domingo, 21 de mayo de 2023

FUE UN 22 DE MAYO DE 1976

LA HEROICA VICTORIA DE VICTOR EMILIO GALINDEZ 

FUENTE: "90LINEAS.COM"

Prácticamente había quedado ciego. «Era muy difícil detener la sangre que salía de su herida en forma de ´T´ acostada, por un cabezazo que había recibido a poco de empezar la pelea», describió el empresario y promotor de boxeo argentino -fallecido en 2002- Juan Carlos «Tito» Lectoure, años después de la verdadera hazaña lograda por el legendario boxeador argentino Víctor Galíndez, el 22 de mayo de 1976, en Johannesburgo, tras vencer por nocaut, en el 15to round y cuando apenas faltaban 12 segundos para terminar el combate, al estadounidense Richie Kates.




Políticamente eran tiempos oscuros en Argentina, pero para el box corrían épocas de gloria. Durante la década del ´70 brillaron púgiles de nuestro país en todo el mundo, Carlos Monzón, Miguel Castellini, y claro está, Víctor Emilio Galíndez. Un poco más adelante en el tiempo, en los ´80, fue el turno de otro grande, Santos Benigno Laciar, el gran «Falucho» Laciar.

En el nuevo Salón Internacional de la Fama del Boxeo, de Canastota, Nueva York, Estado Unidos, se conserva como pieza de Museo, la chaqueta que usó el árbitro de la contienda entre Galíndez y Kates, el sudafricano Stanley Christodoulou, la que terminó totalmente teñida de rojo por la sangre que el ex campeón del mundo argentino, se iba limpiando a medida que transcurría la pelea.

En 2011, oportunidad en que Christodoulou -en ese entonces de 67 años- estuvo en Argentina para arbitrar una pelea en el mítico Luna Park, recordó ante la prensa local el triunfo del boxeador nacido en Vedia, provincia de Buenos Aires: «Fue la mejor pelea que vi en mi vida. Algo impresionante. Galíndez y Kates se mataron a golpes ¡Hasta los periodistas se paraban y le pedían a los boxeadores que no pararan de pegar!», dijo el réferi.

El combate tuvo de todo. Fue golpe por golpe. Galíndez fue dominado por momentos y ensangrentado por un tremendo corte sobre el ojo derecho producto de un cabezazo de su rival, el argentino utilizó la camisa celeste de Christodoulou para limpiarse y detener la hemorragia.

El juez sudafricano explicó en esa misma entrevista de 2011 ante periodistas especializados en box,  por qué decidio continuar con la pelea: «La adrenalina era tanta, que no tenía intenciones de frenarla. Ese día, además, el médico era excelente y le había podido detener la sangre».

Robinson, ese era el seudónimo con el que el gran periodista uruguayo, Ernesto Cherquis Bialo, firmaba sus comentarios de combates de box en la tradicional revista El Gráfico.

Cherquis fue enviado especial a Johannesburgo para cubrir la mítica pelea de Galíndez, y de manera impecable describió esa epopeya. La siguiente fue la crónica de lujo para la revista deportiva más leída de todos los tiempos:

«Yo he visto mil muecas espantadas por el horror cuando su sangre comenzó a bajarle por la cara como una vertiente sin destino. Yo he visto a su hermano arrodillarse en el césped del Rand Stadium pidiéndole a Dios su piedad infinita, a otros humanos tapándose el rostro para ampararse en la ceguera, a cientos de mujeres con la boca abierta y el rostro transparente por la palidez del miedo, a sus amigos en el rincón sudando la desesperación, a los periodistas temblar buscando una explicación. Yo he visto la noche del 22 de mayo de 1976, aquí, en Johannesburgo, cómo un campeón mundial, herido, casi ciego, maltrecho y furioso cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: LA FE.»

Contó luego Robinson«Después que Richie Kates le chocara la cabeza abriéndole una herida profunda en forma de «T»  sobre el arco superciliar derecho, Víctor Galíndez había terminado su reinado. Si el referí Stanley Christocioulou hubiera aplicado el reglamento, las tarjetas computadas hasta el momento decretarían a Kates como ganador. Si el médico de la Comisión de Transvaal, doctor Clive Noble, se hubiera impresionado como las 42.125 personas que estaban en el estadio, el dictamen sería el rotundo basta, que cerraba el capítulo. Si Tito Lectoure hubiera vacilado un sólo instante dudando del coraje de Galíndez, una toalla habría dicho adiós. Pero esta noche —esta histórica noche— TODOS SE PUSIERON DE ACUERDO PARA DARLE A GALINDEZ LA ULTIMA CHANCE. Por distintos caminos, sobre distintas pautas y con diferentes argumentos, un referí, un médico y un manager le dieron la posibilidad para que Galíndez cruzara la frontera hacia la grandeza.

El referí dijo: FUE ACCIDENTAL. SI NO SIGUE PELEANDO PIDO LAS TARJETAS.

El médico dijo: LA HERIDA ES PROFUNDA, PERO NO GRAVE, PUEDE SEGUIR UN POCO MAS.

