miércoles, 8 de julio de 2020

EPOCA DE CRISIS

CUANDO BOCA JUNIORS TUVO QUE PINTAR LOS NÚMEROS EN SUS CASACAS

En épocas en las que los socios plenos son 98.000 y los adherentes casi 80.000, para generar un ingreso 900.000.000 de pesos anuales en cuotas sociales, parece difícil emparentar a Boca con una crisis institucional. Todo lo contrario. Boca es el club del fútbol argentino que mejor presente económico ostenta en una actualidad que tiene a muchos más cerca de la debacle que del orden financiero. Pero no siempre fue igual. No siempre fue así. En particular, en una década que tuvo huelga de jugadores, media Bombonera clausurada y juveniles vistiendo camisetas insólitas.  


Dentro de esa década nefasta para el Xeneize, hubo un año que reúne todos los condimentos para ser denominado como el peor de la historia: 1984. Con la cancha inhabilitada durante varios partidos por los hechos de violencia (en 1983 se produjo el más grave, la muerte del hincha de Racing Roberto Basile) y con varios daños edilicios, el club que deambulaba de un torneo malo a otro peor tuvo que alquilar varios estadios para ser local. Así, fue anfitrión en Vélez, en el bosque platense, en el estadio de Huracán, ¡en la cancha de Sarmiento de Junín!, y hasta en el Monumental, en el que Boca fue local ante River…  
En ese contexto no extrañaba que en lo deportivo las cosas no salieran de la mejor manera. La crisis económica e institucional hizo que el Nacional de 1984 sea un aviso de lo que sería la temporada entera. El Boca del Zurdo López quedó eliminado en primera ronda en un grupo que compartió con Newell’s, Talleres de Córdoba y Ferro de La Pampa. Insólito. Clasificaban dos y quedó tercero. El arranque del Metropolitano no fue para nada mejor. Ocho fechas sin triunfos le costó su puesto al entrenador y asumió Dino Sani, quien logró en su debut la primera victoria (1-0 ante Unión) en un torneo en el que el Xeneize terminó decimosexto entre 19 equipos.  
La crisis era total. A los futbolistas les debían más de 7 millones de pesos y después de muchas promesas incumplidas decidieron no jugar ante Atlanta. Oscar Ruggeri, uno de los profesionales de ese plantel, recuerda ese momento de crisis azul y amarilla: “Ocho meses sin cobrar el sueldo estuvimos. El verdulero y el carnicero me daban las cosas fiadas porque no podíamos pagar. Nunca nos pagaban el sueldo. El presidente (Domingo Corigliano) era un delincuente, nos decía que nos iba a pagar y nunca ponía un peso”. 
Ese día, el 8 de julio de 1984, quedó en la historia como el día en que un Boca estuvo representado por juveniles de la cuarta división con una camiseta improvisada que tenía los números pintados con fibrón. En una Bombonera que sólo tenía habilitado el anillo inferior y algunas plateas nadie entendía lo que pasaba. Las caras no eran las de siempre. No estaban los Gatti, los Ruggeri o los Gareca. En su lugar había apellidos que no sonaban. Ya no estaba Sani en el banco (su lugar lo ocupaba interinamente “Gonzalito”) y el equipo que saltó a la cancha fue Walter Medina; Javier Franco, Manfredi, Dos Santos, Jorge Latorre; Tessone, Fornés, Peruchena, Denny Ramírez; Torres y Vales. 
Hugo Maio es periodista en la actualidad, pero en su momento era uno de los utileros de Boca. “Ese momento todo era difícil en el club. Teníamos problemas hasta para lavar la ropa”, empieza un protagonista clave en esta historia. Es que de sus manos salieron los números que, con un simple fibrón, quedaron marcados más que cualquier otro trazo indeleble. Y del otro lado del teléfono empieza a contar su versión dentro de una historia que parece increíble: “En ese momento había un solo juego de camisetas y era el titular. Por eso cuando surgió el problema de las camisetas, porque Atlanta tenía azul y amarillo, fui hasta el vestuario visitante y hablé con el entrenador, Jorge Habbeger, quien había sido el preparador físico de Carmelo Faraone hacía unos años en Boca”.  
Mientras Juan Bava daba el ultimátum para que en cinco minutos los equipos estuvieran en la cancha, Maio recibía una respuesta que aún hoy le retumba. “No es problema mío”, le dijo Habbeger que años más tarde sería DT xeneize. Entonces hubo que improvisar porque el juego de camisetas alternativo estaba en La Candela, por temor a que se lo robaran de la utilería. Si no salían perdían los puntos por no presentarse. “Agarramos las remeras de entrenamiento blancas y les hicimos los números con fibrón. Nos quedamos en el túnel para ver cuando ocurría el desastre, porque sabíamos que la solución no iba a aguantar mucho. A los 15 minutos Dos Santos, uno de los centrales, ya tenía la camiseta con el número todo corrido por la transpiración”, agrega Maio, que aún se acuerda de lo que sentía en cada momento de un partido que Boca terminó perdiendo 2-1.  
Uno de los autores de los goles del Bohemio fue Alfredo Graciani, quien a los pocos minutos puso a los profesionales de Atlanta a ganar ante los pibes de Boca. El delantero que luego brilló con la azul y oro también recuerda esa extraña tarde en La Bombonera: “Nosotros en ese momento no tomábamos dimensión del partido que estábamos jugando. Sabíamos que Boca jugaba con juveniles, pero lo de la camiseta en ese momento nos pareció un detalle de color. Los dos teníamos los mismos colores y como ellos eran locales tuvieron que cambiar. A los pocos minutos ya estaban todos los números desechos”.  
La vergüenza mundial para los hinchas locales duró 45 minutos, porque en el entretiempo Habbeger aflojó y dejó que Boca saliera a jugar con su tradicional camiseta. Pero el daño ya estaba hecho. Para los protagonistas, el golpe de la derrota fue una caricia si se lo compara con el papelón de las camisetas. Maio no puede describirlo mejor: “Ese día sentí que Boca dejaba de existir. Mi corazón de hincha de Boca hizo ese hecho me doliera el doble”.  
Una reliquia. Así define el periodista Claudio Destéfano a la pieza más preciada de su museo. Es que nadie entendería en ese momento la importancia que ese juego de camisetas representa para la historia de un club tan ganador como Boca. “Mi museo tiene cerca de 3000 camisetas y 15.000 ítems y cuando me preguntan qué sería lo último que me desprendería, es esa camiseta. ¿Por qué? Porque es la bisagra en la historia de Boca. Esa camiseta es de 1984, de un Boca-Atlanta, en la Bombonera. Peor, el club no podía estar”. Y agrega más detalles sobre la joya más preciada de su colección: “Tengo la 11 de Fornés y es la pieza más importante que tengo en mi museo. La conseguí gracias a un coleccionista muy importante que valoró lo que yo hacía y vivía con Boca. Me casé en la Bombonera y en el museo de Boca hice la fiesta. Por eso me ayudó a conseguirla. No recuerdo el monto, pero además de plata le di una camiseta de Racing. Tengo esa pieza desde hace 5 años”.
Y claro, sólo catorce camisetas que son testigos del momento más oscuro en la historia de Boca. Una historia que ese día se tiñó con la tintura de un fibrón color negro…  

