viernes, 26 de junio de 2020

EL PASE QUE SE FRUSTRÓ

CUANDO CHILAVERT FUE TAPA DE "EL GRÁFICO" COMO JUGADOR DE RIVER PLATE


José Luis Chilavert se convirtió en una leyenda del fútbol argentino. Sus pasos por San Lorenzo y, sobre todo, por Vélez, fueron muy destacados. Sin embargo, no muchos recuerdan que el ex arquero paraguayo estuvo cerca de jugar en River.



En 1988, Chilavert jugaba en El Ciclón, club que arregló el intercambio de un grupo de jugadores con River. El paraguayo iba a ser parte de la operación: la idea era que se pusiera la camiseta del Millonario y que Sergio Goycochea fuera a Boedo. Sin embargo, “Goyco” no pasó la revisión médica y toda la operación terminó cayéndose.

Pero, para “Chila”, hubo algo más. El paraguayo, que llegó a posar con los colores del club de Núñez en el estadio Monumental, aseguró que hubo una persona que definió su suerte y que decidió que finalmente no jugara en River: César Luis Menotti (por entonces, DT del Millonario).

“Siempre fui realista y cuando pasan las situaciones es por algo. Si quieren saber (por qué no jugó en River, deberían preguntarle a Menotti. Por culpa de él no llegué a estar en River”, dijo Chilavert al programa “Tiempo extra” por Radio FM 94.7.

Luego, agregó: “Él manifestó esas inquietudes en su momento. Yo le dije que yo jugaba al fútbol para ganar dinero. La del futbolista es una profesión corta y, si uno no sabe aprovecharla, se pasan penuarias. Menotti fue la clave por la que no me quedé en River”.

De esta manera, según el ex arquero, quien fuera el entrenador de la selección argentina campeona del Mundial de 1978 fue el gran responsable de que no pudiera desembarcar en River. Con el tiempo, San Lorenzo cedería al Zaragoza de España en la que sería su primera experiencia en Europa.

La suerte quiso que los caminos de Chilavert y River no volvieran a cruzarse. En 1995, el club de Nüñez fue nuevamente a la carga por el arquero, que ya era una gran figura y un multicampeón con el Vélez de Carlos Bianchi. 


En ese momento, no se pusieron de acuerdo en los números del traspaso. Fue así como la historia de Chilavert y de River se escribió solo como una sucesión de enfrentamientos, como una sumatoria de cruces entre rivales.

FUENTE: INFOBAE

martes, 23 de junio de 2020

ARQUERO CAMPEÓN DEL MUNDO 1978

HECTOR RODOLFO "CHOCOLATE" BALEY

Compartimos fragmentos de la nota que le realizó a Chocolate Baley en El Gráfico Carlos Ferreira el 30 de marzo de 1982 titulada: TAPÓ EL PASADO, ATAJÓ EL FUTURO.





- En Puerto Comercial de Bahía Blanca, donde empecé, jugaba de cuatro o de siete; jugaba al básquet, al vóley, a todo. Pero lo que menos me gustaba era el futbol. Somos cuatro hermanos y como papá era arquero y a ninguno de nosotros nos tiraba el puesto, un día pensé que alguno tenía que darle el gusto al viejo. Fui al arco y me quedé.



Es una experiencia hermosa, pero también cruel. Uno participa de un juego colectivo pero está solo. Es un puesto raro, ingrato. Un jugador se equivoca cuatro veces y no pasa nada; el arquero se equivoca una y su equipo pierde, o no gana. Hace unos días en una práctica de la Selección, Gallego hizo de arquero y después me decía lo difícil que era, lo distinto que se veía desde adentro. Y es así. Desde afuera parece más fácil. Date cuenta: tenés que cuidar una cosa que está detrás tuyo, ni siquiera la tenés adelante…es un puesto de locos, o de bobos, como dicen algunos.



Cuando el café humea aparece en el periodista una pregunta al comienzo confusa, temerosa. Baley la hace fácil. Tiene que ver con su piel, con su ser de hombre negro. Y me cuenta que no tiene problema en hablar de eso. Realmente tuvo problemas con su negritud; hubo una época en que creyó que su color lo separaba de la gente, lo hacía distinto y hasta antipático. El complejo fue desapareciendo. Viviana, su esposa, asistente social, fue el bastón en que logro apoyarse para salir de esa absurda 

convalecencia.


- Me gustaría saber cuál es mi origen, el de mi apellido. Creo, pero no estoy seguro, que mis antepasados eran de una colonia inglesa. Mi abuelo era negro.



