domingo, 26 de abril de 2020

LA DURA INFANCIA DE SCOTTIE PIPPEN

EL HOMBRE QUE VIVIÓ BAJO LA SOMBRA DE MICHAEL JORDAN


“Cuando alguien hable sobre Michael Jordan, también hablará de Scottie Pippen”

Esa frase la dijo ni más ni menos que el histórico número 23 de los Chicago Bulls. Porque Jordan reconoce el valor que tuvo Pippen en su construcción como el mejor de todos los tiempos. Sin su ayuda, posiblemente el hoy famoso The Last Dance, aquella última temporada que terminó con el sexto título en la carrera de ambos en la NBA, no hubiera tenido el mismo desenlace para la serie documental que ya se transformó en un éxito en todo el mundo.
La vida de Pippen fue casi tan increíble como un buen guión de una película de Hollywood. A mitad de la década del 60, mientras Martin Luther King era un emblema de la lucha contra el creciente racismo en los Estados Unidos, Scottie fue el nombre que Ethel y Preston eligieron para uno de sus 12 hijos. En Hamburgo, Arkansas, una zona rural en el centro oeste del país, aquel joven tuvo que hacerle frente a una cruda infancia.
“Una noche, mientras estábamos cenando, mi papá se desplomó frente a su plato de comida”, relató Scottie en el primer capítulo del documental que lo tiene como uno de los protagonistas de la última temporada de los famosos Bulls. El mismo año que Pippen ingresó a la escuela secundaria, su padre sufrió un ACV que lo dejó postrado en una silla de ruedas por el resto de sus días. Es más, varios años antes de ese lastimoso hecho, uno de los hermanos del hombre que se convirtió en una figura de la NBA también había sufrido un accidente en el que quedó cuadripléjico.
La pérdida del único ingreso en la casa –Preston trabajaba en una papelera local– generó una situación económica inestable que acrecentó los problemas alimenticios de Scottie. A pesar de vivir en ese drama, aquel adolescente todavía soñaba con transformarse en un jugador de básquet profesional. Con ese objetivo pasaba todas las tarde jugando contra Ronnie Martin, su gran amigo, lo que le permitió mejorar año tras año y conseguir una particular beca para ingresar a la Universidad de Central Arkansas.
Gracias a la ayuda de su entrenador en el secundario Don Dyer, quien además fue su mentor y el que le enseñó todos conceptos que luego llevaría a la práctica en el más alto nivel, Pippen consiguió la oportunidad de estudiar educación industrial a cambio de ser el comodín del equipo de básquet universitario: además de ser el utilero, debería oficiar como el encargado de seguir las estadísticas de los jugadores para el coach.
Pero un giro del destino le dio la mano que necesitaba para ganarse su lugar. Primero, varios basquetbolistas del equipo terminaron despidiéndose de la universidad. Segundo, a lo largo de su estadía en Central Arkansas creció 31 centímetros: pasó de ser más bajo que su propia madre a tocar los 2.03 metros. La mejoría en sus condiciones atléticas, sumado a un estricto plan para desarrollar la masa muscular perdida durante su niñez, fue una parte vital para que Pippen diera el salto a la NBA.
En el draft de 1987, Scottie fue elegido en la quinta posición por Seattle, pero el plan para que se sume a los renacientes Bulls fue ideado por el malo de la película en The Last DanceJerry Krause. Él fue quien hizo efectivo un cambio y, minutos después que Pippen se pusiera la gorra del Supersonics, se enteró que debería viajar a una ciudad que ya había elegido a su nuevo rey.
Una vez que Pippen desembarcó en los Bulls, la química con Jordan se dio naturalmente. Chicago pasó de clasificar con lo justo a los playoffs a ser el tercer mejor equipo de la Conferencia del Este con 10 victorias más que la temporada previa. Es más, MJ se liberó de la presión de ser el único que podía conducir a la franquicia y explotó con un 1988 superlativo: fue elegido por primera vez el jugador más valioso de la NBA, ganó el premio al mejor defensa del año, el MVP del Juego de las Estrellas y terminó como el máximo anotador de la liga con un promedio de 32.5 puntos por juego.
Pero a pesar de que el dúo dinámico entre Jordan y Pippen ya daba sus frutos, el gran obstáculo en la carrera ganadora de ambos los detuvo en la postemporada. Aquellos Detroit Pistons, los inolvidables Bad Boys, con Isiah Thomas, Joe Dumars y un joven Dennis Rodmanfrustraron a los Bulls durante tres temporadas consecutivas.
Fue en esa época donde el número 33 de Chicago sufrió la muerte de su padre y comenzó a tener problemas fuera de la cancha con cada una de sus parejas. Con su primera esposa Karen McCollum tuvo a su primogénito que llamó Antron. Luego de separarse volvió a casarse, esta vez con Yvette Deleone. Quien fuera su segunda esposa llegó a acusarlo de maltrato al mismo tiempo que, mientras daba a luz a su segunda hija Sierra, Pippen mantenía una relación extramatrimonial con una modelo.
A los pocos meses, Pippen recibió una demanda de paternidad de parte de la modelo Sonya Roby: había nacido su tercera hija, Taylor, a quien el basquetbolista nunca quiso conocer, por lo que arregló una manutención mensual con esa condición. “Nunca tuve relación con ella o con su madre. Cometí un gran error y tuve que seguir con mi vida”, dijo el alero en una entrevista a la famosa revista deportiva estadounidense Sports Illustrated sobre la decisión que tomó con una de sus hijas, que se transformó en jugadora profesional de voleibol.
Los años pasaron y, después de tantas penurias, llegó la hora de celebrar para Pippen y Jordan. Tras superar ese obstáculo que fueron los Pistons, Chicago se transformó en tricampeón de la NBA. En el durante, las estrellas de los Bulls viajaron a Barcelona para jugar los Juegos Olímpicos de Barcelona con el primer y recordado Dream Team que ganó el oro y dejó su huella marcada en la historia del movimiento olímpico.
Hasta que la historia tuvo un giro inesperado. El 6 de octubre de 1993, Jordan anunció su retiró de la NBA, meses después del brutal asesinato de James, su padre. A partir de ahí, los Bulls de Jordan pasaron a ser los Bulls de Pippen, que se puso el equipo al hombro y ratificó a Chicago como un contendiente al título de la liga. Desafortunadamente para él y el resto de sus compañeros, la ilusión se terminó en el medio de los playoffs. A la temporada siguiente y mientras MJ intentaba jugar al béisbol, su amigo nunca dejó de invitarlo para que regresara a su gran amor.
Así fue que Michael escribió el comunicado más corto y contundente de la historia en marzo de 1995. “I’m back”, fue el fax que recorrió todas las redacciones y estudios de televisión del mundo, el mismo escrito que confirmó la vuelta de Jordan a la NBA. Chicago no fue contendiente al título en ese año, pero la dupla tomó fuerzas y la temporada siguiente mandó un mensaje claro: ganaron 88 partidos y sólo perdieron 13, consiguieron el mejor récord de la historia en la fase regular –luego superado por los Golden State Warriors en 2016– y ganaron el cuarto anillo. Pippen y Jordan de nuevo en la cima.
Después de volver a ser campeones en el 97, explotó la crisis interna en Chicago. El gerente general anunció públicamente que ese sería el último año del entrenador Phil Jackson. La dinastía de los Bulls estaba en juego y Pippen tomó una controversial decisión: eligió dejar pasar las vacaciones y se operó de una lesión en uno de sus tobillos justo antes del inicio de la temporada, enojado porque su contrato era el número 122 entre los jugadores activos en la NBA y el sexto entre los jugadores de la franquicia. Sí, el sexto “mejor pago”.
¿Qué sucedió con el contrato del segundo mejor jugador del mundo en aquella época? Antes del comienzo de la temporada 90-91, la del primer título con Chicago, Pippen firmó la renovación con los Bulls. Acordó una extensión de siete años a cambio de 18 millones de dólares, un buen salario en esos tiempos, pero que con la expansión global de la marca NBA con el correr de los años se convirtió en poco y nada. Enojado porque sólo cobraría poco menos de 3 millones de dólares, Scottie activó una bomba que estuvo a punto de explotar.
Las peleas con Jerry Krause se hicieron cada vez más frecuentes. “Hasta se insultaban frente a nosotros en el autobús”, dijo uno de los jugadores del equipo en los primeros dos capítulos de la serie documental. Los Bulls estuvieron a punto de traspasar a Pippen, pero sabían que Jordan no iba a dejar que eso sucediera. Tras un inicio complicado sin Scottie, una vez que el 33 regresó, todo volvió a la normalidad. Chicago superó a los Indiana Pacers en el juego 7 de las finales el Este y llegó a la sexta final en ocho años de la NBA. Otra vez frente a Utah Jazz, igual que 365 días antes. El resultado también fue el mismo al del año previo.
Una vez que se reprodujo la última secuencia del Último Baile, Pippen y Jordan tomaron caminos separados. El histórico 23 volvió a retirarse, mientras que su fiel ladero se mudó a Houston por una temporada y luego firmó un suculento contrato con Portland para asegurar su futuro. Las malas decisiones financieras pusieron en jaque su economía, pero logró reponerse. Lo mismo sucedió con su vida personal. En 1997 se casó con Larsa, su última esposa, madre de sus otros cuatro hijos: Scotty Jr., Sophia, Preston y Justin. Una década más tarde, luego de pedidos cruzados de divorcio, Scottie nuevamente quedó soltero.
Hoy, Pippen es analista de la cadena ESPN en los Estados Unidos, papel que sabe jugar frente al micrófono, de la misma forma que hacia cuando le tocaba defender tres posiciones diferentes en un partido o atacar el aro hasta volcarla sin piedad en contra de su adversario. Scottie es uno de los jugadores más importantes de la historia de la NBA que vivirá por siempre bajo la sombra de Jordan. Una que él mismo se encargó de construir. Porque más allá de los egos personales, para el inolvidable 33 de los Bulls haber compartido cancha con el histórico 23 fue un honor. Y así se lo dejó saber en su discurso cuando fue ingresado al Salón de la Fama del Baloncesto estadounidense.
“MJ, has tocado la vida de muchas personas, pero de ninguna como la mía. Gracias por haber sido el mejor compañero, siempre compartiré esos recuerdos y también nuestra amistad para siempre. Gracias”.
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sábado, 25 de abril de 2020

