El último hombre. Así es como se define, metafóricamente, al arquero. Extrañez al uniforme de sus compañeros, soledad táctica, su solemnidad debe pasar desapercibida, pero un mínimo error puede ser sinónimo de condena. En un fútbol que quienes saben lo han definido como dinámica de lo impensado, el arquero debe brindar seguridad. Menuda tarea, ¿no?
La experiencia de vez en cuando suele vincular a este puesto con la extravagancia y el egocentrismo. Los arqueros que trascienden lo hacen en base a su disciplina y talento, pero también con el agregado de que su posición tiene lugar sólo para un par de manos. Que la suplencia es, en la enorme cantidad de los casos, sinónimo de inactividad. Y que una ausencia puede ocasionar la pérdida de aquel lugar al cual tanto costó llegar. Exigencia límite, otra opción no existe si se busca tener nombre propio bajo los tres palos.
En el lateral de este análisis, existe un espeluznante antecedente de guardavallas que decidieron quitarse la vida por situaciones extra futbolísticas. El caso más reciente -y quizá más impactante para los nacidos en las últimas décadas- pertenece al alemán Robert Enke, ex jugador del Barcelona y portero de su seleccionado. Este meta sufría terribles episodios de depresión tras el fallecimiento de su hija a tan solo dos años de edad, por un padecimiento cardíaco. Tamaño dolor fue demasiado para los hombros de Enke, quien finalizó su existencia arrojándose a las vías del tren. Este 10 de noviembre se cumplirán ya ocho años de aquella trágica tarde.
En los pasillos del fútbol argentino, el suicidio y el arco supieron tejer una nefasta alianza en dos casos relativamente recientes: Héctor Larroque, mítico arquero del ascenso, se ahorcó en 2011. Las vías del tren fueron el último registro de Alberto Vivalda, ex guardavalla de River, quien a ellas se arrojó en 1994. Entremedio, pasaron los caos también de arquero de Tigre, Luís Ibarra, en 1999, y de Mariano Gutiérrez, uno de San Martín de Burzaco, en 2008.
El Club Atlético Independiente posee en los muchos senderos de su historia, un caso que se asemeja a estas tragedias hermanadas bajo el arco. En la valla roja se dio el primer caso de meta que decide terminar con su existencia una vez que la bocha dejó de rodear y las tragedias sin remedio aparecieron para atormentar: Osvaldo Toriani fue arquero de nuestro equipo entre 1960 y 1966, más una última etapa en 1973. Fue partícipe en la obtención de las Libertadores de 1964 y 1965, tornándose un ídolo indiscutido durante aquellos años.
Además de su habilidad para evitar conceder goles, Toriani tenía otra cualidad: Su pinta. Así lo describe Daniel Álvarez, septuagenario testigo a temprana edad de los estragos que Toriani causaba en la falange femenina: “Las mujeres iban a la platea femenina y enloquecían por él. Era un muchacho muy pintón, parecía de una película de western. Le fue muy bien, hasta su lesión”.
La lesión a la cual se refiere Daniel es un punto bisagra en la carrera de Toriani. Un malestar físico causado por cierta propensión a las lesiones lo comenzó a marginar del primer equipo, dando paso a la aparición de Miguel Ángel Santoro, afirmado cada vez más en el arco cotejo tras cotejo.A sus casi 38 años, entonces, Toriani recibió un ofrecimiento del Miami Toros, conjunto perteneciente a la North American Soccer League. Básicamente, la prehistoria de la Major League Soccer. En la Florida, el arquero encontró su lugar en el mundo y comenzó a proyectar sus años a posteriori de su alejamiento de las canchas.
Vinculado a la rama turística durante fines de los 70′ y comienzos de los 80′, sus rotativas entre Miami y Buenos Aires se vieron interrumpidas cuando su mundo se desmoronó en la jornada más nefasta de su existencia: Su hijo había fallecido en un accidente doméstico. Esto detonó en un contexto donde el propio Toriani sostenía problemas personales a causa de un divorcio. El malestar se tornó insostenible.
A fines de 1988, Toriani falleció por inducción de monóxido de carbono. Un trágico cierre para un último hombre al cual la estabilidad -la felicidad definitiva- parecía serle esquiva. A Toriani responde el primer caso de un ex jugador argentino que comete suicidio. Desde este rincón, el más respetuoso de los homenajes.
EL ARQUERO QUE VOLÓ POR ÚLTIMA VEZ UN 4 DE FEBRERO DE 1994
El Loco Vivalda, uno de los porteros más ‘grandes’ y osados que han pasado por el fútbol colombiano, se quitó la vida hace más de 20 años. A través de los testimonios de decenas de compañeros, amigos y familiares, reconstruimos los últimos días, tristes y solitarios, de la leyenda argentina del arco de Millonarios para tratar de entender por qué diablos decidió tirarse a un tren.
Un hombre desesperado, atormentado por la tristeza y la nostalgia, jubilado prematuramente como todo futbolista, separado de su mujer, alejado de sus hijos, apodado Loco como tantísimos arqueros, con dos internaciones previas en un neuropsiquiátrico, camina rumbo a su muerte. Las cartas están echadas.
—Dejó la moto a un costado, una moto grande, de buena cilindrada, eh, y se puso así, delante del tren.
