miércoles, 10 de mayo de 2023

LA HISTORIA OLVIDADA

"MANE" GARRINCHA Y SUECIA 

FUENTE: "KODRO MAGAZZINE"

Para Garrincha Suecia no fue solo el país donde consiguió su primer Mundial en 1958 junto a Pelé, sino que 3 años después volvió de gira con el Botafogo y sucedió algo que lo marcaría de por vida.




El mayor regateador de la historia del fútbol, casi 18 años después de su última visita a esta nación europea, tuvo que personarse ante la justicia sueca en Rasunda, donde la canarinha se impuso a Suecia 5-2.

¿El motivo? Una ciudadana aseguraba que su hijo era del delantero brasileño, ¿el nombre del niño? Ulf Lindberg. Todo sucedió durante la noche de celebración del título, «después de aquella noche, un año después, más o menos, volví a Suecia y fui requerido para que se me hiciera un reconocimiento sanguíneo a fin de comprobar la paternidad del pequeño. Los resultados confirmaron que, en efecto, el niño era mi hijo».

«Rasunda es un símbolo crucial en la historia de mi padre y en la del balompié brasileño. Pero, para mí, el estadio más importante es Umea (ciudad del norte de Suecia), donde Garrincha jugó en 1959 con el Botafogo. Gracias a esa experiencia, yo nací», cuenta Lindberg en medio de risas. Allí fue donde su padre conoció a su madre biológica.

«Lamento muchísimo no haberlo conocido. Siempre pienso en cuán lindo hubiese sido conocerlo y haberle dicho cuánto lo admiraba. Pero no fue posible. Desgraciadamente, tuvo problemas muy serios con el alcohol», comentó Lindberg, que aseguró también que conoció la identidad de su verdadero padre a los 8 años de edad.




En 1977, un periódico sueco reportó que Garrincha deseaba reunirse con su hijo. El encuentro fue acordado para el año siguiente, cuando Lindberg viajaría a Argentina, donde se disputaría el Mundial de 1978. Estaba previsto que Garrincha comentara el torneo para un canal de televisión. «Pero el viaje nunca ocurrió. Mi padre tomaba mucho y lamentablemente no estaba bien», dijo Lindberg. Años después, Lindberg, quien es el décimocuarto hijo reconocido de Garrincha, viajó a Brasil y conoció a diez hijas de Garrincha.

Los padres adoptivos de Ulf Lindberg, decidieron contarle todo a su hijo cuando cumplió los ocho años. Su progenitora, con apenas 19 años y escasos recursos, no tuvo otra alternativa que darle en adopción. Le explicaron que era el único niño de tez morena en la pequeña ciudad sueca de Halmstad porque era muy parecido a su padre biológico.

Sus genes paternos también le dibujaron los ojos oscuros, la boca gruesa, la nariz chata y, principalmente, la piernas arqueadas. Ulf reconoce que no heredó el talento para el fútbol porque, a los diez años, descubrió que sufría «igual» que su padre, problemas de artrosis en la rodillas: «Sentía mucho dolor para jugar». Así que se conforma con vender perritos calientes en su pueblo.

Su hijo Martin, se convirtió en el único descendiente de Garrincha que sí ha jugado al fútbol. Fue mediocentro en las categorías inferiores del Halmstad.

martes, 9 de mayo de 2023

UNA HISTORIA DURISIMA

CONOCIENDO A LONNIE WALKER DE LOS ANGELES LAKERS 

FUENTE: BASQUET PLUS  

Elegido por Gregg Popovich para su San Antonio pero sin lograr explotar, Lonnie Walker dejó los Spurs y decidió firmar por los Lakers, pero el último cuarto de este juego 4 de la serie ante los Warriors, su temporada había sido con muchos altibajos, hasta quedando fuera de la rotación.





Sin ir más lejos, hasta el segundo juego ante Golden State, Walker solo había disputado 14 minutos combinados frente a Memphis y en los últimos dos juegos, mientras que tampoco había ingresado en el primero ante el equipo de Steph Curry.


LeBron James vaticinó su momento en la serie y le había dicho “Lonnie estate preparado porque te vamos a necesitar en algún momento”. Y el momento para el joven llegó, con 15 puntos en el capítulo final para poner la Semifinal de Conferencia a favor de los de Darvin Ham por 3-1 arriba.


Y se puso a la par de un tal Kobe Bryant, quien había sido el último en anotar más de 15 puntos desde el banco para los Lakers, exactamente hace 26 años, cuando lograra 19 unidades frente a Utah en 1997.


Y todo le costó a este joven que debió pasar una infancia dura, con abusos. “Durante el verano de quinto grado tuve a más familiares a mi alrededor. No voy a dar nombres. Fui sexualmente acosado, violado, e incluso me acostumbré a ello porque a esa edad no sabes muy bien lo que son las cosas. Yo era un chico crédulo y curioso que no conocía el mundo real. Yo tenía la mentalidad de que mi pelo era algo que yo podía controlar. Mi pelo era algo que yo podía crear. Era mío y me daba confianza”.


