que todo el mundo pensaba que yo iba a ser un crack. Pero mi estatura es de 1,61 metro y el físico no me ayudó. De pibe me hacían notas en todos lados, en todos los pueblos. La gente iba antes a verme en los preliminares. Basile me subió a practicar con la primera, llegué a jugar dos partidos amistosos, pero me fui a Perú y Chile, y terminé en ligas del interior de Córdoba: Matienzo de Monte Buey, Central de Río Segundo, Atlético de Río Tercero, Belgrano de La Para, Bella Vista y Las Palmas. La remaba. Y en Perú no tenía para comer, eh. La luché en todos lados. Todo ese sufrimiento y esa batalla me sirvió a la hora de ser DT. Yo puedo mirar a la cara y decirle a un jugador lo que significa no llegar.
–¿Cuánto tiempo fuiste taxista?
Unos 15 años. Teníamos un Dacia, no te das una idea lo que era: se rompía todos los días. Mi viejo fue tachero de siempre. Yo hablaba con la gente, les preguntaba de todo. Una vez, una chica muy pituca que era profesora de la Universidad se subió: lentes, rodete, una estampa… Al auto le había puesto un asiento de un Renault 12, que entraba justito. ¡Yo ponía la música fuerte para que no se escucharan los ruidos! Pero en una esquina frené de golpe y la chica voló para todos lados. Se le cayeron todas las cosas, se bajó enojada y me dio vuelta la puerta de un golpe.
En 2016 recibió el premio Alumni
Coleoni es un apasionado del fútbol. En su casa, en Córdoba, tiene una oficina con videos de distintos equipos, fichas y datos de una gran cantidad de jugadores. Asegura que le encanta informarse y que cada mañana lo primero que hace es leer las noticias.
–¿Cuáles son tus miedos?
Yo no le tengo miedo a nada, salvo a Dios. Yo me separé de Roxana, una mujer que me dio mucho y pasó mil años a mi lado. Y quedamos en una buena relación. Ahora, una cosa: la soledad es la prima mala de la libertad. Si estoy solo yo tengo libertad para manejar mis tiempos, pero a veces es chocante. Es jodida la soledad. Extraño a mi familia y a mi nieta María Pía, la mujer de mi vida.
–¿Qué cosas te quedaron pendientes?
En todos lados me gané la moneda como pude. Y cuando vuelvo a Córdoba me como un asado con todos mis amigos. Tengo una familia espléndida con dos hijos, Emanuel y Franco. Pero honestamente siento que tengo una cuenta pendiente con ellos. De hecho lo hablé con un psicólogo. Por el hecho de viajar y andar por todas partes no estuve con mis hijos en varios momentos importantes de su vida. Eso no lo puedo recuperar, flaco. Pero mis chicos me dicen que yo me fui de casa para darles lo mejor a ellos.
–Alguna vez leí una frase donde asegurabas que el progreso, en general, atenta contra el potrero. ¿Cómo es eso?
Es así. El progreso y el desarrollo también trajo una mayor inseguridad. Yo salía de mi casa a las 2 de la tarde y volvía a la hora de la cena. Un día salieron a buscarme con la policía y yo estaba boludeando en el hipódromo. En la actualidad eso es imposible. Además, donde hace 15 años había un potrero hoy meten un complejo de departamentos. También hay un auge de las escuelas de fútbol. No estoy en contra, es un lugar seguro, pero es distinto. Cambiaron los tiempos, hoy está la tablet, la notebook, la PlayStation. No considero que sea peor, pero a mí me gusta que el jugador mire fútbol y se nutra, como yo. En los pueblos por suerte se mantiene esa esencia del potrero y las canchitas. Donde hay soja y vacas vos te bajás y vas a encontrar un buen jugador. Yo recorrí el país haciendo pruebas y eligiendo futbolistas. Es una gimnasia.
A puro esfuerzo, Coleoni siempre se buscó la vida como pudo. Cuando dejó de jugar, en 1990, puso una escuelita de fútbol. Debutó como DT en 2005, en Racing de Córdoba. Y comenzó a recorrer la Argentina de norte a sur, y de este a oeste: Gimnasia de Mendoza, Juventud Antoniana de Salta, Juventud Unida de San Luis, Central Norte de Salta, Talleres de Córdoba, Guillermo Brown de Puerto Madryn, Sportivo Patria de Formosa, Ramón Santamarina de Tandil, Ferro y Central Córdoba de Santiago del Estero. Coleoni cuenta que ya dirigió más de 500 partidos en el torneo Argentino A (hoy llamado Federal A).
–¿Cómo es ser un trotamundos del ascenso?
En un mismo año yo estuve en los ciclones de Puerto Madryn, donde hay un viento terrible y a los tres meses me fui al infierno de Formosa. ¡El calor que hace ahí…! ¡En verano a las 3 de la tarde los gorriones explotan por el calor! Anduve de punta a punta. Me encanta estar en las ciudades, conocer su gente y sus formas. En el norte suelen ser más sociables. Acá en Santiago del Estero ahora hace calor y los bares tienen las mesas afuera. Cuando estaba en Tandil a esta altura del año nos moríamos de frío. En Madryn, a las 6 de la tarde estábamos en casa encerrados viendo películas. Me adapto a todo por necesidad. Tengo una capacidad especial para eso e hice amigos en todos lados. Te cuento algo: esta semana tuve más de 1100 globos verdes de whatsapp, esos que te avisan del mensaje nuevo. ¡Números que ni la menor idea! Yo les contesto a todos. Y algunos son paracaidistas, eh, hay representantes que me hablan como si fueran hermanos míos.
–¿De qué manera intentás llegarle al jugador?