Claudio tiene 57 años y habla desde el otro lado del mostrador del puesto de diarios y revistas de la estación de trenes de Vicente López, en el límite norte de la ciudad de Buenos Aires. Claudio trabaja allí desde hace mucho tiempo. “Acá me trajeron en cochecito, ni siquiera caminaba”, sonríe, exagerando, un modo de expresar que vio todo lo ocurrido allí en los últimos 50 años. Basta que alcemos la foto en blanco y negro que recorre nuestro reportaje para que enseguida mueva la cabeza verticalmente y confirme ciertos datos que aún manteníamos en duda. El lugar, el modo, las circunstancias…
—El Beto Vivalda, claro, ¿cómo no lo voy a conocer? Se mató en el cruce de Yrigoyen, a 300 metros de acá. Dejó la moto a un costado, una moto grande, de buena cilindrada, eh, y se puso así, delante del tren.
El “así” lo acompaña levantando los brazos y formando una especie de V gigante con vértice en su cabeza. Ocurrió el viernes 4 de febrero de 1994, aunque misteriosamente la noticia recién salió en los diarios 15 días después. Luego, apenas algún recorte perdido repasando la trayectoria del protagonista. El archivo de la revista deportiva El Gráfico es completísimo, y de Alberto Pedro Vivalda después de muerto no hay casi nada. Solo misterio y preguntas. Hacia allí vamos.
CONOCIENDO A BETO
Antes que nada, en especial para la muchachada sub 40 que casi no lo vio jugar, lo presentamos. Alberto Pedro nació el 10 de febrero de 1956 en la ciudad de Buenos Aires. Pedro, su padre, era delegado de las divisiones juveniles de River Plate, por lo que desde muy pequeño el único hijo varón se incorporó a la escuelita de fútbol del equipo ‘millonario’. “Era muy malo como delantero, así que un día me dijeron ‘pibe, andá al arco’. Me empezó a ir bien, me di cuenta de que las ganaba todas, me entusiasmé y me quedé, pero en el barrio seguía jugando como defensor”, destacó en una de sus primeras entrevistas, en la revista Goles, y de esas palabras entendemos por qué fue un adelantado a la época utilizando tanto los pies
“El Beto era el arquero de más futuro en River —revive Luis Landaburu, compañero en el club de la Banda Roja, luego amigo, ídolo del Bucaramanga entre 1983 y 1988—. Tenía unas condiciones físicas impresionantes, técnica depurada de arquero-jugador. En el club, el estereotipo es Amadeo Carrizo, y los que salíamos de River teníamos ese sello de jugar adelantados, de saber usar los pies, de pegarle con estilo. Fue lo más parecido a Amadeo que vi. Venía el córner de la derecha, la agarraba con una mano y hacía la faja, como en el básquet, o sea pasaba la pelota por detrás de la espalda y la sacaba por el otro lado, una cosa espectacular. Yo le llevaba tres años y tengo que agradecerle que se haya ido de River, porque si no, no hubiera atajado nunca, ni le lustraba los zapatos”.
De River se fue por la puerta de atrás. Tanto a Vivalda como a Landaburu les tocó tener por delante al que fue, quizá, el mejor arquero en la historia del fútbol argentino: Ubaldo Matildo Fillol, campeón del mundo con su selección en 1978, dueño del arco millonario por una década (1973-1983). “Tenía un estilo más similar al de Gatti que al mío, pero era un arquero de tremenda personalidad, arquero de equipo grande”, lo evalúa justamente el Pato Fillol para esta semblanza.
Vivalda debutó en julio de 1975 por la lesión de ambos en un partido contra Atlanta. River atravesaba la etapa más oscura de su historia, la de los 18 años sin títulos. Al mes siguiente, a punto de disputarse la anteúltima fecha, se decretó una huelga de futbolistas. La AFA obligó a que se jugaran los partidos y todos los equipos presentaron formaciones juveniles. El 14 de agosto de 1975, en cancha de Vélez, River venció 1-0 a Argentinos Juniors y se coronó campeón. Los hinchas ingresaban al campo de juego y arrancaban el pasto para masticarlo. Esa noche, el arquero de River fue Vivalda. Y también jugaron muchos otros chicos que tendrían su debut y despedida con la Banda. Los futbolistas profesionales, imposibilitados de jugar por la huelga, no toleraron mirarla desde afuera después de cargar durante 36 fechas la mochila de una presión desmesurada y les hicieron la cruz.
“El Beto era de mi misma edad y nos criamos juntos en las inferiores de River, tenía un temperamento brutal, no pensaba dos veces las cosas”. El que lo retrata ahora es Ramón Gómez, el Mono, centrodelantero que jugó en River solo un partido, el citado frente a Argentinos, y luego siguió su carrera en Colombia, defendiendo los colores de Once Caldas, Pereira y Tolima. Y se detiene en la antesala de aquel partido consagratorio y a la vez condenatorio: “Cuando se decretó la huelga, Vivalda habló delante de todo el plantel de profesionales y les dijo: ‘Yo voy a jugar este partido porque estoy desde los 8 años en el club, llevo la camiseta en la sangre, no como varios de acá. Si alguno tiene un problema personal, que lo hable’. Y te aseguro que nadie habló”. Hugo Santilli, un novato dirigente en aquellos años, quien luego como presidente llevaría a River a la cima del mundo en 1986, no duda: “Después de aquel partido, los pibes no tuvieron más cabida en el club, estoy convencido de que hubo un sabotaje y que la Comisión Directiva recibió alguna presión por parte de los jugadores”.