Y agregó que por esa razón pasó de tener un corte llamativo en su llegada la NBA, pero decidió un cambio en plena pandemia para dar paso a un nuevo capítulo en su vida y dejar atrás los malos momentos: “En resumen, he encontrado paz y felicidad interior a través de este viaje. He perdonado a todo el mundo, incluso a las personas que no lo merecen. ¿Por qué? Porque es un peso muerto. El tiempo no espera, ¿por qué lo voy a malgastar con esto? Cortarme el pelo ha sido mucho más que un simple corte de pelo. Mi pelo era una máscara que me protegía de mis inseguridades, para las cuales sentía que el mundo no estaba preparado. Pero ahora estoy mejor que nunca. Adiós a mi viejo yo, hola al nuevo. He cambiado de piel mentalmente, emocionalmente, físicamente y espiritualmente”.

lunes, 8 de mayo de 2023

"UN CAMPEON QUE SE FUE MUY JOVEN"

LA HISTORIA DEL BOXEADOR: MARIO "CIRUJANO" ORTIZ 

FUENTE: DIARIO LOS ANDES/MAXI SALGADO 

Luchó hasta el último minuto. Lejos de la mampara. Sin público. En silencio. Una sábana cubrió su rostro. Como si fuera la toalla, en señal de abandono de la pelea.




Había nacido en San Rafael el 14 de octubre de 1953 y falleció muy joven, con apenas 24 años de edad, el 11 de setiembre de 1978, víctima de un cáncer de columna que en sólo 45 días terminó con su existencia en el mejor momento de su hasta entonces ascendente carrera, que empezaba a tener proyección internacional.

Simple, llano, sencillo, afable, conservó siempre no sólo la imagen del muchacho común sino la alegría y la espontaneidad de la calle, consustanciándose con ella y de la que se había nutrido hasta el hartazgo. Y Mario Alberto Ortiz no devolvió los golpes de la vida. Ya en el devenir del tiempo, solía decir: "No importa la fama, ni el dinero, quisiera que algunos chicos se salvaran como me he salvado yo".

Y fue una agonía lenta, que lo fue minando, destruyendo, haciendo estragos en su físico, pero sin domeñar su espíritu, luchando, aun sabiendo plenamente que su destino era irreversible. "Esto se termina, hermano"… Lo dijo más de una vez, pero no se daba por vencido. Y cuando salía de su sopor, preguntaba por sus hijos. Hasta su lecho de enfermo llegaron cientos de personas; para todos, en su lucidez, tuvo la palabra amable, acompañando la esperanza de un desengaño. “Padrino, me voy”… y lo decía apenas había ingresado a la clínica…

Y no necesitó de declaraciones estruendosas para convertirse en ídolo. Fue simplemente él. En toda su dimensión. Sin desplantes. Escalón por escalón fue construyendo su propio camino.

Un camino que siempre, y en cualquier lugar, le reservaron los codos insospechados de un destino incierto. Llegaron noches encantadas, únicas, imborrables; aquellas que hicieron del boxeo una cosa distinta, inusitada; cuando al estadio de calle Mitre 1771 de ciudad llegaban los "Caudillos del Parque" y la banda acompañaba, por adelantado, los triunfos de sus ídolos.

Mario Alberto Ortiz tuvo una extraña cualidad: en ese mundo violento e inestable del boxeo, no defraudó. Aun combatiendo mal, era un pugilista que se entregaba por entero a su faena. Que siendo un elemento ortodoxo, no vacilaba en salirse del libreto para definir o simplemente entregar el espectáculo que los aficionados habían concurrido a presenciar.

De ahí no podía extrañar aquella pelea con el uruguayo Gualberto Valdez, cuando en el primer minuto del asalto apertura se fracturara el brazo y siguiera combatiendo hasta el final. Y sobre el décimo asalto pusiera KO a su rival. Todo el público presente en esa noche, de pie, saludó a este boxeador que pertenecía a la raza de los elegidos para el aplauso y la gloria.

Y de esa pelea en el Luna Park, le quedaban a un paso los grandes escenarios. Porque todo lo que un hombre de su división podía hacer lo había hecho. Era un auténtico campeón. Necesitaba nada más que el tiempo necesario para pasar rivales

Fueron los periodistas deportivos especializados en boxeo Enrique Máximo Romero, Roberto Suárez Díaz y Pablo Agustín Rodríguez los que bautizaron como "El Cirujano" a Mario Alberto Ortiz, a comienzos de la década del 70, después de un combate del liviano mendocino en el estadio Pascual Pérez. Incluso Romero, en una producción muy comentada que se editó en Los Andes y  El Andino -el diario vespertino que se publicaba en esos tiempos-, lo vistió de cirujano al lado de una camilla de cirugía en una sala de operaciones de una clínica del centro de la ciudad que otorgó el permiso para la nota. Apodo que lo acompañó durante toda su corta carrera para graficar que pegaba como si tuviera un bisturí escondido en los puños de sus guantes de boxeo, por la precisión y justeza de sus golpes.

“El Cirujano” agonizaba cuando recibió la visita de su gran amigo Darío Felman acompañado de Mario Kempes, quienes realizaban una gira por el país con el Valencia de España. Como también sentía pasión por el fútbol, el "Matador" le obsequió una de las camisetas número 10 del Seleccionado argentino que había utilizado en el Mundial de ese año y ambos le ayudaron a colocársela.

“El Cirujano” se había criado en un hogar muy humilde y desde la misma infancia la pobreza lo golpeó y acorraló contra las cuerdas de la vida que recién empezaba. Quedó huérfano a los 10 años y aprendió distintos oficios para abrirse paso sin caer en los vicios y peligros de la calle: fue lustrabotas, canillita, cargó bolsas de harina, aprendió a hornear el pan y a preparar y llevar baldes de mezcla en obras en construcción. Hasta que a los 13 años, cuando se había ido a La Pampa a buscar trabajo, encontró abierta la puerta de un modesto gimnasio y se hizo boxeador.