CON SANGRE CHARRÚA

CON LA MISTICA COPERA DE INDEPENDIENTE

Ricardo Pavoni nació el 8 de Agosto de 1943 en Montevideo, Uruguay.




Comenzó su carrera como profesional en Defensor de Montevideo. Estaba decidido en dejar su carrera como futbolista profesional, para dedicarse a ser "croupier" en un casino, pero una persona lo convenció para ir a Independiente.


Allí se consolidó como titular indiscutido, jugando como lateral por el sector izquierdo. Podría decirse que era perfecto para su sector, ya que era fuerte, marcaba bastante bien, salvó varios goles sobre la raya, era un goleador nato, poseía una excelente pegada, y logró anotar 57


Jugó durante 12 temporadas (entre 1965 y 1976) en un extraordinario nivel. Su figura vigorosa es recordada de una manera muy especial, ya que anotaba muchísimos goles, clavando zurdazos en el ángulo superior, de tiro libre o de jugada.


A la edad de 21, llegó al club de Avellaneda para suplantar al lesionado Tomás Rolan, un compatriota suyo que también era extraordinario.


Nadie hubiese imaginado que el "Chivo" haría olvidar a Rolan, y marcaría una etapa inolvidable en la historia de Independiente.


Pavoni conquistó en total 12 títulos con Independiente, y desde su retiro de la institución se dedicó a entrenar las divisiones inferiores.


Pavoni debutó en el "Rojo" el 24 de Marzo de 1965, en el partido que Independiente le ganó por 2 a 0 a Boca Juniors, en un partido por la Copa Libertadores.

Fue titular indiscutido también en la Selección Uruguaya de Fútbol, con la cual jugó en el Mundial de Alemania de 1974.


Títulos (todos con Independiente):
Campeonatos Nacionales:

1 Campeonato Nacional (1967)

2 Campeonato Metropolitano (1970 y 1971)


Copas Internacionales:

5 Copas Libertadores (1965, 1972, 1973, 1974 y 1975)

1 Copa Intercontinental (1973)

3 Copas Interamericanas (1973, 1974 y 1976)

jueves, 23 de abril de 2020

LA HISTORIA DEL "GUSANO"

DE LA FAMA AL OCASO LA HISTORIA DE "DENNIS RODMAN"


Es una noche de 1993 y la policía de Detroit encuentra un auto en la soledad del estacionamiento de un hotel de la ciudad. Cuando abren la puerta se topan con la estrella de los Pistons. Morocho, con su metro noventa y seis tatuado de punta a punta, y piercings en los orificios de sus fosas nasales: Dennis Rodman duerme abrazado a un arma. "Escribí una nota y me fui al coche que estaba aparcado en el parking del Palace. Tenía una pistola y la puse en mi mano. Por alguna razón, antes de apretar el gatillo o hacer cualquier cosa, puse música. En la radio sonaban ‘Even Flow’ y ‘Black’ de Pearl Jam. Tenía el arma a mi lado, a punto de darme un tiro, pero empecé a relajarme con la música y me quedé dormido. El próximo recuerdo es que desperté rodeado de policías. Entonces me di cuenta que no me había traicionado la NBA. Creía estar deprimido por eso. Había llegado hasta allí porque sentía una necesidad enorme de ser amado”. Aquella, fue la noche que Pearl Jam salvó la vida de Dennis Rodman.