A Vivalda no le quedó otra que irse de su casa. Al año siguiente pasó a Chacarita y luego a Racing, donde le tocó otra vez ser suplente de un emblema del club, Agustín Mario Cejas. Pero allí se toparía con un hombre decisivo en su carrera, José Omar Pastoriza, quien le terminó dando la titularidad y luego lo llevaría a Colombia junto a otros compatriotas para jugar en Millonarios.
“Éramos bastante amigos con el Beto en aquella época de Racing —relata el Vasco Olarticoechea, luego campeón mundial con la selección en México 86—. Recuerdo que un día, a la salida de la práctica, me pidió que lo acercara hasta la estación de servicio. Ahí me enteré de que el Loco se venía en bicicleta desde su casa de Caballito, eran como 100 cuadras. Le daba vergüenza ir hasta el club por las cargadas. Él decía que lo hacía porque le venía bien para las piernas, yo creo que era para no gastar, lo cual confirma una característica que no falla: los arqueros son muy agarrados del bolsillo. Otra característica de los arqueros es que son loquitos, arriesgan todo por una pelota. Vivalda también encajaba perfecto ahí”.
De la bolsa de mitos urbanos fabricados en el fútbol, uno es que, en Racing, Vivalda se trenzó a trompada limpia con el uruguayo Juan Ramón Carrasco, otro muchacho al que le saltaba la térmica con facilidad. “Jamás me trompeé con el Beto, es un bolazo —se queja desde Montevideo este otrora eximio ejecutor de tiros libres—. Lo que sí te puedo confirmar es que era un hombre de carácter y si había que pelearse con alguien, no le disparaba al asunto. A lo que sí nos desafiábamos con Beto era a los tiros libres. Me cargaba con que no le podía meter goles de afuera del área y nos quedábamos pateando después de la práctica. Era un gran profesional, amaba el puesto y nunca le sacaba el cuerpo al trabajo”
Miguel Ángel Giachello, centrodelantero que le dio a Independiente la Copa Libertadores de 1973 al convertir un gol en el desempate contra Colo Colo, fue primero rival de Vivalda y luego su compañero en Racing. “El Beto me rompió los ligamentos de la rodilla cuando yo jugaba en Unión —repasa—, se la quise tirar por arriba y este animal salió como una locomotora y me rompió todo. Como compañero era muy jodón y divertido, pero en las prácticas le tenía miedo, porque no medía nada, era medio colino el Beto”. Y traducimos. En lunfardo, colino = loco.
LA CONSAGRACIÓN
Jorge Mario Neira Niño tiene 62 años, es colombiano y se ha sumergido en la historia de su querido club para escribir, entre otras cosas: Las 1001 anécdotas de Millonarios. Se muestra entusiasmado al escuchar desde Buenos Aires el motivo de la llamada.
“Vivalda arribó tras el Mundial 82 —arranca—. Un tipo carismático, que venía con la escuela de River. Tenía fuerza de piernas, era líbero, salía jugando, cortaba con una mano. No llegó a ser campeón por esas cosas del fútbol, pero dejó una huella grande, jugó casi 200 partidos, para nosotros se volvió un hombre legendario aquí, por la calidad y en parte también porque se murió joven. Era un Beatle, por su genialidad, por su estilo innovador, por su estética”. Y ahí nomás, rescata un acontecimiento que nos muestra cuán profunda fue su huella: “Mario Jiménez, el arquero suplente, cometió un acto de indisciplina. El club salió a buscar a un sustituto de Vivalda y consiguió el préstamo por seis meses de un portero que venía de tapar muy bien en el Sudamericano Sub 20 con la Selección Colombia. René (Higuita) era atajador en ese momento, no se movía demasiado de los palos. Llegó a tapar seis partidos en Millonarios y yo digo que él vio a Vivalda y aprendió las salidas y las gambetas, la rapidez de piernas, todo eso que traía el Loco lo fue desarrollando y aplicando. Higuita declaró varios años después que esa cualidad era innata, pero a mí me duele porque no fue así. Su maestro fue Vivalda. René tenía 19 años y lo miraba con ojos bien abiertos”.
Para pruebas, basta un botón, como se dice. Lo registra el propio Neira Niño en su libro: el 12 de agosto de 1984, en un clásico ante Santa Fe, con el marcador 0-0, Vivalda salió gambeteando rivales y cuando llegó a la mitad de cancha se le fue larga. Lo aprovechó José Luis Carpene, quien le robó el balón y convirtió el gol desde 40 metros. Finalmente, Santa Fe se impuso por 3-2 y la junta directiva multó a Vivalda con 50.000 pesos por su irresponsabilidad. Cualquier coincidencia con lo realizado por un arquero enrulado seis años más tarde en la ciudad de Nápoles ante la selección de Camerún no fue una simple coincidencia.
