jueves, 23 de julio de 2020

EL HINCHA PAGABA PARA IR A VERLO

LA HISTORIA DE CARLOS "EL LOCO" SALINAS



    Fue un día de semana, en la madrugada, en el barrio de Once. El bar tenía luces dicroicas, mesas de plástico en la vereda y mozos desalineados pero con moño. Afuera, un toldo viejo y roto cubría las mesas vacías. Los parroquianos hablaban poco.

    A lo lejos, se vio llegar a un hombre. La camisa sucia, el cuerpo quebrado, un bolso deportivo vacío en la mano. Se desplomó en una silla sin mesa, solitaria como un islote. No pidió nada. Al rato, se quedó dormido, aferrado al bolso. Cuando despertó, balbuceó algunas palabras.
    -Ustedes saben quién soy yo. ¡Qué van a saber, porteños ignorantes!
    -No, no sabemos -respondió uno, desganado, como quien le habla a un idiota.
    -Soy Carlos Horacio Salinas. He sio' campeón del mundo con Boca. ¿Ven este bolso? Estaba lleno de dólares. Un millón he llegao a tener.
    -¿Y qué le pasó, maestro? -preguntó otro de la mesa.
    -Me lo he gastao en putas y en merca. Yo soy el Loco Salinas. Y ustedes no son nadie.
    Carlos Horacio Salinas alguna vez fue grande. No sólo porque jugó en River, Boca, Independiente, Chacarita y Argentinos Juniors, sino porque sus goles -que definieron campeonatos- lo transformaron en un mito del fútbol de la década del '70. El público lo ovacionaba al grito de “¡tucumano! ¡tucumano!” y los abanderados del buen fútbol decían que el “Semilla” -así lo llamaban en su barrio La Ciudadela- era un crack.
    “Lo único que lamento es no haber estado en Buenos Aires para el partido entre Boca y el Borussia Mönchengladbach. Quería ver jugar al Loco Salinas”, dijo César Luis Menotti, a propósito de la primera final de la Copa Intercontinental, que luego ganaría con un gol del tucumano.
    El Loco inspiraba respeto y a la vez formaba parte de una maquinaria que comenzaba a generar dinero. Rápido, hábil y peleador, Salinas no sólo recogía elogios, sino también fortunas. En 1981, por ejemplo, cobró 250 mil dólares cuando Boca decidió venderlo a Argentinos Juniors.
    ¿Por qué se deshicieron de él y de otros jugadores? Porque Boca quería comprar a un pibe que la rompía: Diego Armando Maradona.
    La llegada de Maradona a Boca fue el comienzo de la abundancia, pero también el inicio del fin. Conforme los pases se iban sucediendo, Salinas empezó a ganar dinero pero a perder motivación. Y empezó a quemarse los dólares. Llegó a tener dos autos BMW, siete departamentos y todas las modelos que quiso. Pero mientras vivía las noches de una Buenos Aires que en aquel entonces era “la París de Sudamérica”, su juego sólo sabía empeorar.
    Pasó un cuarto de siglo desde su retiro. Después de una juventud de lujo y declive, queda un hombre ermitaño y de risa forzada que dice tener voces adentro de su cabeza. Hoy, el Loco Salinas parece un loco en serio.
    -No quiero saber nada de ese hijo de puta -contesta la ex mujer de Salinas, con un enojo viejo, desde el portero de un edificio.
    Luego da unas coordenadas vagas de una calle en Caballito. Dice que ahí vive la mujer. Hasta ahora, sólo me gané una puteada. Toco de nuevo, dispuesto a ser contundente.
    -Hola, soy tucumano como Horacio. Quiero hacerle una entrevista -digo en una exhalación rápida.
    -Para en un bar acá a dos cuadras. Chau -me cuelga-.
    Son las diez de la mañana. En el bar, las manchas de humedad forman extrañas nubes, como mapas de países inexistentes de un mundo rancio. El encargado conoce a Salinas. Me quedo una hora, dos, tres. Cansado de esperar, salgo a dar una vuelta a la manzana. Y lo encuentro caminando solo, con las manos en los bolsillos.
    Ropa deportiva, zapatillas nuevas y la cara picada por una vieja viruela, Salinas habla fuerte y me agarra del antebrazo para enfatizar lo que dice. Saco el grabador.
    -Éramos siete hermanos: cinco varones y dos mujeres. Mi hermano llegó a ser capitán de Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Cuando yo tenía 14 años, le dijo a mi vieja: ‘Mandámelo a Horacio para que no esté al pedo en Tucumán’. Vivíamos en una pensión. Mientras ellos jugaban, yo estaba al costado. A veces, me hacían entrar un rato. Un día, la selección juvenil fue a hacer pretemporada a Jujuy y jugó contra el equipo de mi hermano. Entré en el segundo tiempo y les di un baile a todos. Ahí comenzaron a conocer a Carlos Horacio Salinas -cuenta mientras apura una porción de muzzarella. Es hora del almuerzo.
    Luego de ese partido, llegaron al club jujeño telegramas de San Lorenzo y de River pidiendo al jugador. Aunque siempre fue de Boca, Salinas eligió al equipo de la banda roja.
    El paso por River fue fugaz. Después de un clásico con Boca, Salinas cambió la camiseta con un rival. Al día siguiente, fue a cobrar un premio al Monumental con la camiseta de Boca -el club del que es hincha- puesta. Así se paseó por todo el hall de entrada de la cancha.
    -Pibe, ¿cómo va a venir así al club? Usted está loco -le dijo Rafael Aragón Cabrera, presidente de River.
    Al mes lo vendieron a Chacarita. Allí hacía caños, metía goles y jugaba con la tranquilidad que tenía al borde de la cancha en Jujuy. Estuvo dos años y era capitán indiscutido.  Toto Lorenzo, técnico de Boca, puso los ojos en ese tucumano de 20 años, crack y pendenciero. Dice que lo cagaron con el pase, pero que no le importaba nada. Quería jugar en su Boquita.
    -Nunca supe cuánta guita pagaron por mi pase. Sé que el presidente se quedó con el 15 por ciento que me correspondía. ¡Pero no me importaba nada! Total después recuperaba la guita. Con Boca hice un contrato importante. Cobraba cuatro o cinco veces más que en Chacarita, tenía viajes, amistosos… En Boca se te abre la cabeza.
    Con ese pase se le cumplió el sueño del pibe. Salinas recuerda el episodio hablando de sí mismo en tercera persona, como Maradona.
    -Salinas se puso la titular de Boca y no se la sacó más -dice y da golpes en la mesa. Salinas gambeteó a cuatro e hizo un golazo -sigue con el pecho inflado.
    En otra entrevista, días después, dirá que fueron cinco adversarios.  Cuando cuenta la historia, el mozo del bar gesticula detrás de él. Deben haber escuchado la historia algunas veces.
    -Ganamos el Torneo Metropolitano, la Copa Libertadores y la Intercontinental. La gente de Boca no se olvida más de nuestra generación. Los de ahora -los Riquelme, los Barros Schelotto y todos esos- son olvido. Se acuerdan de nosotros. Hay gente que me ve en la calle o en el subte y me dice: “Usted sigue siendo el ídolo de Boca. Usted es Salinas”.