FUENTE: EL GRÁFICO

jueves, 18 de junio de 2020

HUGO VILLAVERDE

UN DEFENSOR DE LUJO


Tomás Rodríguez
(Especial para El Litoral)

Los zagueros, debido a su ubicación en el campo de juego, siempre estuvieron alejados de la posibilidad de convertir goles. Sin embargo, en la historia del fútbol argentino hubo defensores que lograron anotar muchos tantos, como Daniel Passarella; en cambio, otros, como Hugo Eduardo Villaverde, de una elevada calidad técnica, un tiempista excepcional y de conducta ejemplar dentro y fuera de la cancha, nunca le brotó de sus labios el sagrado grito del gol.




Una prueba de la efectividad de los defensores, al convertir penales, tiros libres y ratificando su capacidad para cabecear o rematar dentro del área, son los casos del juninense Daniel Alberto Passarella (River Plate), el defensor más positivo con 99 conquistas en 298 juegos en la Argentina; lo mismo que el rafaelino Juan Domingo Antonio Rocchia (Racing Club y F. C. Oeste), actuando en 396 cotejos en los que obtuvo 87 tantos, y el porteño Pedro Omar Larraquy (Vélez Sarsfield-San Lorenzo de Almagro), que alcanzó 83 goles en 474 partidos.


Villaverde, talentoso y exquisito defensor central santafesino, jugó 437 partidos en el fútbol profesional argentino. En Colón, lo hizo en 57 oportunidades entre 1973-1975 y 380 encuentros en Independiente.


Fue un excelente defensor que comenzó en Sunchales, un equipo del barrio sur de la capital santafesina, una verdadera filial de Colón; de muy buenos recursos técnicos y enorme capacidad para la marca y la cesión de la pelota con precisión y sutileza, siempre se le reconoció a Villaverde que era asombrosa su capacidad para la recuperación física. Algunos periodistas señalaron reiteradamente que los delanteros nunca podían considerar que lo habían terminado de pasar o eludir, debido a su recuperación y a la salida jugando con su clase y técnica.


En el ‘69 había pasado a Colón (debutó en Primera en 1972, de la mano de un José María Silvero que lo ponía y lo sacaba debido a sus lesiones y se consolidó recién en el “74, con el vasco Juan Eulogio Urrolabeitia como DT), y en el ‘76 se incorporó a Independiente, estabilizado como primer marcador central luego de coquetear con el 8 ó el 5 en la espalda.


En sus comienzos en las categorías promocionales se desempeñaba como volante central. Cuando se concretó su pase a Colón, club del cual siempre fue hincha, donde había jugado su padre (del mismo nombre) como puntero izquierdo en Primera “B” entre 1948 y 1954, supo asimilar las enseñanzas del malogrado Hugo Spadaro, su antecesor y se consagró en una defensa conformada también por el arquero Héctor Rodolfo Baley (Estudiantes de La Plata); Rubén Ernesto Aráoz (Pucará), Enzo Héctor Trossero (Sportivo Belgrano de San Francisco, Córdoba) y Edgar Oscar Fernández (Atlético Gimnasia y Esgrima de Santa Fe).


De Colón se fue con el pase en la mano y allí acordó su incorporación a Independiente junto a Trossero. Sus actuaciones fueron brillantes, fue campeón en 1977, 1978 y 1983, la temporada 1988-89 y las Copas Libertadores de América e Intercontinental.

En cierta oportunidad, el Dr. Fernández Schnoor, uno de los profesionales de mayor prestigio y vinculado con la AFA, además médico del plantel profesional de Independiente, ante las lesiones en el tobillo y la rodilla, explicó que “su ansiedad por volver rápido le juega en contra”. A Villaverde, lo fastidiaban menos las lesiones que su repercusión: “Siempre se habló mucho más de mi rodilla o mi tobillo que de mi rendimiento futbolístico”. El 30 de junio de 1989 decidió su retiro y a pesar de que don Pedro Iso, el presidente de Independiente, se enteró medio de rebote, le solicitó que postergara el abandono un año más, “uno más y no te jodo más”. “No”, le dijo el magnífico defensor santafesino, rotundo y tímido, porque fue un “no” que casi no rompió el silencio.