Cuando regresó a su San Rafael natal se puso a las órdenes de Héctor Mora, su primer gran maestro, con el que se reencontraría al final de su campaña luego de haber sido dirigido un tiempo muy breve por don Francisco Paco Bermúdez y por Juan Carlos Pradeiro, cuando se radicó en Buenos Aires.

Fue representante olímpico en los Juegos de Munich en Alemania 1972, donde a raíz de un inconveniente estomacal se quedó sin la medalla de bronce frente al colombiano Alfonso Pérez. En 1973 se clasificó subcampeón latinoamericano aficionado y ese mismo año hizo su debut en el campo rentado con un rotundo triunfo sobre Héctor Puerta, por KO en el cuarto round, en Tunuyán, el 8 de junio de 1973.

Como profesional enfrentó y les ganó a los mejores referentes de su categoría: Oscar Cachín Méndez, Jorge Polvorita Gómez, Gregorio Albarracín, Miguel Maldonado, Juan Olivera y muchos más. Hasta que el 16 de abril de 1977 se consagró campeón argentino de la división liviano al vencer por puntos tras 12 vueltas a Nicolás Arkuszyn, en el Luna Park.

En ese mismo escenario retuvo el título el 13 de setiembre de 1978 ante Julio Campana, al que puso KO en el primer asalto. Se recuerda que fue protagonista de una de las hazañas más grandes en el historial del boxeo argentino, porque un año antes de su deceso, el 10 de setiembre de 1977 en Buenos Aires, en absoluta inferioridad física porque se había fracturado el brazo derecho en el segundo round, le ganó  por KOT en el noveno al campeón uruguayo Gualberto Rubens Valdez, al que con una sola mano envió dos veces a la lona, en una demostración de coraje y amor propio. Fue una noche memorable, con el público del Luna Park que terminó aplaudiéndolo y ovacionándolo de pie.

"Con un brazo de oro y otro lastimado" fue el título del conmovedor comentario de Ernesto Cherquis Bialo, que firmaba sus artículos como Robinson en las páginas de El Gráfico. Como profesional hizo 34 peleas con 31 victorias (17 por KO y 7 por abandono), 2 empates y 1 derrota.

sábado, 6 de mayo de 2023

UN GLADIADOR DENTRO Y FUERA DE LA CANCHA

HUGO "TOMATE" PENA VIDA Y OBRA 

FUENTE: VOLVEAAVENIDADELAPLATA.COM.AR

Hugo Osvaldo Pena, “Tomate” debutó  con la gloriosa azulgrana el 2 de septiembre de 1979 por la primera fecha del campeonato nacional de 1979 ante Chaco For  Ever cotejo que ganamos 6 a 1 en el querido “Gasómetro” de Avenida La Plata.




Aquella tarde San Lorenzo se alineó con: Corbo, Villar, Pena, Ruiz y Lupo, Collavini (Gette), Marangoni y Marchetti, Coscia, Rizzi y Converti.

Los goles lo convirtieron: Coscia, Marangoni (2), Rizzi (2) y Franco en contra.

También Hugo Pena fue uno de los jugadores que jugó el último partido (hasta hoy) en el Templo de Avenida La Plata el 2 de Diciembre de 1979 ante Boca.

“Tomate” defendió nuestra divisa en 61 ocasiones convirtiendo 2 goles, sin dudas quedarán  para siempre las imágenes de aquella tarde del 24 de agosto de 1980 en cancha de Huracán , ante Tigre cuando nos salvamos del descenso a dos fechas del final del Metropolitano de ese año y “Tomate” fue la figura excluyente de ese cotejo , pese a una lesión que lo tuvo toda la semana previa en reposo, Hugo Pena no se quiso perder este encuentro decisivo y fue la figura de la cancha en una pierna, hasta dándose el lujo de convertir el primer gol del partido a solo 3 minutos de comenzado el encuentro cuando en una corazonada suya se metió con pelota y todo en el arco rival. El partido finalizó 3 a 0 Y “Tomate” se llevó la ovación de la tarde, pese a que aquellos deplorables dirigentes le debían mucho dinero a él y al plantel,  Hugo Osvaldo Pena no se guardó nada, dejando para los tiempos el recuerdo de un verdadero gladiador

Pese a haber vestido otras camisetas en mas cotejos que la nuestra Hugo Pena fue sinónimo de San Lorenzo.

Hugo Pena había nacido el 28 de Noviembre de 1951 en La Paternal, Pasaje La Fronda 1644 y en las divisiones inferiores de Argentinos Juniors comenzó su vida futbolística, en 1970 debutó en primera división con solo 19 años, tres años después pasó a River donde jugó hasta 1976.

En 1977 pasó a Chacarita, donde jugó 114 partidos convirtiendo 7 goles, para llegar al Ciclón en Septiembre de 1979 y transformarse en figura y emblema durante 1980.

Aquella fatídica mañana del Viernes 9 de enero de 1981 debido a que le quitaron un yeso de su pierna derecha, estaba haciendo baños de agua y sal para desinflamar la zona afectada con su pierna dentro de una palangana, en el momento que intentó cambiar con la perilla de la televisión cambiar de canal, una descarga eléctrica lo quitó de este mundo con solo 29 años.

La muerte de “Tomate” fue el comienzo de la pérdida de categoría de San Lorenzo, porque no cabe dudas que pese a las irregularidades existentes en el fútbol argentino, pese a nuestros pésimos dirigentes, con Hugo Pena en la cancha no hubiéramos descendido.

Gracias gladiador por toda tu entrega para nuestros gloriosos colores.