    Salinas jugó en Boca desde 1978 a 1980. Fue un romance tan intenso como tormentoso. De gira, eran constantes las llegadas tarde del Loco. Después de ganar la Copa Intercontinental y con el desafío de retener la Libertadores, Boca jugó en el torneo local contra Huracán. En el medio del partido, Salinas agarró del cuello al árbitro Gnecco y lo suspendieron por 25 partidos. La vuelta a las canchas le duró dos partidos y en el tercero fue expulsado contra Estudiantes. Volvió en 1980, pero en el medio de un amistoso se sacó un botín y se lo tiró a un hincha.
    Mientras Salinas se hacía expulsar tontamente, los hinchas llenaban las canchas para ver jugar a otro pibe que la rompía: Maradona.
    En lo que fue la transferencia más resonante de la historia del fútbol argentino, el club de La Ribera le pagó a Argentinos Juniors dos millones y medio de dólares y cedió los pases definitivos de cuatro jugadores: Carlos Randazzo, Osvaldo Santos, Eduardo Rotondi y el indisciplinado Salinas.
    -Por ese pase me dieron 250 mil dólares en la mano. Era buena guita era. Pero lo mismo pensé: ¡Qué suerte puta la mía! Me quedé varios años en Boca y justo ahora tiene que venir el mejor del mundo. ¿Por qué me tengo que ir yo y no otro? Cuando llegué a Argentinos me dieron medias rotas y las canchas eran un desastre.
    En Boca, Salinas ganaba campeonatos y en Argentinos peleaba por el descenso. Con un gol suyo, el Bicho se salvó de caer en la B Nacional. Pero él se quería ir. Buscaba volver a Boca o a otro club grande. Lo compró Independiente, donde tuvo un paso sin gloria. Y de ahí a Independiente de Medellín, donde lo apodaron El Pájaro Loquillo. Su única motivación, en aquellos años, era el dinero. El fútbol colombiano, a inicios de la década del 80, no tenía prestigio pero sí excelentes contratos porque la mayoría de los clubes estaban manejados por los carteles del narcotráfico.
    Después de tres años en Colombia, pasó a Racing de Córdoba. Y de ahí tuvo una brusca caída a Alumni de Villa María, en la liga cordobesa de fútbol. Hizo un intento más en Medellín y luego su hermano lo convocó a Gimnasia de Jujuy en la B Nacional. Jugó sólo dos partidos.
    -Mi hermano era técnico del club. Jugábamos contra Quilmes. Recibí una pelota solo en el área, frente al arquero. Tenía mil opciones para definir. Era un gol que mi vieja con tacos altos hacía. Y la tiré afuera. Cuando terminó el partido, pensé: Carlos Salinas no puede errar este gol. Dije chau. Colgué los botines. No jugué más.
    Salinas se retiró a los 31 años y hoy tiene 58. Lleva más de un cuarto de siglo como ex futbolista. No tiene ni busca trabajo. Ahora vive en un departamento de Caballito -lo único que le queda- lleno de cosas que no son suyas porque decidió echar violentamente a unos inquilinos morosos. Cobra una jubilación de Boca y dice que no necesita nada más. Las palabras son de un monje despojado, pero los gestos -por momentos- están cargados de bronca.
    -No quiero laburar. No tengo ganas. Lo mío ha sido el fútbol y chau. Nada más. Es lindo ganar mucha plata y toda la que gané me la gasté yo solito. Así como he venido de Tucumán en bolas voy a volver en bolas. Pero quién me quita lo bailao. Ahora, ¿pa qué quiero tanta guita? La gente habla de plata plata plata. Yo necesito 40 pesos para pagar una pizza y yerba para el mate. ¿Pa qué quiero un auto? ¿Adónde voy a ir? Antes tenías puteríos, cabaret, minas lindas.  A las minas de ahora no las uso ni pa darme calor en los pies. Los días de Salinas son sencillos. Se levanta tipo diez u once de la mañana. Al mediodía baja al bar de la esquina. Se pide media pizza, vuelve a comer y se tira a dormir la siesta. Amanece por segunda vez a las cinco o seis de la tarde. Ve un poco de tele y antes de medianoche está en cama.
    -¿Te dejó amigos el fútbol?
    -Ni uno. Cuando la carrera se termina, cada chancho a su rancho. Nos juntamos solo una vez al año para celebrar la Intercontinental. ¿De qué voy a hablar con mis ex compañeros? ¿Qué les voy a preguntar? Ellos saben mi vida y yo sé la de ellos. Hay una falta de comunicación entre nosotros. ¿Sabés por qué?
    -¿Por qué?
    -Porque adentro de la cancha vos te manejás con gestos, con miradas. Y llegás a saber qué piensa y qué quiere el otro con sólo mirarlo. Lo nuestro no es hablar.
    -Pero cuando te retirás tenés que hablar más, ¿no?
    -Yo no tengo teléfono. No quiero hablar con nadie y no quiero que nadie me hable. La gente está muy pelotuda. No te cuenta nada interesante, no te dice nada, andan con miedo. Se toman la vida muy a pecho. ¿Y qué es la vida? Decime vos. ¿Qué es? Nada es la vida.
    -¿Cuál es la diferencia entre Batistuta y yo? La guita. El es millonario pero no puede estar parado ni una hora porque tiene las rodillas rotas.
    -¿Qué hace Batistuta, decime?
    -No sé, ¿qué hace?
    -Nada. Igual que yo.
    Ahora me guiña el ojo: Salinas parece un perro envejecido.
    -Todos los ex futbolistas estamos al pedo./www.tucumanzeta.com y www. uncanio.com.ar
    Dos momentos complicados
    Diario Clarín, 6 de mayo de 1987. “Apresan por narcotráfico al ex futbolista Salinas. El juez le dictó prisión preventiva como autor prima facie de comercialización de estupefacientes, a raíz de haberse hallado 30 gramos de cocaína en su domicilio, una cantidad de picadura de marihuana y una balanza fraccionadora”.
    Le correspondía una pena de tres a doce años de prisión, pero pasó cuatro meses en el Pabellón 49 del penal de Villa Devoto. Salinas dice que le hicieron una cama.
    “Fue la peor cagada que me mandé. Yo andaba de noche en esos años. Fui a un boliche de la avenida Santa Fe y me levanté a una mina. Estaba linda la guacha. De boludo la llevé a mi casa y le invité merca. Yo no tomaba nunca. Tenía para convidar nomás. Volvió al otro día y ahí cayó la cana”.
    -¿Y la balanza, Horacio?
    -Era para pesar cartas. Hay mucha gente que me manda cartas. Son mis admiradores.
    -¿Cómo fueron esos meses?
    -Bien…  sin problemas. Me esperó el director de seguridad y dijo: "Él es Salinas, ídolo de Boca, no lo van a poner con los otros". La pasé bien, tenía visita todos los días. Pero las cosas comenzaban a cambiar. Antes, la policía me cuidaba. Y después me metía adentro.
    Diario Popular, 27 de octubre de 1988.
    “Carlos Salinas quiso arrojarse de un piso once. Víctima de una intensa crisis depresiva que lo venía jaqueando desde el momento mismo que se separara de su esposa, el ex futbolista intentó quitarse la vida, pero la oportuna intervención de familiares y vecinos impidieron que se arrojara”.
    Salinas dice que fue todo una mentira, que lo quieren perjudicar. Sí recuerda que su compañero en Boca, Rubén Suñé, se tiró de un séptimo piso en junio de 1984, con tanta suerte que cayó en un toldo y se salvó.
    -Pero yo no, nunca. Ni de un sótano me puedo tirar. Yo tomo la vida como viene. También dicen que soy alcohólico, que ando tirado, que soy un pobre infeliz. La gente ni me conoce. Yo no jodo a nadie. Con los únicos que hablo es con estos boludos del bar y con vos.