El manager (Lectoure) dijo: SI PARAMOS NOS QUITAN LA CORONA, NO HAY MAS REMEDIO QUE SEGUIR.» (El Gráfico)

Palabras más, palabras menos, en el descanso después del tercer round en el cual recibió el cabezazo que abrió su herida sangrante (el combate era a 15 asaltos), el boxeador argentino dijo en todos sus asistentes en el rincón: «Me duele, no veo nada, pero de aquí me bajan muerto, ajustame los guantes, Tito…»

Cuenta Bialo en su relato: «Desde el cabezazo en adelante, la pelea. Galíndez al ataque contra el rival, la herida, el tiempo, el médico, el réferi y sus fuerzas. Entre el cuarto y el séptimo round, aquellas miradas de horror se transformaron vivos mensajes de admiración. La gente se levantaba de sus asientos y todo el estadio -menos el sector alto y lejano poblado por negros- comenzaba a gritar: «Vic-tor, Vic-tor» con ese sonido extraño y emocionante de la fonética. Si esto se hubiera gritado en “argentino» y en Argentina, el coro sonaría cálido y contagioso; gritado en inglés o afrikans (idioma local) era la plegaria sobrecogedora. A medida que Galíndez agrandaba su imagen bajo una máscara de sangre que raía todo de rojo, a Kates parecía achicársele el corazón. Lo del 4° asalto fue excepcional: sin ver más que un bulto movible empezó y terminó tirando golpes. No me pregunten qué golpes eran, no lo sé, ni podría precisarlos. Eran golpes, yo creo, de un león herido. En el 5°, Kates intentó retomar una línea de alma sin prestarse a la pelea frontal y fue desbordado. En el 6° terminó «groggy» alcanzado por una izquierda en cross después de haber recibido no menos de seis ganchos la zona abdominal y en el 7°, como obra de un milagro, después de una tunda, la campana salvó a Kates del nocaut ya que el referí, en el mismo rincón del argentino, le contó 9 segundos de caída efectiva al retador le Nueva Jersey.»

«Esta noche todo se prestaba para fue Galíndez alcanzara en su quinta defensa la consagración definitiva. Primero fue autorizarlo a seguir cuando en cualquier ring del mundo les hubieran parado la pelea después de recibir el cabezazo. Más tarde fue esa caída de Kates coincidiendo con la campana para que el triunfo fuera menos ´fácil´. Y por último el nocaut -ya llegaremos a eso- cuando faltaban doce segundos para terminar la batalla. (Fue una batalla, más que un match de boxeo.)»

«Al iniciarse el 8° round me sentí superado. Sabía que no podría volcar todo cuanto allí pasaba con proficuidad descriptiva. Quería anotar cosas y mi mano derecha parecía crispada. Quería ver todo y los ojos no me alcanzaban. Quería escuchar al ámbito y alrededor de mis oídos todo se tornaba ululante, uniforme, de un mismo carácter. Es más, en un momento me pareció vivir el sueño sublime de un crítico de boxeo frente al acontecimiento ideal para novelizarlo. Una pelea dramática con todos los matices. Situaciones cambiantes. El campeón herido que parece perdido y va remontando, el duende de una instancia —la lesión— que hace incierta cualquier perspectiva. Un referí bañado con la sangre de los boxeadores, un público excitado, un reloj demasiado lento para indicar el final de la epopeya y demasiado rápido para humanizar los descansos.»

«Veo, aún, el dedo índice de Lectoure penetrando en los tejidos abiertos de Galíndez para untarlo con una vaselina coagulante norteamericana que formaba una capa excedente. Veo también las manos de Cuellito resbalando a toda velocidad sobre las piernas del campeón. Fijo la premura del profesor Russo vaciando litros de agua helada sobre la nuca y los órganos genitales. Los gritos de Bianchi, la histeria de Roberto, la preocupación del doctor Paladino, que subió varias veces al rincón y llevó desde el hotel la caja de cirugía en previsión a este accidente. Pero no es todo: del otro lado, en perfecta diagonal, los esfuerzos por reanimar a Kates son igualmente desesperados», contó con brillantez Cherquis Bialo.

Y prosiguió el periodista uruguago: «En esta noche de gloria para Galíndez no cabe la posibilidad de una pausa para determinar pautas técnicas. Genéricamente ganó porque fue hombre y campeón. Ganó sintiendo la pelea como una actitud frente a su futuro sabiendo que se jugaba algo más que un resultado: LA TELEVISACION LE DARIA LA POSIBILIDAD DE MOSTRARSE EN TODA SU DIMENSION PARA IMPONERSE AL PUBLICO. Desde que le ganó a Len Hutchins en Buenos Aires, el campeón no tuvo posibilidades de conquistar a la gente.»