Creo que esa es mi mayor virtud. Recién me tomé un café con el Bicho Rossi en el buffet. Con los futbolistas tomo mate, converso con ellos durante tres horas. El jugador es lo más hermoso del fútbol. Ellos siempre quieren ganar. Pero siempre hay un plus que podés sacarles de acuerdo a cómo vos los hayas hecho sentir. En eso trabajo, eso trato de extraerles. Yo sé qué música las gusta, cuáles son sus problemas, cómo son sus familias. En Santamarina perdimos tres partidos al hilo y nos fuimos a hacer trekking y a comer un asado. Unión de grupo. Otra vez, en un equipo tuve a un jugador que estaba irascible. Insoportable. Lo querían cagar a trompadas todos los compañeros. Hasta que hable con él y le pregunté qué le pasaba. ‘Mi papá tiene cáncer’, me respondió. Quedamos helados. A partir de ahí todos lo ayudamos de la manera que pudimos. Yo trato de llegarle a todos cuando tienen puesto el pantalón largo, porque de corto solo se visten tres horas al día.
–¿Qué entrenador es tu referente?
Marcelo Bielsa, desde ya. Me quedo siempre con sus palabras. Tengo una debilidad especial por él, por sus trabajos y sus formas. Me gusta la verticalidad, y presionar. Miro mucho al Cholo Simeone y a Mohamed. Algunos jugadores que lo tuvieron me dijeron que tengo formas parecida a las del Turco. Es un tipo con calle y sabiduría. Creo que tenemos una esencia diferente a la de entrenadores que son más de laboratorio.
La charla con Coleoni va de un lado a otro. Un mate, un café. Provoca sonrisas. Llega el momento de recordar las finales. En Santiago del Estero, en el Ferroviario, lo adoran: el 22 de abril de 2018, campeón del Federal A y ascendió a la B Nacional al ganarle en su estadio a Defensores de Belgrano de Villa Ramallo por 2 a 1. Antes, Sapito perdió cinco finales por ascensos: cuatro al Nacional B y una a primera. Esta última en 2015, cuando dirigía a Santamarina y Patronato le ganó por penales con un Sebastián Bértoli estelar.
–¿Cómo te preparás para tu séptima final?
Honestamente, yo me quedo con el viaje, no con el hecho de llegar a la final. El viaje de ocho meses es el que vale la pena. Me gusta trabajar todos los días. Lo otro es anecdótico, la final es para cualquiera. No te voy a mentir, por supuesto que la quiero ganar, pero no me modifica en nada. Fijate algo: Jorge Almirón se fue puteado de Independiente, pero en Lanús no se quedaron con eso. Lo buscaron porque fueron inteligentes, observaron otra cosa, vieron un proceso. Me gustan esos clubes que no miran únicamente los resultados. Aunque sea difícil porque mandan las urgencias.
–¿Entonces no sufriste cuando perdiste las primeras finales?
Sí, desde ya, con algunas más que otras. Porque depende de cómo te agarre parado, por circunstancia de la vida, por el esfuerzo que le ponen los jugadores, porque en la Argentina al segundo se lo trata como un boludo. Hay momentos donde todo eso se te cruza, sí. Pero jamás paré de trabajar. Disfruto el momento, el día a día. ¡Si no nos volveríamos locos! No es fácil dirigir en el fútbol argentino y yo puedo hacerlo. Y siempre estoy soñando cosas lindas.
–¿Cuáles fueron las claves para este Central Córdoba finalista?
Ufff, nosotros acá teníamos a Mitre enfrente, y con ellos siempre peleando. Se nos fue acumulando la presión. Encima el año pasado en la Copa Argentina perdimos energía. Caímos contra Gimnasia de La Plata por penales en cuartos de final. Una pena porque en semifinales nos hubiera tocado River. Pero todo eso nos fue dando más fuerza. Este año lo mejor de este equipo fue que se sintió cómodo bajo estrés. Sabemos llevar las cosas con personalidad y actitud. Nos hicimos fuertes bajo presión y esa es una virtud máxima. ¿Ejemplos? En el Reducido contra Almagro y Platense, dos buenos equipos con los que definimos de visitante.
–¿Qué significaría para vos dirigir en primera?
Y… el gran sueño. Un mimo, una caricia. Tenemos una chance y yo me hago la cabeza. Debe ser como pasar a ser parte de algo, son las grandes ligas. Yo miro la Superliga por televisión, pero la tengo en la mano, en el control remoto. Cambio, voy de un partido a otro. Y ahora tal vez yo pueda estar adentro de ese control remoto. ¿Me entendés? Quizás algún día se me dé.
Su porte era el de un actor de un western spaghetti. Sobre todo por esos gruesos bigotes. José María Cafaro nació el 21 de julio de 1948 en la isla de Sicilia. Cuando él era muy pibe, su familia se mudó a nuestro país. Se asentó en San Martín, como tantos miles de paisanos que llegaron a nuestro país luego de la guerra. Cafaro se inició en las divisiones inferiores de Atlanta. Sin lugar, pasó en 1970 a Platense. En 1971 le llegó la titularidad. Pero era un momento terrible para el club de Saavedra: en aquel año no sólo perdieron la mítica cancha de Manuela Pedraza y Crámer, sino también, la categoría.
El paso de Platense por la categoría tenía aroma a suplicio. En 1972 terminó lejos del campeón All Boys. Para la temporada siguiente, era obligación pelear el ascenso. El club no tenía un mango, pero aparecían pibes: Roberto Gianetti, José Luis Petti, Sergio Cierra o Miguel Juárez. En la primera fecha del campeonato de 1973, Platense debía enfrentar al recién descendido Banfield en Peña y Arenales. Partido chivo.