FUENTE: ENGANCHE.COM.AR 
POR: JAVIER LANZA

lunes, 6 de julio de 2020

TALENTO PURO

OSVALDO "CHICHE" SOSA. SE FUE UN GRANDE 


Puede decirse que Sosa (nacido el 26 de enero de 1948) fue uno de los jugadores más destacados en el Argentinos “Pre-Diego Maradona”. Había debutado en Almagro, en el ascenso de 1964 y a los dos años fue contratado por los Bichos Colorados de La Paternal, donde convirtió 34 goles en 124 partidos.


En 1969, sus buenas actuaciones derivaron en la venta de su pase a Independiente, donde no logró destacarse, y entonces pasó por Ferro para regresar a Argentinos entre 1970 y 1971. Allí lo llegaron a apodar El Zorro de la Paternal. “Cuando jugaba yo eran tiempos de tribunas de madera”, solía decir, con un dejo de ironía. Sosa era un jugador muy fino, un “diez” clásico, elegante, de un toque sutil y que hizo una gran dupla con un centro delantero hábil pero metedor como Omar Diéguez, que provenía de Huracán.

Tras algunas malas temporadas, se considera que ese equipo fue el que comenzó a recuperar un estilo preciosista característico de la historia del club en el que también jugaba Roberto Puppo como volante derecho. Si bien el ataque (LuraschiPuppoDiéguezSosa y Ornad) era muy aceptado, no ocurría lo mismo con el resto de las líneas y más de una vez, la salvación del descenso llegó sobre el final y de forma muy angustiosa.

Ya en la segunda etapa, Sosa coincidió con un delantero goleador como Rafael Domingo Moreno, con un jugador de gran estética como José Néstor Pekerman y con Rafael “Torito” Zuviría, que años más tarde sería figura en el Barcelona junto a Johan Cruyff y Carles Rexach. En ese equipo de Argentinos se destacaba como extremo izquierdo el uruguayo Héctor Eugui.

“Recuerdo que en un partido contra un equipo chico, y bajo una lluvia torrencial, que convertía al estadio de La Paternal en un barrial, mucha gente insultaba a “Chiche” Sosa al término del primer tiempo porque se iba al vestuario pulcro, como si no hubiese jugado, cuando el resto de sus compañeros estaban todos embarrados de pies a cabeza”, dice Hugo Levin, hincha de Argentinos aunque también pudo entablar relación con él en el Hipódromo de Palermo, gracias a otra pasión en la que coincidieron: el turf. “Ese día, Argentinos tenía que ganar y al final, terminó goleando 3-0”.

Su carrera como entrenador comenzó pronto, cuando sólo contaba con 32 años, y además de las seis ocasiones en las que se sentó en el banco de Argentinos, dirigió a Independiente, a AlmagroTigre, Huracán, Colón, Deportivo Armenio, Deportivo Mandiyú, Racing, Talleres de Córdoba, Chacarita, Lanús, Quilmes y Atlético Tucumán.

“La mayoría de los clubes siempre te llama cuando tiene que cambiar de técnico…hasta en la B. Siempre me tocó llegar a mitad de temporada para rearmarlos y salvarlos del descenso o algo parecido. Será por eso que me buscan. Aparte de cumplir con esa tarea, siempre tengo la suerte de sacar dos o tres jugadores que después son figuras”, llegó a decir en 2006, cuando lo acababan de convocar desde Quilmes.

Sosa se fue convirtiendo, de a poco y a partir de los resultados, en un especialista en salvar a los equipos del descenso, una especie de antecesor de Ricardo Caruso Lombardi, aunque de puertas para adentro, porque le gustaba resolver todo en los vestuarios y quienes lo trataron destacan que en varias ocasiones tuvo duros enfrentamientos con jugadores, que por lo general quedaron silenciados por aquello de los “viejos códigos” del fútbol.

“Sabemos que dependemos de los resultados, pero por suerte, nunca me han echado de un equipo, salvo en Independiente. Pero ahí estuve tres meses y por eso no lo cuento. Siempre terminé los contratos, después los extendí o me fui, pero cumplí. Me siento respetado por el ambiente y por eso tengo trabajo. Una sola vez me fui al descenso, con Mandiyú. Pero hubo problemas institucionales y de quiebras”, explicó en una entrevista.

Con Talleres de Córdoba bordeó un segundo ascenso a Primera en 1995/96, cuando se consagró campeón del Clausura del Nacional B en Tucumán ante San Martín, ante cerca de 4000 hinchas albiazules, pero terminó perdiendo la final ante Huracán de Corrientes, ganador del Apertura, y tampoco consiguió la segunda plaza en el octogonal, al caer en semifinales ante Unión de Santa Fe.