«Sobre el cuerpo vencido de Kates, el campeón Galíndez apoyaba con seguridad sus pies en un pedestal que él mismo está construyendo. Los tiempos futuros dirán si esta sangre viril que quedó en el ring de Johannesburgo ha servido para que la historia del boxeo le reserve un lugar. Los sesenta metros que recorrimos entre el ring y el camarín fueron el epílogo de una noche inolvidable. Los sudafricanos llevaron a Galíndez en andas, luego que el locutor dijera en medio de un profundo silencio: ´En la pelea más fantástica de todas cuantas hayamos visto en Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez retuvo su corona por nocaut en el 15° round´».


FUE UN 22 DE MAYO DE 1976

ERA ASESINADO OSCAR "RINGO" BONAVENA

FUENTE: "DIARIO LOS ANDES"

Hace 47 años, el mundo del boxeo perdió a uno de sus personajes más coloridos y emblemáticos: Ringo Bonavena. El boxeador argentino, que había enfrentado a algunos de los más grandes nombres del deporte, fue asesinado a los 33 años en un ajuste mafioso en Reno, Nevada, Estados Unidos.



La muerte de Ringo Bonavena ocurrió después de una larga y agotadora carrera en el ring. Nacido el 13 de septiembre de 1942 en Parque Patricios, “el Titi comenzó su carrera en el boxeo en la década de 1960, cuando era un joven y fuerte pugilista que había ganado varios títulos nacionales. Su registro final como boxeador fue de 58 peleas ganadas, nueve perdidas y un empate.

En 1970, Ringo Bonavena tuvo una oportunidad de oro cuando se enfrentó a Muhammad Ali en un combate por el título mundial de los pesos pesados. La pelea fue en el mítico Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York. Aunque Bonavena no pudo vencer a Ali, su desempeño fue descrito como “impresionante” y “heroico”. Muchos aficionados al boxeo reconocieron que Ringo había demostrado ser un adversario digno y valiente para el campeón mundial.

Después de su pelea con Ali, Bonavena continuó luchando para mantenerse como celebridad. A menudo, era conocido por sus modales rudos, su carácter prepotente y su comportamiento fuera del ring, que incluía romances apasionados y encuentros con la ley. Para muchos fanáticos, la de Bonavena era una figura atractiva y fascinante, un verdadero rebelde que desafiaba las normas del deporte... y de la vida.

Para 1976, Ringo llegó a la costa oeste de EE.UU. acompañado por un amigo, “El Gordo” Morales, de vínculos con la farándula. Iba detrás de la revancha: quería hacer todo lo posible por volver a enfrentar a Ali y vencerlo. Pero la situación estaba complicada: su calidad estaba en notoria caída, con derrotas ante colosos como Floyd Patterson y Ron Lyle.

Joe Montano, un promotor puertorriqueño vinculado a la mafia yanqui, fue quien lo contactó y le prometió el sueño de ir por otra pelea con Ali a cambio de un cachet de 20.000 dólares. Pero en el país del norte, las cosas cambiaron. El nuevo representante del argentino resultó ser Joseph “Joe” Conforte, un siciliano de 57 años que regenteaba, en las afueras de Reno, el Mustang Ranch. Debido a sus cuentas pendientes con la Justicia, el establecimiento figuraba a nombre de su esposa, Jéssica Burgess de Conforte, apodada “Sally”, una madama de 59 años, lisiada por un accidente de tránsito.

La única pelea de Ringo en Las Vegas tuvo lugar el 26 de febrero de 1976 ante Billy Joiner, una deslucida victoria con un ring descontrolado con un escenario de champagne, millonarios y prostitutas. A Bonavena no le gustó el show, y menos a su representante, que perdió dinero. El vínculo fue tan problemático con Joe, que éste fue quien que empujó el crimen.

En el plano personal, y con el apoyo de Sally, Ringo llegó a casarse con Cheryl Rebideaux, una de las empleadas del burdel que frecuentaba. Era mera conveniencia para conseguir la ciudadanía, se decía por entonces. El argentino estaba solo, sin dinero, sin un rumbo claro y con su visa vencida. Cheryl no era una chica cualquiera: era cortejada por el guardaespaldas de Conforte, William Ross Brymer.

No era el único problema marital para Ringo, aún no divorciado legalmente de esposa Dora Raffa. Era un secreto a voces que mantenía una relación sentimental con Sally (quien lo doblaba en edad) y en Nevada, además, corría el rumor de que pretendía quedarse con el Mustang Ranch. Esto desató la ira de Conforte e hizo trizas el vínculo entre ambos, ya por entonces tenso.

Seis días antes de su muerte, Bonavena había denunciado que la casa rodante en la que vivía, que había sido comprada por Sally por 12.500 dólares y estaba estacionada en las afueras del Mustang Ranch, fue incendiada intencionalmente. Sin documentación, Ringo buscaba entonces cómo volver a Argentina.

De acuerdo con el periodista Ezequiel Fernández Moores en su libro “Díganme Ringo”, la madrugada del 22 de mayo de 1976 Bonavena se presentó en la entrada del burdel en el que dormía y tenía sus oficinas Conforte. Bajó de su auto con un cigarro toscano en la boca.