Adolfo Res (Historiador C.A.S.L.A.)

viernes, 5 de mayo de 2023

SUS COMIENZOS EN EL FUTBOL DE BRASIL

LA HISTORIA DE KAZU MIURA

FUENTE: "KODRO MAGAZINE"

En 1982 y con 15 años Kazu llegó a Brasil con 700 dólares en el bolsillo y una plaza en la academia juvenil del Juventus de São Paulo para proseguir con su formación como futbolista. La operación fue organizada por su padre, un gran amante del fútbol y de familia bienestante que veía en su hijo pequeño la posibilidad de conseguir el sueño que a él le fue negado, convertirse en futbolista profesional. Para ello le convenció para dejar su formación escolar y futbolística en el Shizuoka Gakuen High School (previo paso por el Jonai FC y Jonai Junior High School) para dar el salto al país que ha visto nacer a increíbles estrellas del balompié.




Los Miura eran una familia popular de futbolistas en Shizuoka, incluso su hermano mayor, Yasutoshi, también fue enviado al Santos de Brasil dos años después en busca de la profesionalización, algo que consiguió en 1992 en el Shimizu S-Pulse, coincidiendo con la inauguración de la J-League, la primera liga profesional japonesa. «Mi padre estuvo en México en 1970 para ver el Mundial», explicaba Miura en una entrevista para la BBC. «Mi padre era un gran amante del fútbol e incluso filmó los partidos de aquel Mundial con una cámara de vídeo de 8 mm. En aquella época jugaba Pelé, y yo crecí viendo el vídeo grabado por mi padre y soñando en llegar a ser futbolista profesional».

Los primeros meses de Kazu en Brasil se vieron arruinados por la nostalgia, la lejanía de su familia y amigos, además de vivir en alojamientos precarios junto a otros jóvenes como él que buscaban una oportunidad en el fútbol. «No entendía el idioma y las costumbres eran diferentes, así que naturalmente me sentí solo. Los primeros tres meses fueron muy duros». Pero aquel joven japonés en busca de un sueño estaba decidido a mejorar. Se esforzaba en las sesiones de entrenamiento, aprendió portugués e hizo sus primeras amistades. Tenía que triunfar en Brasil porque, en realidad, no había un plan B. Cuando se le pregunta si había pensado en una carrera profesional alternativa, en caso de que el fútbol no hubiera funcionado, hace una pausa. «No tengo ni idea. Todo lo que quería era ser un jugador de fútbol. Así que esta es la pregunta más difícil de responder».

Sus primeras actuaciones eran recibidas con burlas racistas, y su mal comienzo le llevó a ser transferido a un club más pequeño, el XV de Jaú, donde estuvo a punto de abandonar el fútbol debido a una gran desmotivación. Pero un penalti decisivo marcado en la final de un torneo de aficionados le devolvió la confianza en sí mismo, y su primera aparición televisiva en una televisión local brasileña le ayudó a llamar la atención del Santos FC.

Los Peixe lo tuvieron a prueba durante dos partidos antes de que el club lo descartara por no dar la talla. Tras incorporarse por un breve periodo de tiempo al Matsubara-PR (nombre inspirado por el político japonés Jin Matsubara), un equipo amateur de inmigrantes japoneses-brasileños, regresó al XV de Jaú. Y entonces llegó su otro gran momento, en un partido del campeonato estatal contra el Corinthians, Miura marcó de cabeza el gol de la victoria, que dio el triunfo al XV por 3-2. El Santos volvió a aparecer en su vida, aunque no como esperaba, ofreciéndole un contrato para vincularse al conjunto del mítico Pelé, pero con la condición de salir cedido a diversos equipos para seguir con su formación.

El primer destino en 1986 fue el Palmeiras. Kazu incluso llegaría a disputar algunos minutos con el primer equipo del Verdão en la Copa Kirim, celebrada en las ciudades de Fukuoka, Shizuoka y Kioto. Participó en las victorias contra el Werder Bremen (4-0), el equipo B de Argelia (4-2) y la propia selección de Japón (2-1). El Santos en busca de más minutos para su joven talento y un mayor nivel de exigencia, lo cedería de nuevo, esta vez al Clube de Regatas Brasil, donde conseguiría su primera nómina de profesional y los minutos necesarios para adaptarse a una exigencia mayor, la segunda división brasileña. Su debut tuvo lugar en el Estadio Rei Pelé el 10 de octubre de 1987, en el que el CRB derrotó por 1-0 al Central-PE con gol de Cicero, Kazu no marcó con la camiseta del CRB en partidos oficiales, solamente en partidos amistosos.

Su fantástico nivel en el CRB, con espectaculares regates y piruetas, le dio la oportunidad de dar el salto al Coritiba en 1988, donde llegaría a disputar 21 partidos con el primer equipo también en segunda división, y que le servirían para acabar de convencer a los técnicos del Santos que decidieron incorporarlo el siguiente año.

 Y en 1990, tras un largo periodo alternando primer y segundo equipo, por fin conseguiría su sueño, un contrato profesional con el primer equipo del Santos.

 De entre todas sus actuaciones destacaría su gol ante Palmeiras en un clásico del Campeonato Paulista Local jugado en Morumbi ante 24.768 espectadores, que el equipo blanquinegro ganó por 2-1 en 1990.