Si algo puede destacarse en Sosa como DT es que además de conseguir los objetivos, se encargó siempre de promover la venta de jugadores para beneficio de los clubes en los que trabajó, como Lionel Gancedo (de Argentinos a River), Leonardo Pisculichi (de Argentinos al Mallorca), Diego Cocca y Cristian Zermatten (de Argentinos al fútbol mexicano) o Marcelo Pontiroli (de Argentinos a Independiente).

Uno de los peores momentos de su larga trayectoria como DT (finalizada en Atlético Tucumán en la temporada 2009/10) los pasó en Independiente por un comentario suyo a su ayudante de campo y amigo Juan Manuel “Pistola” Vázquez, que fue tomado por la TV cordobesa en un partido ante Talleres acerca del jugador Lionel Ríos (“Este pibe está jugando en joda”).

Tanto Ríos como sus compañeros Bruno Marioni Daniel Quinteros, lo criticaron por “no respetar los códigos del fútbol”. Para el partido siguiente. Ríos, que había ingresado como suplente, fue marginado ante Atlético Rafaela. “Ninguno es titular por su historia, porque si así fuera, llamaría a Maradona”, afirmó sobre ese plantel “rojo” de 2003, cuando reemplazó a Oscar Ruggeri.

Sosa también se vio envuelto en una confusa situación cuando River se coronó tricampeón consecutivo al ganar el Apertura 1997 en la última fecha ante Argentinos –algo que se repetía muy seguido en esos tiempos-, que él dirigía. 

El equipo “Millonario”, que en ese momento tenía como entrenador a Ramón Díaznecesitaba un empate para alcanzar el título sobre Boca, que era su perseguidor y a los “Bichos Colorados” los acosaba el bajo promedio y la chance de descender. River ganaba 1-0 con gol del chileno Marcelo Salas y en la segunda parte empató Roberto Saavedra y el resultado fue útil para los dos. Una versión indica que hubo un altercado en el vestuario con el impetuoso delantero Jorge “Polo” Quinteros por lo que ocurrió con sus compañeros en el campo de juego en la primera parte.

Para mí fue una cuestión de jugadores, aunque no podría asegurarlo porque no me consta. El fútbol es muy difícil porque hay dinero de por medio y hay gente necesitada y gente no necesitada”, llegó a afirmar el presidente de Argentinos de ese entonces, Ricardo Bravo, consultado por la revista “El Gráfico” acerca de ese partido, y admitió que “River ha sido un caso particular en sus partidos con Argentinos. No sé por qué pero es así”..

Ese partido fue el último de Enzo Francéscoli como jugador, y Marcelo Gallardo se casó esa misma noche. En Argentinos Juniors jugaban Diego Cocca, Rolando Schiavi y Cristian Zermatten, fanático de River, que había estado alentando al equipo en el Monumental días antes en el partido por la Supercopa ante el San Pablo.
El casamiento con Marta González fue uno de los primeros de futbolistas con actrices. Les tocó sufrir en 2001 la muerte de su hijo Leandro, en México, en un accidente de tránsito. Se separaron y Sosa formó otra pareja con Ana, con la que tuvo a su Lautaro.

Fanático del turf, Sosa era un asiduo concurrente al Hipódromo de Palermo, donde se fue integrando a una mesa con otros ex jugadores como Cristian Pellerano, Carlos Fren, José Sand y Sergio Batista. En 2013, un ACV lo dejó al borde de la muerte y a partir de entonces, arrastraba dificultades en el habla y la deglución por una inoportuna caída que le produjo fractura de clavícula como consecuencia y retardó su recuperación. 

Ana siempre destacó a sus amigos “porque no lo abandonaron”, como “Pistola” Vázquez, su histórico ayudante de campo, Sergio Batista, Rubén Cousillas, Raúl “Pacha” Cardozo, el presidente de Talleres de Córdoba, Andrés Fassi, y los periodistas Horfacio Pagani, Alfredo Leuco y Marcelo Benedetto.


En los últimos días, su estado de salud se había complicado por una neumonía y fiebre muy alta y estaba internado en la clínica Zabala, del barrio de Belgrano, y su situación económica era muy mala. 


A partir de esta situación, y de una carta que escribió el corresponsal de “Clarín” en Córdoba, Ramón Gómez, al presidente Alberto Fernández, reconocido hincha de Argentinos Juniors y admirador suyo, lo llamó por teléfono, dialogó con la pareja de Sosa, Ana, y emocionó al ex jugador recordando viejos tiempos. También Ricardo Gareca, Futbolistas Argentinos Agremiados, Independiente y Argentinos Juniors se manifestaron con la intención de ayudarlo.

FUENTE: INFOBAE

domingo, 5 de julio de 2020

PARA NUNCA MÁS OLVIDARLOS

LOS FAMOSOS "SACACHISPAS"

La nostalgia a veces mueve más que cualquier ciencia.



El Museo posee un juego de botines Sacachispas, con su caja verde y todo.
Este calzado infantil era de  tela, y se suponían impermeables. Invariablemente negros, eran uno de los regalos más frecuentes en la década del 60 al 70. Muchos se quejaban de su extrema rigidez, sobre todo después de secarse al lavarlos. Otros los alababan por su calidad y resistencia. Se dejaron de fabricar a principios del los 80, según nos han comentado.


Los Sacachispas, o “los Saca” como se les solía decir, entraban en la categoría de “sucedáneos”, de imitaciones. Imitaban botines profesionales.
No eran exactamente botines de fútbol, sino zapatillas de tela, con puntera de goma (luego plástica) con tapones fundidos en la misma suela y un vistoso protector de tobillos circular – a todas luces insuficiente- que le daban un aire muy deportivo. Allí estaba, impresa, la marca. 