NUNCA MARIPOSA, SIEMPRE GUSANO
Los que siguieron los rastros del Gusano hasta estos, sus años de ostracismo, juran que han sido tiempos duros y apenas le quedan quinientos mil dólares: “Dennis Rodman está en bancarrota”. Pensar que hace casi tres décadas rechazó los 20 millones de dólares que le ofreció Madonna a cambio de que tuvieran un hijo juntos. “Me llamaba desde New York y me decía que fuera porque estaba ovulando. Entonces, me mandaba un jet privado adonde yo estuviera….”, contaba el basquetbolista. Pero ya iremos por ahí.
Suena raro asociar una cuenta de quinientos mil dólares a la bancarrota. Eso, para un humano cualquiera. En cambio, para un hombre que llegó a la cima de la NBA junto a Michael Jordan, Scottie Pippen y Phil Jackson, ganador de cinco anillos–sus primeros dos con Detroit Pistons, los últimos con aquellos históricos Bulls– y con una cuenta que hasta no hace tanto tiempo superaba los 24 millones de dólares, supone mirar el abismo desde cerca.
Mucho más, si hace diecinueve años que lucha contra las drogas (su última internación fue en 2017), y si atendemos las declaraciones de su agente después de que Rodman fuera demandado por no pagar ocho mil dólares correspondientes a un hijo extramatrimonial: “Debo admitirlo, Dennis es alcohólico”, fue la excusa que usó el representante del ex ala pivote de Detroit Pistons, San Antonio Spurs, Chicago Bulls, Los Angeles Lakers y Dallas Mavericks.
LA LOCURA DE UN BAD BOY
Vale aclarar que, en su adolescencia, nadie apostaba un dólar por Rodman. Por eso, es bueno mirar hacia atrás para entender la metamorfosis del Gusano.
Todo arranca en la cuna. Dennis fue el mayor de “veintiséis o veintiocho hijos”, una cifra que su padre, Philander JR. Rodman, nunca pudo precisar muy bien. Un árbol genealógico más que frondoso, aunque el ex basquetbolista apenas compartió la infancia con dos de sus hermanas en un condominio desarrollado por el Estado en Oak Cliff, una de las zonas más pobre de Dallas.
Y todo indica que por esas calles empieza la locura del Gusano. A los tres años, su padre ya lo había abandonado y se fue a Filipinas detrás de una mujer. Iba a ser la primera de otras quince que seguirían en fila y le darían esa cantidad de hijos indescifrable. Vale decir, algunas crónicas hablan de 44, aunque el dato más aproximado parece ser el primero.
DR creció con muy baja altura y una autoestima similar a su talla. Medía 1.68 y, paradójicamente, mientras sus hermanas eran las estrellas del básquet juvenil, él comía banco en todos los equipos en los que jugaba. Nadie confiaba en él. Ni siquiera su madre Shirley quien, cuando vio que la cosa no iba como quería, lo echó de su casa: “Me sacó dos bolsas de basura y me cambió la cerradura”, recordaba Dennis, que vagó las calles de Dallas durante dos años: “Hacía todo tipo de trabajos para sobrevivir y dormía en los porches de los vecinos”.
Siempre pensé que iba a terminar traficando drogas o muerto”, jura Rodman, que fue a trabajar al Forth Worth, el mega aeropuerto de la ciudad texana, aunque él veía un final claro: “Sentía que mi destino era la cárcel”.
¿Dónde se tuerce el destino? Algo parecido a lo que vivió su compañero de equipo, Scottie Pippen: a los 17, el cuerpo de Dennis pegó un estirón de 28 centímetros en doce meses. Entonces, todo cambia en un mundo sólo apto para gigantes. En esos días, lo invitan a un torneo y lo eligen MVP. La noticia llega a Oak Cliff y su madre ve una luz (y billetes) al final del túnel. Decide perdonarlo. “Volví a casa pero a los pocos días los entrenadores de Southern Oklahoma State llamaron a mi puerta y me ofrecieron una beca por tres años. Ni lo pensé. Metí todas mis cosas en bolsas de residuos y le dije a mi madre que no volvería hasta que pudiera vivir por mí mismo”.
VEINTIOCHO CENTÍMETROS PARA SOÑAR
Si en la Argentina un gran porcentaje de los futbolistas crecen en la calles de tierra de los barrios humildes, en los Estados Unidos la parábola es inversa: la NBA recluta sus jugadores desde las universidades. Y, en el caso de Rodman, todo se allanó cuando encontró una casa de estudios más interesada en formar atletas que ingenieros.
Southeastern Oklahoma es el trampolín al draft. Es el año 1986 cuando lo elige Detroit Pistons. Y Dennis llega a un equipo que, comandado por Isaiah Thomas, se plantea que ya no puede jugar al básquet sin rasparse los codos: “Tenemos que ser más sucios en cancha”, es el grito. Y qué mejor que un Gusano para eso. A su juego lo llamaron. A partir de allí, Thomas, Bill Laimbeer y Rodman se van a transformar en los Bad Boys de la NBA.
De a poco, a “The Worm” (El Gusano), “Dennis The Menace” (la amenaza, Dennis) o “el Loco Rodman” no tardó en transformarse en el encargado de hacer el trabajo sucio de la zona pintada del equipo. “Rodzilla” (también lo apodaban así) era capaz de “fajarse” abajo del aro con un animal de 2.15 y más de 140 kilos como Shaquill O´Neal, pero también de marcar a los mejores de la historia: Michael Jordan, Magic Johnson o Larry Bird. Tenía tanta confianza que, en una épica serie entre Pistons y Celtics, Rodman provocaba al rubio de Boston: “Larry Bird está sobrevalorado por ser blanco”. Era parte del juego del Gusano.
En los Pistons, Rodman consiguió su cartel de estrella. Primero, fue la pieza clave que convirtió aquel equipo anodino en la piedra más molesta del zapato de los grandes de la NBA. Y al tercer año (88-89) logró el anillo con el equipo. Cosa que repitieron en la temporada 89-90 donde además fue el mejor defensor de la liga. Y así sería hasta 1997 de manera consecutiva.
Cuando el equipo dejó de ganar y sus compañeros ya estaban para el retiro, Rodman abandonó al equipo en medio de una depresión muy grande. Fue allí que estuvo a punto de darse un tiro.
MADONNA, LOS BULLS Y HULK HOGGAN
Después de aquel fallido intento de suicidio en 1993, Rodman tiene un breve paso por San Antonio Spurs. Además de las detenciones por manejar alcoholizado y algún que otro show en los tribunales de Justicia, lo más ruidoso de aquellos días es que se conoce con Madonna.
Rodman tenía dos hijos (con los que, a la larga, repitió la historia que tuvo su padre con él) con su primera mujer, Michelle Moyer, varias denuncias por violencia y un par de perimetrales.
Y el amor con Madonna no fue muy distinto. Corría 1994 y eran una pareja explosiva para los medios. Hicieron una tapa para la revista Vibe que terminó en escándalo y nota fallida. La diva del pop quería un padre para sus hijos y lo hacía volar desde San Antonio en su jet privado: “Estoy ovulando”, era la batiseñal. Pero la semilla no prendía y, según Rodman, llegó a ofrecerle 20 millones de dólares para que le diera un hijo.
La cosa no anduvo y el embarazo recién llegaría cuatro años después, aunque de la mano de Carlos León, un preparador físico cubano. ¿Habrá cobrado los palos de Dennis?
Después sí, en 1995 entramos al high light de su carrera. Junto a Michael Jordan y Scottie Pippen forman uno de los mejores tríos de la historia: “Éramos el verdadero Big Three. El genuino. Nos queríamos mucho, había amor entre nosotros y no existía la envidia. Y así sigue siendo cada vez que nos vemos. Nosotros pusimos de nuevo a la NBA en el mapa a mediados de los 90”.
La historia es bastante conocida: Jordan se había retirado un tiempo del básquet por el asesinato de su padre (su cuerpo apareció misteriosamente en un riachuelo) y se había dedicado al béisbol donde no estaba ni cerca de ser algo parecido a un crack. Con su vuelta, Phil Jackson convoca a un Rodman que llegaba con más prejuicios que otra cosa. Pero el show sería total: el mejor de la historia (ese es Michael Jordan, claro), un Pippen glorioso (a pesar de los conflictos que fueron surgiendo por su bajo salario) y el mejor defensor de la NBA. Récord de victorias en la primera temporada juntos (en la fase regular), tres anillos consecutivos y el premio de mejor rebotero para Rodman en las tres temporadas. Con esas, sumó siete al hilo.
Hacia el fin de la temporada 97-98, se supo que el Big Three se separaba. Es que, Rodman ya hacía de las suyas. Ahora se le había dado por la lucha libre y decidió escaparte antes del cuarto partido de las finales -frente a Utah Jazz- a un combate con Hulk Hogan. De todas formas llegó a tiempo y los Bulls consiguieron el anillo. Lo más curioso fue que, tras esas series, el Gusano le ofreció una revancha a Karl Malone, pero esta vez en el ring. Es como si Rodman no hubiera sentido nostalgia por “El Ultimo Baile” (ese que muestra la nueva serie de Netflix) del mejor equipo de básquet de toda la historia.
“La única razón por la que no ganamos el cuarto título al hilo fue porque Mike pidió tantos millones que no se los quisieron pagar. Y el equipo se desarmó”, explicaba Rodzilla sin mencionar que los Bulls ni intentaron renovar su contrato. Ya lo veían más cerca de un show tipo Titanes en el Ring que del parquet. ¿Cuánto quería Jordan? Sesenta y seis millones de dólares.
¿Próxima parada? Los Ángeles, bien cerca de la meca del cine, donde él quería estar.
LA BARBIE Y EL GUSANO: ECHALE LA CULPA A MTV
“Si hubiera jugado en la época las redes sociales hoy sería jodidamente millonario. Fui el primero en tener cámaras de TV en mi casa 24 horas al día en un reality. Fui un innovador, pero no lo hacía por el dinero. Lo que quería era pasarlo bien, vivir mi vida y ser amado”, dice Rodman en un documental producido por ESPN y recordando su propio programa: Dennis Rodman Tour Show que salió por MTV. “Cuando fui a los Bulls, la NBA estaba muerta: Michael, Scottie y yo reinventamos este deporte”, jura el hombre que entiende que la liga lo castigaba económicamente por no tener un perfil NBA.
En la temporada 98-99 firma con los Lakers. Además de una celebridad del deporte, era toda una figura del mundo del espectáculo. Había filmado una película malísima con Jean-Claude Van Damme que le valió tres premios Razzies, algo así como un anti-Oscar a las peores actuaciones y producciones. Pero, ¡qué le importaba!, si por esos días apareció del brazo de Carmen Electra, una de las protagonistas de Baywatch.
Imaginen a esa rubia de escultura, ojos claros y un metros cincuenta y ocho, al lado de los desalineados casi dos metros de Rodman, con piercings por doquier y los pelos de colores. Lo cierto es que ese amor parece haber nacido por un mal momento emocional de la actriz: “Mi madre había muerto por un tumor cerebral y yo estaba en un momento de sensibilidad extrema”, contaba ella en el sillón de Oprah Winfrey.
Podría decirse que la relación entre el ex Chicago Bulls y la chica Baywatch fue, al menos, violenta. Se conocieron y escaparon a Las Vegas y la vivieron de una manera tan vertiginosa que a los cinco meses todo terminó en escándalo.
Una mañana, en un entrenamiento de los Lakers, Rodman ventiló que su chica trataba de excitarlo con insultos racistas lo que generó la indignación del coach que trató de ubicarla. También –en una entrevista con el periodista Graham Bensinger– contó que Electra se ponía muy nerviosa cuando él decidía escuchar Pearl Jam mientras tenían relaciones. Seguramente no sabría que esa había sido la banda que salvó la vida de su prometido.
Llevaban casi seis meses juntos cuando se encontraron viendo un video de Limp Bizkits en la habitación de un hotel de Miami. ¿Y qué pasó? Parafraseando aquella canción de The Buggles, Rodman killed de video stars. “Dennis enloqueció”, llegó a explicar Electra que vio la furia del gusano cuando apareció Eddie Vedder cantando por MTV. Se habían casado en la ciudad del pecado poco tiempo antes y ese fue el fin de la relación con la chica que más tarde probó suerte con Tommy Lee. ¿Cómo siguió Dennis? Después de una discreta temporada en Los Lakers volvió al pago para retirarse en Dallas. Ya no iba a ser profeta en su tierra.
¿LA ÚLTIMA LOCURA DE RODMAN?
Siempre hay un nuevo capítulo en la vida del Gusano. El último tiene que ver con su relación más extraña. En febrero de 2017 viajó con los Harlem Globbetrotters a Corea del Norte y se quedó unos días en la isla del polémico líder coreano Kim Jong-un. Rodman jura haber comprobado que en aquel país asiático no se vive tan mal como dicen: “Me invitó a su isla y es como estar en Ibiza o Hawái, pero es sólo para él. Si te ofrece un vodka, sabés que va a ser el mejor. Allí, todo es siete estrellas”, contó el ex basquetbolista que en el último tiempo se autoproclamó como una especie de garante de paz entre Donald Trump y su amigo Jong-un. Quien sabe, si Jong-un supera sus problemas de salud, quizás pueda lograrlo.