Tras 11 partidos con el conjunto donde nació Pelé como futbolista, y sin llegar a debutar en la Serie A brasileña, sería traspasado al Verdy Kawasaki en 1990 donde seguiría su carrera antes de convertirse en el primer jugador japonés en debutar en la Serie A con el Genoa la temporada 1994-1995.


jueves, 4 de mayo de 2023

SIEMPRE PRESENTE

"PALITO" CERUTTI EL HOMBRE QUE SIEMPRE ESTA PRESENTE:

FUENTE: LA VOZ 

 Dicen que la muerte hace más bueno a todos. Con el “Palo” Cerutti eso no pasó. Más bueno no podía ser. Se cumplieron 32  años de su fallecimiento. Tras 13 días de pelea en terapia intensiva, se fue de este mundo dejando su cuerpo en la clínica Sucre, un dolor inmenso en su entorno y un recuerdo indeleble al paso del tiempo. Tenía sólo 21 años.




Jugador de básquet, figura en ascenso y uno de los proyectos más firmes que tenía el básquet argentino. Pero también hijo, hermano, amigo, tío, compañero y un ser excepcional que es mucho más que el nombre del Polideportivo más famoso de Córdoba.

¿Quién fue Carlos Alberto Cerutti? ¿Cómo se transformó en mito del deporte cordobés? Nadie mejor que quienes más lo conocieron para entender este fenómeno.

Cerutti nació en Morteros el 12 de febrero de 1969 y su estatura lo llevó a jugar al básquet en su club: 9 de Julio. A sus 15 años llegó a Atenas y su explosión deportiva no tardó en producirse. Fue campeón de la Liga Nacional en 1987 y 1988 (MVP de esa final). Llegó 1990, en el que Atenas buscaría una nueva consagración nacional y en el que se jugaría el Mundial en nuestro país. “Palito” no pudo disfrutar ni del título con el Griego (se coronó el 1 de junio) ni del torneo ecuménico (se jugó en agosto) con la selección argentina. Cerutti chocó con su auto contra un guardarrail en la madrugada del 21 de abril de ese año. Fue el principio del fin.

“A los que no lo conocieron: no saben lo que se perdieron”, definió Myriam Cerutti, la hermana del “Palo”. Sobre la noche del accidente, detalló: “Ese día, él había ido a Carlos Paz a buscar a mi hijo y viajaron a Morteros juntos porque era el aniversario de casamiento de mis padres. Cenaron y “Carlitos” (como llama a su hermano) estuvo con ellos hasta la 1. Después, se fue a bailar a otro pueblo con amigos. Y llegó esa fatalidad”.

El accidente causó graves daños en sus piernas y fue trasladado a Córdoba. Tan grave fue que, con autorización de la familia, le amputaron una pierna. Pero, a pesar de los esfuerzos, “Carlitos” no resistió.

Diego Osella compartió mucho con “Palito”. Y no sólo dentro de la cancha. Tenían la misma edad y vivieron juntos. El de Oncativo rememoró aquellos días, tras el accidente que sufrió su amigo: “íbamos todos los días a la clínica. Teníamos esperanza que saliera adelante. Hasta se hablaba que iría a vernos a la selección, que iba a estar como asistente en el Mundial... Nada; se nos fue”.

Marcelo Milanesio fue otro de los que disfrutó la amistad de Cerutti: “Era una extraordinaria persona y venía de una gran familia”. En tanto, Walter Garrone (DT de Atenas en aquel momento) recordó: “Era un fenómeno. Cuando viajábamos, él dibujaba en el vidrio transpirado del colectivo a la hinchada de Atenas y recreaba los cánticos”. También contó que “el ‘Palito’ se sentaba al fondo con ‘la pesada’, como los llamaba yo, con el ‘Lomo’ (Ligorria), el ‘Runcho’ (Prato) y Mario (Milanesio). En esas épocas no había televisores en los ómnibus y se jugaba a las cartas. Había unas historias bárbaras con una libretita en la que se anotaba todo”.

Por su parte, Medardo Ligorria resaltó: “Era una persona hermosa. Un pibe con una riqueza personal y con una educación familiar muy marcada. Era excelente desde todo punto de vista”. Del mismo modo, Osella resaltó con añoranza: “Es como que me adoptó. Además, tenía auto y me llevaba a todos los lados. Era de juntarse con amigos. Le gustaba estar con compañía, los asados, las charlas largas... Yo me copiaba de él. Teníamos carácter distinto pero nos llevábamos muy bien. Y me defendía a muerte”.

Cerutti llegó a Atenas con muchos centímetros, varios sueños y pocos kilos. Pero fue desarrollando su contextura y perfeccionando su juego. Sobre todo, su gancho. “La gran pregunta mía es quién le enseñó a tirar ese gancho. Hace unos días estaba viendo unos videos y era indefendible. A los 21 años que jugara del modo que lo hacía... Era un fuera de serie”, destacó Marcelo.

Uno que lo sufrió como rival, pero que lo disfrutó como amigo, fue Luis Villar. En la final del ‘88 Atenas enfrentó a River, donde jugaba el “Mily”. Y no sólo que el “Palo” celebró el título, sino que también fue el MVP de esa serie. “Éramos muy amigos, pero en la cancha nos dábamos duro. Me ganó el duelo. Tenía ese gancho muy afinado”, repasó Villar.

Ligorria describió al Cerutti jugador: “Contaba con una estatura magnífica (2,04 metros) para este deporte, unos brazos enormes y mejoró su juego a medida que sumó roce. Se transformó en un jugador que no había en este país”.

“El Lomo” comparó la aparición de Cerutti con la que después tuvo Fabricio Oberto y destacó su motricidad y su inteligencia para jugar: “Tomaba un rebote defensivo, se daba vuelta y te ponía un pase largo para el contragolpe. En el poste bajo terminó haciendo estragos. Era un jugador europeo”.