En cierta oportunidad, el Dr. Fernández Schnoor, uno de los profesionales de mayor prestigio y vinculado con la AFA, además médico del plantel profesional de Independiente, ante las lesiones en el tobillo y la rodilla, explicó que “su ansiedad por volver rápido le juega en contra”. A Villaverde, lo fastidiaban menos las lesiones que su repercusión: “Siempre se habló mucho más de mi rodilla o mi tobillo que de mi rendimiento futbolístico”. El 30 de junio de 1989 decidió su retiro y a pesar de que don Pedro Iso, el presidente de Independiente, se enteró medio de rebote, le solicitó que postergara el abandono un año más, “uno más y no te jodo más”. “No”, le dijo el magnífico defensor santafesino, rotundo y tímido, porque fue un “no” que casi no rompió el silencio.


Para los colonistas, aquellos años resultaron inolvidables. Entre 1974 y 1975, Colón contó con jugadores de la talla de Baley; Aráoz, Villaverde, Trossero y Fernández; Cococho Álvarez, Zimmermann, Carlos López; Coscia, Lamberti, Brítez, el chaqueño Mazo, Hugo Villarruel y luego la llegada del “Poroto” Saldaño, más la aparición de los “chicos” del club como Borgna u Olivares. De Villaverde, ningún hincha sabalero que hoy peina canas se puede haber olvidado.


Cuando fue convocado para trabajar con el plantel profesional de Colón, Hugo Villaverde tenía la ilusión de actuar en Primera porque se había criado en el barrio y su padre —el petiso, el óptico— también se había puesto la sangre y luto en el pecho varios años antes. No pensó nunca que con el despuntar de los años sería una de las figuras más admiradas del fútbol argentino.


En una de esas tardes, con elevada temperatura, en el verano, se acercó el malogrado Hugo Spadaro y le dijo: “Huguito, a la pelota hay que tratarla como a una piba de 15 años, hay que acariciarla, mimarla, brindarle protección y ella te va a sonreír porque siempre estará en los pies de tu equipo, brindándote todo su amor”.


Al conocer Villaverde la noticia de la sorpresiva muerte en una cancha de fútbol de quien fuera su compañero en Colón, se le cayeron varias lágrimas y le confesó al Gringo Trossero: “Spadaro me enseñó muchas cosas: el anticipo, retrocediendo rápido en forma recta para achicar los espacios, el bajo perfil, sonreír siempre y mirar fijo a los ojos de los rivales para que te respeten. Fue un verdadero maestro para mí”.


Villaverde no habla con la prensa. “Lo que pasa es que yo digo una cosa y después escriben otra”, se justificó. “Además, me gusta más escuchar que hablar”, agregó, sensato. Los sobres que llevan su nombre en el archivo son una constatación: dos, tres, cuatro páginas, “foto yo solo no, tomá una con todos los muchachos”. Una frase destacada: “Lo que más me cuesta del fútbol son los reportajes”.


Una vez lo había anticipado: “Cuando yo me retire del fútbol, ni el técnico se va a dar cuenta. Va a ir a la práctica y va a decir ¿Cómo, Villaverde no se cambiaba allí? Así va a ser...”.

FUENTE:INDEPENDIENTESINCENSURA.COM.AR

sábado, 13 de junio de 2020

RECORDANDO A UN GRANDE

EL PADRE DE LA GRAN CRIATURA:

En 1967, San Lorenzo contrató a un desconocido técnico brasileño que, con sus métodos simplistas, llevaría al Ciclón a ser campeón del Metro 68, transformándose en el primer campeón invicto.






Para el Nacional de 1967, San Lorenzo apostó en nombre de su Presidente Angel Colacino al contratar a un entrenador brasileño llamado Elba de Padua Lima o “Tim” como era identificado, de 52 años en ese entonces. Era un hombre reconocido en su país, incluso siendo ídolo del Fluminense, habiendo ganado 4 ligas cariocas como jugador (entre 1936 y 44) y una como entrenador (en 1964). Tim también había jugado buen tiempo con la Selección de Brasil, disputando incluso el Mundial de 1938 en Francia.
A pesar de las dudas sobre su capacidad al comienzzo de la historia, Tim demostró una gran habilidad para manejar el plantel, que contaba con nombres muy importantes como Fischer, Albrecht, Rendo, Veglio y varios más. “La concentración es imprescindible” afirmaba, para mantener alejados de los vicios de la noche a sus futbolistas. El propio “Toscano” Rendo, ya casado, era el único que tenía permitido descansar en su casa, por la confianza del DT hacia él. Desde esa base conceptual armó al equipo campeón del Metropolitano de 1968, “Los Matadores”, el primer campeón invicto del fútbol argentino (16G y 8E). 
Sus dirigidos recuerdan mucho a aquel equipo, que terminó marcando una época: “Nos conocíamos de memoria con el equipo del 68, teníamos mucha confianza. Salíamos a jugar al fútbol y a divertirnos con seriedad”, explicó el Sapo Villar sobre la intimidad de Los Matadores, histórico equipo campeón. “El equipo tenía todo lo que tenía que tener un equipo de fútbol: calidad, capacidad, inteligencia, goles, entre otras cosas”, dijo en La Cicloneta hace unas semanas. Y por su parte, Jorge D’Alessandro, arquero suplente de aquel equipo, dijo en exclusiva con San Lorenzo Primero: “Esos entrenamientos eran fenomenales, majestuosos. Tim era un sabio. Si quisiera hablar de fútbol, lo reviviría para hablar con él”.