A pesar de sus grandes actuaciones, Millonarios no logró atrapar su estrella número 12: finalizó tercero en 1982, cuarto en 1983, fue subcampeón en 1984 y otra vez tercero en 1985. Entre sus jornadas estelares queda aquella en que paró dos penales en un mismo partido, a Sergio Santín y Miguel Ángel Manzi, del Pereira. O esa otra en la que batió el récord de invulnerabilidad, con 585 minutos sin recibir goles. Neira Niño destaca que, según la opinión del prestigioso historiador del fútbol colombiano Guillermo Ruiz Bonilla, Vivalda fue uno de los mejores arqueros que tuvo Millonarios en su historia, muy cerca de otros dos monstruos, sus compatriotas Amadeo Carrizo y Julio Cozzi.
“Éramos de la misma categoría, del año 56, nos enfrentamos desde los 12 años, él en River y yo en Vélez, éramos los mejores arqueros de la camada y luego nos cruzamos seguido en Colombia, y en los aviones cuando volvíamos a Argentina para las fiestas —recuerda Julio César Falcioni, guardián del América de Cali pentacampeón de entonces—. No tuvimos una relación de amistad, pero nos respetábamos mucho; quienes lo conocían más íntimamente decían que tenía bien puesto el apodo de Loco, aunque yo le decía Beto y él a mí, Pelusa”
“Un arquero totalmente distinto al resto, yo lo vi parar la pelota con el pecho en el medio de una montonera de gente. Lo que más me sorprendía es que en partidos difíciles, en los que otro arquero se achicaba o dudaba, este era todo lo contrario”, se suma José Daniel van Tuyne, defensor que fue compañero de Vivalda en Racing y Millonarios y que hoy vive en Rosario, alejado del fútbol. “Era un tipo muy alegre, buen compañero”, agrega Alejandro Barberón, otro compinche de vestuario en Millonarios, que trabaja actualmente con escuelas de fútbol en Necochea, y con una frase nos invita a pasar al infierno: “Siempre andaba con la familia, jamás podía imaginar que pasaría lo que pasó”.
Lo que pasó. El eufemismo que utilizaron casi todos los entrevistados, como si aún les horrorizara nombrar la palabra “suicidio”.
LA CAÍDA
Vivalda volvió a su país a finales de 1985, cuando falleció su padre por un cáncer. Su carrera se extendió por cinco años más en Unión de Santa Fe, Platense, River (en la temporada 1987-88, la reivindicación tras su salida forzada del club), Ferro y Racing otra vez, pero quienes lo conocieron de cerca coinciden en que la muerte de su padre le sacudió los cimientos emocionales. Lo identifican como el punto de partida del desbarranco. Lo siguió la separación de su esposa y de sus cuatro hijos. Graciela Sola, su exmujer, era de General Dorrego, una ciudad ubicada a 600 kilómetros de la Capital Federal. Y tras la separación, se instaló allí con los niños.
Muchos de los excompañeros de Vivalda se lo encontraron casualmente después de su retiro. Y algunos de ellos, que encajaban en el rótulo de amigos, lo hicieron, pero ya no de forma casual. Existen correspondencias en el recuerdo. Encontraron a un hombre deprimido, incoherente, casi desquiciado. “Ya retirado, me lo crucé caminando por el centro. Andaba con una carpeta bajo el brazo, me decía que iba a ganar mucha plata. Fueron unos minutos nomás, pero lo noté mal, con la vista perdida. Unos meses después me enteré de lo que pasó, me dolió mucho”, se entristece el Pato Fillol.
“En unas vacaciones me encontré al Beto por Caballito, cerca de su casa —recuerda Luis Bonini, preparador físico de Timoteo Griguol y de Marcelo Bielsa durante muchos años—. Yo lo había tenido unos años antes en River y de allí lo llevamos a Ferro porque era un excelente arquero, muy valiente, de esos que les pedían a los defensores que salieran, que no metieran el culo en el área, un tipo muy ganador. Además, superpintón, podría haber sido modelo tranquilamente. Y bueno, lo vi en la calle, nos pusimos a charlar y me contó que se había separado. Se notaba que lo vivía muy traumáticamente, no podía superar esa separación y extrañaba mucho a los chicos”.
‘El Pato’ José Omar Pastoriza fue un padre no solo para Vivalda sino también para Miguel Giachello. “Me enteré de que el Beto andaba mal porque un día, comiendo con Pastoriza, me contó que cuando dirigía al Atlético de Madrid se le apareció Vivalda en una práctica. Le dijo que le habían robado la plata en la frontera con Suiza y necesitaba dinero para volver a Argentina. Se lo dio, pero el Pato me dijo que lo vio muy mal, barbudo, diciendo cosas sin sentido”.