Un día, Cerutti y Osella debían ir a Buenos Aires a un entrenamiento de la selección, pero si iban en micro no llegaban a tiempo. Garrone les brindó una solución: viajar en un avión de la Escuela de Aviación. “Vuelven para entrenar con nosotros y me dice ‘¿en qué nos mandaste, Walter?’. Cuando pasaron por Rosario, el piloto hizo unas maniobras para que el hijo lo viera. El ‘Palo’ llegó descompuesto a Buenos Aires y no pudo entrenar con la selección. ‘¡Era un Rastrojero con alas, Walter!’, me dijo. Tenía esas salidas el ‘Palo’”, contó Walter.

En otra ocasión, Cerutti invitó a Villar a Morteros, donde se dio una particular situación. “En esa época, él tenía un ciclomotor. En eso andaba y me llevó a mí. Imaginate: él de 2,04 y yo con 2,06 en una motito así. Pasamos por una vidriera que nos reflejó y él tiró la frase: ‘¿Viste que más de cuatro metros pueden entrar en un metro?’. Éramos dos hilachas en Morteros”, describió el “Mily”.

En Morteros, la habitación que era del “Palito” está casi igual. “Sólo se sacaron unos banderines y agregamos algunas de sus cosas que se trajeron de Córdoba. Y en el living tenemos todos los recuerdos y las cosas que nos fueron dando sobre él”, enumeró su hermana.

Bety, la mamá, se encargó de coleccionar todas las notas en las que aparecía su hijo. Años después, una hija de Myriam armó un álbum con ese material, que se transformó en un orgulloso tesoro familiar.

¿Y cómo está la madre del “Palo”? “Está muy bien, consciente de todo. Es increíble; tiene 90 años y hace 30 que vive con esto. Después, perdió a mi papá, que era el fanático de Atenas y de la cancha”, señaló Myriam.

El nombre Carlos Cerutti bautiza al estadio del “9” de Morteros y al “Poli” de barrio San Martín. Marcelo Milanesio señala la explicación sobre el lugar ganado en la memoria colectiva por el “Palito”: “Su nombre sigue presente porque está dentro de una gran historia, que es la de Atenas. Él fue una parte muy importante. Y porque el estadio en el que juega Atenas lleva su nombre”. Ligorria coincide: “Fue un gran acierto haberle puesto su nombre al Polideportivo. Los partidos se juegan en ‘el Cerutti’”.

Para cerrar, Myriam Cerutti agradece el afecto que sigue teniendo Córdoba con su hermano: “Mientras a uno lo recuerdan quiere decir que está vivo”.


miércoles, 3 de mayo de 2023

EL GRAN CPITAN DEL MARACANZO

LA HISTORIA DE OBDULIO VARELA

FUENTE: "KODRO MAGAZINE"/"PAOLA MURRANDI"

Obdulio Jacinto Muiños Varela, de ascendencia africana, española y griega, fue el capitán de la selección uruguaya que ganó el Mundial de 1950 tras vencer a Brasil en el partido de la final, conocido popularmente como «El Maracanazo». Se le apodó «El Jefe Negro» por su piel oscura y la influencia que ejercía en el terreno de juego, especialmente durante la «improbable» victoria sobre Brasil en su propio feudo.




Era un centrocampista de contención físicamente imponente y combativo por su tenacidad y liderazgo, siendo considerado uno de los mejores capitanes de la historia del fútbol y sigue siendo uno de los mayores héroes deportivos de Uruguay. Sin su férrea voluntad, astucia y diabluras con las que transmitía confianza al resto de compañeros seguramente hubiera sido imposible ganar el Mundial de 1950. Su despliegue de juego entre la defensa y los centrocampistas creativos del centro del campo era decisivo, además de poseer la capacidad de enviar misiles de larga distancia a la portería contraria, como hizo contra Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de 1954.

A lo largo de su carrera jugó 467 partidos en el ámbito de clubes, realizando 134 goles, mientras que con Uruguay fue internacional entre 1939 y 1954 disputando 45 encuentros y anotando 9 goles. En su palmarés encontramos el Mundial de 1950, la Copa América de 1942, la Copa Baron de Río Branco de 1940, 1946 y 1948, la Copa Escobar Gerona de 1943, 6 ligas con Peñarol, 8 Torneos del Honor, 6 Competencias y fue nombrado por la IFFHS como uno de los 13 mejores jugadores sudamericanos del siglo XX.

Nacido en Montevideo en 1917, y desarrollando su estilo de lucha en los polvorientos potreros de la capital uruguaya, empezó como mediocentro adolescente en el Deportivo Juventud en 1936, lejos de la primera división del fútbol uruguayo. En dos temporadas, sin embargo, había debutado en la máxima categoría con el Montevideo Wanderers y había ganado honores internacionales para Uruguay. Sin embargo, su carrera alcanzó su punto álgido cuando se marchó a Peñarol, en 1943, con 26 años.

Se convirtió en capitán y condujo a su equipo a los éxitos nacionales y continentales. En 1945, frente a River Plate, Varela se impuso con una gran actuación que contribuyó a la victoria de su equipo, y los directivos del club ofrecieron una recompensa a todos los jugadores: 250 pesos para cada uno, pero 500 para Varela. «No jugué ni más ni menos que los demás», les dijo. «Si creen que merezco un bono de 500 pesos, entonces denle a todos 500 pesos. Si solamente merecen 250, entonces yo también».