miércoles, 22 de abril de 2020

EL PRIMER CASO DE DOPING DE ARGENTINA

EL POSITIVO QUE NO FUE DE JUAN TAVERNA:

mi papá le siguen atribuyendo que fue el primer jugador involucrado en un caso de doping del fútbol argentino. Ese tema le molesta porque en su momento fue aclarado; sin embargo, muchos se quedaron con aquella imagen negativa." Las palabras de Agustina Taverna reflejan el peso que aún hoy sigue sobrellevando Juan, después del sabor amargo que le dejó la sanción por un caso de doping. El 16 de marzo de 1975, tras un partido que Banfield perdió con River por 2 a 1, en la cancha de Racing, Taverna participó de un confuso episodio.




En la semana previa al partido, el médico de Banfield les informó a los jugadores que, según una disposición de la AFA, se los iba a someter a un control antidoping. El delantero fue uno de los jugadores llamados al examen y días después se enteró de que le había dado positivo. El Tribunal de Disciplina de la AFA determinó entonces una medida sin antecedentes: suspendió al jugador por un año por uso de estimulantes.
Luego de seis meses, mientras Taverna cumplía con la pena, la AFA reconoció que había sido un error sancionarlo porque hubo irregularidades o acto de sabotaje en el control. Se admitió su inocencia y la pena quedó sin efecto.
El caso se cerró con un match homenaje, denominado Partido del Desagravio: se jugó en Banfield y el equipo local se enfrentó con un combinado de Futbolistas Argentinos Agremiados. Esa noche, Taverna convirtió cuatro goles (el quinto lo hizo Pipastrelli) y el regreso del goleador a las canchas tomó cuerpo.
Todavía rodeado de fojas, expedientes y pilas de carpetas, Taverna tuvo como estandarte una frase publicada en todos los reportajes de aquella época: ¿Quién me devuelve estos seis meses perdidos? En el balance de su situación, Taverna decía: "Yo no acuso a nadie; sólo señalo la existencia de un complot, una conspiración que fue dirigida contra Banfield o contra el presidente Valentín Suárez. No sé, lo único que consiguieron fue arruinarme moral y deportivamente. No admito que se me enlode y se me haga víctima de un daño moral irreparable".
Poco tiempo después, Taverna desembarcó en Boca, en el equipo que dirigió el Toto Lorenzo. Fue la manera de dejar atrás los días más complicados de su carrera profesional.
Luis Roselli era puntero derecho y acompañó a Taverna en el ataque de Banfield en 1973, 74 y 75. La amistad perduró en el tiempo y hoy Roselli está cerca de Juanchi en este difícil momento.
En 1982 quedó sellado el lazo afectivo entre ambos. Ese año, Roselli llegó a Gimnasia y Esgrima la Plata proveniente de un club chileno. Luego de una operación mal practicada por una distensión en los ligamentos de la pierna derecha tuvo que ser intervenido diecisiete veces más;al final, terminó perdiendo la pierna.
"En esa odisea que me tocó vivir, Taverna fue el único que estuvo conmigo;desde ese momento creció nuestra amistad. Ahora llegó la oportunidad de pasarle la pelota en esta situación que le toca atravesar. Igualmente, es imposible devolverle lo que él hizo por mí", dice Roselli.
Son horas y horas en la sala de espera del centro de rehabilitación ALPI aguardando la recuperación de Juan. Por allí desfilaron amigos del fútbol como Daniel Romeo, Rubén Flotta, Eduardo Pipastrelli y Pancho Sá, entre otros.
Todos coinciden con la calidad humana de Juan, y Roselli sintetiza el concepto:"En diciembre tuvimos una cena en Banfield y él, como siempre, se destacó por su humildad, carisma y ascendencia sobre los demás". Y agrega:"Creo que lo de Juan ya es un milagro:pasó un obstáculo dificilísimo y está mejorando día a día.Acordate que al final vamos a terminar festejando en 25 de Mayo por su recuperación".
Enseguida, el recuerdo risueño por la goleada frente a PuertoComercial:"Creo que si ese día no estaba Juan, hacíamos 25 goles... Cada pelota que agarraba Taverna la embocaba;igualmente, se erró unos cuántos, ¿eh? La verdad fue que ese día nos salía cualquier cosa contra los bahienses".
Aquella jornada con el doping de Taverna no se borró en la memoria de Roselli:"El plantel de Banfield nunca desconfió de él... ¡si no tomaba ni una cafiaspirina! Juan utilizaba un inhalante por un problema que tenía en la nariz, nada más. Por otro lado, en el examen antidoping le salió una sustancia que sólo podía soportar un caballo de carrera.
"En aquellos tiempos, la organización era un desastre y cualquiera ingresaba en el vestuario; en el partido frente a River hubo mucha gente en nuestro camarín que no tenía que estar. Al final, quedó claro que Taverna no fue culpable. Por algo le hicieron el Partido de Desagravio a los seis meses de que le dieran la sanción."
FUENTE: LA NACIÓN

martes, 21 de abril de 2020

DE MAXIMA PROMESA A REAPORTIDOR DE ENCOMIENDAS

LA HISTORIA DEL ROBERTO CORNEJO EL EX SAN LORENZO


Le sucede habitualmente, cuando cada mañana se sube a su camioneta en Santa Rosa, La Pampa, para desandar la ruta N° 5 para entregar encomiendas en las localidades cercanas, en tiempos de rutinas atravesadas por la pandemia de coronavirus. “Cuando llego a las entradas a los pueblos y los policías me paran, y me piden el permiso para circular; por ahí están más serios, cortantes. Y enseguida hay un bombero, un enfermero, o alguno en el retén que le dice: ‘¿Vos sabés quién este? Es el Toto Cornejo, el que jugó en San Lorenzo’. Ahí nomás me dicen: ‘Pasá, pasá’. Me reconocen y no lo pueden creer, no sé si es de lo gordo que estoy, ja”, se divierte como lo hacía en el campo de juego.