A la Foca Landaburu se le humedecen los ojos: “Al volver de Colombia, un día me veo con Pastoriza y ahí me cuenta que se le apareció el Beto, que le había contado que lo buscaba el Manchester, desvariaba. Me pidió que lo fuera a ver. Entonces me acerqué a su casa, el timbre no andaba, me puse a aplaudir en la puerta y apareció. Vivía solo, la casa no tenía luz, adentro estaba todo desordenado. Me puso muy mal la situación y lo saqué a caminar por el parque. Me contó que se iba a ir a jugar a Europa, pobre, estaba muy mal”. Y el Mono Gómez termina de pintar ese escenario lúgubre. “Fui a su casa, las persianas estaban bajas, era muy triste todo. Ahí me contó que había estado internado en el manicomio dos veces, que lo habían ido a buscar con chaleco de fuerza y pudo salir con un abogado y una orden judicial. Me dijo que en el loquero la pasó muy mal, que a la noche le metían jeringas y que él se defendía a las patadas. Me contaba todo eso y se le caían las lágrimas. El Beto era muy familiero y se sentía solo. Pobre Beto, si hoy estuviera, andaríamos comiendo unos asados por ahí, la puta madre, se nos fue”. Es tan presente el recuerdo, tan hondo el dolor, que parece que hubiera ocurrido ayer.
“Lo vi en la calle una tarde, por Caballito, fue una charla cortita, fría, no lo noté bien, estaba prácticamente pelado, como cuando uno sale de estar internado en una clínica”, corrobora Gabriel Perrone, compañero del Beto en Ferro y River en los últimos años de su carrera. “Me dio mucha pena, uno no sabe lo que le pasó por la cabeza. Lo que sí sé es que a muchos jugadores les agarra la depre cuando dejan de jugar. Uno está preparado para el éxito, no para el fracaso o el retiro. Yo pude agarrar enseguida trabajo, pero muchos están todo el día en su casa, les sobra el tiempo, sienten que molestan, y eso es muy duro”, intenta buscar una explicación a lo ocurrido Juan Barbas, quien compartió equipo con Vivalda en Racing y fue campeón mundial juvenil con Maradona y Ramón Díaz en 1979.
Hablar con la familia Vivalda no resultó para nada sencillo. Su hermana Liliana no quiso atender el teléfono. Se negó una y otra vez con diferentes excusas hasta que su esposo, el excuñado del Beto, se sinceró: “Mirá, no insistas porque no va a hablar”. Confirmó que no existía tumba porque su cuerpo había sido cremado, que antes había padecido dos internaciones en el neuropsiquiátrico Borda y que en sus últimos meses vivió en diferentes pensiones. Y señaló que ni Liliana ni él mantenían hoy contacto alguno con la exmujer o con los hijos del Beto, sus sobrinos. “Tuvo muchos conflictos después de su separación, la pasó muy mal”, murmuró apenas, antes de pedirme por favor que no llamara más.
Graciela Sola vive en Coronel Dorrego y tres de sus cuatro hijos (María Agustina, Matías y Victoria), en zonas aledañas, lejos del ruido de la gran ciudad. Solo Nicolás, de 31 años, el único nacido en Colombia, se instaló el año pasado en la Capital Federal. También fue el único en dar alguna señal ante el requerimiento periodístico. Aceptó charlar de su padre, pero con una condición: “No hablar de lo que pasó al final, porque los tiempos cambiaron y ni siquiera en esa época se podía saber si fue esquizofrenia o depresión”
Nicolás se acercó hasta la redacción de El Gráfico, observó con entusiasmo las fotos de su padre, pidió permiso para registrarlas con su teléfono móvil. Resulta asombroso el parecido con Alberto Pedro. Nicolás estudió Administración de Empresas y trabaja en las oficinas de la aerolínea Lan, está nacionalizado argentino, pero afirma que ir a Colombia, su país natal al fin, es una de sus cuentas pendientes. Evoca a su progenitor con cariño y nostalgia: “Cuando murió yo tenía 11 años, y me acuerdo de cuando jugábamos a la pelota en la cochera de casa y de ir a la cancha de River juntos”. Y al instante se muestra bastante fanático del equipo que hoy dirige Marcelo Gallardo.
Pero claro, cuando uno intenta desenredar la madeja con preguntas como ¿qué le pasó?, ¿por qué se separaron?, ¿cuándo empezó la debacle?, ¿cuál fue el verdadero problema?, ¿por qué la noticia se supo dos semanas después?, Nicolás cierra la boca, pide perdón con los ojos y con sus gestos solicita respetar el pacto. Pone una valla. Hasta aquí llegamos.
“Mirá, para sintetizar, te puedo decir que hubo muchas cosas, no fue una sola, se trató de un proceso. A mi viejo lo queríamos mucho, somos una familia unida y no nos olvidamos de él ni lo abandonamos. Lo tuvimos presente siempre. De hecho, lo vinimos a ver aquí, cuando estuvo internado. Me acuerdo de haber ido con la familia, es una imagen que no me olvido”, esgrime, como declaración de principios, aunque flota en el aire la sensación de que hay motivos que guarda, circunstancias que omite, silencios que prefiere callar, como canta Fito Páez.
Lo respetamos, por supuesto. Es su hijo. Es su padre
Es, para cerrar el círculo, la historia de un hombre desesperado, atormentado por la pena y la nostalgia, que pidió a los gritos una soga que lo rescatara de las profundidades más oscuras e intrincadas de su propia mente.
A 45 años del debut.de Atlético Regina en el torneo Nacional de 1974.Un día cómo hoy el Albo debutaba oficialmente en este torneo -21 julio 1974- enfrentando a Chacarita en condición de visitante.Gana 1 a 0 en un auspicioso debut. La portada del Diario Río Negro titula Sensacional debut en el Nacional.