    POR: DIEGO JEMIO / ESPECIAL PARA MÁS DEPORTES/ DIARIO LOS ANDES/ SEPTIEMBRE DEL 2014

    viernes, 17 de julio de 2020

    EL NENE DEL GOL

    ANGEL TRAVESINO EL DE LOS GOLES IMPORTANTES 


    por Adrián Hernández

    Siempre está predispuesto al diálogo, sin importar el tema y en esta ocasión, lo acepta en la mañana del Viernes Santo. Con tono tranquilo, su habitual amabilidad y con ganas de responder a todo, Ángel “Nene” Travesino acepta la invitación para repasar, desde casa y en charla telefónica, una vida llena de goles, logros, alegrías, desafíos y grandes momentos, dentro y fuera de una cancha.



    “¿Cómo estoy en cuarentena? (Risas) como gato enjaulado, caminando por las paredes. Uno sale y hace lo justo y lo que corresponde, pero después sobra mucho tiempo. Y claro que se extraña el día a día y en mi caso, ver a los chicos de la escuelita de fútbol y el salir a realizar otras actividades. En casa miramos tele, charlamos, pero ya no hay más que contar y ¡mucho menos cosas de mi pasado que ya saben de memoria!”, arrancó el diálogo el puntano, nacido en Arizona, San Luis, hace 70 años, el 30 de noviembre de 1949 y que desde pibe, a los 8 años arribó a Roca, ciudad que lo considera un roquense más desde hace mucho tiempo.

    Y cuando habla de la escuelita de fútbol, es la que conduce desde 2001 y que tiene a un centenar de chicos de diferentes divisiones, con la categoría 2009 como la más grande.
    “En el año 2000 me recibí de entrenador, en Roca, en la primera camada de egresados y también fui profesor de estrategia y táctica dos años. Varios amigos e hijos de ellos, que ya tenían chicos para jugar, me decían que ponga la escuela y me insistían, pero yo no me sentí preparado. Cuando tuve todo, más o menos, estudiando y la idea más clara, me animé y arrancamos”, contó Ángel, esposo hace 43 años de María Gladys Bertuzzi y padre de cinco hijos.

    En el preciso momento que se viene el recorrido por su vida, interrumpe y se anticipa. “Ya sé. Me vas a preguntar de donde viene el apodo y la verdad es que de toda la vida. Siempre, desde chico, me dijeron Nene. Igual acá hay dos o tres que se adjudican que ellos empezaron a llamarme así (risas). Ellos dicen que arrancó con el fútbol, pero ya en San Luis me decían así. ¿Otro apodo? Y por mi forma de hacer, de hacer locuras, para varios fui el Loco”, agregó el hijo de Héctor (fallecido hace 50 años) e Irma (con 91 años cumplidos). Sus padres se llevaban 20 años de diferencia: Ángel nació con papá cumpliendo 40 y mamá 20.

    La llegada a Roca, con el objetivo de progresar en el trabajo y el estudio
    Los primeros pasos de la vida, Ángel los dio en Arizona, en el campo, viendo a papá y mamá tratando de prosperar con el mismo y el aserradero que también era parte del proyecto familiar. Pero, cuestiones económicas y del momento político, hicieron pensar en otro horizonte, en otro rumbo.
    “Era chico, pero recuerdo que fue en 1957 cuando se tomó la decisión de venir a la Patagonia, a Roca. En el campo se trabajaba la madera para el aserradero, en el que mi papá era socio de mi abuelo y las cosas no andaban bien. Creo que fue el momento político, el aspecto económico y todo ello hizo que mis padres se replantearan las cosas. En especial, el tema del estudio, tenía por entonces dos hermanas más grandes y luego venía yo y querían que tengamos un futuro con estudio ¿Por qué Roca? Acá estaba un hermano de mi padre, que estaba trabajando en una empresa vial y la cual tenía la concesión del trabajo de hacer la Ruta 22, de Roca a Cervantes. Y vinimos. Papá vino como motorista y la empresa nos dio una casa, de esas prefabricadas, de madera, que estaba en Maipú y Artigas y que luego siguió estando ahí y con cambios quedó para mi madre. Luego mi papá compró un terreno en calle Alsina, no muy lejos de ahí, pero más cerca de la ruta 22. Allí trasladó la casa. Te imaginas: estaba nuestra casa y hacía el lado de la ruta no había nada (risas)”, relató Travesino sobre sus primeros pasos en suelo roquense.