Aquel sábado 3 de marzo de 1973 entró en la historia del fútbol argentino. Corrían diez minutos del segundo tiempo, Banfield ganaba 2 a 1 cuando el árbitro cobró penal para los locales. El delantero Hugo Norberto Mateos ejecutó el penal hacia la derecha de Cafaro, quién lo atajó: “Vi a Mateos muy de frente y pensé que no podía tirar a otro lado que no fuera a mi derecha. Y la pude sacar con una mano hacia el costado”. Minutos más tarde, otro penal para Banfield. El partido ahora estaba 3 a 2 a favor del Taladro. Hubo cambio de ejecutante.
El turno fue para el experimentado Juan Carlos Lallana quién cambió de palo, pero Cafaro acertó: “Los muchachos me desconcertaron un poco dándome indicaciones. Me jugué a la izquierda y la amortigüé con una mano. La pelota me quedó entre las piernas porque me había pasado en la volada”, explicó el arquero a El Gráfico. Sobre el final del partido, otro penal. El partido lo ganaba Platense 5 a 3. Nuevamente Mateos. Nuevamente hacia la derecha. Otra volada, esta vez para quedar en la historia: “Y me jugué la misma. Vino contra el palo y a media altura. La atrapé en el aire y me quedé con ella. Sí. Fue la emoción más grande mi vida”, contó.
Tres penales ejecutados, tres penales atajados durante noventa minutos de juego. La historia de José María Cafaro continuó en el Milan de su Italia natal. Fue cedido al Barletta, Bari, Brescia y Pro-Cavese. Regresó al país en 1980, defendiendo el arco de Talleres de Córdoba. Luego, nuevamente el ascenso: Tigre (1981), Chacarita Juniors (1982-83) y El Porvenir (1984), donde puso punto final a su carrera.
UN VERDADERO HUMORISTA DE LA VIDA POR: DAMIAN DIDONATO/REVIST UN CAÑO
DAMIAN DIDONATO
Había una cosa de goce, de disfrute contagioso en el Pinino Más. Tal vez saliera a la cancha tan preocupado o nervioso como cualquiera, pero la imagen, desde la tribuna, era la de un tipo que se moría de ganas de jugar. Y salía disparado desde el túnel como para comerse la cancha, como esos perritos que viven encerrados en un departamento y, de repente, los largan al parque. Oscar Más era, fundamentalmente, espectacularidad. Una suerte de acróbata circense que picaba a velocidad de vértigo y volaba por los aires cuando lo cruzaban, rodaba hecho una bola sobre el pasto, se ponía de pie con una cabriola, se tiraba de palomita como quien lo hace a una pileta. De esos jugadores que, en verdad, levantan a la tribuna, motivan, convulsionan, electrizan
Así habló el Negro Fontanarrosa de Oscar Más en su libro “No te vayas campeón” y no dan ganas de agregar mucho más. Sin embargo, la figura de Pinino merece muchas palabras. Porque es uno de los máximos goleadores de la historia de River y, sobre todo, porque con su fútbol alegró a una generación de hinchas. El Mono Más fue, ante todo, una especie de humorista del fútbol, un hombre que supo divertir con una pelota en los pies.
¿Por qué fue un loco? Porque dentro y fuera de la cancha se salió de la media. Porque fue diferente, porque desafió el orden establecido, porque quiso jugar a divertirse en momentos en los que el fútbol se estaba convirtiendo en algo demasiado serio. Porque desde su apariencia de compadrón simpático, como lo describe Fontanarrosa con maestría, se ganó el amor de pueblo. Con inventiva, habilidad y destreza.
Pinino era fundamental en todos los planteles que integró por dos cuestiones básicas: sus goles y su alegría contagiosa. Sus compañeros decían que tenía que ganar el doble, por el juego y por lo que representaba en la concentración. “Sin él esto sería un velorio”, repetían. Con sus ocurrencias antes, durante y después de los partidos mantenía el ánimo grupal bien arriba. Era capaz de acercarse a la mesa del entrenador, servirse un vaso de gaseosa y empezar a gritar: “¡Esto es vino! A ustedes no les dejan tomar vino y acá están tomando vino”.
Desde la más tierna edad se destacó como un jugador diferente. Cuando tenía doce años y jugaba en un pequeño club llamado Juvenil Porteño, su padre le consiguió una prueba en Boca. El entrenador era Juan Evaristo, quien lo conocía y tenía una especie de debilidad por el pequeño crack. Durante el partido hubo un penal. Le pidieron a Oscar que lo patee. Tomó carrera, miró para un costado y lo tiró afuera a propósito. Es que era fanático de River y jamás podría haber jugado en Boca. Algunos años después, su sueño se cumplió.
Más era wing izquierdo. Con este simple dato se puede empezar a entender un poco mejor su locura. Para convertirse en leyenda desde ese puesto, lo primero que hay que gambetear es la cordura. Y después, todo lo que se ponga enfrente. Pinino, además de tener todas las virtudes de un puntero tradicional, era un obsesivo del gol. Él le pegaba al arco, aunque no viera ángulo, aunque estuviera lejos, aunque la lógica indicara que pateando así no podía marcar nunca. Pero los metía igual. De a decenas, de a centenas.
Según una crónica de la revista El Gráfico, Oscar Más debutó en primera cuando el fútbol vivía una época de tristeza y avaricia. En 1964 había un fútbol de caja registradora, un fútbol-alcancía. Eran tiempos de de amarretismo total, de miseria futbolística espantosa, de absoluto predominio de los defensores sobre los delanteros, de goles que llegaban por cuentagotas. En definitiva, era un fútbol aburrido, que necesitaba la llegada de un atrevido que hiciera posible el cambio. Pinino fue ese hombre. Puso alegría en medio del sopor.