Ésta era también vistosa, porque “Sacachispas” era un buen hallazgo para una marca, y la H era un arco de fútbol, donde se estrellaba una pelota.


La marca provenía de un club de fútbol de Villa Soldati, fundado en 1948 por Eduardo Lorenzo (padre), Borocotó. A su vez, este nombre proviene de un ciclista amigo del fundador. Participó en los torneos Evita, su escudo y camiseta era lila y blanca, y era todo un símbolo, porque esos colores eran de una flor que crecía en los potreros. Sacachispas aún existe, y juega en Primera C. Equipo muy vinculado al fútbol politizado de los 50, en 1953 se estrenó una película de ese nombre, dirigida por el mismo Borocotó. Otros clubes latinoamericanos llevan ese nombre también.


Volviendo a Los Saca, debemos tener en cuenta que los botines auténticos eran caros. Eran artículos profesionales o casi, cuya compra era esporádica, o bien se fabricaban a medida para las instituciones (aunque se dice que el Beto Alonso jugó en el Shea Stadium de Nueva York contra el famoso Cosmos de Pelé, usando las zapatillas Flecha). Los más conocidos en el barrio eran los Sportlandia.
También había una "contra": eran un calzado para adultos.


Así que Los Saca suplantaban el botín profesional, daban un aire deportivo al juego, y los chicos tenían "sus" botines, sus primeros botines.
Pero no todos podían comprarlos.


En los picados y partiditos de baldío, los usuarios de Los Saca eran algunos, no todos, ya que eran bastante caros.


Los Saca eran parte de un equipo al que el niño aspiraba. Las camisetas en los picados eran variopintas en general, y cada uno trataba de ponerse la de su club. No era raro que para el cumpleaños, el pibe recibiera “el equipo” de Central o Ñuls, y lo usara apenas tuviese la oportunidad, así que  la identificación era exclusivamente nominal, y se sabía quién jugaba en cada equipo por el nombre del jugador, porque había camisetas de todos los cuadros o colores, incluso se jugaba sin ellas, por el calor o porque formaban el arco.


Junto con la camiseta y la Nº 5, venían los Sacachispas,  lo que a veces provocaba un memorable orgullo infantil.
El calzado era fabricado por Alpargatas, una tradicional fábrica de zapatillas de tela con suela de goma o yute, que además confeccionaba muchas variedades de textil, como sogas, lonas y lonetas.
El diseño estaba basado en los contrastes de negro con blanco.




Los cordones, las cordoneras, la banda lateral y la protección tobillera eran blancos. La suela, fundida, tenía moldeados los tapones.


Este diseño no impidió modificaciones con el tiempo. Originalmente los tapones eran poco sobresalientes, y según se comentaba (al calor del partido) no servían de mucho. La punta, roma y plana, “patinaba” a veces en el pasto o bien se “clavaba”, ocasionando risueños derrapes infantiles y no pocas torceduras. Se solía decir incluso que si se utilizaban con demasiada frecuencia, la goma se ablandaba, y los tapones sobresalían hacia el interior… A fines de los 60 se trataron de modernizar, con una línea más parecida a las zapatillas de basket. Los tapones no estaban puestos de forma seriada, como en los profesionales, sino como tacos alternados, largos y cortos, suponiendo que así "cortaban" la corrida y aferraban mejor al pasto o al barro.


Se reemplazó la tradicional caja verde manzana, por otra más lisa y profesional, de color naranja, el color "pop", de moda en los 60. Se añadió una estrella con una pelota inscripta. 


Surge entonces su slogan radial, que se propalaba a veces en las canchas: Un gol de media cancha, con botines sacachispas...


También se intentó modificar el público destinatario, diciendo: Dése el gusto de jugar con tapones, dirigiéndose así a los más grandes. Pero Los Sacachispas estaban ya muy vinculados con el deporte barrial infantil, con el potrero y los pelotazos en la vereda o el patio. Los chicos esperaban, a los cinco o seis años, el regalo de sus botines, generalmente de parte del padre fanático o el tío "canchero" y ya con barriga...


La difusión de este calzado tan popular atrajo, naturalmente, la competencia.



A principios de los 70, se empezaron a fabricar los Fulvencito, botines muy similares a los Sacachispas, al menos en su propósito. La fábrica Fulvence era ya bastante antigua, y por lo tanto poseía más experiencia en calzado profesional, a diferencia de Alpargatas. En los 70 eran ya una marca alternativa fuerte.


Los Fulvencito eran estéticamente más modernos, puesto que imitaban los botines profesionales, y en especial a los botines Adidas. Apostaban al contraste también, pero carecían de protección tobillera, y tenían tres tiras decorativas o “chevrones” invertidos, que en realidad poseen la (remota) función de impedir tajos en la tela al pelotear de costado. Tenían su boca acolchada, sumando comodidad.



Además, estaban hechos de cuerina de color negra o marrón, lo que le daba otra apariencia más moderna, profesional y seria, o sea, menos infantil.
Justo lo que buscan los chicos de todas las épocas: parecerse a los adultos.


Por supuesto, los bandos se dividieron, y aparecieron fanáticos de uno u otro producto.
Los usuarios de Los Saca argumentaban la resistencia de sus botines; los que calzaban Fulvencito, de la elegancia y modernidad de sus preferidos. Los bandos se separaron: por un lado estaban los “grasas”, que usaban Sacachispas, y jugaban en el barrio, en potreros y baldíos
Por el otro los “chetitos” que calzaban los Fulvencito y jugaban en un club...
Con la llegada de la importación, después de 1977, y con el entusiasmo del Mundial 78, se volvieron mucho más accesibles los botines profesionales.
Comenzó una demanda por el artículo original, importado, auspiciada por el dólar barato.