Porque Oscar Roberto Cornejo no reniega de su actualidad; por el contrario, disfruta de su vida lejos de las luces. O con el remanente de ellas. El ex enganche o mediapunta, de 36 años, cumple con su trabajo de 6 a 13 y, antes de la crisis del COVID-19, coordinaba ocho divisiones juveniles del club que creó en su provincia con su primo y que preside su pareja Vanesa: los Totitos FC.
“Soy un agradecido al fútbol, me dio muchas cosas, soy feliz de haber sido futbolista. Sin embargo, hoy también soy feliz y vivo mejor que antes. Antes vivía en una falsedad, porque tenía los amigos del campeón. Cuando uno juega al fútbol profesionalmente es difícil, siempre tenés que ganar; es muy lindo, pero a la vez es ingrato, hiriente, hace sufrir a la familia. Hoy vivo tranquilo, con mi familia y mi señora. El jugador a veces vive en una nube de pedos”, asegura el Toto, valorando cada paso dado.
Cornejo supo ser la máxima promesa de las inferiores de San Lorenzo, antes de saltar a la élite ya lo buscaba en Atlético Madrid, que lo vio en un torneo juvenil en Río Cuarto, estuvo en la Selección Sub 20 y Marcelo Bielsa, entonces técnico de la Mayor, lo convocaba para los trabajos con las grandes figuras, debutó en Primera con gol y ovación; era el mimado de Manuel Pellegrini... Pero nadie le enseñó cómo lidiar con tamaña revolución a los 18 años.
“Para mí era muy lindo que todos apuntaran a mí diciendo que podía hacer algo importante en el fútbol, lo vivía con tanta pasión, conocía al club como nadie... Pero al no tener un apoyo, siempre resolví mi situación a mi manera y creo que a veces me choqué con un montón de cosas que no eran correctas. Me encontré con cuestiones para las que no estaba preparado en mi vida. Pero me hago cargo de la situación", esboza el comienzo de una autocrítica que será mucho más profunda.
Porque desde muy chiquito el Toto tenía las condiciones de ser futbolista. Y desde que mataron su papá, cuando tenía apenas 10 años, también la necesidad; no por presiones externas, sino propias, para ayudar a una familia numerosa, de siete hermanos y una mamá que se quedó sin respaldo.
“Cuando lo asesinaron a mí me cambió la vida. Y le prometí que iba a llegar a Primera División”, abre el corazón. “Se llamaba Alberto Oscar Cornejo, trabajaba en una escuela hogar 114, adonde nosotros fuimos a vivir un tiempo después de que falleció, porque mi mamá no tenía cómo cuidarnos mientras iba a trabajar. Entonces nos internó; yo tenía un permiso especial para ir a jugar al club”, prologa el suceso que lo marcó de por vida.
Recuerdo que la última vez que lo vi fue de espaldas, se estaba afeitando. Él estaba enojado conmigo, porque me había comportado mal en la casa de mi abuela. Me tenía cortito. Era un viernes a la noche, mi papá los fines de semana se juntaba con los amigos en los bares, a tocar la guitarra. Esa noche recuerdo que mi mamá le dijo: ‘Oscar, no te vayas, que tengo un mal presentimiento’. Más hacia la madrugada, él terminó yendo a una fiesta en una zona peligrosa de Santa Rosa. Hay rumores de que estaba con otra mujer, de que en la fiesta estaba esa chica y también estaba el novio. Y que el loco este lo abrazó y le metió dos o tres puñaladas”, narra el ex futbolista.
“Al día siguiente yo sabía que algo le había pasado, sentía algo distinto, malo. Llegó mi tía adonde vivíamos, le dijo algo a mi mamá y cayó desmayada. Se fue y cuando volvió, nos llamó a los más grandecitos, y nos dijo que papá había fallecido. Yo pensé que mi papá nunca se iba a morir, que era Superman. Había salido en los diarios, pero éramos tan pobres que no teníamos plata para comprarlos. Fue fuerte. La pasamos muy mal”, concluye el relato. La pérdida tuvo grandes consecuencias en el día a día de la familia.
Y Cornejo asumió una responsabilidad temprana, de mucho peso en la mochila para un niño: “Yo jugaba acá, en Club Atlético Santa Rosa. Trabajaba en el club, vendiendo cafecito, mi representante de entonces, el Toro Sánchez, me ayudaba para llevar la comida a mi casa, o si sobraba comida en la cantina me la daban; a la noche a veces pasábamos de largo y a mediodía íbamos a un comedor. Empecé a pensar como una persona grande, por ahí me guardaba cinco pesos para las golosinas, nada más. Sólo pensaba en ir a Buenos Aires para jugar al fútbol”.
Pues bien, llegó la prueba en San Lorenzo; una semana en Buenos Aires le bastó para conseguir una plaza en la pensión del Bajo Flores. A la distancia, la ayuda familiar nunca cesó. Y menos cuando tocó la élite. “Cuando llegué a Primera y tuve departamento, me llevé a vivir conmigo a mis hermanos, a Sergio, a Juan y a Huguito (que falleció); los tenía conmigo, algunos jugaron en inferiores del club. Y con dinero los ayudaba; a todos, a mi mamá, mis hermanos... Lo que tuve se lo di a mi familia, y cuando nació mi hija Robertina (hoy tiene 15 años) también, obvio. Todo el dinero que hice lo usé para ayudar a mi familia. Nunca me pude comprar una casa”, revela.
Oscar Ruggeri era el técnico de la Primera del Ciclón; un San Lorenzo que se había transformado en una máquina de promover juveniles, pero que siempre quedaba en las puertas de los títulos, o se desinflaba en el epílogo de la temporada. Hasta el más neófito que se acercaba al Bajo Flores se enteraba rápidamente de que, si jugaba la categoría 83, tenía que prestarle especial atención al morochito que no paraba de gambetear, con dotes para la actuación cuando los rivales se excedían en la marca y predilección por los túneles, como su amigo Walter Erviti.
El petiso era, precisamente, Cornejo. “Me acuerdo que fui a un torneo de Río Cuarto y me querían vender al Atlético Madrid. Vino gente a negociar por Romagnoli y me vio en un torneo que pasaba TyC Sports. Yo solo quería jugar en la Primera de San Lorenzo. Es el club de mis amores, a pesar de que era hincha de Boca, le estoy agradecido; me dio todo. ”, retrocede en el tiempo.
Al regreso recibió una convocatoria inédita. “Ruggeri me mandó a buscar a la pensión y me preguntó si sabía por qué yo estaba ahí con él. ‘Todo el mundo está hablando de usted. A partir del lunes va a empezar a entrenar en Primera’, me dijo. Enseguida renunció”, describió el momento en el que vio abierta la puerta del fútbol grande.