    Por supuesto, “Nene” y sus hermanas, a estudiar. “Arranqué en la Escuela 32, allí fue la primaria y luego la secundaria la comencé en el Colegio Nacional, en calle Mitre, lo que hoy es el lugar de enseñanza para recibirse de maestro y profesor, en cercanías del club Del Progreso. El fin de mis padres era que sus hijos estudiaran, pero no terminamos. Mis hermanas dejaron y yo hice 1º y 2º año y dejé porque el fútbol me atrapaba”, siguió contando Ángel.

    Claro que el dejar de estudiar no gustó en casa. “Nooo, mis padres no querían saber nada y estuve en penitencia y con retos. Tenía 14-15 años y ya me iba bien en Tiro Federal, pero el castigo duró un tiempo. Me levantaban a las 7.30, me daban el desayuno y a salir de casa, a buscar a trabajo. Yo daba algunas vueltas, pero lo que menos hacía era buscar trabajo. Imagínate que venía de Arizona, de unos 400 habitantes y por entonces Roca era como venir a Buenos Aires”, confesó, con alguna sonrisa de por medio, el gran delantero que jugó en varios clubes de Río Negro, Neuquén y Mendoza.

    La relación con el fútbol comenzó al poco tiempo de llegar a Roca. “No en Arizona no jugaba y acá se dio como se da en la infancia, en la calle, con los chicos vecinos. Era el potrero. Y luego fue la escuela. Lo mío siempre fue el fútbol, pero en los recreos nos poníamos a saltar en largo y no me iba mal (risas). Había concursos, no eran Olímpiadas ni se practicaba para ello, pero lo hacía bien. Igual, el fútbol era lo que me gustaba y uno iba creciendo y me llamaron desde el colegio Domingo Savio para sumarse al equipo, a mí y otros chicos del barrio. Era juntarse en la canchita que estaba atrás de la Iglesia y jugar allí como también en los encuentros de baby fútbol que se realizaban en donde estaba antes la sede del Depo en calle Belgrano, también en Círculo Italiano. No eran muchos los equipos, pero siempre había actividad”, contó Ángel.

    Y un día llegó el club Tiro Federal a su vida. “Tenía como 12 años y me hablaron de una prueba de jugadores. No había inferiores como se conoce hoy. Creo que había quinta, cuarta, reserva y primera, pero tenía la chance de sumarme. Se fueron armando los equipos y en lo que hoy es Ciudad Judicial, había un baldío inmenso donde se armaba el gran torneo y allí íbamos nosotros a representar a Tiro Federal, pero nos apropiamos del nombre porque el club no tenía formativas. Recién estaba inaugurado el hospital y allí cerca se jugaba”, no dejó de hacer trabajar a la memoria el gran “Nene”.

    Claro que no todo era jugar y ganar los puntos en la cancha. Había una “motivación extra” para sumar puntos en el mencionado torneo. “Para jugar había que ir a misa. Creo que muchos conocieron al cura Videla, quien armaba los torneos. Y para que todos vayan a misma puso la regla de los dos puntos de bonificación, además de los del partido, por ir a misa. Creo que como mínimo, siete jugadores debían ir a misa. Llegabas a misa, un señor te marcaba con un sello en la mano a las 9 y un rato después de misa nos íbamos a jugar y contaban los sellos (risas). Era una alegría juntarnos e ir a misa para sumar dos puntos más. Me pasaban a buscar y era ir a misa y de allí enseguida a la cancha”, agregó quien el 2 de marzo de 1997, en el “Luis Maiolino” y la camiseta de Deportivo Roca le marcó un gol a Hugo Orlando Gatti en la visita del seleccionado argentino, en la previa al Mundial de 1978.


    Con 14 años, Ángel se afianzó en Tiro y su apellido se fue haciendo conocido, por compañeros y rivales. Se afianzó en cuarta, subió a reserva y ya entre 1966 y 1967 era, con solidez, uno de las fijas en el ataque de ese inolvidable club. En ese mismo 1967 sumó su primer gran festejo como campeón.
    “Teníamos una cuarta rabiosa, imparable. Yo llegué a hacer entre 6 y 8 goles por partido y con todo respeto lo digo, no teníamos rivales. Luego pasé a Reserva y me siguió yendo bien, seguí como goleador. Recuerdo que terminó la Liga Mayor y como se fueron los chicos que habían venido de afuera, el plantel de primera quedó corto y fueron subiendo jugadores. En mi caso, creo que el debut en reserva fue en Regina, reemplazando a Osvaldo Gil, el 9 de ese equipo y ya me quedé. Y ya entre 1965, 1966 y 1967 tenía mi lugar en primera. Fueron grandes años y como olvidar que en ese 1967 logré mi primer título”, remarcó ese delantero de 1,67 metros que brillaba en la cancha que Tiro tenía ubicada sobre la Avenida Roca.

    “Esa cancha era chica, pero preciosa. Tenía una Visera sobre la tribuna, hermosa y abajo tenía una gran construcción que era para una pileta, amplia, pero nunca fue pileta y nunca nadie supo decirme quien la construyó. Era una cancha hermosa, uno se sentía muy bien jugando de local en ese escenario y con el respaldo de la gente”, siguió repasando Ángel.

    “¿Un gol a elegir? Varios y siempre tuve la suerte de estar en el lugar justo”
    Las preguntas van y vienen y se mezclan las respuestas, pero todo es culpa de una charla rica, llena de recuerdos y que uno tras a otro de manera inmediata.
    Y cuando llega el momento de elegir el mejor gol de la carrera, para un gran goleador no es tarea sencilla.