Se cuenta que tenían gran influencia las charlas con sus dirigidos en los entretiempos de los partidos, donde mostraba con chapitas como debían cambiar y moverse por el campo “El fútbol es una manta corta: si te tapas los pies te descubrís la cabeza, y si te tapas la cabeza te descubrís los pies”, era su frase de cabecera para explicar cómo debía moverse el equipo: les daba libertad de movimiento, analizaba exhaustivamente a los rivales y en el vestuario les indicaba los puntos fuertes de su equipo para explotar las falencias del rival. Vaya si los entretiempos eran aprovechados en ese San Lorenzo: Convirtió 33 goles en los segundos tiempos, contra 16 en los primeros.
En semifinales San Lorenzo eliminó a River 
San Lorenzo venció a Estudiantes de La Plata en la final del Metro ’68 por 2-1, dando vuelta el partido: comenzó ganando el Pincha con gol de Ramón Verón y lo dio vuelta el ciclón con goles de Veglio y Fischer, ya en el alargue.
Los 22 protagonistas de esa tarde en el Monumental:
San Lorenzo: Buttice, Villar, Calics, Albrecht y Rosl, Rendo, Telch y Cocco, González, Fischer y Veglio. DT Tim
Estudiantes: Poletti, Malbernat, Togneri, Madero y Medina, Bilardo, Pachamé y Flores, Conigliaro, Echecopar y Verón. DT Osvaldo Zubeldía
Tim se despidió del club pero dejó una gran enseñanza entre sus dirigidos. Se fue al Flamengo en 1969, junto a Narciso Doval. Falleció el 7 de julio de 1984 pero ya había entrado en la historia de San Lorenzo 15 años antes.
FUENTE: SAN LORENZO PRIMERO.COM.AR

viernes, 12 de junio de 2020

SE CONMEMORA HOY 12 DE JUNIO EL DIA DEL ARQUERO ARGENTINO

ES EN HONOR EN AMADEO CARRIZO 

Amadeo Raúl Carrizo Larretape nació el 12 de junio de 1926 en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina. De adolescente se trasladó a Buenos Aires y se integró a la cantera de River Plate, equipo con el que debutó a los 19 años de edad.



Apodado ‘Tarzán’ por su agilidad, en 1952 se hizo con la titularidad del equipo bonaerense, y ya no la perdió hasta 1968. Carrizo coincidió en el equipo millonario con Alfredo di Stéfano, y ganó siete ligas argentinas con la ‘banda sangre’.

Fue un innovador


Lo fue por varias razones pero las principales fueron por ser de los primeros arqueros de América en llevar guantes, pero sobre todo, por ser de el primero que aprendió a salir del área con regularidad y valentía, adelantando así una tradición muy de arqueros sudamericanos que ha tenido en jugadores como Higuita, Chilavert o Ceni, sus dignos sucesores.

Además fue el primero en aprovechar su saques desde el arco para habilitar a sus compañeros en ataque, convirtiéndose en el primer atacante.

Su excelencia la construyó también en el ámbito internacional: fue el titular en el Mundial de 1958, aunque no fue su mejor recuerdo como profesional, ya que la albiceleste se llevó en aquella cita una dura goleada por 6-1 ante Checoslovaquia.


    Tras jugar más de 500 partidos con River Plate, en 1969 se fue al Alianza de Lima peruano y ese mismo año acabó recalando en el Millonarios colombiano, donde se retiró con 44 años.

    Carrizo vivió algunas experiencias como entrenador y acabó vinculado con River.