Ya no la cerró. “Vino toda la parte linda. Me mandaron al Selectivo con Walter Perazzo; un maestro, me enseñó un montón de cosas, muy buen entrenador. Hice dos goles en el primer partido en Reserva, contra Independiente, con Lucas Pusineri, Guillermo Franco; era un equipazo. Fue fuerte. Pasé de Quinta División a Primera, a codearme con gente tan importante”, rememora. Un día fuimos a hacer fútbol con el plantel de Primera, hice un golazo al ángulo, al Negro Ramírez; no me lo olvido más. Me mandó a llamar Manuel Pellegrini, me preguntó de dónde era, qué edad tenía. Me dijo que le había sorprendido cómo jugaba. Él trabajaba con 25 profesionales y me mandaba a llamar seguido. Era muy correcto, estaba en todos los detalles. Siempre me pesaba, no me olvido nunca de eso. Me decía cuánto tenía que pesar. Si pesaba más de eso, me mandaba a correr alrededor de la cancha; no tocaba la pelota", destaca el “castigo”, que a la vez funcionaba como método de motivación.
“Un día estábamos en la cancha de Vélez; yo había jugado en Reserva. Justo salía del baño y estaba él. Me dijo: ‘¿Cómo anda Cornejo, ¿usted se anima a jugar en Primera?’ Yo le respondí: ‘pruébeme y después vemos. Ahí me explicó que el fin de semana siguiente, contra Rosario Central, iban a descansar varios jugadores y me iba a tocar debutar. Enseguida llamé a mi mamá para contarle", describe el germen de aquel primer paso; con gratitud eterna hacia el chileno que luego dirigió al Real Madrid y al Manchester City, entre otros gigantes de Europa.
“Era muy lindo escucharlo cómo hablaba, cómo transmitía; un genio. Me acuerdo que yo concentraba con Mario Santana. Y Pellegrino vino a hablarme. Me dijo que si yo andaba bien, me iba a llevar al banco en Brasil, por la Copa Mercosur, porque apostaba por mí. Me dijo que le tenía que responder. Fue algo muy lindo”, agrega.
El estreno resultó el plagio de sus anhelos infantiles. “Lo que había soñado era llegar a Primera, debutar con un gol, levantar los brazos al cielo para dedicárselo a mi papá y que la gente coreara mi nombre. Y es lo que pasó. Ese era mi sueño. Lo que vino en mi carrera fue de regalo”, se emociona. El 25 de noviembre de 2001, por el torneo Apertura y con una formación alternativa, el Ciclón venció 1-0 al Canalla, con gol del Toto, a los 10 minutos del segundo tiempo.
Sus buenas actuaciones en el Selectivo y en la Reserva convocaron la atención de José Néstor Pekerman y su equipo de trabajo, que venía de consagrarse campeón del Mundial Sub 20 disputado en Argentina. Así, las citaciones al complejo de Ezeiza se hicieron asiduas, tanto para entrenarse con los jóvenes de su edad, como para trabajar bajo la órbita de Marcelo Bielsa, como sparring del combinado mayor.
“Era algo espectacular. Un día yo me entrenaba con la Sub 20 y a veces con la Mayor, donde estaban Batistuta, Crespo, Simeone, Almeyda...”, lo moviliza el recuerdo, que tiene al Loco como protagonista especial. “Entrenaba con los jugadores por separado en uno de los ejercicios. Y me puso con el Pelado Almeyda. Hicimos un reducido de cuatro minutos. Yo lo tenía que marcar a él y él a mí. Yo no lo quería golpear y dejaba que él definiera. En una de esas salta Bielsa y me dice: ‘Cornejo, venga para acá. ¿Cuántos años tiene usted?’ Me quedé helado. ’18′, le contesté. ‘Usted es jovencito, a partir de ahora lo tiene que correr a Almeyda, ir y venir’, me ordenó. Que Bielsa supiera quién era fue tremendo, sabía los nombres de todos. Era lo máximo estar ahí”, completa.
Ese universo le permitió darse ciertos gustos. Por ejemplo, nutrir tempranamente su álbum con celebridades. “Un día estaba en la concentración de Ezeiza y aparece Verón. Y me dice: ‘Nene, ¿jugamos un pool?’. ‘Sí, pero si te sacás una foto conmigo’, le dije. Verlos de cerca, compartir un entrenamiento con ellos, era muy fuerte”, narra. Eso sí, ese respeto no lo cohibía a la hora de enfrentarlos sobre el césped desde el talento.
“Un día nos tocó pelotear a Pablo Cavallero. Nos tiraban la pelota, controlábamos, y definíamos. Dos o tres veces él salió y se la piqué. Mucho no le gustó, me miró con una cara...”, se divierte. No fue la oportunidad en la que un lujo suyo provocó la peor reacción. “Una vez le tiré un caño a (Raúl) Cascini, cuando le hice el gol a Boca, y me quería matar, me recontra cagó a puteadas”, se ríe
“Fue muy fuerte vivir muchas cosas al mismo tiempo; saltar a la fama, que todos hablen de mí, jugar en la Selección, jugar la Mercosur en la que salimos campeones, empezar a cobrar dinero. Se juntaban la felicidad y la emoción; pero además siempre pensaba en ayudar a mi familia. Por ahí no estaba concentrado, ahora que lo pienso mejor. Me hubiese gustado tener una persona que me acomodara y seguir un proyecto; alguien que me guiara en mi carrera. Siempre tuve que resolver todo a mi manera, a los golpes; sentí la ausencia de un padre, de alguien que me retara”, acepta. “A mí la vida me cambió muy fuerte; de no tener nada pasé a tener todo, un departamento, auto, vivir una buena vida. Nunca lo esperé”, apunta.
Ese boom de su aparición se fue apagando. La falta de oportunidades lo llevó a tomar la determinación de marcharse a préstamo. “En ese tiempo traté de dar lo mejor. También me faltó la cuotita de suerte con más partidos para sostenerme”, señala otro factor. Se fue cedido a Dorados de Sinaloa. Luego regresó y, en otra posición, tuvo un reverdecer en San Lorenzo, con un verano que lo devolvió a los primeros planos. “Pipo (Gorosito) me dio la oportunidad en los primeros partidos, jugaba de volante por izquierda, pero no se dio. Igual aprendí de todo eso. Por ejemplo, cómo lograr que un técnico que no me quería, me terminara poniendo en el equipo, a dar vuelta una situación adversa”, comenta.
El Toto estuvo en Culiacán antes que Pep Guardiola y que la revolución de Diego Maradona. Mientras jugaba en Dorados nació su hija, Robertina, que hoy tiene 15 años y vive en Mar del Plata. “El equipo jugaba en Primera y yo era el extranjero más joven de la Liga. La pasé espectacular, era un club muy lindo. Me trataron muy bien y hubo chances de quedarme, pero la dirigencia de San Lorenzo de ese momento no me quiso vender”, plantea.