Atlético Regina formó con Galante, Correia, Liguori, Coll y Rivero, Trullet, Strack y Sánchez,Franco, Pasini y Flores.
El jugador Pasini marcó el único tanto del encuentro.La crónica del matutino destaca la labor del debutante el volante Óscar Trullet junto va Juan Enrique Strack y la buena labor en defensa, destacados Coll y Rivero.
Otro acontecimiento fue que en Chacarita debutó Claudio Óscar Marangoni como mediocampista por la derecha.
Boca arrancaba goleando a Banfield.
Este torneo lo ganaría San Lorenzo de Almagro y también donde se produciría otro hecho deportivo inédito.
En la duodécima fecha -6 octubre- Banfield le gana 13 a 1 a Puerto Comercial de Ingeniero White y Juan Alberto Taverna marcaba 7 goles. Récord en el fútbol profesional.
Crónica del libro Momentos Inolvidables del fútbol Regional (2016) de Darío Buonaventura.
Publicado en face de Darío Buonaventura.
Cuadro de imágenes: ¡BIEN DE REGINA! sobre imágenes de Buonaventura.
Según el sitio BARILOCHE 2000:
LA CAMPAÑA
Chacarita Juniors 0 - Atlético Regina (Río Negro) 1
Atlético Regina (Río Negro) 1 - Aldosivi 2
San Martín (T) 1 - Atlético Regina (Río Negro) 1
Atlético Regina (Río Negro) 0 - Godoy Cruz 1
Racing Club 4 - Atlético Regina (Río Negro) 0
Atlético Regina (Río Negro) 0 - San Lorenzo 1
Huracán (Comodoro Rivadavia) 1 - Atlético Regina (Río Negro) 1
Deportivo Mandiyú (Corrientes) 2 - Atlético Regina (Río Negro) 0
Atlético Regina (Río Negro) 1 - Ferro 1
Atlético Regina (Río Negro) 0 - Chacarita Juniors 0
Aldosivi 2 - Atlético Regina (Río Negro) 0
Atlético Regina (Río Negro) 0 - San Martín (T) 5
Godoy Cruz 2 - Atlético Regina (Río Negro) 2
Atlético Regina (Río Negro) 1 - Racing Club 1
San Lorenzo 4 - Atlético Regina (Río Negro) 0
Atlético Regina (Río Negro) 3 - Huracán (Comodoro Rivadavia) 0
Atlético Regina (Río Negro) 2 - Deportivo Mandiyú (Corrientes) 1
Ferro 2 - Atlético Regina (Río Negro) 0
TABLA DE POSICIONES GRUPO “C”: San Lorenzo (27 puntos), Ferro (24), Racing (22), San Martín de Tucumán (22), Chacarita (18), Aldosivi (16), Atlético Regina (12), Deportivo Mandiyú (10) y Godoy Cruz (8).
"EL TOLA DEL GOL" En la época que los hinchas de Racing todavía disfrutaban viendo a su equipo, Néstor Tola Scotta era uno de los productores de festejos. En sus tres años desempeñándose como centrodelantero de la Academia —desde el 73, cuando llegó procedente de River como parte de pago por el pase de Enrique Wolff, hasta el 76 en que emigró al Internacional de Porto Alegre— anotó 63 goles en partidos oficiales. Integró una recordada delantera junto a Hugo Gottardi y el Ropero Roberto Díaz.
Su capacidad para definir, su potencia en los metros finales y su velocidad para encarar eran sus mejores atributos. No alcanzó la fama, ni tuvo la furibunda patada de su hermano Héctor Horacio, el Tanque, pero de todos modos dejó grabado su sello en su paso por el fútbol argentino. No sobresalía tanto por su técnica, pero sí por su fuerza y su enorme voluntad. Buen cabeceador, por su facilidad para ir arriba a buscar los centros, le pegaba a la pelota con cualquiera de sus piernas.
Nacido —el 7 de abril de 1948— en una familia de futbolistas, su padre atajó en el Colón de su San Justo natal, igual que sus hermanos Angel y Juan Carlos, poco tardó en saltar del equipo de pueblo a la capital provincial. Unión se convirtió en su primera experiencia profesional y allí, en 1968 y 1969, inició con 16 goles su serie que pasaría el centenar en partidos oficiales de Primera en Argentina.
River fue el siguiente paso. Diez goles marcó Scotta con la banda roja entre el 70 y el 72. Los arqueros brasileños también lo sufrieron. Y su pico máximo en el exterior lo cumplió en el Deportivo Cali, dirigido por Bilardo y subcampeón de la Libertadores 77, inundando de goles Colombia y Sudamérica en combinación con su compatriota Alberto Benítez.
De regreso al país, continuó con su manía goleadora: 4 en Platense (1981) y 11 en Temperley (83). Así redondeó 282 partidos y 104 goles en Primera. También pasó con sus goles por el fútbol de ascenso.
Falleció un 8 de Enero del 2001 en un accidente automovilístico en Campana , así, le puso punto final a su vida de 52 años de duración. Pero quedarán intactos su recuerdo y sus goles.