La industria nacional trabajaba para competir, pero era muy difícil. Todavía se recuerdan los botines Interminables y su publicidad de 1975, donde el Ratón Ayala (de forma algo pétrea) aseveraba que En Europa no se consiguen... tratando, desde la publicidad, de jerarquizar los comercialmente efimeros timbos como producto nacional.


Adidas sobre todo – pero también Topper - para esa época comenzó a difundirse en casas de deportes. Inicialmente se comercializaron zapatillas para todo uso. Las famosas Adidas New York se convirtieron en un artículo muy deseado; en las casas de deportes se vendían los modernísimos jogging (ropa para correr) y pelotas profesionales, como la Tango, la del Mundial 78. Los chicos comenzaron a desdeñar la pelota Pulpo de goma rayada roja y amarilla, y los más fanáticos aspiraban a la Número 5 del mundial.



Esas modificaciones comerciales hicieron que ya en los 80 la producción de Sacachispas cayera. Si bien no poseemos fechas precisas, a fines de los 80 ya eran un recuerdo grato de los jóvenes de ayer. Alpargatas ya no produjo sus Sacachispas.
Fulvence – empresa que fabricaba los Fulvencitos- continuó con una producción de calzado deportivo profesional y semi profesional. Los Fulvencito no se fabricaron más, siendo reemplazados por calzado deportivo Fulvence para niños, como un rubro menor, que reproduce directamente el calzado para adultos. No se produce un producto específico y diferente, sino una sola línea de productos que responde a las diferentes edades.


Hoy, se estudia relanzar los Fulvencito como una versión retro, o lo que es lo mismo, venderlos como una forma de consumo diferente.


Pero los Sacachispas no volvieron a ser usados como un calzado deportivo “inaugural”.
Este tipo de productos, que trataba de reemplazar en el consumo a otro producto – un botín profesional - dio muy buen resultado por mucho tiempo, casi tres décadas.
Con la masividad de la producción los reemplazos se configuraron como imitaciones burdas e innecesarias en la mentalidad del comprador moderno.
Gracias al cambio monetario, se podía alcanzar el producto original importado, y comprar una imitación comenzó a estar mal visto desde una perspectiva consumista.


Esta perspectiva implica que no se jugará bien si no se posee un equipo adecuado, elementos de calidad, de marca y auténticos. Independientemente de las cualidades deportivas del comprador, claro.


Hay una verdadera carrera "por lo que debe comprarse”, aunque a veces sea económicamente imposible para el bolsillo menos provisto.
Y hoy por desgracia muchos chicos también creen eso: que el talento reside en las cosas. Lo importante hoy es lo que se compra.  
Aunque el pibe sea un patadura.



FUENTE: MUSEOREFINERIA.BLOGSPOT.COM






sábado, 4 de julio de 2020

HISTORIAS QUE MERECEN SER LEÍDAS

LA GRAN HISTORIA DE CLAUDIO "NOVILLO" GARCÍA 

Cuen­tan que ese sec­tor de la tri­bu­na Fie­so­le se ha­bía trans­for­ma­do en un lu­gar de cul­to den­tro del es­ta­dio Ar­te­mio Fran­chi. To­da­vía no ha­bía lle­ga­do a la in­creí­ble ci­fra de 182 go­les en nue­ve tem­po­ra­das con la ca­mi­se­ta de la Fio­ren­ti­na, pe­ro Ga­briel Ba­tis­tu­ta ya te­nía una es­ta­tua de bron­ce en su ho­nor, a la que los ti­fo­si ren­dían ho­me­na­je. “Gue­rre­ro ja­más do­ma­do, du­ro en la lu­cha, leal en el áni­mo…”, se leía, en la len­gua del Dan­te, de­ba­jo del mo­nu­men­to.



A esa al­tu­ra de su ca­rre­ra ita­lia­na, el Rey León te­nía so­bre su es­pal­da un as­cen­so, una Co­pa de Ita­lia y una Su­per­co­pa con los co­lo­res de la Fio­re. Clau­dio Gar­cía lle­va so­bre el lo­mo más de 200 go­les y cua­tro as­cen­sos con la ca­mi­se­ta de Hu­ra­cán de Tres Arro­yos, y aun­que mo­men­tá­nea­men­te no tie­ne mo­nu­men­to per­so­nal, los hin­chas no du­dan en ren­dir­le ho­me­na­je. “Va­rios han di­cho ha­gá­mos­le una es­ta­tua, pe­ro me pa­re­ce que no co­rres­pon­de. Se­ría de­ma­sia­do. Con el agra­de­ci­mien­to de los di­ri­gen­tes y con el he­cho de ha­ber co­la­bo­ra­do con tan­tos go­les, pa­ra mí ya es­tá”, sos­tie­ne el No­vi­llo, pie­za fun­da­men­tal en el arri­bo del Glo­bo a Pri­me­ra. En ver­dad y pa­ra ser jus­tos, pie­za fun­da­men­tal en el as­cen­so al Ar­gen­ti­no B, aPa­re­ce sa­ca­do de una fá­bu­la, pe­ro Gar­cía arran­có con Hu­ra­cán en la Li­ga de Tres Arro­yos ha­ce ca­tor­ce años y en po­co tiem­po se da­rá el lu­jo de ju­gar en la A con su club de to­da la vi­da. El de­lan­te­ro fue par­tí­ci­pe vi­tal de una erup­ción que des­de la cam­pa­ña 97/98 al­can­zó di­men­sio­nes vol­cá­ni­cas y arra­só con to­do a su pa­so.