Fue Carlos Peucelle quien hizo debutar a la nueva joya de River. Apenas lo vio llegar al club de la mano de Ernesto Duchini, se enamoró de ese payasito desbordante de alegría, travesura, agilidad y potencia. El rival era Chacarita Juniors. Cuando lo mandó a la cancha, solo le dijo: “Bueno petiso, llegó tu hora. Entrá a la cancha pensando que estás en séptima división”. Cuando terminó el partido, se abrazaron y lloraron juntos. Era el comienzo de una era.
Pero su primera acción bajo las luces del fútbol grande fue antes del debut oficial. En un amistoso contra el Boca de Rattín y Roma, hizo una jugada que lo pintó a la perfección. Así la explicó tiempo después: “Me vino una pelota, abrí las piernas para dejarla pasar, se le fue entre las piernas a Carmelo Simeone y piqué con el Cholo atornillado al piso. En la jugada siguiente, me reventó”. Boca se convertiría en su rival favorito. Le convirtió doce goles y todavía hoy es el segundo máximo artillero del Superclásico.
Pinino era un fenómeno, pero enseguida se hizo una fama que lo acompañó toda su vida: la de teatrero y simulador. Los árbitros no le creían y los rivales aprovechaban para pegarle más todavía. Él exageraba y caía como si lo hubiesen acribillado cada vez que lo tocaban, pero le pegaban y mucho. De hecho, nunca evitó hablar sobre el miedo que le daban los golpes. Una vez, aceptó el pavor que le daba jugar contra el uruguayo Peta Ubiñas: “Sí es cierto, le tengo miedo, ¿por qué lo voy a negar? Pero no es miedo de pasar calor, de que no me la deje tocar, de que en algún tiro me revolee… No, es miedo de que me mate… Porque ese tipo es capaz de matarte adentro de una cancha. Y contra tipos así, no podés jugar al fútbol”.
Aunque sus bromas en el vestuario y en las concentraciones eran el combustible que necesitaba el grupo para afontar cada día, muchas veces no le salían bien. Una vez, junto con Daniel Passarella pusieron un balde de agua en la habitación del profesor Jairala. El objetivo era que se moje cuando abriera la puerta. El problema fue que quien entró fue Angel Labruna, trajeado como siempre. “Le chorreaba el agua de la cabeza, los anteojos, hasta los pies. Verlo así me hizo cagar de risa pero después me puteó toda la semana. Y teníar azón”, recordó el Mono.
Sus anécdotas con Boca son demasiadas como para enumerarlas todas. Con Antonio Roma tenían un duelo particular. En una ocasión, se cruzaron antes del partido y el delantero le dijo: “soñé que te hacía un gol”. La respuesta del arquero fue: “si me hacés un gol me hago cura”. Por supuesto, el Mono marcó un golazo y le gritó a su rival: “con este gol podés hacerte Papa”. Roma, caliente, le contestó: “andate a la puta que te parió”. Para el arquero, Más contra él tenía “mucha suerte”.
En 1966, River le ganó a Boca después de once años. Así recuerda Más aquel día histórico: “Les arruinamos la fiesta porque era el cumpleaños de Boca. Yo hice dos y uno Ermindo, que había errado un penal. Terminé abrazado con él, cantando el feliz cumpleaños. ¡Cosas de pendejos! Lo curioso fue que los dos goles que hice fueron iguales. En distintos arcos pero idénticos. Pateé desde la punta izquierda del área y la pelota entró por el mismo lado. Una goleada inolvidable que la seguimos festejando en el Monumental”.
También fue protagonista de uno de los Superclásicos más inolvidables: el 5-4 en cancha de Vélez en 1972. Con dos goles del Mono, River logró un triunfo que todavía se festeja. En medio del partido se produjo un diálogo hermoso con otro loco: Rubén Sánchez, el arquero de Boca. “Esta sí que es la máxima. ¿Puede ser posible que con lo “soretito” que es el Mono, me haga dos goles de cabeza?”, dijo el guardavallas. La respuesta del delantero fue: “Sabés lo que pasa Loco, es que éste soretito salta. Es el único sorete que salta. ¡Qué vas a hacer!”
Una noche en Mar del Plata, fue al casino. La ruleta lo dejó seco. Alguien le prestó unas fichas para que no se perdiera las últimas tres bolas y el Mono las distribuyó por la tercera docena. Cuando el croupier arrojó la bolita, comenzó a transmitir: “La tiene Dominichi, se la entrega a Laraignée, pase para Daniel Onega, pica Pinino Más…” Y cuando el croupier cantó “colorado el 35”, Pinino gritó “gooooool” y repitiendo el grito, comenzó a correr festejando alrededor de la mesa para terminar abranzando al croupier. Se acercó el jefe de mesa y le dijo: “me compromete al personal”. Y el Mono lo abrazó a él también.
Su afición por la timba terminó mal, ya que hace poco admitió una ludopatía que lo hizo hacer cosas de las que se arrepiente, como mentir y hasta robar. Aquella cámara oculta en la que estafaba a pibes para hacerles una prueba en River que jamás iba a llegar es la prueba más concreta de su adicción. El club lo ayudó y hoy Pinino todavía la sigue peleando.
Más sabía que era un crack y caminaba por la vida haciendo gala de esa certeza. En un partido con River sufrió una grave lesión y debió ser intervenido. Apenas lo terminaron de operar fue al entrenamiento con yeso y todo. Tanto insistió en que lo dejaran patear que al final le dieron el gusto. Entoces, se acomodó con la de yeso y le dio el derechazo en comba. En ese momento ocupaban el arco Perico Pérez y Hugo Carballo. Saltaron los dos a buscar el chanfle de Pinino y chocaron en el aire mientras la pelota se metía. “Je. Eso fue porque le pegué con la pierna sana. Y porque nada más eran dos arqueros… Pongan también a Barisio y les pateo con la enyesada”.