Una reja perimetral, dos torres de vigilancia y cuatro hombres armados con la orden taxativa de no permitirle ingresar eran motivos suficientes para no intentarlo, pero Bonavena estaba decidido a ver al mandamás. En una de sus botas llevaba una pistola calibre .38. El boxeador argentino discutió con John Coletti, uno de los guardaespaldas de Conforte. Cuando el intercambio subió demasiado de tono, entró en escena, fusil en mano, Bryme. Éste le partió el corazón a Ringo a las puertas del burdel de Nevada. El rey de Parque Patricios cayó de espaldas junto a su auto, sin vida.

La despedida a Ringo fue multitudinaria. Gracias a gestiones de su hermano Vicente, el cuerpo fue velado en Buenos Aires una semana después del crimen, en el estadio Luna Park que lo había visto brillar y crecer en el cuadrilátero. Unas 150.000 personas se acercaron para participar de la ceremonia y expresar sus condolencias. Finalmente, el boxeador fue sepultado en el cementerio de la Chacarita.

En tanto, Conforte pagó la fianza de su ladero asesino que se estipuló en 250.000 dólares. Brymer finalmente pasó apenas 15 meses en prisión por el asesinato de Ringo. En 1985 volvió a la cárcel por “venta de la droga Valium a un agente encubierto de la policía”. Salió en 1991, pero después estuvo tras las rejas por violar su condicional en 1995 y un año más tarde otra vez recuperó su libertad. El asesino dejó de existir en junio de 2000.

Si bien nunca hubo una confirmación oficial, los múltiples rumores indicaron que Conforte murió en marzo de 2019 en Río de Janeiro, Brasil. Pero su biógrafo no lo dio como dato certero ni tampoco hay certificado de defunción.

TRISTES HISTORIAS DE VIDA

LA HISTORIA DE MOACIR BARBOSA

FUENTE: "ESPN"


El 7 de abril de 2000, Moacir Barbosa murió por segunda vez. A sus 79 años falleció como el resto de los mortales, valga la reduncia. Pero cinco décadas antes ya había sufrido algo bastante similar a la muerte en vida. Lo que muy pocos sufren: el escarnio popular, unánime, implacable. Fue el escritor mexicano Juan Villoro quien describió al arquero de la Selección de Brasil en el Mundial 1950 como "el hombre que murió dos veces".




Fue protagonista principal de la tragedia deportiva más significativa de todos los tiempos. La multitud más grande que alguna vez asistió a un partido de fútbol vio como su equipo, el indiscutido favorito, caía de rodillas ante un humilde combinado de voluntades. La leyenda fue bautizada como Maracanazo y en su historia viven miles de historias. La de Barbosa es una de ellas.

Aquel partido disputado en Río de Janeiro es mucho más que una final mundialista. Es una metáfora de todo lo que significa este juego para el pueblo sudamericano. Dejó una alegría interminable en unos y una desazón gigantesca en otros, dos sensaciones que aún perduran. Incluso 64 años después se jugó otra Copa del Mundo en Brasil, pero la de 1950 dejó esta historia imposible de olvidar.

Cuando se habla del Maracanazo es casi inevitable pensar en la imagen de Obdulio Varela con la pelota bajo el brazo o la foto de Jules Rimet con el capitán uruguayo, ante la incredulidad de los torcedores. Pero esta vez nos ocuparemos de los derrotados, cuya vida también cambió después de aquel día.

Tras la caída ante Uruguay en el último partido de Brasil 50, la Verdeamarelha ganó cinco Mundiales y se convirtió en el Seleccionado más exitoso del planeta. Sin embargo, los éxitos posteriores nunca hicieron olvidar la tristeza vivida en el Maracaná. Las 200 mil personas que presenciaron el encuentro fueron testigos de un día que quedó grabado en el alma de todo el pueblo brasileño con la fuerza de los momentos más tristes.

Esa pena que vivieron los anónimos fue mucho más potente en los protagonistas. Casi todos los jugadores que hasta ese día eran ídolos nacionales se perdieron en el olvido, pero hubo uno que murió por primera vez ese 16 de julio de 1950. Se trata de Moacir Barbosa, el arquero que soportó los dos goles charrúas.

"La pena más alta en mi país por cometer un crimen es de 30 años. Yo llevo 45 pagando por un delito que no cometí", sentenció el guardavallas muchos años después del Maracanazo. Nadie recuerda que el guardavalla haya tenido especial responsabilidad en los goles uruguayos, sin embargo, todos señalaron a Barbosa como el mayor culpable de la derrota. El futbolista querido por todos pasó a ser el hombre más odiado del país.

"Llegué a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí". Esas son palabras del propio portero, que pareció darse cuenta de inmediato todo lo que estaba por vivir. "La mirada de todo el estadio sobre mí", esa fue su sensación en la cancha, la misma que vivió en las calles durante el resto de su existencia.

"La peor tragedia de la historia de Brasil" o "Nuestro Hiroshima" fueron los titulares de la prensa al día siguiente de la final. El prestigioso periodista Mario Filho escribió en su columna: "La ciudad cerró sus ventanas, se sumergió en el luto. Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad". La tristeza era muy profunda y todos los índices apuntaban a un gran culpable: Barbosa.