A los trein­ta y cua­tro años, es­te te­mi­ble ata­can­te, que ano­tó vein­te go­les en la úl­ti­ma tem­po­ra­da y que es el má­xi­mo ar­ti­lle­ro de la ins­ti­tu­ción por en­ci­ma de Car­los Va­re­la y Jo­sé Ra­món Pa­la­cio –el pa­dre de Ro­dri­go–, lo­gra­rá al­go que no se ha­bía ani­ma­do si­quie­ra a so­ñar cuan­do a los die­ci­nue­ve años de­sem­bar­có en Tres Arro­yos des­pués de ju­gar en Alum­ni, de Oren­se, y Hu­ra­cán, de Ne­co­chea, que lo ven­dió por só­lo “15 mil pe­sos”. “Yo de­fi­no to­do es­to así: va­lió la pe­na el es­fuer­zo de tan­tos años. Es­tar en una ins­ti­tu­ción con la mis­ma gen­te, ha­ber­me ban­ca­do tan­tos par­ti­dos, tan­tos via­jes, tan­tas con­cen­tra­cio­nes me pro­du­ce un or­gu­llo enor­me. El mío es un ca­so atí­pi­co. Hay que re­co­rrer la his­to­ria pa­ra en­con­trar un ju­ga­dor que ha­ya ju­ga­do en to­das las ca­te­go­rías con el mis­mo equi­po. Yo me con­si­de­ro un pri­vi­le­gia­do y soy un agra­de­ci­do al club y a la ciu­dad que me apo­ya en to­do sen­ti­do. So­mos un gru­po de ju­ga­do­res hu­mil­des que es­ta­mos jun­tos des­de ha­ce seis, sie­te años, y el fút­bol nos re­co­no­ció”, afir­ma el No­vi­llo, apo­do que no le gus­ta y que he­re­dó de un ha­bi­tan­te de Oren­se al cual se pa­re­cía.

Di­cen que la unión ha­ce a la fuer­za, y ahí ve Gar­cía la cla­ve de es­te éxi­to. “El club acer­tó en dar­les mu­cha con­fian­za a los ju­ga­do­res. No­so­tros te­ne­mos mu­cho mé­ri­to en los as­cen­sos de Hu­ra­cán. So­bre to­do en la épo­ca del Ar­gen­ti­no B. Acá se dio la con­jun­ción de que los di­ri­gen­tes de­ci­die­ran man­te­ner a ocho o nue­ve ju­ga­do­res, y que és­tos ha­yan res­pon­di­do con ren­di­mien­tos ex­traor­di­na­rios. El equi­po prác­ti­ca­men­te jue­ga igual des­de ha­ce cin­co años. Tie­ne un es­ti­lo ofen­si­vo lla­ma­ti­vo. Tra­ta­mos de ju­gar bien. Pa­ra los que nos gus­ta es­te fút­bol, es un es­pec­tá­cu­lo. Va­mos siem­pre al fren­te. Ade­más, una vez que as­cen­di­mos a la B Na­cio­nal, Eduar­do An­zar­da nos dio mu­chí­si­ma con­fian­za. El tie­ne su par­te en es­te lo­gro”.

Tiem­po de fes­te­jar, de dis­fru­tar, de re­cor­dar con una son­ri­sa aque­llas épo­cas de go­les im­por­tan­tes en can­chas sin pas­to y con alam­bra­dos caí­dos. “Cuan­do em­pe­cé, en al­gu­nos as­pec­tos éra­mos to­tal­men­te ama­teurs. Pa­ra ju­gar via­já­ba­mos muy so­bre la ho­ra, por ahí cua­tro ho­ras an­tes del par­ti­do, y se te ha­cía com­pli­ca­do. Ade­más, las can­chas en ge­ne­ral eran ma­las. Me pa­só de ju­gar en es­ta­dios en los que pa­ra en­trar tu­vi­mos que ha­cer una cua­dra y me­dia ca­mi­nan­do con el ba­rro has­ta las ro­di­llas y con bo­tas de go­ma, por­que el mi­cro no po­día ac­ce­der. Eso fue en For­mo­sa, pe­ro he­mos re­co­rri­do ca­da can­cha que no sé có­mo es­ta­ban ha­bi­li­ta­das. Y es­to pa­só en un Ar­gen­ti­no B, no es que era una li­ga lo­cal”, re­cuer­da.

Si bien lle­va al Glo­bo en la san­gre y en el trans­fer, du­ran­te su ca­rre­ra re­ga­ló ale­grías en otros equi­pos. “Lo que pa­sa es que cuan­do Hu­ra­cán ter­mi­na­ba de ju­gar o que­da­ba afue­ra del tor­neo, me iba a prés­ta­mo a otro club que se­guía par­ti­ci­pan­do, pa­ra no per­der rit­mo”. Las son­ri­sas más agra­de­ci­das se vie­ron en Al­mi­ran­te Brown, de Arre­ci­fes, equi­po con el que Clau­dio lo­gró el as­cen­so a la B Na­cio­nal, y en Al­do­si­vi. Jus­ta­men­te en el Ti­bu­rón mar­pla­ten­se vi­vió una ex­pe­rien­cia que de­mues­tra que al­gu­na vez dur­mió co­mo un pe­rro. “Una vez, en San­ta Fe, a Ser­gio For­tu­na­to, mi téc­ni­co, lo aga­rra­ron las pul­gas. Iba­mos a ju­gar con­tra Pa­tro­na­to y tu­vi­mos que cam­biar de ho­tel ur­gen­te”, re­cuer­da, ten­ta­do, Gar­cía, quien tam­bién tu­vo un pa­so de seis me­ses por el Real Jaén, en la Se­gun­da Di­vi­sión de Es­pa­ña.