    “¿Un gol a elegir? Varios y siempre tuve la suerte de estar en el lugar justo. No me gusta decirle hoy a los chicos que tiene que hacer un nueve y como moverse porque cada instante es diferente y muchas veces yo tuve la suerte de estar en el lugar justo, el indicado y que la pelota venga a mí. El gol vino a buscarme”, afirmó “Nene” antes de contar esos inolvidables festejos luego de ver que sus remates o cabezazos superaron al golero rival

    “A fines de los sesenta se jugaba la Copa de Campeones entre los clubes de Río Negro y Neuquén. En 1967 la ganó Independiente de Neuquén y al año siguiente, las semis se fueron a jugar a cancha de Independiente. Nosotros, con Tiro Federal superamos a Ciclón de Patagones y jugamos la final con el dueño de casa. Y fue una final que parecía perdida. Faltaban 10 minutos y nos ganaban bien 3-1. Nosotros íbamos con todo y ellos se defendían bien. Ya mucha gente de Tiro se había ido de las tribunas y Carrasco puso el 3-2. Y tuvimos la última. Teníamos como punta derecha a Paolucci, que había jugado en River, un hombre grande, vivo, rápido y que le pega con un cañón, terrible como le daba. Y bueno, nos pusimos en el borde del área, vino el remate, recto muy fuerte y fui el único que saltó: te juró que la pelota me pegó en la cabeza. Me pegó tan fuerte, que desde la línea del área grande salió disparada contra un palo del arquero. Fue un golazo, pero yo me enteré minutos más tarde (risas). Quedé mareado, veía estrellitas y sentía los abrazos de mis compañeros y escuchaba los gritos. Empatamos 3-3  y terminamos ganando 5-3 en el alargue y hasta errando un penal para llevarnos la Copa”, relató sobre uno de esos goles que no se borrarán nunca más de su mente.

    Uno que también valió un título lo gritó con el alma en 1974 y con la camiseta de Unión Alem Progresista de Allen. “Todavía, cuando voy a Allen o me cruzo con gente de allá, se acuerda de ese partido y de ese gol. Eso es lindo”, arrancó con el recuerdo Ángel.

    También fue sobre el cierre del cotejo y cuando era derrota. Fue ante Cipolletti. “Ya se terminaba el encuentro, perdíamos 3-2 y vino un córner a favor y salió el rechazo. Y yo tenía la costumbre de salir del área porque era chico de estatura y si bien me las aguantaba, uno enfrentaba a defensores grandes, tipo de más de 30 años, fuertes, con muchas mañas y que te hacían sentir el rigor. Y bueno, yo salía para poder tomar el rebote. Y la pelota es rechazada, no me acuerdo por quien, se va para el vértice derecho del área y me quedó justa. Metí la chilena y puse el 3-3. Con el empate fuimos campeones y fue un inolvidable título con chicos como Dómina, Gugliara, el Ruso Engraff, Scarlatta, Gentili, entre otros”, completó Travesino.

    Y por supuesto, el gol a Gatti, a la selección nacional, es muy especial. “Le dimos un gran susto y eso que tuvieron la ayuda del árbitro. Pensaron que se iban a comer a los chicos crudos y nosotros salimos a jugar muy en serio. Al principio jugaron de manera displicente y el Depo, con lo que tenía, dio todo. Nos terminaron ganando 2-1 muy apretado y hubo felicitaciones. Y pensar que al año siguiente, Argentina ganó el Mundial con muchos de esos jugadores. Hacerle un gol a un grande como Gatti no se da todos los días, pero hoy uno valora mucho más todo. En ese momento jugas de igual a igual y sin faltar el respeto, no estás pendiente de los pergaminos del rival. Es casi como lo que viví teniendo a Omar Oreste Corbatta a mi lado en Tiro Federal. Después cuando lees lo que logró, uno se informa, escucha y hasta ve, te das cuenta que jugaste con una gloria de Racing Club. También me pasó con Prospitti en Allen, jugando al lado de un campeón del mundo con Independiente. En esos momentos tampoco llegaba tanta información como te invade ahora o la chance de verlos, pero sí muchos comentarios. Jugabas de igual a igual, siempre buscando ganar”, contó Ángel sobre esa noche única en el “Luis Maiolino”.

    Tras un jugadón del recordado Tomás del Ciotto, Tavesino le ganó la espalda a Carrascosa y definió, de caño, ante el “Loco” Gatti.

    Después aparecen otros gritos, como la presentación en Sol de Mayo en 1970, marcando los dos goles de un gran 2-2 con Gremio de Porto Alegre. “Fue en pleno Servicio Militar, en Viedma y luego de salir campeón con Tiro ese mismo año de la Copa de Campeones. Había una gran expectativa en Viedma y arranqué muy bien”, destacó Travesino.

    Y uno que también valora como especial fue el primer gol ante Cipolletti, en su primer clásico con Deportivo Roca. “Recién arrancaba Deportivo Roca, recién comenzaba la Liga Confluencia y si bien perdimos 2-1 fue un lindo tanto, de volea, a la salida de un tiro de esquina, como el de Unión. Ya comenzaba la pica y la historia del clásico. El Depo llevaba más de 2.000 personas de Huergo, Oro, Obrero Dique, a todas las canchas. Fue una etapa que también arrancó de manera increíble”, sumó Ángel al repaso por goles importantes.


    Luego llegaron los lindos pasos por clubes de otros puntos en la región. “El fútbol me trató bien y me fue bien en casi todas partes. Pude lograr títulos en casi todos los clubes que jugué, menos en Gutiérrez de Mendoza, en San Martín de Cipolletti por la fractura y en Independiente de Neuquén que jugué como refuerzo en un clasificatorio”, contó Travesino.


    ¿Fractura? “En 1980 Deportivo Roca me dio el pase, buscamos con Beovide llegar a San Martín de Cipolletti, pero era mitad de año y recién pude acordar la llegada en 1981. Y ese año me fracturé tibia y peroné y estuve sin poder jugar ese año. Luego ya costó el regreso, pero además tenía como prioridad la familia, ya estaba casado y la idea era cerrar la carrera. Pasaron unos años y en 1983 vino la gente de Argentinos del Norte, me vinieron a invitar a jugar, les conté que estaba sin actividad y que venía de la lesión, pero bueno, volví. Jugué unos 4 partidos y ya con 34 años dije adiós”, quien cierre contando el final de su campaña deportiva.

    “En 1973, Mumo Orsi, campeón del mundo con Italia, me llevó a Gutiérrez, a Mendoza y fue una gran experiencia. Luego llegó el ya contado paso por Unión de Allen, Sportsman, Alianza e Independiente. ¿Tuve la chance de ir a otros equipos? Sí, pero bueno, en ese momento se pedía una buena cifra por mi pase y no se dio la llegada a All Boys de La Pampa, a Olimpo de Bahía Blanca y tampoco se dio lo de Rangers de Talca de Chile. Sí tuve una chance de ir a Cipolletti, fue en 1973, con todo arreglado, pero tuve una contractura fuerte antes de sumarse y justo hubo un amistoso el primer día y entré a jugar desgarrado creyendo que iba a poder estar bien. En el primer pique llegó la lesión y el pase se cayó”, siguió recordando Travesino.