Quizás el único que lo defendió fue uno de sus grandes rivales, Obdulio Varela. El Negro jefe declaró: "La culpa no fue de Barbosa. A esa pelota la hizo entrar el destino".

Moacir fue el primer gran arquero de la historia del fútbol brasileño, pero todo lo bueno que había hecho hasta aquel Mundial fue eliminado del recuerdo de todos. Sólo quedó en la memoria colectiva aquellos dos goles de la Celeste. Muchos años después, un ya anciano Barbosa quiso visitar a la Selección que se preparaba para la Copa del Mundo de 1994. Pero no pudo, porque no lo dejaron entrar: "Ese hombre trae la mala suerte", dijeron. Él ya estaba acostumbrado al desprecio.

Hace dos décadas, en la más cruda pobreza, Moacir Barbosa murió por segunda vez. No hubo homenajes ni minutos de silencio, pero al menos por un momento las críticas fueron silenciadas, por eso del respeto a los muertos. Fue la segunda muerte del arquero del Maracanazo. Hoy es un buen momento para reivindicar a un jugador de fútbol que intentó hacer su trabajo de la mejor manera pero se equivocó y lo pagó demasiado caro... con el destierro y el desprecio. Con la muerte en vida.

sábado, 20 de mayo de 2023

HISTORIAS DEL "NO" FICHAJE

LEV YASHIN AL REAL MADRID 

FUENTE: "KODRO MAGAZINE"

Lev Yashin estuvo muy cerca de fichar por el Real Madrid para emular a su ídolo Ricardo Zamora, aunque el amor eterno por el club de su vida lo impidió.




El único guardameta premiado con el Balón de Oro, no solo vistió la camiseta nacional durante 18 años (1953-1971), sino que ganó cuatro ligas en seis temporadas con el Dinamo, unos éxitos que le convirtieron en una celebridad internacional en los Juegos Olímpicos de 1956 y, especialmente, en la Eurocopa de 1960, la primera de la historia.

Precisamente, tras conquistar la Eurocopa en París, Lev Yashin conoció al presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, que intentó ficharle cuando la selección de la URSS celebraba la victoria en un restaurante en la Torre Eiffel. “A todos les propusieron un contrato con el Madrid, pero a mi padre le ofrecieron un cheque en blanco. Ello es debido a que los directivos del equipo español consideraban que no tenía valor. A pesar de ello, todos los jugadores soviéticos sabían que era imposible jugar en otro país, ya que las autoridades soviéticas y, más concretamente, el KGB no lo permitirían”, recuerda Irina, su hija.

“En aquellos tiempos soviéticos y occidentales éramos demasiado diferentes. Si hubiera firmado el contrato, no habría ahora un estadio con su nombre. Era un auténtico patriota”, asegura el yerno de Yashin. Los próximos años no fueron fáciles, especialmente después de que la URSS decepcionara en el Mundial de Chile 1962, en el que la prensa “le echó toda la culpa de la derrota a Yashin”.

Yashin también fue de nuevo objeto de las críticas cuando los soviéticos cayeron ante los españoles en la final de la Eurocopa de 1964, ya que los especialistas consideraban que podía haber hecho mucho más en el gol de cabeza en plancha de Marcelino. En el momento más bajo de su carrera Yashin fue convocado para el histórico partido entre Inglaterra y el resto del mundo para conmemorar los cien años de la fundación de la federación inglesa de fútbol.

“Entonces, sintió que estaba entre los más grandes futbolistas del mundo. De hecho, ese fue siempre su partido preferido. Hizo muchos amigos que le vinieron a visitar después”, admite. Compartieron equipo ese día con el guardameta soviético, míticos futbolistas como Di Stéfano, Gento, Puskas, Uwe Seeler, Eusebio, Kopa o Bobby Charlton.

“Se llevaba especialmente con los alemanes, aunque no había pasado tanto tiempo desde la guerra. Se hizo amigo de Beckenbauer. Hablaba un poco de alemán”, recuerda Irina. Tanto Beckenbauer como Pelé, con el que trabó una estrecha amistad a lo largo de su carrera, vinieron a visitarle a Moscú una vez colgó las botas y ambos seguían en contacto con su viuda, Valentina, después del fallecimiento del portero en 1990.


viernes, 19 de mayo de 2023

PARA RECORDARLO SIEMPRE

¿QUIEN ERA HERNAN "PALITO" MANRIQUE"

FUENTE: "TyC SPORTS

En la mañana de este  viernes, el fútbol argentino se vio conmocionado por la repentina muerte de Hernán Marique, director técnico alterno de la Reserva de Vélez que sufrió un dolor fuerte en el pecho en la previa del partido ante Racing y tuvo un paro cardíaco por lo que lo trasladaron al hospital, donde no lograron reanimarlo. El encuentro se suspendió en el entretiempo cuando el Fortín ganaba 2-0.