Más allá de las ron­chas y de las pi­ca­du­ras del pa­sa­do, el de­lan­te­ro re­co­no­ce que, sin im­por­tar la ca­te­go­ría, la di­ri­gen­cia de Hu­ra­cán co­mun­men­te des­ti­na­ba di­ne­ro pa­ra al­gu­nos lu­jos, siem­pre de la ma­no de Ro­ber­to Bot­ti­no, fi­gu­ra em­ble­má­ti­ca que ma­ne­jó los des­ti­nos del fút­bol del club por más de 50 años. “En el Ar­gen­ti­no B via­já­ba­mos en avión, mi­rá qué de­ta­lle”, re­cuer­da. Aquel Fok­ker F28 era el en­car­ga­do de tras­la­dar el plan­tel a For­mo­sa, Tre­lew y Co­mo­do­ro Ri­va­da­via. Has­ta que un día no lo uti­li­za­ron más, por suer­te. “El avión es­ta­ba bas­tan­te bien, no sé qué des­per­fec­to ha­brá te­ni­do, pe­ro ex­plo­tó y se vi­no aba­jo en un via­je a Men­do­za, a los dos me­ses que lo de­ja­mos de usar. Al prin­ci­pio es­tá­ba­mos sor­pren­di­dos. Es cier­to, no era una ae­ro­lí­nea, no te­nía lu­gar pa­ra mu­chas per­so­nas y ha­cía un rui­do bár­ba­ro; ca­da vez que íba­mos a Tre­lew o a Co­mo­do­ro se mo­vía to­do, pe­ro igual nos sor­pren­dió. Me acuer­do de que el más ca­gón era Iz­quier­do. Cuan­do po­día za­far, se iba en au­to diez ho­ras an­tes con una fa­mi­lia ami­ga. Igual, pa­ra mí era me­jor. Si vo­la­ba an­da­ba con vó­mi­tos, y yo que­ría que ju­ga­ra bien”, re­me­mo­ra.l Ar­gen­ti­no A, a la B Na­cio­nal…

Y aun­que el en­gan­che pre­fe­ría no vo­lar, en la can­cha el equi­po le da­ba ca­lor a un Glo­bo que apro­ve­cha­ba esos on­ce hu­ra­ca­nes pa­ra se­guir su­bien­do. Y tan­to su­bió que se ol­vi­dó de los tor­neos re­gio­na­les y em­pe­zó a mi­rar a to­do el país. Siem­pre des­de lo al­to. Se en­con­tró con vien­tos fríos que le im­pi­die­ron ga­nar al­tu­ra más rá­pi­do. En la tem­po­ra­da 2001/2002, La­nús le qui­tó sus sue­ños de pro­mo­ción y, en la úl­ti­ma cam­pa­ña, Al­ma­gro lo fre­nó en la fi­nal por el se­gun­do as­cen­so. Pe­ro no se que­dó es­tá­ti­co por mu­cho tiem­po. Con la guía del ca­pi­tán Gar­cía en­te­rró las po­quí­si­mas frus­tra­cio­nes y an­te Atlé­ti­co de Ra­fae­la al­can­zó la es­tra­tos­fe­ra. “Soy un agra­de­ci­do. La chan­ce de ju­gar en Pri­me­ra me lle­gó a los trein­ta y cua­tro años, pe­ro no me da bron­ca, al con­tra­rio. Yo em­pe­cé a ser pro­fe­sio­nal re­cién a los vein­te y nun­ca se me ocu­rrió ir a pro­bar­me a un club gran­de. To­ma­ba al fút­bol co­mo una di­ver­sión. No ima­gi­na­ba vi­vir de es­to. Sin em­bar­go, en Hu­ra­cán cre­cí co­mo per­so­na y co­mo fut­bo­lis­ta. Fue lo me­jor que me pa­só y por eso siem­pre me que­dé. La ver­dad es que con mi fa­mi­lia es­ta­mos muy có­mo­dos en Tres Arro­yos. Y si no hu­bie­ra te­ni­do la suer­te de lle­gar a la A, igual es­ta­ría agra­de­ci­do. Pa­ra mí lo me­jor es ju­gar y ser fe­liz. Me lo to­mo así”, con­fie­sa Clau­dio, quien des­de que arri­bó al Glo­bo vi­vió del fút­bol, aun­que eso no le im­pi­dió de­di­car­se a la api­cul­tu­ra co­mo se­gun­da ac­ti­vi­dad.

Hu­mil­de y dis­pues­to a dis­fru­tar del via­je a las es­tre­llas, Gar­cía prio­ri­za el bie­nes­tar del club por so­bre el pro­pio. “Mi sue­ño es po­der ver a Hu­ra­cán con­so­li­da­do en Pri­me­ra por mu­chos años. Hay que me­jo­rar en va­rios as­pec­tos, por­que cuan­do cre­cés tan rá­pi­do mu­chas co­sas te su­pe­ran. Mi idea es cul­mi­nar la ca­rre­ra lo me­jor po­si­ble, ju­gar has­ta que con­si­de­re que pue­da ser útil, por­que cuan­do se­pa que no es así voy a ser el pri­me­ro en dar un pa­so al cos­ta­do. Y el día que de­je de ju­gar voy a apor­tar lo mío pa­ra que el club crez­ca. En­tre­na­dor ya soy des­de el año pa­sa­do, así que me gus­ta­ría la­bu­rar en in­fe­rio­res y re­clu­tar ju­ga­do­res de la zo­na, que no es­tá bien ex­plo­ta­da. Ya he­mos pues­to a Ro­dri­go Pa­la­cio en Ban­field y a Die­go Trot­ta en Es­pa­ña y po­de­mos más. Hoy so­mos el me­jor club de la pro­vin­cia, en­ton­ces los chi­cos ten­drían que ver a Hu­ra­cán co­mo una gran al­ter­na­ti­va. Coor­di­na­dor ge­ne­ral de la ins­ti­tu­ción es un car­go que me gus­ta­ría po­der ocu­par en el fu­tu­ro”, con­fie­sa el Gor­do, co­mo lo apo­dan sus com­pa­ñe­ros.

An­te una ca­ma­da de ju­ga­do­res que, sin ha­cer dis­tin­ción de ca­te­go­ría, pe­leó to­dos los tor­neos que ju­gó en las úl­ti­mas sie­te tem­po­ra­das, la pre­gun­ta apa­re­ce por sí so­la.