    Vivió hasta su muerte (93 años) en el barrio bonaerense de Villa Devoto, y ostentó el cargo de presidente de honor de River Plate, que lo homenajeó en 2014.

    FUENTE:LOS ANDES.COM

    jueves, 11 de junio de 2020

    CUANDO BOCA GANÓ POR PRIMERA VEZ EN EL MONUMENTAL

    FUE UN 11 DE JUNIO DE 1939

    La rivalidad entre Boca y River tiene muchísimos años y se encuentra repleta de partidos inolvidables para los hinchas de ambos equipos. Un 11 de junio, pero de 1939, se disputó un superclásico que significa mucho en la historia del Xeneize, ya que aquel día venció al Millonario por primera vez en el Monumental, en la era del profesionalismo.


    Tras disputarse 12 fechas del campeonato, ambos equipos se encontraban en la lucha del torneo, ya que tanto Boca como River sumaban 23 puntos, producto de siete triunfos, dos empates y tres derrotas, por lo que en la previa, no había un claro favorito. El Monumental, que por aquel se la conocía como “Herradura”, por su forma y aún sin estar como lo conocemos hoy, había sido inaugurado un año antes, y el primer encuentro entre los dos equipos más populares del país había finalizado con un empate.

    Pel cotejo de aquél 11 de junio del 39, el entrenador xeneize Ángel Fernández Rojas puso el siguiente equipo: Juan Estrada; Segundo Ibáñez, Víctor Valussi, Arcadio López; Francisco Angeletti, Pedro Suárez; Ricardo Alarcón, Francisco Varallo, José Lizhterman, Daniel Pícaro y Rodolfo Danza. El partido se abrió rápidamente a los 14 minutos para Boca con el gol de Pícaro. El Millo fue en búsqueda del empate, y a los 26 tuvo una gran oportunidad a través de un penal, pero Estrada le contuvo el remate a Adolfo Pedernera

    Minutos más tarde, Pancho Varallo estableció el 2-0 para el Xeneize y ese sería el resultado final, llevándose el primer triunfo Boca del Monumental en el profesionalismo. Algo para destacar sobre el histórico Varallo es que ese partido sería el último que dispute en cancha de River, ya que al finalizar ese año se retiró del fútbol.

    Desafortunadamente para los hinchas del equipo de la Ribera, luego de esa buena racha que tuvo el equipo de Rojas, no tuvo ese año una buena campaña en la segunda rueda, y finalizó sexto en el torneo tras sumar 40 puntos, 16 unidades menos que el campeón de esa edición, Independiente.

    FUENTE: DEPO.COM.AR

    miércoles, 10 de junio de 2020

    MITOS , LEYENDAS Y VERDADES

    LA HISTORIA DE  "TITO LECTOURE

    Todo lo aprendió de grande: el mundo, la cara de la gente, la amistad, los intereses, el valor relativo de la gloria y la verdad de la poesía.