Hernán Manrique nació el 17 de agosto de 1973, en Buenos Aires. Palito se inició en las divisiones inferiores de Chicago, cuando todavía estaba en tercera división y luego pasó por All Boys, donde logró el ascenso a la B Nacional en 1993 siendo campeón.

Para 1996 emigró a Belgrano de Córdoba y también dejó una huella, en 1998 fue protagonista del ascenso a la Primera División. Tras un año más en el Pirata, tuvo un breve paso por Unión de Santa Fe y para 2000 regresó al Torito de Mataderos, donde logró meterse en la historia grande: anotó un gol en la final ante Instituto y volvió a conseguir un ascenso a Primera. Luego tuvo un breve paso por el fútbol de Ecuador y volvió a la Argentina para jugar en Huracán, Chacarita, Atlético Tucumán y Unión de Sunchales.

En 2010 comenzó su carrera como DT en el 2017 llegó a Vélez, donde se pasó por infantiles y posteriormente por divisiones inferiores. Últimamente se desempeñaba como ayudante de campo de Marcelo Bravo en la Reserva del Fortín y había sido parte del interinato entre la salida del Alexander Medina y la llegada de Ricardo Gareca.

jueves, 18 de mayo de 2023

HISTORIAS PARA RECORDAR

VIDA Y OBRA DE OSCAR LURAASCHI

FUENTE: LA VOZ 

Oscar Alberto Luraschi se fue dejando atrás el recuerdo de su paso por uno de los mejores equipos de Belgrano en AFA, el del Nacional ‘77, y un idilio con los viejos hinchas del Pirata que hoy lamentan su partida.




Arquero de muy baja estatura para el puesto, supo compensar esa falencia con notables reflejos y una asombrosa agilidad para buscar la pelota cuando llegaba al arco o sus inmediaciones.

“Desde muy chico me apasionaba jugar al arco. Para colmo lo veía a mi hermano (Ángel Carlos) que actuaba en Newell’s y también como arquero. Como si ello no hubiese sido suficiente, mi padre (Juan Carlos), jugó en el mismo puesto y también en Newell’s. Sin duda, somos una familia de arqueros, y realmente me gusta mucho”, declaró a La Voz del Interior en una entrevista realizada en mayo de 1978.

Había llegado al club de Alberdi en 1977, tras haberse formado en Argentino de Rosario, la ciudad donde había nacido el 3 de noviembre de 1949, y de posteriores pasos por San Telmo (1970-73), Ferro Carril Oeste (1973-75), Colón de Santa Fe (1976-77).

Con el Pirata debutó de la mano de Sebastián Viberti el 24 de julio de 1977, en una victoria 1-0 sobre Racing, en el Miguel Sancho, por la séptima fecha del Clausura de la Liga Cordobesa. El técnico le había confiado la titularidad por su necesidad de contar con un guardavalla de experiencia para el Nacional que se avecinaba.

En ese certamen, Luraschi se destacó con actuaciones notables, siendo figura destacada de su equipo en varios encuentros, con un plantel que fue protagonista y hasta puntero del mismo durante varias fechas. Gozó de picos de alto rendimiento, pero cayó en desgracia y perdió confianza luego de una derrota 4-0 ante Huracán, en una muy mala noche suya, que significó además la pérdida del invicto.

En 1978, en ocasión de la inauguración del Estadio Córdoba, fue convocado para integrar la selección cordobesa que enfrentó al combinado nacional dirigido por César Menotti. En ese encuentro, Mario Kempes le marcó el primer gol anotado en el flamante escenario. Argentina, que luego sería campeón mundial, ganó esa tarde 3-1.

Luraschi totalizó 29 partidos oficiales en defensa del arco de Belgrano. Tras perder el puesto con Guillermo Bosio, se marchó a Platense, donde cerró su campaña en el fútbol de AFA.

SU ULTIMA ENTREVISTA:

NOTA PUBLICADA EL 18 DE MAYO DE 2020.

“¿Cómo anda mi querido Belgrano?”. Es la primera pregunta que hace Oscar Alberto Luraschi al atender el llamado de Mundo D. El exarquero, de recordado paso por Belgrano entre 1977 y 1979, hoy tiene 70 años. Rosarino de nacimiento, está radicado en San Martín, provincia de Buenos Aires. Antes de llegar al Pirata, pasó por San Telmo, por Ferro y por Colón de Santa Fe, Sin embargo, no duda en afirmar: “Belgrano es lo mejor que me pasó en mi carrera”.

La identificación de Luraschi con Córdoba tiene sobrados motivos. En el Nacional de 1977, el mismo que tuvo a Talleres como finalista, Belgrano cumplió una notable campaña en la que terminó segundo en su zona de ocho equipos, a sólo dos puntos de Independiente, que fue el campeón y al que derrotó 2-1 cuando se cruzaron en Alberdi.