Allí se adaptó a convivir con la leyenda del Chapo Guzmán y la sombra del Cartel de Sinaloa. “Me sorprendió el tema de los narcos. Veía mucha gente con las armas por la calle. Y en las Fiestas, en los barrios tiraban muchos tiros para arriba; y si no te metías adentro, te comías un balazo, escuchabas las ametralladoras. Con mi familia nunca tuvimos problemas con nadie. Simplemente era fuerte ver en los diarios, en las noticias, cómo mataban a la gente, los cuerpos uno arriba del otro; era común que se hablara de eso, algo normal”, describe.
Su carrera lo llevó por diferentes destinos, tanto en el país como en el exterior. Por ejemplo, estuvo en semestre en Universitario de Perú. "Es muy lindo; ahí hubo un malentendido. Tenía 23 años, declaré mal. Dije que no jugaría más en el club, no en el país. Se tomó a mal. Era difícil la situación, de 7 extranjeros podían jugar 3, No pude jugar, estuve seis meses y me volví”, cuenta.
También estuvo en Gimnasia La Plata, con Pedro Troglio como entrenador. “La pasé de 10, un club maravilloso, jugué un año y medio, la gente me trató re bien. Hice un par de goles, tuve bastante continuidad, me tocaron como compañeros el Guly (por Andrés Guglielminpietro), Navarro Montoya, Chapulín Cardetti, Nico Cabrera, Juan Cuevas...”, rememora.
Allí vivió uno de los hitos de su trayectoria: “El gol que le hice a River, se lo pude dedicar a mi hija, que es mi orgullo. Es una de las cosas que me quedaron para siempre”. Fue en el Monumental, en un 3-3 ante el Millonario que dirigía Daniel Passarella y con Gonzalo Higuaín en cancha. Enganchó de derecha a izquierda y sacó un zurdazo inatajable, que durmió en un ángulo.
“Fue muy fuerte vivir muchas cosas al mismo tiempo; saltar a la fama, que todos hablen de mí, jugar en la Selección, jugar la Mercosur en la que salimos campeones, empezar a cobrar dinero. Se juntaban la felicidad y la emoción; pero además siempre pensaba en ayudar a mi familia. Por ahí no estaba concentrado, ahora que lo pienso mejor. Me hubiese gustado tener una persona que me acomodara y seguir un proyecto; alguien que me guiara en mi carrera. Siempre tuve que resolver todo a mi manera, a los golpes; sentí la ausencia de un padre, de alguien que me retara”, acepta. “A mí la vida me cambió muy fuerte; de no tener nada pasé a tener todo, un departamento, auto, vivir una buena vida. Nunca lo esperé”, apunta.
Ese boom de su aparición se fue apagando. La falta de oportunidades lo llevó a tomar la determinación de marcharse a préstamo. “En ese tiempo traté de dar lo mejor. También me faltó la cuotita de suerte con más partidos para sostenerme”, señala otro factor. Se fue cedido a Dorados de Sinaloa. Luego regresó y, en otra posición, tuvo un reverdecer en San Lorenzo, con un verano que lo devolvió a los primeros planos. “Pipo (Gorosito) me dio la oportunidad en los primeros partidos, jugaba de volante por izquierda, pero no se dio. Igual aprendí de todo eso. Por ejemplo, cómo lograr que un técnico que no me quería, me terminara poniendo en el equipo, a dar vuelta una situación adversa”, comenta.
El Toto estuvo en Culiacán antes que Pep Guardiola y que la revolución de Diego Maradona. Mientras jugaba en Dorados nació su hija, Robertina, que hoy tiene 15 años y vive en Mar del Plata. “El equipo jugaba en Primera y yo era el extranjero más joven de la Liga. La pasé espectacular, era un club muy lindo. Me trataron muy bien y hubo chances de quedarme, pero la dirigencia de San Lorenzo de ese momento no me quiso vender”, plantea.
Allí se adaptó a convivir con la leyenda del Chapo Guzmán y la sombra del Cartel de Sinaloa. “Me sorprendió el tema de los narcos. Veía mucha gente con las armas por la calle. Y en las Fiestas, en los barrios tiraban muchos tiros para arriba; y si no te metías adentro, te comías un balazo, escuchabas las ametralladoras. Con mi familia nunca tuvimos problemas con nadie. Simplemente era fuerte ver en los diarios, en las noticias, cómo mataban a la gente, los cuerpos uno arriba del otro; era común que se hablara de eso, algo normal”, describe.
Su carrera lo llevó por diferentes destinos, tanto en el país como en el exterior. Por ejemplo, estuvo en semestre en Universitario de Perú. "Es muy lindo; ahí hubo un malentendido. Tenía 23 años, declaré mal. Dije que no jugaría más en el club, no en el país. Se tomó a mal. Era difícil la situación, de 7 extranjeros podían jugar 3, No pude jugar, estuve seis meses y me volví”, cuenta.
También estuvo en Gimnasia La Plata, con Pedro Troglio como entrenador. “La pasé de 10, un club maravilloso, jugué un año y medio, la gente me trató re bien. Hice un par de goles, tuve bastante continuidad, me tocaron como compañeros el Guly (por Andrés Guglielminpietro), Navarro Montoya, Chapulín Cardetti, Nico Cabrera, Juan Cuevas...”, rememora.
Allí vivió uno de los hitos de su trayectoria: “El gol que le hice a River, se lo pude dedicar a mi hija, que es mi orgullo. Es una de las cosas que me quedaron para siempre”. Fue en el Monumental, en un 3-3 ante el Millonario que dirigía Daniel Passarella y con Gonzalo Higuaín en cancha. Enganchó de derecha a izquierda y sacó un zurdazo inatajable, que durmió en un ángulo.
En Chile se vio otra buena versión del Toto. “Fui a Cobreloa y casi salimos campeones; terminamos segundos. Era un equipazo, con Rodrigo Mannara, Gustavo Savoia, Charles Aranguiz, el delantero Vargas. Anduvimos muy bien y de ahí fui al Everton de Viña del Mar, que jugaba Libertadores, pasé del desierto a la playa; me llamó el técnico Nelson Acosta. Los chilenos me trataron muy bien. Dejé lindos recuerdos”, asegura.
Su camino tuvo escalas en Colombia (Deportivo Cali) y Nueva Chicago. En el medio, le surgió una oferta inesperada. “Un representante de Córdoba, me preguntó si me interesaba ir a Nueva Zelanda. Antes de cerrar me hicieron viajar porque querían ver si era el jugador del video que les habían mandado. Y cuando llegué, allá estaba el Boca de Borghi con Mouche, Monzón, Lucchetti, Viatri... Hubo un amistoso y me tocó jugar 40 minutos; ahí nomás me contrataron”, detalla el inicio de la aventura en Wellington Phoenix.
“Nueva Zelanda es un paraíso, el primer mundo, pero no le dan mucha bola al fútbol. Viajábamos cada 15 días a Australia. Era hermoso para conocer. Otra cultura y otra manera de entrenarse. El lunes hacíamos piscina. Los martes se descansaba; miércoles trabajos con pelota; jueves, reducido y viaje. Viernes, otra vez reducido y esperábamos para jugar. Tenía dos compañeros brasileños que me traducían, porque no hablaba inglés. Era para quedarme a vivir”, evoca.