Esa operación le sirvió para mejorar su disparo con la pierna derecha. En eso tuvo mucho que ver Renato Cesarini, que tiempo antes le había recomendado practicar contra un frontón. El Tano, como Evaristo, Peucelle y Labruna, lo tenía al Mono como una de sus debilidades. “Ese el único animal que desde posición bien cerrada, en vez de hacer el pase atrás, le pega al primer palo y la mete. Gremialmente es un mal compañero. Porque al arquero que le hacen un gol al palo de él, como los de Mas, hay que matarlo…” afirmó alguna vez.
“Yo siempre todo me lo tomaba en joda. Para mí el fútbol fue diversión y entretenimiento, nunca dramatismo”. Durante sus más de veinte años de carrera, Pinino no hizo más que confirmar con acciones esas palabras. Fue un hombre que usó la pelota para divertir y divertirse. Bendito sea.
(La Controvertida Historia del Jugador más Amado por los Hinchas de San Lorenzo)
José Francisco Sanfilippo es sin duda el máximo ídolo que generó San Lorenzo de Almagro. Resulta el mayor goleador de toda su historia, con 192 tantos obtenidos en 232 partidos, lo que lo ubica como el quinto mejor cañonero del fútbol argentino (226 marcas en 330 cotejos). Resultados que en buena parte debe, como él mismo lo reconoce, al legendario René Pontoni, que lo siguió y ayudó a mejorar su propia capacidad cuando jugaba en las inferiores del club.
Fue campeón con el Ciclón en 1959 y dos veces en 1972 (Metropolitano y Nacional), además de goleador absoluto de Primera División en cuatro temporadas consecutivas, o sea en 1958 (28 tantos), 1959 (31), 1960 (34) y 1961 (26). Menos satisfacciones le dio la selección argentina, con la que tuvo apariciones esporádicas en el Sudamericano de 1957 jugado en Perú. El año sucesivo integró aquel equipo que sufrió en Suecia una humillante eliminación con el 6-1 que le propinó Checoslovaquia. Con la celeste y blanca su máxima performance la tuvo en 1960, cuando en el Monumental le hizo dos golazos a España, acreditando un triunfo que sirvió para levantar la autoestima del fútbol argentino, que estaba por el suelo.
En San Lorenzo, cuyas filas integró entre 1953 y 1962, más un breve retorno en 1972, hizo goles de todos los colores, muchos de ellos pertenecientes a la leyenda del club. Por ejemplo, el “Nene” -como los hinchas lo llamaban- fue autor del que es, con toda probabilidad, el gol más fulminante del fútbol mundial, ya que su concreción en 1962 contra Boca Juniors en el viejo Gasómetro se materializó apenas 10 segundos después del silbato inicial. Y lo más increíble es que en el túnel, antes de salir ambos equipos a la cancha, se lo había pronosticado a Antonio Roma, el arquero de Boca que era su amigo. “Hoy te hago dos y el primero de movida nomás”, le adelantó Sanfilippo.
Y Roma, sacando pecho como era su costumbre, le contestó sobrador: “Pero qué vas a hacer, fanfarrón, si te acercás por el área me tiro encima tuyo y te aplasto como una cucaracha”.
Sanfilippo había instruído debidamente a Elvio Capdevila, un chico de las inferiores que debutaBA aquel domingo: “Cuando mueva la pelota Coco Rossi y te la entregue, yo ya habré picado como un loco dentro de la defensa de Boca, vos tirála larga, a espaldas de Orlando pero sin superar la línea del área grande, del resto me encargo yo”. Capdevila asintió: “Tranquilo, José, así lo voy a hacer”. Sonó el silbato, Capdevila mandó el pelotazo aéreo que le salió apenas un poco retrasado. Sanfilippo se dio cuenta que no podía recibirla para hacer el mano a mano con Roma, que estaba saliendo desesperado, y entonces apeló a un lujo afrodisíaco: conectó la pelota con el taco del pie derecho y la hizo pasar sobre el arquero de Boca, rumbo a la red. Fue la obra de arte cumbre de aquel pequeño y astuto delantero que rondaba siempre el área rival con aire distraído, como el zorro se pasea delante del gallinero. Apenas alguno se descuidaba ahí estaba el petiso Sanfilippo para cobrar el cheque en la ventanilla del arco. Y para correr a recibir el abrazo de los otros cuatro integrantes de aquel ataque de lujo, o sea Facundo, Ruiz, Omar Higinio García y Boggio.
Los libros de psicología dicen que el exceso de personalidad marca la diferencia entre un líder y una caricatura, entre un chiflado de comedia y un exaltado de película policial. ¿Puede esto aplicarse a Sanfilippo? Sus genialidades en la cancha, ejecutor inigualable del difícil y espinoso oficio de hacer goles, no bastan para hacer olvidar los aspectos negativos de su identidad, jalonados por exteriorizaciones de un carácter polémico hasta la exageración, incluso violento, que lo llevó a estar en permanente y grotesca situación conflictiva con dirigentes, técnicos y compañeros. Acentuó estas asperezas cuando, concluído su ciclo decenal en San Lorenzo, pasó a otros clubes. Su divismo, tan caprichoso como fútil y veleidoso, le creó enemigos por todos lados y lo empujó a convencerse de que era la víctima propiciatoria de viles conjuras. Y se convirtió así en un personaje mal querido y peor soportado en todos los clubes para los que jugó.
Ya le habían tomado el tiempo los integrantes de aquella selección de Argentina que en 1957 dictó cátedra en Lima, cuando fue suplente de Enrique Omar Sívori y jugó poco (un gol a Colombia en el cotejo de cierre). Ahí había pesados de verdad, como Pipo Rossi, Pedro Dellacha y el mismo Sívori, que lo redujeron a un total aislamiento. Anda por ahí dando vuelta una fotografía que lo muestra vestido con el buzo de la selección y el ojo derecho en compota. Nunca se supo quién se lo puso así.