    Pero lejos estuvo de apartarse del fútbol. Siguió jugando en los torneos seniors, de veteranos y no paró de hacer goles y dar vueltas olímpicas en diferentes competencias, en diferentes escenarios y en distintas categorías.

    “En octubre de 2019 me invitaron, desde la Liga Mendocina, para un encuentro de veteranos que tuvo a 500 jugadores de la época del ´73, año en el que jugué en Gutiérrez. Me encontraron en la guía telefónica y me llamaron. Me encontré con ex compañeros y recordamos ese año. Se acordaban de hasta mi pelo largo. Fue un placer inmenso volver luego de 47 años y saqué fotos hasta con Leopoldo Luque”, contó Ángel sobre su presente futbolero que sigue ligado al pasado.

    Travesino no da rodeos en las respuestas. Es auténtico, frontal y entre tantos recuerdos, el “mejor partido de su vida” es una consulta respondida de inmediatez. “Mi mejor partido fue siempre el mejor del equipo. Es que un goleador depende de sus compañeros y si ellos juegan bien, uno también lo hace. Podría hablar de alguno que hice seis o más goles, pero cuando lo hice fue porque me daban el pase para anotar. Con Deportivo Roca ganamos una tarde 9-1, hice 8 goles, pero al lado tenía de Batalla, Del Ciotto, Castro y en varios me dieron la pelota para empujarla a la red”, es la respuesta.

    Una calentura del momento, una piña y a pedir perdón siempre que lo ve
    La charla suma y suma imágenes, goles, viajes, experiencias y es tiempo de buscar anécdotas y hay muchas, pero el “Nene” es rápido, como lo era en el área para definir y enseguida encuentra una y cercana. “Mira, hay una por la cual cada vez que lo veo a Carlitos Cepeda le pido perdón”.

    Carlos Cepeda era compañero suyo en Deportivo Roca y en un entrenamiento, intentando evitar que le sigan cometiendo más faltas fuertes a un juvenil llamado Néstor “Rolo” Revelante, Ángel reaccionó y no se reconoció.

    “La cuento porque trascendió y muchos la saben. Y además pasaron más de 40 años (risas). En un entrenamiento le estaban pegando mucho a Rolito Revelante, que era chico, un pibe tremendo y que estaba creciendo. Le pegaron fuerte y yo le digo a Cepeda que aflojen, lo reté y Carlitos me respondió con un insulto. Saqué el derechazo cortito y le pegué en el rostro, en la nariz, con tal mala suerte que le fracturé el tabique y no pudo jugar por más de tres partidos. Lo veía con la nariz toda rota y me sentía muy mal porque no fue la intención. Es hoy, que pasaron más de 40 años, que lo cruzo a Carlitos y le pido perdón. Hoy es una anécdota, en ese momento me quería matar en el club, me quería echar por lo que había hecho”, cerró con una sonrisa.
    El mejor equipo en el que jugó: “Deportivo Roca de 1975, 1976, con Batalla, Tomasito del Ciotto, el Ojudo Castro. Era un equipo con mucha generación de fútbol”.

    Un compañero: “un compañero y amigo, el Monito Ortiz, lateral izquierdo en el Depo”.

    Un club rival: “Cipolletti, siempre era lindo y especial”.

    Un jugador rival”: “Lo tuve enfrente y como campañero, Jorge Indio Solari Gil, un gran defensor y una mejor persona. Espectacular tipo. Duro en la cancha, pero una excelente clase de persona adentro y afuera”.

    Un recuerdo triste: “Nunca por un resultado, una campaña o un partido. Siempre fue por algo malo en el club o con algún dirigente que no cumplió con lo arreglado, con un pago, con un pase. Cosas que pasan y uno aprende a como son en realidad esas personas”.

    ¿Siempre delantero? “Siempre, salvo ahora (risas). Ya con 70 años me ponen de 8 ó 10 porque veo mejor la jugada y puedo poner el pase entre líneas a los delanteros”, concluyó el estimado “Nene” Travesino.

    La charla da para más. Mucho más. Pero no faltará la chance para volver a convocarlo al diálogo, invitarlo al recuerdo y hacerle revivir una campaña espectacular junto al deporte que lo apasiona.


    Travecino dio sus primeros pasos en el club Tiro Federal y afianzado en primera, jugó en 1967, 1968, 1969 y 1970. En ese mismo 1970 estuvo en Sol de Mayo de Viedma, en 1971 y 1972 regresó a Tiro Federal y en 1973 viajó a Mendoza para sumarse a Gutiérrez Sport Club. En 1974 defendió los colores de Unión Alem Progresista y ya en 1975 fue uno de los primeros jugadores que tuvo Deportivo Roca, jugando con el “naranja” en 1976 y 1977, año en el que también fue refuerzo de Independiente de Neuquén jugado un Regional Clasificatorio.


    En 1978 llegó a Choele Choel para reforzar a Sportsman, en 1979 volvió a jugar para Deportivo Roca y 1980 también se puso la camiseta de Alianza de Cutral Co. Los tramos finales de su carrera lo tuvieron jugando en 1981 en San Martín de Cipolletti y luego de superar una dura lesión, fractura de tibia y peroné, que le impidió jugar en 1982, se vistió de Argentinos del Norte, en 1983 para jugar sus últimos encuentros oficiales. (TodoRoca)

    FUENTE TODO ROCA:

    domingo, 12 de julio de 2020

    EQUIPOS QUE NO DEBEN OLVIDARSE

    LA GRAN HISTORIA DEL DEPORTIVO ESPAÑOL EN SU ÉPOCA DE ORO


    Primero hay que saber sufrir… En 1944 el tango era la banda sonora en la vida de los argentinos. Y esos versos de los hermanos Homero y Virgilio Expósito dentro de la delicada letra de “Naranjo en flor”, son el marco exacto para la historia de Deportivo Español, club que se fundó pocos años más tarde y supo más de penas que de alegrías. Sobre todo en 1983, cuando una pésima campaña lo arrojó a los umbrales del descenso y a minutos de volver a la Primera C.