Pero, además, a “la Araña” (así lo apodaron en sus inicios) le convirtieron el primer gol de la historia del Chateau. Fue el 16 de mayo de 1978, cuando la selección argentina derrotó 3 a 1 al combinado de la Liga Cordobesa. Aquella tarde, empezó atajando Rubén Guibaudo, pero Oscar ingresó en el segundo tiempo y, a los seis minutos, sufrió el histórico gol de Mario Kempes, que abrió la cuenta. Y también integró el equipo de la Liga Cordobesa que ganó por última vez la copa Presidente de la Nación, también llamado Campeonato Argentino o copa Presidente, en 1979/1980. Es decir, fue “casi” un cordobés más.

“Con los muchachos de aquel equipo tenemos un grupo de WhatsApp y estamos en contacto siempre. Nos compartimos fotos, recuerdos. Seguimos siendo unidos”, le contó a este diario, con lo que dio inicio a una charla cargada de recuerdos.

–¿Qué es de su vida hoy?

–Ahora me dedico a ser jubilado, muy tranquilo. Nunca me fui del fútbol. Trabajé mucho en la formación de jugadores, en varios clubes. Durante casi 14 años trabajé con Carlos Roldán (ex director técnico de San Martín de Tucumán, entre otros clubes). Como entrenador de arqueros y ayudante de campo. Y también armaba un selectivo de jugadores de inferiores, para que fueran adquiriendo roce de primera. Aprendí mucho de fútbol porque en mi carrera me dirigieron grandes técnicos.

–¿Quiénes?

–En San Telmo arranqué con el húngaro Elmer Banki, que les sacaba una diferencia enorme a todos. Después tuve a Victorio Spinetto, al “Cabezón” Juan José Pizzutti, a José Yudica… Y especialmente a Sebastián Viberti: más que un técnico, un maestro.

Cuando habla de Viberti, entrenador de aquel Belgrano versión ‘77, Luraschi se emociona.

–¿En qué se destacaba Viberti?

–Te cuento una anécdota. Había un grupo que hablaba mucho con el técnico: Miguel (Laciar), Benito (Rodríguez), “el Gringo” (Rubén Coletti) y yo. Un día Sebastián nos llevó a caminar, antes de que empezara el campeonato. “¿Cómo la ven con este ‘rejuntado’?”, nos dijo. “¿Cómo qué ‘rejuntado’?”, le contestó Miguel. Viberti era muy bicho. Sabía cómo tocarnos el amor propio.

–No era un equipo con grandes figuras…

–Laciar fue un “10″ espectacular. Y los centrales eran un lujo. “El Pollo” (Beccérica) me hacía reír mucho. Me acuerdo que le gritaba: “¡Pollo, no le pegues al primero que pase, fíjate que no sea de los nuestros!”. Un personaje. Creo que se dieron todas las condiciones que tiene que haber: un gran conductor, un grupo humano al servicio de una causa y un plantel convencido del mensaje. Sebastián era muy simple y nosotros éramos muy unidos. Y ganadores natos.

–Estuvieron muy cerquita de las semifinales. Hubiera sido histórica una eventual final con Talleres, en Primera…

–Nos quedamos ahí nomás. Una pena porque estábamos para pelearla. Creo que se nos escapó en el partido con Huracán que perdimos en Buenos Aires (0-4, el 21 de diciembre de 1977, por la décima fecha), cuando nos sacaron el invicto (Belgrano fue el último equipo en perderlo en todo el certamen). Nosotros ya les habíamos ganado bien en Alberdi, con todos los titulares. Pero cuando jugamos allá fue raro. Ellos ya no tenían chances de pelear la clasificación (sólo pasaba a semifinales el primero de cada una de las cuatro zonas) y venían jugando con un equipo alternativo. Sin embargo, justo contra nosotros pusieron toda la artillería… Brindisi, Babington y todos los monstruos… Nos ganaron bien. Veníamos cabeza a cabeza con Independiente y, al final, se clasificaron ellos.

Pero Luraschi está convencido de que se metió a la gente de Belgrano en el bolsillo poco antes de que empezara aquel Nacional.

“Fue un partido ante Racing de Nueva Italia, en la cancha de Talleres (se refiere al que se jugó el 25 de septiembre de 1977, por la 16ª fecha del Clausura de Primera División de la Liga Cordobesa), por la mañana. Ganamos 1 a 0 con gol del “Lobo” (Víctor) Sosa, pero cuando recién arrancaba el partido tuve un mano a mano con “el Ojudo” (Migue Ángel) Patire. Lo esperé y me la jugué cuando vi que la tiró un poco larga. Se la gané. Él me quiso saltar, pero con la punta del botín me partió la frente. Entró “el Turco” Jalil (masajista) para atenderme y me quería hacer salir por el corte que tenía. “De acá me sacás muerto”, le dije. No sé qué me puso, pero aguanté hasta el entretiempo. En el vestuario me dieron cuatro puntos de sutura en la frente y salí a jugar el segundo tiempo. Me atajé todo y ese fue el partido que marcó mi relación con la gente de Belgrano”, contó.

–Muchos compañeros suyos dicen que Belgrano era como una gran familia. ¿Para usted también fue así?