Odiosa fue su actitud cuando en 1958 Argentina volvió goleada y degradada del Mundial de Suecia. Sanfilippo, que no jugó ningún partido, trató de salvarse revelando penosos entretelones internos sobre la convivencia del grupo y echándole la culpa de la catástrofe a Guillermo Stábile, el anciano director técnico, a quien acusó de que la formación se la hacían los periodistas. Dijo de regreso a Buenos Aires: “A mí no me hizo jugar porque me tiene celos, sabía que si hacía goles lo superaría como goleador en la selección, yo tengo 20 años y una velocidad y un pique tremendos, pero llamó a (Angel) Labruna, que tiene 40 y es ya un paquete”. De San Lorenzo, en 1962, se fue después de un áspero y avinagrado conflicto con los dirigentes. Había hecho una virulenta declaración, acusándolos de que el club no tenía organización deportiva. No estaba equivocado, pues el equipo había estado siete partidos sin director técnico. Lo suspendieron por dos fechas, las últimas del torneo.
Y Sanfilippo no pudo concretar el récord de ser el goleador absoluto por quinto año consecutivo (quedó empantanado en 24 redes y Luis Artime lo superó por uno). El “Nene” tiene su interpretación: “La verdad es que no me querían pagar un premio especial que, para el caso de ser de nuevo goleador, habíamos pactado antes del inicio del certamen, por eso me sancionaron”.
Y fue así que, peleado con San Lorenzo, pasó a Boca Juniors, cuyo presidente Alberto J. Armando pagó por su transferencia la suma récord de 25 millones de pesos. Desde su arribo para la temporada 1963 no tuvo una convivencia fácil con Adolfo Pedernera, que era el director técnico de Boca, y con su alterno, Aristóbulo Deambrosi. Era titular fijo como centrodelantero el brasileño Paulo Valentim, ídolo del Jugador Número 12. Pedernera -a quien Sanfilippo le cayó antipático de entrada- lo retrogradó de su rol de atacante de punta al de enganche armador, lejos del arco rival. Allí estableció una buena sociedad con el Beto Menéndez, pero su cuota de goles disminuyó netamente:
solo 7 realizaciones. A pesar de ello, dio una contribución importante para que Boca se clasificara para la final de la Copa Libertadores contra el Santos de Pelé. El equipo brasileño había ganado por 3-2 a la ida jugada en Río (los dos goles boquenses fueron de Sanfilippo) y al retorno, en la cancha de Boca, bastaba un 1-0 para obtener por primera vez la Copa para un club argentino. Y el “Nene”, confirmando su grandeza como goleador, apenas iniciado el segundo tiempo le marcó a Gilmar. Pero después dos goles del Santos en dos minutos transformaron la fiesta en velorio. Algo quedó fuera de discusión en aquella noche aciega de la Bombonera: Sanfilippo, pese a su incomodidad táctica, había hecho lo suyo, había redondeado en la Copa un botín encominable, con un total de 7 goles.
Su óptimo rendimiento como realizador, su especialidad, lo indujo a tomar una decisión irreversible. En 1964 no jugaría sino como atacante, a lo sumo como segunda punta con Valentim. Estaba dispuesto, defendiendo esa posición, a oponerse al binomio Pedernera-Deambrosi. La ocasión se presentó en la Copa Newbery, un torneo amistoso con la participación de seis equipos. En el primer partido, contra Vélez Sársfield, quedó en el banco de suplentes. Y en el segundo, contra San Lorenzo, cuando faltaban cinco o seis minutos para terminar el primer tiempo y estaban 0-0, Deambrosi le ordenó que iniciase el calentamiento. Obviamente, pensó Sanfilippo, era para entrar antes que la etapa finalizase, ya que el reglamento era claro: terminado el primer tiempo, no se podían hacer más cambios. Pasaban los minutos y Deambrosi no ordenaba el cambio. Seguramente, el “Nene” se sintió humillado como nunca cuando escuchó el silbato de cierre de la etapa y los jugadores empezaron a dirigirse hacia el túnel de los vestuarios, a tomarse un té caliente.
La caravana boquense era cerrada por Deambrosi, que ni se imaginó la furia que le estaba cayendo encima. Sanfilippo lo alcanzó como una tromba, le tocó el hombro y, cuando el técnico se dio vuelta, le acomodó un tremendo cross en la mandíbula que hasta Carlos Monzón habría envidiado, mientras le gritaba “A mí nadie me toma por boludo, contále a tus nietos la piña que te pegó el grande Sanfilippo” (su versión es que antes de agredirlo le preguntó por qué lo trataba asi y el técnico le contestó: “Acá hacemos lo que queremos”). Pero Sanfilippo no se dio por conforme. Y volviendo sobre sus pasos desde el círculo central se dirigió a Pedernera, que seguía el partido desde una platea baja, con un insulto que oyó media Bombonera: “Salí de la sombra, hijo de puta, da la cara”. Al fin, dos ex compañeros del Ciclón lograron llevárselo al túnel ubicado debajo de una de las cabeceras del estadio. Esa noche, sin reunión de Comisión Directiva ni nada, Armando lo vendió a Nacional de Montevideo. Lo hizo con la muerte en el alma, pues seguía convencido de que Sanfilippo, durante años, le daría a Boca una enormidad de satisfacciones. Pero no podía hacer otra cosa, más después que todo el plantel, con el brasileño Orlando a la cabeza, se solidarizara con Deambrosi. Es que lo de Sanfilippo había sido demasiado. Una barbaridad. Una verdadera salvajada.