    Lo demás lo traía en sus células: la familia, el trabajo, la decencia, los prejuicios, la vergüenza los mandatos internos y el orgullo de transformar su palabra en inapelable ley.
    Entre el hogar del niño-adolescente y el Luna Park del joven-adulto se construyó el hombre íntegro hasta convertirse en uno de los tres empresarios más importantes del boxeo mundial de las décadas de los 70’ y los 80’ junto a Bob Arum y Don King.
    Fue aquella dorada época en la cual Don King le quitaba la condición de “meca” al Madison Square Garden de Nueva York para llevar el histórico combate entre Foreman y Muhammad Ali a Kinshasa, Zaire (actual República del Congo), mientras en otras ciudades programaba entre tantos a Julio César Chávez, Evander Holyfield y Mike Tyson.
    Bob Arum por su lado logró el sueño de convertir a Las Vegas en la ciudad de las grandes peleas. Fue así cómo logró realizar las de Leonard-Hagler; Mano de Piedra Duran -Leonard; Hearns- Leonard, Oscar De La Hoya –actual titular de Golden Boy, la organizadora mundial líder- frente a Tito Trinidad; la mayoría de las realizadas por el Macho Camacho y decenas de estrellas hasta conducir hoy a Vasyl Lomachenko.
    Tito Lectoure estaba en ese podio pues manejaba a Carlos Monzón, Ringo Bonavena, Nicolino Locche, Martillo Roldán y a los 19 boxeadores argentinos que pelearon por títulos mundiales, después de haber llevado a Horacio Accavallo a Tokio el día de su consagración: 1 de Marzo de 1966. De hecho que realizó muchos negocios con Arum, su socio preferido, como por ejemplo las de Monzón contra Licata; Martillo Roldan frente a Hagler y a Hearns; Ringo Bonavena ante Muhammad Alí con el Madison como asociado. 
    Y para Europa tenía como partners a Rodolfo Sabattini y a Alain Delón quienes programaron todas las peleas de Monzón en Roma, París, Copenhagen, Monte Carlo, ademas de las de Hugo Pastor Corro, Uby Sacco en Italia, muchas de Santos Benigno Laciar (contra Pete Mathebula en Soweto, Sudáfrica) y aquella de Látigo Coggi cuando le ganó el titulo mundial a Patrizio Oliva en Sicilia. En su trayectoria como promotor y manager de boxeadores Tito Lectoure sumó 3278 horas de vuelo para llegar a 30 diferentes países de todos los continentes que le demandaron la renovación de seis pasaportes completos.
    Siempre se negó a hacer negocios con Don King pues en sus códigos de vida Don King era competidor de Arum y él era amigo de Bob. Además no le gustaba su aspecto extravagante con los pelos en punta, electrizados hacia arriba por un visible baño de spray; y mucho menos toleraba su condena por homicidio que lo tuvo cuatro años recluido en una prisión de Cleveland, Ohio. Alguna vez me comentó que mientras él le era fiel a Arum éste hacía negocios con Don King; entre ellos el de Kinshasa cuando pelearon Foreman y Alí, nada menos.
    No fue su única decepción. Tito nunca aceptó que Monzón peleara por una corona mundial validada por el incipiente Consejo Mundial del Boxeo, pues él “era un promotor exclusivo de la Asociación”. Fue por tal razón que el Consejo se apareció sorpresivamente a realizarle un control antidoping a Monzón después de su triunfo frente a Angel Mantequilla Nápoles en el vestuario primero y en el hotel Sheraton de Montparnasse después- episodio sobre el cual se cumplen hoy 46 años- y cómo éste se negara por lo imprevisto y malicioso, le quitaron la porción de corona que ganó casualmente Rodrigo Valdez unos meses después..
    Fue doloroso para Tito saber ya tarde que la lealtad valía menos que los intereses, que Arum y Don King podrían ser socios transitorios y que la Asociación y el Consejo acordarían sus convalidaciones si el negocio de los empresarios resultaba rentable como por ejemplo una “unificación” de la corona mundial de peso mediano entre el sancionado Monzón y Rodrigo Valdez.
    Nunca pensó que Monzón y Galíndez –por quienes tanto había hecho- se alejarían de él y del Luna para ser conducidos por José Cacho Steinberg. Y aunque ambos retomaron su relación con Tito una vez retirados del boxeo y con sus estilos se disculparon públicamente, aquella situación le provocó una primera y profunda herida. No fue el caso de Ringo quien apelando a su particular simpatía cada tanto se expresaba públicamente de manera critica y esto generaba un escandalete que luego él mismo enmendaría con esa misma frescura declaratoria.
    El entrañable amigo que fue Juan Carlos Lectoure y a quien evocamos nació el 10 de junio de 1936 en la ciudad de Buenos Aires. Sus padres fueron Juan Bautista y María Cecilia Naredo (Doña Celina) y era el tercer hijo de un total de cinco hermanos: Oscar Roberto, Ernesto, Analía Celia y Alicia Amanda.