BRUJERIAS Y CONJUROS EN EL FÚTBOL Es una verdad de Perogrullo que en lo concerniente al fútbol los partidos se ganan, se empatan o se pierden. Tan simple como eso. Sin embargo, en todo el mundo no faltaron casos en los cuales, creer o reventar, la "mala fortuna" fue atribuida a sucesos que exceden la faz deportiva, y hasta la deforman. Desde jugadores africanos haciendo cosas extrañas en medio de un partido, pasando por la "maldición" de algunos notables tras ganar el Balón de Oro, estadios bajo el influjo de almas en pena y hasta un goleador del Arsenal inglés que cada vez que la metió, provocó la muerte de famosos, entre otras singularidades. Tampoco faltan ejemplos en clubes de Argentina y hasta la creencia de que la Selección estaría "maldecida" (ver aparte). Porque las brujas no existen... aunque sí las brujerías, según algunos.
* El jugador hechicero. Thomas N'Kono fue uno de los arqueros legendarios de Camerún. Mayormente conocido por su destacada labor durante el Mundial de Italia '90, debutó con 35 años de edad en Los Leones Indomables ante la Argentina de Diego Armando Maradona, que defendía su segunda estrella conseguida en México. Ese día, el equipo de Carlos Bilardo cayó 1-0 y la valla africana lució inexpugnable. Pero eso no fue todo: para 2002, ya retirado, N'Kono entrenaba a los arqueros de su seleccionado. Y entonces se le vino la noche: en un partido contra Mali, fue detenido, esposado y golpeado, acusado de hacer magia negra, ya que se lo descubrió manipular un "objeto sospechoso" al lado de línea de cal. Tras el ominoso episodio, la federación de su país sancionó a N'Kono por un año para ejercer el cargo.
* Dorado, pero maldito. Hay quienes aseguran que el ganador del Balón de Oro, si luego participa en el Mundial, fracasará rotundamente. Jugando para Real Madrid, el astro portugués Cristiano Ronaldo lo ganó en 2013; pero un hechicero ghanés, el "Diablo del miércoles", metió la cola y CR7, jugador clave también en la selección de Portugal, padeció una grave lesión que casi lo dejó afuera de Brasil 2014. A su turno, con sus logros obtenidos en el Barcelona, Lionel Messi obtuvo uno de sus cinco balones de Oro en 2009; pero al año siguiente tuvo una gran frustración con la Argentina que por entonces dirigía Maradona en el Mundial de Sudáfrica. Otro crack que militó en el equipo culé, el brasileño Ronaldinho, obtuvo la mentada distinción en 2005 y la Verdeamarela llegó al Mundial 2006 como favorita; entre rumores de borracheras y juergas nocturnas, Brasil se tuvo que ir a casa en cuartos de final. Por los servicios prestados tanto en Barcelona como en Inter de Milán, el brasileño Ronaldo lo ganó en 1997, pero junto a su selección fue humillado por Francia al caer 3-0 en la final del Mundial galo de 1998. A su turno, el alemán Karl-Heinz Rummenigge, ídolo del Bayern Munich, se hizo en 1981 del galardón entregado por la revista francesa France Football, aunque con su seleccionado perdió la final ante Italia en España '82. Por último, el fallecido astro holandés Johan Cruyff (Ajax, Barcelona) fue el mejor de la temporada 1973, pero al año siguiente jugando para la Naranja Mecánica sucumbió en la final mundialista ante Alemania, el dueño de casa.
* Todos tus muertos. El estadio de la Corregidora de Querétaro, construido especialmente para la segunda Copa del Mundo que organizó México, según la leyenda fue erigido sobre un panteón de muertos que, sin hallar descanso para su alma, maldicen a su antojo a algunos equipos que pisan el césped. De hecho, en los últimos años, cuatro equipos mexicanos que jugaron aquí, descendieron a segunda división. Pero el detalle que no pasó desapercibido fue que, tras ser inaugurado como una de las sedes oficiales del Mundial azteca, Alemania jugó toda la primera fase en ese escenario y terminó segunda en el Grupo E, detrás de Dinamarca. Más tarde se vería las caras con Argentina en la recordada final de 1986...
* Haciendo cosas raras. En Ruanda, una nación mediterránea de Africa Oriental, se registró un episodio rayano en lo inverosímil durante el partido que Rayon Sports vencía por la mínima al Mukura Victory. Mientras el arquero local controlaba la pelota en el borde del área grande, el delantero Moussa Camara corrió sin pelota hacia el arco vacío y dejó "algo" en la línea de gol, junto al poste. Los rivales se lo querían comer crudo y el árbitro reaccionó sacándole tarjeta amarilla al atacante. Pero en la jugada siguiente y tras un centro picante, el propio Camara pudo marcar el empate con un golazo de cabeza. El hecho motivó que la Federación de Fútbol ruandés tomara cartas (y no de tarot) en el asunto, y castigara con multas y suspensiones a los futbolistas que incurriesen en prácticas por lo menos "extrañas" en pleno juego.
* El delantero Jettatore. Aaron Ramsey jugó en el Arsenal de Inglaterra y la próxima temporada militará en Juventus, el octacampeón italiano. Pero las lenguas supersticiosas señalan que el bueno de Ramsey se cargó con la muerte de varios personajes famosos poco después de perforar redes. Por ejemplo, cuando marcó su primer tanto como profesional, se produjo la muerte de Osama bin Laden. Después le marcó a Olympique de Marsella por la Champions League y al día siguiente murió Muamar Khadafi, el premier libio. En otra ocasión, Ramsey anotó por la Premier League ante Sunderland y enseguida perdió la vida la cantante Whitney Houston. El actor Robin Williams, la peruana Chavela Vargas y hasta David Bowie se suman a la curiosa lista de "víctimas" que fallecieron justo el día después que el volante ofensivo galés gritara un gol. Aunque también es factible que todo esto se trate de una mera y lamentable coincidencia.