–Mirá, nos juntábamos a comer en La Ruleta de Pancho (sobre avenida Colón) y nos sentíamos así. Me acuerdo de que me había comprado un Fiat 600. Lo dejaba detrás de la tribuna popular, donde vivía uno de los capos de Los Piratas, que cuidaba el estacionamiento. Él hacía los “choris” que comíamos después de las prácticas. Todo muy familiar.

–Si todo era idílico, ¿por qué se fue?

–Lo que vino después del Nacional fue una etapa difícil del club. Cuando se fue el presidente Aldo Nallino, que era una persona maravillosa, se armó una subcomisión de apoyo al club con la que no me llevé bien. Por eso me terminé yendo a Platense, pedido por “el Huevo” Muggione. Si no hubiera pasado eso, creo que me quedaba a vivir en Córdoba.

–La última: ¿qué tipo de arquero fue Oscar Luraschi?

–Siempre fui de hablar mucho para ubicar a mis compañeros, incluso en los entrenamientos. Cuando estaba en Ferro, durante una práctica, estaba dando indicaciones desde el arco y escuché una voz gruesa, que venía de mis espaldas. “Muy bien, pibe. Si lo hacés más pausado, te van a entender mejor”, me dijo. Era Amadeo Carrizo, que iba siempre a vernos, con Ante Garmaz. Soy de los que piensan que el arquero tiene que reunir tres condiciones importantes: primero, atajar; segundo, ubicar a sus defensores, porque tenés que ser el técnico dentro de la cancha, y tercero, tener el criterio para decidir por dónde se sale jugando. Yo era de los pocos que jugaban mucho con el pie en mi época, junto con Hugo (Gatti) y “el Bigotón” (La Volpe). No soy alto, pero tuve mis recursos.

Fallecio el 7 de octubre del 2021.


miércoles, 17 de mayo de 2023

141 PARTIDOS Y 28 GOLES

THIERRY HENRY EN EL AAS MONACO FOOTBALL CLUB 

FUENTE: "KODRO MAGAZINE":

Thierry Henry jugó en el Association Sportive de Monaco Football Club entre 1993 y 1999, un periodo formativo en el que disputó 141 partidos y anotó 28 goles; su gran evolución en el equipo monegasco le permitió acudir al Mundial de Francia de 1998, donde se proclamó campeón con Francia.




Originario de Ulis en Essonne, Thierry Henry llegó a le Rocher a la edad de 16 años, donde la temporada 1993-1994 llegó a marcar 42 goles en categorías juveniles, llamando la atención del entrenador del primer equipo. Dos semanas después de haberse integrado en el conjunto dirigido por Arsène Wenger, Henry tuvo su primer partido como titular en el campeonato francés. La joven estrella jugó en su temporada de debut en la Ligue 1 al lado de Lilian Thuram, Emmanuel Petit o Youri Djorkaeff.

La siguiente temporada, aunque también jugó en el equipo de reservas, Arsène Wenger lo convocó en ocho ocasiones y sumó sus primeros tres goles. El 29 de abril de 1995, fue autor de un doblete ante el RC Lens en un triunfo (6-0).

La 1995-1996 continuó su desarrollo participando por primera vez en competiciones europeas, concretamente en la Copa de la UEFA. Participó a lo largo de la temporada en 18 partidos y marcó tres nuevos goles. Alineado constantemente en compañía de Victor Ikpeba y de Sonny Anderson, Thierry Henry ofreció grandes actuaciones con el equipo de Principado. Con nueve goles en 36 partidos, participó de manera activa en la obtención del sexto título de campeón de Francia del AS Monaco. Semifinalista de la Copa UEFA y mejor jugador joven del campeonato, su carrera por fin había despegado.

Campeón de Francia a los 20 años, el niño de Ulis impresionaba por su precocidad. El 1 de octubre de 1997, Thierry Henry se convirtió en el jugador más joven del Mónaco en marcar un gol en la Champions League (21 años, un mes y catorce días). Además de marcar un doblete ante el Bayer Leverkusen. Su récord solo fue batido por Kylian Mbappé quien le anotó al Manchester City el 21 de febrero de 2017 a los 18 años, 2 meses y un día.

Henry terminó aquella temporada 1997-1998 como el mejor anotador de la fase de grupos con seis tantos y tres asistencias antes de llegar a las semifinales de la competición ante la Juve. El buen paso continuó para el compañero de David Trezeguet, cuando fue llamado a la selección de Francia algunos días después de su debut en la Champions League. El centro delantero Rouge et Blanc se consagró campeón del mundo nueve meses más tarde, al lado de otros dos monegascos, Fabien Barthez y David Trezeguet.

Tras dos años de un muy alto nivel, Thierry Henry era cada vez más y más atractivo para las escuadras europeas. La Juventus de Turín lo llevó a sus filas en el mercado invernal de 1999. La experiencia duró seis meses antes de que se encontrara con Arsène Wenger portando la camiseta de los Gunners del Arsenal.


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