    Desde su primer día vivió en el barrio de Balvanera, exactamente en la calle Cangallo (hoy Juan Domingo Perón) 2575, estudió el primario y llegó hasta tercer año del secundario en el Colegio Nacional San José, sin haber jugado nunca a la pelota en la calle –era un lejano hincha de River–, sin haber tocado un timbre del vecindario para el “ring raje…”, ni haberse hecho la “rata” al colegio…
    El boxeo ya estaba en su sangre puesto que su tío fue Pepe Lectoure, ex campeón argentino profesional de peso liviano y ex manager de Justo Suárez, el primer gran ídolo del boxeo argentino. Fue él quien junto a Ismael Pace habían fundado el estadio Luna Park en Corrientes y 9 de Julio pero en 1931 una Ordenanza Municipal los obligó a mudarse para emplazar el Obelisco.
    De esa carga genética tan llena de históricas noches de boxeo provenía el pibe educadito del centro a quien solo le interesaban las peleas del Luna Park, aquellas que organizaba su tío Pepe.
    Es por ello que no extrañaba saber que antes de ser adolescente, Tito ya tiraba guantes en el fondo de su casa instruido por su propio padre, Don Juan Bautista, quien era empleado de la cerealera Bunge y Born. Tito fue cadete de farmacias e inmobiliarias y también insaciable espectador de funciones cinematográficas – nada de fútbol- , hasta que ingresó a la Policía Federal Argentina para cumplir con el servicio militar. 
    Primero en la Agrupación Escuela (conducta distinguida) y luego en la Seccional 1ra desde donde egresó el 13 de septiembre de 1956. En su primera jornada de civil. o sea. al otro día de haber entregado el arma y el uniforme. ingresó al Luna Park como cadete, asistente de boleterías, ayudante de gimnasio y más tarde colaborador de quien por entonces era el match–maker. Ese hombre se llamaba Juan Manuel Morales y sería quien iría entregándole en el día a día su experiencia como profesor de boxeo y programador de espectáculos.
    El pibe que a los 17 años fue a hurtadillas a su club, el de Gimnasia y Esgrima de la calle Bartolomé Mitre, a realizar una sesión de guantes con Archie Moore –uno de los mas grandes campeones del Mundo de peso semi completo traído al país por el Luna e idolatrado por el general Perón- comenzaba a alternar en un mundo de hombres maduros y desconfiados.
    Sin embargo los conquistó a todos: en 1958 comenzó a organizar las grandes veladas del boxeo con su impronta y ya no se fue más hasta el 17 de Octubre de 1987, fecha de la última pelea de su imborrable era. Esa noche se enfrentaron Adolfo Arce Rossi con Ramón Abeldaño y Lectoure, decepcionado y abatido por algunos comportamientos humanos de quienes más quería y confiaba, decidió no organizar más peleas. Fue la transferencia del contrato de Juan Martin Coggi – de Santos Zacarías a Osvaldo Rivero, enemigo de Lectoure- el punto final a tantas decepciones, toda vez que Coggi y su entrenador habían llegado a tener su chance mundialista después de una extraordinaria gestión de Tito.
    Su bella tia Ernestina, la verdadera dueña del Luna Park, intentó por años convencer a Tito sobre la finitud del boxeo como negocio en relación con otros espectáculos mucho más rentables como resultaban los conciertos de grandes artistas internacionales que requerían disponer de la sala un sábado por la noche para concatenarlos con el viernes y eventualmente con el domingo.
    Sin embargo Ernestina accedía al pedido de su amado sobrino Tito pues sabía que ese era el mundo donde más feliz se hallaba. El boxeo elevaba la autoestima de Lectoure pues le permitía ser protagonista, tener visibilidad mediática, viajar por el mundo y ser el todo de algo y no el algo de un todo ya que los negocios del Luna los manejaba solamente Ernestina con singular inteligencia y talento.
    El amor clandestino entre la Tía (Ernestina) y su sobrino (Tito) era tan puro y profundo que ella admitía que la empresa dejara de ganar dinero en homenaje al armonioso nivel convivencial de la pareja, esa sublime “complicidad” en la que uno cede para que ambos sean felices.
    Que lindo era ver a Tito aquellos sábados inolvidables del Luna. El de las glamorosas noches del Zurdo Lausse, del Negro Thompson, del Puma Rivero, de Cirilio Gil, de Nicolino, de Goyo Peralta, de Accavallo, de Ringo Bonavena, de Monzón, de Campanino, de La Cruz, de Saldaño, de Uby Sacco, de Castellini, de Cachazú, de Pedrito Benelli, de Gustavito Ballas, de Victor Emilio Galindez y de tantos otros cracks. 