–¿Qué les im­pi­de so­ñar con es­tar en la pe­lea por ser cam­peo­nes?
–No sé si va­mos a po­der es­tar en la lu­cha por­que en Pri­me­ra hay otra ca­te­go­ría. Oja­lá po­da­mos ver a un equi­po co­mo el nues­tro pe­lear los pri­me­ros lu­ga­res. Al­go es se­gu­ro, el es­ti­lo de jue­go y la his­to­ria fut­bo­lís­ti­ca va a ser la mis­ma. La co­lum­na ver­te­bral del equi­po la for­ma­mos más o me­nos los mis­mos ju­ga­do­res y por eso no creo que Eduar­do va­ya a cam­biar la idea. Hu­ra­cán va a pen­sar en ga­nar en cual­quier can­cha del país.

No es cues­tión de gas­tar a cuen­ta, pe­ro no es­ta­ría mal com­prar al­go de bron­ce…

HURACAN TE “ARROYA”


En sie­te tem­po­ra­das, el equi­po de Tres Arro­yos con­su­mó cua­tro as­cen­sos y lle­gó a Pri­me­ra. Y lo lo­gró con só­lo dos téc­ni­cos: Hu­go Te­na­glia y Eduar­do An­zar­da.

1997/98. Tras ganar el tor­neo de Tres Arro­yos se trans­for­mó en el re­pre­sen­tan­te de la li­ga en el Ar­gen­ti­no B.

1998/99. Jue­ga su pri­me­ra tem­po­ra­da en el Ar­gen­ti­no B con Clau­dio Gar­cía (29 goles en 30 partidos), Di Croce, Iz­quier­do, Quin­ta­na, Gue­va­ra y los her­ma­nos Dra­go­je­vich co­mo ju­ga­do­res cla­ves. As­cien­de al Ar­gen­ti­no A y par­ti­ci­pa de un he­xa­go­nal fi­nal pa­ra su­bir di­rec­ta­men­te a la B Na­cio­nal. Ter­mi­na ter­ce­ro y co­mo as­cien­den los dos pri­me­ros se que­da sin la chan­ce de su­bir dos ca­te­go­rías en una tem­po­ra­da.

1999/00. En el Ar­gen­ti­no A, que em­pie­za en ene­ro de 2000, García marca 21 goles en 22 partidos. Huracán igua­la el primer puesto con Ge­ne­ral Paz Ju­niors, pe­ro se que­da en la di­vi­sio­nal por di­fe­ren­cia de gol.

2000/2001. A fi­na­les del año 2000 arran­ca el tor­neo. Tras una gran cam­pa­ña con­si­gue el as­cen­so a la B Na­cio­nal. Gar­cía ano­ta 18 go­les en 23 par­ti­dos.

2001/2002. Jue­ga en la B Na­cio­nal por pri­me­ra vez y con An­zar­da en el ban­co se cla­si­fi­ca a la Pro­mo­ción por el as­cen­so a la A, pe­ro pier­de la chan­ce an­te La­nús.

2003/2004. Ter­mi­na pri­me­ro en la ta­bla ge­ne­ral de la tem­po­ra­da y con­si­gue dos chan­ces pa­ra su­bir. Pier­da la pri­me­ra an­te Al­ma­gro, pe­ro alcanza el ob­je­ti­vo tras ven­cer a Atlé­ti­co de Ra­fae­la en la Pro­mo.

Por Marcelo Orlandini (2004)
Fotos: La Voz del Pueblo
Fuente: "El Gráfico"

miércoles, 1 de julio de 2020

DE A CUATRO DESDE LA DEFENSA

VICTORIO SPINETTO Y PEDRO LARRAQUY

Victorio Spinetto y Pedro Larraquy. Defensores goleadores. Existen muchas coincidencias entre ellos. Ambos quedaron marcados a fuegos vistiendo la camiseta de Vélez Sársfield. Dueños de un récord singular: son los únicos defensores en la historia de nuestro fútbol que marcaron cuatro goles en un encuentro.

Victorio fue el primero en lograr la hazaña. Fue el 17 de octubre de 1937. Aquella tarde Velez recibió a Chacarita Juniors en Basualdo 436. La tricolor se puso en ventaja 2 a 0, goles convertidos por César Roggero y Alberto Palomino. Spinetto fue el alma de una remontada espectacular. Apenas comenzó la segunda etapa colocó un tiro libre en el ángulo. 1-2. Diez minutos después igualó en un entrevero en el área funebrera. Minutos mas tarde, el delirio: de palomita marcó el 3 a 2. El delantero Oscar Barralía convirtió el 4 a 2. Sobre la hora, Spinetto rubricó su tarde gloriosa marcando el quinto gol de su equipo, el cuarto de su cosecha personal.
Casi 44 años después de la hazaña de Spinetto, otro defensor velezano igualó su récord. Aquella noche del 30 de septiembre de 1981, Vélez Sársfield goleó 5 a 0 a Gimnasia y Tiro de Salta con cuatro goles convertidos por Pedro Omar Larraquy.
Víctorio Luis Spinetto nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1911. Fue un símbolo velezano. Debutó en el fútbol grande vistiendo la camiseta de Platense, año 1932. Esa misma temporada pasó a Vélez Sársfield. Allí jugó 210 partidos, marcando 45 goles hasta 1940, con un breve paso por Independiente en 1938. Dueño de una personalidad avasallante. Entrenador y formador de jugadores, fue quién moldeó a Diego Pablo Simeone en las inferiores velezanas. Falleció el 28 de agosto de 1990, a los 79 años.
Pedro Omar Larraquy, fue un símbolo del club de Liniers. Nació en Buenos Aires el 13 de junio de 1956. Debutó en 1975. De excelentes condiciones técnicas y notable olfato goleador. Hasta 1987, cuando pasó a San Lorenzo, jugó 455 partidos, señalando 82 goles. Hasta la aparición de Fabián Cubero fue el jugador que más partidos disputó con la V azulada.
Por Carlos Aira (info@xenen.com.ar)

"HISTORIAS QUE VALEN LA PEENA CONOCER"

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