Su permanencia en Nacional, donde estuvo un año y dos meses, no fue menos apacible. Fue recibido como una estrella en un club que aspiraba a ganar la edición 1964 de la Copa Libertadores, para lo que era fuerte candidato tras clasificar para las semifinales, sobre todo por su granítica defensa. El presidente era Pons Echeverry y el técnico el brasileño Zezé Moreira. Sanfilippo fue enseguida adscripto a la delegación que salió en gira por Europa y que sobre 13 partidos perdió solo uno, contra Dinamo de Moscú, con 43 grados bajo cero. Y, como no podía ser de otro modo, se hizo notar, marcando varios goles pero también entrando en conflicto con algunos compañeros, en especial con el capitán Jorge Manicera.
Nacional, de regreso, le ganó a Colo Colo ambas semifinales de la Libertadores y se clasificó para definir el certamen con Independiente. Pero en el retorno del 1 de agosto en el Centenario el “Nene” marcó ausencia contra los chilenos, pues unos días antes jugó un amistoso con Vasco da Gama y allí el zaguero brasileño Fontana le fracturó la tibia y el peroné. Explicaría Sanfilippo: “El presidente no debió autorizar ese partido y el técnico Moreira me mandó a quebrar porque estaba celoso de mí, Nacional había salido campeón el año anterior por su gran defensa y lo elogiaban a él por eso, después llegué yo, empecé a hacer goles y me convertí en el centro de atención, esa noche que me quebré no fue siquiera a verme al sanatorio”. Y agregó: “Fontana me vino a visitar y no le permití entrar en la pieza, lo eché a puteada limpia”. Independiente ganó las dos finales y, aún hoy, Sanfilippo está segurísimo de que, con él en la cancha, el campeón habría sido Nacional.
Estuvo parado un año y dos meses y en 1965, cuando estaba recuperado, entró en conflicto con la dirigencia de Nacional, por un problema de dinero, que culminó con su alejamiento. Dejó como botín 21 goles en 25 presencias. Más un montón de anécdotas. Antes de un clásico Nacional-Peñarol, el arquero Ladislao Mazurkiewicz había declarado que si el “Nene” le hacía un gol se haría cura. A Sanfilippo le bastaron pocos minutos para marcárselo. Al día siguiente, en varios diarios aparecieron avisos de lugares donde se vendían sotanas. Para peor, fue a festejar, en abierta provocación, bajo la tribuna del Centenario donde estaban los hinchas de Peñarol. Se le vinieron encima Mazurkiewicz, el técnico Roque Máspoli, que lo sirvió con flor de trompada, y varios policías fanas aurinegros. El único que lo ayudó en el aguante de tantas manos voladoras fue su compañero Héctor Silva.
Volvió a la Argentina y jugó dos años en Bánfield (1966-67), marcando 19 redes. Se fue después a Brasil donde vistió las casacas de Bangú y Bahía, para regresar en 1972 a San Lorenzo, donde a casi 38 años de edad se clasificó bicampeón (Metropolitano y Nacional) con aquel equipazo que dirigía el Toto Lorenzo y que integraban, entre otros, Jorge Olguín, Cacho Heredia, Victorio Cocco, la Oveja Telch, el Lobo Fischer y Rubén Ayala. Sanfilippo aportó 8 tantos en 28 presencias. Tras aquella experiencia triunfal decidió retirarse, pero en 1978 cedió a la tentación de un breve y anónimo retorno. Fue en el club San Miguel, flamante inscripto en Primera D y cuyo técnico era su amigo y ex compañero Coco Rossi. En un gesto de innegable grandeza, Aceptó la invitación y debutó contra Ituzaingó, anotando un gol. Pero no repitió y prefirió dejar, ahora de manera definitiva. Tenía 42 años.
Antes había probado suerte como director técnico, haciéndose cargo sin mucha suerte del primer equipo de Vélez Sársfield. Pero en ese rol tuvo corta vida, ya que su mal carácter lo traicionó una vez más. Cuando era entrenador de Deportivo Español, el árbitro Coradina lo expulsó y Sanfilippo lo sentó de una trompada. Ahí terminó su nueva carrera.
Era tal vez inevitable que, con semejante curriculum a cuestas, tanto en el bien como en el mal, en sus incursiones televisivas como opinólogo-showman, se transformase en un peligroso tirabombas mediático, una especie de loco malo capaz de cualquier exceso verbal en cuyos pliegues muchas veces, hay que reconocerlo, solía incluir verdades que otros colegas no se animaban a decir.
De Maradona afirmó que tiene una sola neurona y que, de solo verlo, se pone nervioso. Lo detesta (juicio por difamación de por medio) desde que Diego lo tildó de vendepatria por haber sostenido que Pelé fue más grande que él. Tiene la actitud opuesta con Lionel Messi, al que le pide que sea menos generoso, más egoísta cuando se trata de definir. Equipara a ambos en habilidad, pero como goleador se inclina por Messi. Y, lo que no es poco, lo considera mejor que él.
Si le preguntan cuáles fueron el mejor y el peor director técnico que tuvo responde: “El Toto Lorenzo”. El peor fue el de 1961. ¿Un ejemplo? Cuando San Lorenzo estaba por enfrentar a Lanús, le indicó que se debía ocupar de obstaculizar a Héctor Guidi, el 5 granate, e impedir sus pelotazos para los delanteros, que eran de una rara precisión. Sanfilippo le contestó: “Usted está loco, en Lanús desde hace dos meses no duermen pensando cómo marcar a Sanfilippo y Usted me viene con esta pelotudez, olvídese”. Terminó 4-2 y el “Nene” hizo tres goles. ¿El mejor? El de 1972, porque en su opinión Lorenzo armó “un equipo compacto, esquematizado, casi cibernético, que primero se aseguraba el resultado y después daba espectáculo”. No es un tipo que deja traslucir emociones ni llora por la leche derramada. Pero le dolió cuando el 5 de mayo del año pasado cumplió 80 años y, entre tantos llamados telefónicos de felicitación, faltó el de la dirigencia de San Lorenzo. Ya instruyó a su esposa para que, si en su velorio aparece enviada por la comisión una corona del club del que sigue siendo ídolo indiscutido, la tire a la basura.