Su liderazgo nunca fue más evidente que el 16 de julio de 1950 en el Maracaná de Río. En el último y decisivo partido de la fase de grupos del Mundial de 1950, Uruguay se enfrentaba a un anfitrión que hasta entonces había sido un equipo muy potente, liderado por su obstinado capitán de 33 años. Brasil había llegado al desenlace con gran estilo y con una bolsa llena de goles, lo que significaba que solamente necesitaba un empate contra Uruguay para conseguir su primer título mundial, un resultado que todo Brasil consideraba su destino inevitable.

Pero Uruguay estaba acostumbrado a luchar contra las adversidades. Como nación pequeña, aplastada entre dos gigantes, en términos económicos y sociales, además de futbolísticos, Uruguay y su gente desarrollaron un espíritu de lucha que les ha permitido competir en varios frentes con sus vecinos.

En lo futbolístico, fueron los mejores del mundo en los años 20 y principios de los 30, ganando la primera Copa del Mundo en 1930. Tras no competir en los dos siguientes torneos, la edición de 1950 en Brasil fue la siguiente aparición de Uruguay tras su primera victoria. A sus ojos, seguían defendiendo su corona y su récord de imbatibilidad en el Mundial. Para ellos, lo que estaba en juego ese día en Río era su título, Uruguay quería realizar su sueño.

También contaba con un buen equipo construido sobre la base del Peñarol de Varela, con dos de los personajes más significativos de la final, Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia, que jugaban en su club junto al capitán. Sin embargo, el torneo había comenzado en circunstancias extrañas para los charrúas. Al quedar encuadrados en un grupo de tres, tras las retiradas de Escocia y Turquía, el sustituto europeo, Francia, también se retiró. A Uruguay solamente le quedaba enfrentarse a Bolivia, a la que derrotó por 8-0 después de una semana en la que no hizo más que ver cómo se desarrollaba el resto de la fase de grupos.

Sin embargo, según Varela, la Celeste podría no haber llegado a participar en el torneo. «Estuvimos a punto de no ir», dijo. «Hubo una gran confusión. La mayoría de la gente pensaba que estábamos acabados, que no teníamos ninguna posibilidad. Pensando en el pasado, ni siquiera estoy seguro de que esa fuera la mejor plantilla que se podía formar en ese momento». La selección, la preparación y el envío de su equipo se hicieron con prisas, lo que no es la preparación ideal para un asalto al Mundial.

En el último grupo, tardaron en ponerse en marcha tras su aletargado inicio de torneo. Uruguay tuvo que luchar para salvar un empate en su primer partido contra España, con un gol de Varela en los últimos minutos. A continuación, tuvo que volver a remontar ante Suecia, con una desventaja de solamente 13 minutos, antes de que una remontada tardía le diera la victoria por 3-2. Brasil, en cambio, había ganado 7-1 y 6-1 contra los mismos rivales, lo que significa que su confianza previa a la final no era del todo errónea, aunque sí un poco inapropiada.

La presión de la expectación causada por el interminable flujo de políticos, dignatarios y medios de comunicación que anunciaban a Brasil como vencedor antes incluso de que el partido hubiera comenzado estaba teniendo dos efectos significativos. En primer lugar, puso a los jugadores brasileños bajo una intensa presión, en la que las expectativas se habían convertido en una exigencia, y el hecho de no cumplirlas perjudicaría al país de muchas maneras. Pero lo más importante es que sirvió para avivar el fuego en la selección uruguaya. Para un hombre como Varela, era el tipo de situación para la que sus cualidades eran ideales. A medida que las probabilidades de éxito aumentaban, él se convirtió en el protagonista, llevando a sus compañeros a la inmortalidad.

En medio de la gran cantidad de declaraciones prematuras de victoria, estaba la portada del periódico deportivo O Mundo, que mostraba a la selección brasileña bajo el titular «Aquí están los campeones del mundo». Cuando Manuel Caballero, el cónsul uruguayo en Río, llegó al hotel del equipo la mañana de la final con 20 ejemplares del periódico, se cuenta que los puso delante de Varela, diciendo: «Mis condolencias para ustedes, señores. Parece que ya están derrotados».

Varela llevó los 20 periódicos a los aseos y los esparció por los urinarios antes de decir a sus compañeros que entraran a mostrar lo que pensaban del temerario anuncio. No hizo falta ninguna otra charla de motivación, ya que la determinación de los uruguayos aumentó en sintonía con el miedo y la inquietud del equipo brasileño.

En el estadio, mientras que Brasil había recurrido a llegar temprano para atrincherarse en su vestuario con el fin de tener un almuerzo relativamente tranquilo, lejos del interminable flujo de dignatarios que exigían el acceso a los futuros campeones del mundo, los uruguayos podrían haber sufrido sus propios momentos de miedo, dado el carnaval que se estaba desarrollando en las gradas de arriba.

 

El partido de su vida, la final del Mundial de 1950

El partido comenzó con Brasil atacando desde el principio, buscando la ventaja inicial que había conseguido en sus anteriores partidos de la fase final. Si hubiera encontrado el camino del gol, quizás las cosas hubieran sido muy diferentes, pero así fue, Uruguay aguantó y luego Varela cambió el rumbo con su siguiente gran intervención.

El defensa brasileño Bigode estaba sufriendo de lo lindo contra el veloz Ghiggia y recurría a las faltas para mantenerlo a raya. Tras una de esas faltas, Varela eligió el momento para mantener a raya a Bigode. En una carrera, trató de dar al brasileño una colleja, pero en su lugar le dio un fuerte golpe en la oreja. Con Bigode visiblemente alterado, Varela se alejó, apretando su camisa en el puño como si celebrara una pequeña victoria. Había enviado un mensaje, había sacudido a un oponente que ya estaba luchando, y se había salido con la suya. Más que eso, significó que Uruguay se afianzó tardíamente en el partido.