    Ocurría en aquellas veladas cuando Lectoure asomaba su metro 82 estirando el cuello hasta llegar a ver por las ventanitas circulares de la puerta principal, la de la calle Bouchard para quienes iban llegando. Su cuidado rostro cetrino siempre afeitado y finamente perfumado desnudaba su empatía por los avistados; si era amigo sonreía al tiempo que con sus dedos índice y anular, cual hábil carterista en el subte, iba sacando del bolsillo interior de su saco siempre elegante, las entradas para obsequiar, si en cambio era un “manguero” o un “plomo” se erizaba; si se acercaba un político insultaba hacia adentro y si se trataba de un falso influencer, un chanta, desaparecía indicándole a Adolfo y a Vazquez – los porteros- que “estaba en los camarines y difícilmente vuelva por aquí….” .
    Esa postal del promotor asomado a la puerta de su estadio los miércoles o los sábados pudo verse 2976 veces durante los 31 años (1956 a 1987) de su inigualable gestión. En el transcurso de la misma subieron a su ring 23.802 boxeadores – obviamente con protagonismo reiterado-, se llevaron a cabo 29 peleas por títulos mundiales, 18 por títulos sudamericanos y 87 por campeonatos argentinos. Y ninguno de los 262 boxeadores extranjeros, entre los cuales había campeones o ex campeones mundiales que vinieron a actuar al Luna Park, exigieron firmar previamente el contrato o recibir una cifra adelantada pues para el mundo del boxeo el apellido Lectoure resultaba una garantía indubitable.
    Más prodigioso aún resulta su registro como actor directo pues Tito subió 105 veces a algún ring donde un peleador argentino intentara o defendiera una corona mundial en 17 países del continente que fuere y luciendo siempre en los rincones la misma camperita azul de nylon comprada en Macy’s de Los Angeles en Febrero de 1966 antes de la pelea entre Takayama y Accavallo en Tokio.
    Ya de recalada en algún lugar donde escuchar un tango y cuando una parte de Buenos Aires esperaba el voceo del canilla amigo para irse a dormir con el diario bajo el brazo, mi amigo Tito evocaba sus orgullos, sus decepciones, sus falencias y sus dolores.
    Se encendía cuando recordaba haber sido anfitrión del papa Juan Pablo II en el Luna Park en su visita de 1987 y haberlo tenido sentado en su propio sillón de la oficina. Y le daba mucho valor el haber sido reconocido con el Premio Konex (1980), ser designado ciudadano ilustre de Nueva Orleáns (1968) y distinguido con la Medaglia di Honore que le otorgó el gobierno italiano (1971). Luego hacía memoria para repasar a todos los presidentes que lo invitaron y con quienes departió: Frondizi, Guido, Illia, Onganía, Levingston, Lanusse, Cámpora, Lastiri, Perón, Martínez de Perón, Videla, Viola, Galtieri y Alfonsín .
    Le habían reemplazado una válvula del corazón y las dos caderas. Caminaba con dificultad y sufría. Su organismo estaba mas avenjentado que su cuerpo. Aquel tremendo toro capaz de trabajar 18 horas seguidas para rediseñar el estadio por algún cambio de espectáculo, cuidar todos los detalles de la organización, atender gente, correr con los boxeadores, entrenarlos, viajar, ir y venir incansablemente, había caído en la sombra cruel de la decrepitud.
    El empresario que osadamente había retirado a su boxeador (Victor Emilio Galíndez) minutos antes de un match en el Caesar’s Palace de Las Vegas por un sospechoso cambio de jueces e hiciera cancelar el show por única vez en la historia, había perdido hasta la energía de su voz. Y ya no le pedía a otro amigo, el doctor Roberto Paladino que se sentara al piano para que tararearamos juntos “Naranjo en Flor” de los hermanos Homero y Virgilio Expósito: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos/Perfume de naranjo en flor promesas vanas de un amor que se escaparon con el viento /Después, que importa del después, toda mi vida es el ayer…”
    De su sonrisa final, menos frecuente y ancha renacía la evocación de aquellas horas felices cuando fue huésped de la Princesa Grace y del Principe Rainero en Mónaco o cuando conoció a Ursula Andrews, a Sofia Loren y a Ornella Muti en Roma, o a Natalie Delón y Catherine Denueve en Paris, o a Gary Grant y Esther Williams en Hollywood, o a Frank Sinatra, Luciano Pavarotti y Liza Minelli a quienes además asistió personalmente y durante horas antes de cada show de cualquiera de ellos en el Luna Park.
    En la habitación 406 de la Swiss Medical de la Av. Pueyrredon me confesó una tarde que el momento más feliz de su vida había sido el 11 de Junio del 2000, el día que en Canastota, Nueva York, entre mimos, aplausos, fotos y autógrafos había entrado al Hall de la Fama, el lugar al que ingresan quienes escribieron la historia.
    Tempranamente cruel –tenía 65 años el 1° de Marzo de 2002, el día de su muerte- viajó hacia algún espacio sin certezas donde lo esperaban los dignos, los generosos, los incansables, los solidarios, los enamorados, los amigos leales, aquellos para quienes ya no habrá después.
    FUENTE: INFOBAE

    "HISTORIAS QUE VALEN LA PEENA CONOCER"

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