Bruno Passarelli/FUENTE: FUTBOLFIERROSYTANGOS.WORDPRESS
Guillermo Stábile logró lo que ningún otro entrenador pudo lograr, no solo para nuestro país sino en todo Sudamérica. Es el único DT que ganó 6 veces la Copa América. Como si fuera poco, 3 de esas fueron consecutivas, lo que consagró a la Argentina como el único país tricampeón en la historia del torneo.
A pesar de ser poco conocido por las nuevas generaciones, cualquiera que está interesado por la historia del fútbol nacional ha oído el nombre de Guillermo Stábile. Este porteño (nacionalizado italiano) no solamente logró una carrera espectacular como futbolista, sino que también fue un entrenador sin precedentes.
Carrera de Guillermo Stábile como futbolista
Nació en Parque Patricios, Buenos Aires, a principios de siglo, en 1905. Stabile tuvo una exitosa carrera como futbolista, primero en Argentina (en el club de su barrio, Huracán), y luego en Italia y Francia. Conocé todos los detalles de su época de “Filtrador”, como lo llamaba la prensa deportiva.
Guillermo Stábile en Huracán
Guillermo Stábile pasó toda su carrera como futbolista profesional dentro de Argentina en el Huracán, el club de Parque Patricios, donde él nació y creció. Allí vio el paso del fútbol masculino de amateur a profesional y jugó 128 partidos, ¡en los que logró un centenar de goles entre 1920 y 1930!.
Stábile en la selección: primer goleador de la Copa del Mundo
Stábile debutó en la selección en el primer Mundial de fútbol de la historia: en Uruguay, 1930. Si bien los uruguayos ganaron aquella primera edición de la copa (con Argentina subcampeón), Stábile tuvo el honor de ser su primer máximo goleador . Esto podría no haber sucedido, porque Stábile estaba de suplente. Por suerte para él, su colega Roberto Cherro tuvo un ataque de ansiedad en el segundo partido de la selección y Stábile lo reemplazó. ¡El delantero de 25 años logró nada menos que 8 goles en 4 partidos de Argentina! .
Sin embargo, esta fue la última vez que Stábile jugaría para la selección, lo que lo dejó con un historial impecable: en todos los partidos que jugó con Argentina logró marcar al menos un tanto, con un promedio de dos goles por partido.
Guillermo Stábile en el Génova de Italia
El mismo año del Mundial de Uruguay, Stábile fue transferido al club Génova, de Italia, en la ciudad de sus antepasados. Tuvo una excelente recepción desde su primer partido, contra Bologna, en el que hizo un triplete . Jugó cinco años con este equipo, con un excelente rendimiento: logró un total de 16 goles en 41 partidos. A partir de una lesión que sufrió en 1931, participó también como entrenador del equipo, lo que fue su primer antecedente de la larga carrera como director técnico que tenía por delante.
Guillermo Stábile en el Napoli de Italia
Luego de cinco años en el ‘Genoa’, Stábile se pasó al Napoli en 1935, donde jugaría una temporada. En este breve paso por el equipo del sur de Italia, Stábile logró tres goles en una veintena de partidos.
Stábile en Francia: el Red Star de París
Los últimos tres años de su carrera futbolística, entre 1936 y 1936, Stábile los pasó en el club Red Star de París, que actualmente está en la segunda liga francesa. Allí comenzaría, en paralelo, previamente a su retiro como futbolista, a dedicarle más tiempo a su carrera como director técnico. Permaneció en este club hasta 1939 y logró que el equipo ascendiera a la primera división.
El regreso: la carrera de Guillermo Stábile como director técnico
Luego de prepararse como entrenador en París, Stábile regresó a la Argentina en 1939 para dirigir a Huracán, el club donde había desarrollado su carrera como futbolista a nivel nacional.
Ese mismo año también comenzó a entrenar a la selección argentina, puesto que mantuvo durante casi veinte años, entre 1939-1958, y luego nuevamente entre 1960 y 1961, un récord hasta el día de hoy por la cantidad de años.
Dirigió a ‘La Albiceleste’ en 127 partidos, lo que lo pone en el podio de los pocos entrenadores que sobrepasan el centenar de partidos internacionales, entre los cuales está el DT uruguayo Óscar Tabárez.
Su único gran fracaso como director técnico de la selección fue en el Mundial de 1958, en Suecia, en el que Argentina vivió una trágica goleada por 6 a 0 contra Checoslovaquia (actual República Checa). Ese año dejó la selección, aunque la retomaría brevemente dos años más tarde, en 1960. En dicho año, ganó la Copa de Profesionales de Costa Rica. Murió poco tiempo después, en 1966 .
En su larga carrera como DT, pasó además por San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferrocarril Oeste y Racing, donde es considerado una leyenda por haber logrado el tricampeonato del club en los años 1949, 1950 y 1951.
La faceta de actor de cine: Guillermo Stábile en la pantalla grande
Como si no fuera suficiente con ser uno de los mejores futbolistas y entrenadores de la historia del fútbol en Argentina, en Sudamérica y en el Mundo, ¡Stábile tuvo una faceta artística! Participó en las películas Pelota de trapo (1948) y Fantoche (1957).
En ambas ocasiones actuó de sí mismo. Su primera aparición en la gran pantalla fue en Pelota de trapo, dirigida por Leopoldo Torres Ríos, la historia de un futbolista representado por Armando Bo. La segunda, Fantoche, fue dirigida por Román Viñoly Barreto. También tenía un tema futbolístico y fue protagonizada por Luis Sandrini.