“Cuando volví me fui a Alvarado de Mar del Plata, me llevó mi amigo Walter Erviti. Ascendimos, anduve bien y lo de la gente fue impresionante. Son un montón, cantan todo el partido. Pateé el penal del ascenso”, se envalentona. “De ahí me fui a San Martín de Formosa, estuve seis meses y me vine para La Pampa. Jugué en Estudiantil, en All Boys de Santa Rosa y en mi querido Atlético Santa Rosa”, enumera sus últimos pasos con los botines. “El Ascenso es más difícil que la Primera, por los estados de los campos de juego, el tema de que no te entrenás todos los días...”, reconoce.
En el medio, otro golpe lo terminó de sacar de la cancha. Hugo, uno de sus hermanos, sufrió un accidente con la moto y terminó falleciendo tras varias semanas internado. “Después de que murió mi hermano la vida me volvió a cambiar. No volví a ser el Toto alegre de siempre. Hasta hoy me acuerdo que no tengo a mi hermano y es difícil”, explica.
Su pasión como formador, para apuntalar a las jóvenes promesas de Santa Rosa lo vuelve más locuaz de lo normal. “Empezamos con 10 chicos, 20, 30, y me encontré con el apoyo de los padres para armar una escuelita. Empecé a aconsejar chicos y me gustó mucho, me gusta, siento que les llego. Armé las infantiles, tengo ocho categorías. La idea es seguir creciendo y llevar chicos a Buenos Aires; ya acerqué a varios a San Lorenzo, Banfield... Los Totitos Fútbol Club se ha convertido en un sentimiento para toda la gente, es una gran familia”, se conmueve al hablar de la creación que lleva el nombre de su apodo.
Hoy sus sueños siguen viajando lejos, pero con menos responsabilidades en las valijas. Y el respaldo de la experiencia. “Mi sueño sería poder trabajar con Walter Erviti en lo que sea que tenga que ver con fútbol, sería muy lindo. Y seguir adelante con los Totitos. A los chicos puedo aconsejarlos. Que tienen que estudiar, entrenarse. ¿Quién mejor que yo para decirles que no se equivoquen?”, se entusiasma, con el afán de cerrar el círculo.

FUENTE: INFOBAE

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