* Debut y despedida. Benevento es conocida en Italia como la "Ciudad de las brujas", debido a la creencia de que durante siglos en esa localidad se llevaron a cabo rituales de hechicería. La identificación de la ciudad con sus leyendas se refleja en el escudo del club, que muestra la figura de una bruja volando sobre su escoba. En 2017, este modesto club del sur de la península, que siempre compitió en torneos regionales, logró ascender por primera vez en su historia a la máxima división del Calcio. Sólo que en sus primeros 13 partidos como debutante en la Serie A no sumó un solo punto. Y con sus 13 derrotas al hilo en el arranque de temporada, superó la marca negativa que desde 1930 detentaba el Manchester United entre las ligas principales del fútbol europeo. Por lo visto en este caso, ni la más poderosa pócima logró evitar el descenso a la Serie B del club de las brujas.
Génesis de la malaria argentina Para los creyentes, el origen de la sequía de títulos que azota a la Selección se remontaría a la previa de México '86, cuando todo el plantel entonces dirigido por Carlos Bilardo y liderado por Diego Maradona le habría prometido a la Virgen de Jujuy regresar a Tilcara, donde Argentina hizo parte de los trabajos pre-Mundial, si acaso obtenían la segunda estrella. El resto es historia: Diego la descosió, el resto acompañó, los protagonistas ganaron el Mundial, pero se olvidaron de volver a territorio jujeño para cumplir la promesa. 32 años después y con Oscar Ruggeri a la cabeza, algunos integrantes de aquel equipo campeón viajaron a la Puna para congraciarse con la citada virgen y así romper el supuesto conjuro. Por lo visto en Rusia 2018, no hubo caso.
La Selección y "su jugador Nº 12" En las más que sufridas Eliminatorias 2018, la Argentina que comandaba Jorge Sampaoli debía ganar sí o sí frente a Ecuador en la altura de Quito para clasificar al Mundial de Rusia. Y horas antes del encuentro apareció en el estadio Atahualpa un hombre llamado Manuel Valdez, más conocido como el "Brujo Manuel", de quien se afirma que acompañó en 2009 al plantel de Estudiantes en la final ante Cruzeiro, donde el Pincha se consagró campeón de la Libertadores luego de 39 años. ¿El resultado? Lionel Messi jugó un partidazo, marcó un hat-trick y metió de lleno al seleccionado argentino en el Mundial sin necesidad de ir a repechaje. "El plantel estaba con energía negativa y yo les pude dar una mano. Siento orgullo de hacer lo que hago y no me arrepiento. Ahora se abrió el arco, gracias a Dios. Messi sanó con sus pies. Es un orgullo haber sido parte. Argentina tiene todos los caminos abiertos para que le vaya bien en el Mundial", dijo el singular personaje, quien también habría hecho su "trabajo" en el ascenso de River en 2011. Lástima que en Rusia a la Pulga y compañía les fue como la mona.
Un Cilindro bajo hechizo No se sabe cómo, pero aún hay quienes afirman que un grupo de hinchas de Independiente sin identificar enterró siete gatos bajo uno de los arcos de la vecina cancha de Racing. Ese pareció haber sido el comienzo de los 35 años sin títulos para la Academia. La mala suerte se terminó cuando los fanáticos de la Academia, acompañados por un sacerdote, organizaron una "limpieza" en el estadio Presidente Perón y desenterraron seis de los siete gatos. El último jamás pudo ser hallado. En 2001, con el país cayéndose a pedazos, un equipo sólido comandado por Diego Milito, más el inefable aporte de los "cuernitos" de Mostaza Merlo, le dieron una alegría al pueblo racinguista en los albores de un nuevo siglo.
Las cinco finales perdidas de Quilmes Corría 1994 y para perjudicar a Gimnasia de Jujuy, equipo con el que peleaba el ascenso a Primera, Quilmes recurrió a los servicios de una hechicera llamada Dora. La mentada bruja "cumplió" su cometido, pero nunca recibió el pago del mismo y entonces, según se afirma, decidió maldecir al club. Así, el equipo del Sur perdió la final tras fallar un penal ante Morón y no ascendió. Tampoco pudo hacerlo en otras cuatro oportunidades en los años subsiguientes. Fue así que los susceptibles hinchas obligaron a los dirigentes a pagar la deuda; pero como Dora había fallecido, le dejaron una corona de flores en su tumba. El gesto tampoco funcionó y Quilmes continuó penando en la B Nacional. No obstante, según una leyenda de 2003, un hincha fanático bautizó a su hija como Dora, con la esperanza de romper el "maleficio". Con credulidad o sin ella, lo cierto fue que con el apretado 1-0 en una Promoción ante Argentinos, el Cervecero finalmente ascendió ese año de la mano de Gustavo Alfaro, actual entrenador de Boca.