En la segunda parte, Brasil se adelantó finalmente gracias al gol de Friaça. Una vez más, Varela se convirtió en el centro de atención, sofocando la alegría brasileña, interrumpiendo su impulso y asentando e inspirando a sus compañeros de una sola vez. Recogió el balón tras el gol de Friaça y, caminando deliberadamente despacio con el balón metido bajo el brazo para que nadie más pudiera cogerlo, fue a reclamar al árbitro un fuera de juego inexistente. Las protestas incluyeron incluso la exigencia de que un traductor entrara en el campo para ayudar al árbitro inglés en medio de los interminables exabruptos de Varela.

Sabía que el gol era perfectamente válido, pero había conseguido retrasar tanto la reanudación que el bullicioso público se había instalado en una tranquila confusión. Donde habían sido azotados en un frenesí delirante tras el gol, la exuberancia se había amortiguado, y el temor de que Uruguay se viera desbordado por el entusiasmo de la celebración había pasado. Al sacar sus protestas, silenció a 200.000 brasileños alegres, quitando todo el calor de la situación, permitiendo a sus compañeros de equipo acomodarse a la tarea que tenían por delante.

Ghiggia recordó más tarde: «Obdulio gritaba a todo el mundo y tenía el balón bajo el brazo. Me acerqué para recogerlo y reanudar el juego, pero enseguida me gritó: ‘¡O armamos un escándalo o nos matan!».

«Todo el estadio me insultaba», recordaba el propio Varela. «Sin embargo no tuve miedo… Había soportado todas esas luchas en campos sin valla, donde era matar o morir, así que no me iba a asustar allí, ¡con plenas garantías! Sabía lo que hacía».

El silencio se convirtió rápidamente en gritos de frustración, que fueron música para los oídos de Varela. Cuando ocupó su lugar para la reanudación, y el silencio se había convertido en abucheos e insultos, aún tuvo tiempo de reunir a su equipo. «Que griten. En cinco minutos, el estadio parecerá un cementerio, y entonces solamente se oirá una voz. La mía. Ahora es el momento de ganar el partido».

Poco después, Schiaffino marcó el empate tras una jugada iniciada por Varela jugando con Ghiggia, y a nueve minutos del final, Varela volvió a pasar el balón a Ghiggia por la derecha, que volvió a bailar alrededor de Bigode y marcó en el primer palo. Esta vez el estadio enmudeció definitivamente, y Brasil entró en la tortura de su mayor tragedia deportiva. Incluso Jules Rimet, el jefe de la FIFA, se sintió desconcertado por el ambiente fúnebre que se respiraba en el descanso. «El silencio era morboso», dijo. «A veces demasiado difícil de soportar».

Rimet tenía que entregar el trofeo, pero en medio del caos no había lugar para la ceremonia. «Al final encontré a Obdulio», dijo. «Se lo entregué sin que nadie más lo viera». El discurso preescrito de Rimet alabando la victoria brasileña no tuvo ninguna mención.

Varela, un hombre modesto a pesar de su presencia en el campo, se mostró elegante en la victoria. «Fue una casualidad. Podríamos haber jugado 99 veces más contra ellos y habríamos perdido todos los partidos. Así es el fútbol. A veces lo inesperado juega un papel, cosas que están más allá de toda razón, más allá de toda lógica. Cuanto más pienso en todo eso, más seguro estoy de que fue un partido que ganamos con la mente, no basado en la habilidad».

Los dignatarios de la Asociación Uruguaya de Fútbol fueron menos modestos y se adjudicaron medallas de oro por su «esfuerzo». Solamente después de una protesta pública, los jugadores recibieron medallas de plata y una pequeña recompensa económica. Varela tuvo suficiente para comprar un Ford de 1931, que fue robado una semana después.

Ignorando las súplicas de los funcionarios uruguayos de no aventurarse en Río la noche de la final, Varela pasó esa noche bebiendo con brasileños conmocionados en un bar de Río. «Me entristeció el sufrimiento de la gente con esa derrota que no merecían», recordó. «Me senté en un bar y empecé a beber caña con la esperanza de que nadie me reconociera, porque pensé que si lo hacían, me matarían. Pero me reconocieron enseguida y, para mi sorpresa, me felicitaron, me abrazaron y muchos se quedaron a beber conmigo hasta bien entrada la noche».

El duro post Mundial 1950

Varela seguiría siendo estrella de Peñarol y volvería a participar en la Copa del Mundo cuando Uruguay no pudo defender su corona en 1954. Su último partido en un club fue al año siguiente, saliendo del banquillo en un partido con el América de Río, en el Maracaná, en una época en la que combinaba su papel de jugador con el de entrenador.

En esa última aparición, se dio cuenta rápidamente de que el tiempo le estaba pasando factura y que ya no podía mantener el ritmo requerido a ese nivel. Se hizo sustituir y puso fin a su carrera como jugador de forma abrupta. Si esa constatación fue decepcionante, seguramente le sirvió de consuelo el hecho de que su carrera terminó en el mismo escenario que fue testigo de su mejor momento.

Como muchos futbolistas de la época, ganó poco dinero con su carrera, viviendo una vida modesta hasta su muerte en 1996 a los 78 años, pero siguió siendo querido y respetado por los aficionados al fútbol uruguayo como pocos. El héroe de una nación que había hecho más que la mayoría para ofrecer su mejor momento.

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