    Pedro Catalano es un emblema de la institución, a donde llegó en 1976, defendiendo sus colores por casi 20 años. Con total justicia, una de las tribunas del “Estadio España” lleva su nombre. Se afincó para siempre en el libro de los récords del fútbol argentino al haber estado en forma ininterrumpida 333 partidos en la valla de Español entre 1986 y 1994. Su generosidad y buena memoria sirven para ilustrar aquellos días difíciles: “Para llegar a la campaña enorme que hicimos en 1984, hay que recordar lo que fue el ’83, un año de mucho descontrol en la institución, con malas elecciones de técnicos y flojas actuaciones. Esa situación llegó hasta el famoso desempate”.


    Ese partido fue el domingo 4 de diciembre ante Central Córdoba de Rosario, ya que ambos habían igualado en el promedio y debían dirimir en campo de Sarmiento de Junín, quien acompañaría a Villa Dálmine en la Primera C. Fueron 120 minutos ardorosos, donde el 1-1 no se movió y el cuadro del Bajo Flores respiró en la definición por penales. Muchos futbolistas actuaron ese día en particulares condiciones, como lo evoca Catalano: “Walter Martín, el jugador que convirtió el penal con el que nos salvamos, ya tenía el telegrama de no renovación de contrato. Una cosa de locos”.


    Tras la angustia, comenzó 1984 con el claro objetivo de tener que sumar la mayor cantidad de puntos posibles para evadir al temido descenso. Como entrenadores llegaron Oscar López y Oscar Cavallero, dándole la seriedad y profesionalismo que el club necesitaba. Enseguida se dieron los resultados. En ese plantel, asomaba un joven delantero, que pronto se haría famoso a fuerza de goles, al punto de ser el máximo artillero del club en Primera División: José Luis Puma Rodríguez: “Lo primero que me sorprendió allí fue el trabajo del cuerpo técnico, de cómo conocía al plantel del año anterior y de cómo amalgamó a los que habían quedado, con los chicos que surgíamos y con los que trajeron, que eran buenos tipos y con un recorrido en primera: Fernando Donaires, Héctor D´Angelo, Clide Díaz, Lorenzo Ojeda y Guillermo Zárate”.

    El Puma era un pibe de apenas 20 años que encontró allí dos maestros que lo marcarían para toda la vida: “Con ellos aprendí a jugar al fútbol. En las inferiores hacía lo que sentía, acorde a lo que se podía ver en televisión, pero gracias a López y Cavallero comencé a entender el juego. De a poco nos fuimos conociendo y yo entendí lo que pretendían. Les estoy eternamente agradecido, porque me dieron muchas chances y comencé a ser más profesional y para la institución fueron de gran relevancia”


    Los ojos del público, que habitualmente no seguía la Primera B, se posaron allí por la presencia de Racing. Y pudieron comprobar que Deportivo Español construía una campaña asombrosa con 10 victorias en las primeras 11 fechas: “Fui titular en el segundo y tercer partido. Luego me sacaron y cuando volví al equipo, me cambiaron de posición. Siempre había sido 9 y me pusieron de 11 y eso modificó toda mi carrera, porque fue mi lugar en la cancha. En la victoria contra Nueva Chicago, un gran periodista como Juan Carlos Morales me puso el apodo de Puma, en relación al famoso cantante, porque decía en su relato que yo hacía cantar a la gente de Español. Ganamos el torneo de punta a punta”.


    Tantas veces soñado por la colectividad, el anhelo fue una realidad y en febrero de 1985, con el inicio del último torneo Nacional de la historia, el Deportivo estaba nuevamente entre los grandes, hecho que no solamente fue importante en la faz deportiva, como lo evoca Catalano: “Haber llegado a la Primera fue un espaldarazo tremendo a nivel social, con muchísimas gente que comenzó a hacerse socia y darle otra vida al club. Por ejemplo, no había lugar para comer los sábados por la noche y lo mismo pasaba con las parrillas los domingos al mediodía. Había cerca de 27.000 socios y en ese tiempo se abrió también el profesorado de educación física, que llenó de jóvenes las instalaciones”.


    Desde un primer momento, ahuyentados los temores clásicos de quien recién asciende, Español dejó su impronta, plantándose firme ante sus adversarios, algo que sería una marca registrada: “Como equipo éramos muy respetados y nos llenaba de orgullo. Estando en Primera les ganamos a todos, en su cancha y en la nuestra. 

    Fuimos una sorpresa desde el arranque, porque cuando llegamos a Primera todos pensaban “es Español, recién asciende, no nos va a traer problemas”, pero seguimos haciendo lo mismo que en la B y nos daba resultado. Nadie esperaba que hiciéramos esa campaña, que nos dio un colchón de puntos como para no mirar el promedio. Hay que tener en cuenta que nos topamos con el River del Bambino Veira con un Francescoli tremendo, sino hubiésemos peleado el título. Incluso, de los cuatro puntos en disputa con ellos, ganamos tres. Empatamos 2-2 en Ferro y les ganamos 1-0 en Núñez”, recuerda el arquero.

    El cambio de categoría no influyó en el rendimiento del Puma Rodríguez, que siguió en ascenso: “Lo fundamente fue que casi no hubo cambios con respecto al equipo campeón de la B, con excepción de los dos uruguayos que enseguida se acoplaron perfecto: Daniel Andrada del medio para adelante y el querido Charly Batista, nuestro eterno lateral derecho. 


    Siempre jugábamos igual, más allá que algunos nos tildaran de defensivos, pero nunca nos tirábamos atrás. Estábamos bien aceitados para posicionarnos en 40 metros y no darle espacios al rival. Había un gran trabajo táctico de López y Cavallero y teníamos automatizado los movimientos. Contra los grandes siempre nos iba bien, porque los técnicos nos remarcaban esto: ‘ellos tienen la presión, porque sus hinchas quieren ir ganando a los cinco minutos. No tenemos que desesperarnos. Desde que arrancamos, con el 0-0 ya tenemos un punto. Hay que ser pacientes y esperar la oportunidad'”.

    En el otro extremo de una imaginaria cancha, Pedro Catalano coincide con su compañero: “La clave era que salíamos con un libreto bien estudiado y aprendido, que lo ejecutábamos bien porque nos daba resultado. El jugador hace las cosas que le indica el técnico, pero se convence cuando ve que pasan y entonces allí cree más. Éramos un equipo que se defendía en bloque, que pasábamos la línea de la pelota para defender y en cuanto teníamos la posibilidad, salíamos rápido de contra. 


    Estábamos muy bien trabajados y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Siempre en defensa anduvimos bien y a partir de ahí, la cosa funcionaba. Sabíamos que se la tirábamos al Puma Rodríguez, a Walter Parodi o al Gallego González y ellos se arreglaban muy bien y solucionaban todo. El Puma era un delantero temible que tenía de hijo a los mejores arqueros del momento, que eran nada menos que Luis Islas, Ubaldo Fillol o el Loco Gatti”.

    Tras un torneo 1986/87 de medianía y sin mayor protagonismo, el equipo tuvo un arranque furioso en la temporada siguiente, donde llegó a ser puntero por varias fechas en la primera rueda con el Puma como figura del campeonato: “Fui beneficiado por el cambio de sistema que aplicaron los técnicos, ya que pasamos de tres puntas a dos, haciendo dupla con el Gallego González, con una premisa: no estar en el área sino llegar allí. Y abastecidos por dos excelentes compañeros como Germán Martelotto y Mario Cariaga. En la segunda rueda bajamos un poquito, yo estaba lesionado, pero terminé como goleador del torneo con 18 tantos y recibí el llamado de Bilardo para ir a la Selección. Fui titular contra Alemania en diciembre de 1987 en cancha de Velez donde ganamos 1-0. Del medio para adelante jugué con Maradona, Burruchaga y Valdano. Un recuerdo maravilloso de haber compartido esos momentos con los campeones del mundo, que me hicieron sentir como uno más”.

    Es inevitable que no surja una anécdota risueña con el entonces entrenador de la Selección: “Unos días antes estábamos haciendo una práctica en cancha de Boca y yo estaba para los supuestos suplentes, pero que eran tipos tremendos como Clausen, Dertycia o Cuciuffo. A los 15 minutos ganábamos 3-0 con todos los periodistas presentes. En ese momento me llamó Bilardo: ‘Pibe, escuchame: dejénse hacer los goles, porque si no vamos a estar como cuatro horas acá (risas). Se ponía loco si los titulares perdían. Terminamos 3 a 3′”.

    La temporada 1988/89 trajo la innovación al fútbol argentino de los tres puntos para el partido ganado y en los que finalizaban empatados, una unidad para cada y una extra para el que se impusiese en la definición por penales. En ese momento, llegó Carlos Aimar a la dirección técnica, en su primera experiencia a cargo de un plantel, tras ocho temporadas como mano derecha de Carlos Griguol en Ferro Carril Oeste y River Plate.

    “Me encontré con un plantel excepcional, de buena disposición para el laburo y grandes jugadores. Me asombró por ejemplo el lateral uruguayo Charly Batista, que tenía una velocidad admirable. Por su capacidad física y táctica, me permitía jugar con tres defensores (Segovia, Luongo y Zanetti) y él se sumaba a la mitad de la cancha, en una primera línea de volantes con Ortega y Correa, que era el más retrasado y se metía entre los centrales. Más adelante Chicho Gaona y Martelotto, que manejaban la pelota con gran calidad. Y adelante el Puma, que lo tuve poco, pero era una fiera, con Parodi o el Gallego González”, se explaya.


    “En poco tiempo logré todo lo que quería, pero el gran mérito fue de ellos que captaban enseguida, querían incorporar cosas y mejorar constantemente. Como nos acompañaban los resultados, el entusiasmo era general. Si en lugar de la camiseta de Deportivo Español hubieran tenido la de un club grande, esos futbolistas hubiesen trascendido mucho más. Y era merecido, por su actitud, tanto en lo profesional como en lo humano”, agrega.


    El Cai también se refiere a un personaje controversial, pero ineludible a la hora de hablar de aquel Deportivo Español. Su polémico presidente Francisco Ríos Seoane: “A diferencia de lo que había vivido en Ferro, que era una institución modelo, acá Ríos Seoane era un desastre y no nos pagaba nunca. Una noche enfrentamos a Racing en Avellaneda, con la posibilidad de pasarlos en la tabla y quedar primeros si ganábamos. Si eso se daba, él prometió dar un premio. Fue una noche maravillosa, donde goleamos 4-1 y volvimos re contentos para el club. Cuando llegamos no había nadie (risas), ni siquiera para festejar la victoria. Ni hablar de Ríos Seoane y el premio…”

    Los años 1990 y 1991 fueron para olvidar, porque la base del equipo se mantenía, pero los problemas institucionales afectaban el rendimiento. A tal punto que el promedio comenzó a preocupar por primera vez, como lo recuerda Catalano: “El equipo del Clausura 1992 fue muy interesante, de los mejores que integré en el club. Tanto yo como los hinchas, no solo de Español, lo recordamos de memoria: Catalano; Batista, Bustos, Luongo y Zanetti; Peralta, Michelini, Barrella, Albornoz; Parodi y Caviglia. Comenzamos muy complicados con el promedio la temporada, ya con el regreso de Cavallero como entrenador. El apertura no había sido bueno, pero hicimos una enorme campaña en el Clausura, terminando segundos a dos puntos del Newell´s de Bielsa y salvados del descenso dos fechas antes”.

    En noviembre de 1994 se produjo el último partido de Catalano en el arco, tras una decisión del director técnico, José Toti Iglesias. Su inmenso récord se había clavado en 333 encuentros consecutivos, ya que no faltaba desde julio de 1986. Como si la ausencia de su referente hubiese activado algo negativo, Deportivo Español lentamente se fue deshilachando, dejando jirones de su antiguo nivel competitivo, para empezar a pelear el descenso. A mediados de 1997, una huelga paralizó la actividad del fútbol argentino y fue a causa de que seis futbolistas de la institución reclamaban la libertad de acción que la institución le negaba.

    Aparecer en los medios por algo ajeno al rodar de la pelota sumado al hecho de haberse salvado del descenso por apenas una centésimas, eran la clara muestra de estar en la antesala de lo peor. Y ello llegó en la temporada 1997/98, donde arrancó con la espada del descenso sobre la cabeza, que cayó implacable, cerrando un ciclo histórico.

    Las tribunas coloridas del “Estadio España” llevan los nombres de algunos futbolistas notables de su historia. La mayoría, conformaron aquellos equipos legendarios de los ’80 y ’90. La justicia futbolera dice presente, como en la memoria de los hinchas, que más allá de los colores, los recuerdan con afecto y recitan sus formaciones de memoria.

    FUENTE: INFOBAE

    "HISTORIAS QUE VALEN LA PEENA CONOCER"

    ESTEBAN CAMBIASSO EN RIVER FUENTE: "KODRO MAGAZZINE" Esteban Cambiasso, tras una llegada prematura al Real Madrid B con 16 años ju...